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miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Ñoña, yo? ¿Me están llamando ñoña, A MÍ?

No sé si sea una palabra de uso universal en el habla española, pero en México, particularmente en la ciudad, le decimos ñoño al nerd, al que estudia mucho y hace las cosas "como se debe", no sólo en la escuela, sino en general. Digamos que es una cuestión de ética de vida.

Acabo de buscar en el diccionario la definición de ñoño, y no sé por qué no aparece la nuestra... Esto es lo que afirman ellos:

ñoño, ña.
(Del lat. nonnus 'anciano', 'preceptor, ayo').
1. adj. Dicho de una cosa: Sosa, de poca sustancia.
2. adj. coloq. Dicho de una persona: Sumamente apocada y de corto ingenio.
3. adj. ant. Caduco, chocho.

Obviamente, no es que uno vaya a decir que la RAE está equivocada, sólo que su proceso de actualización es un poquitín lento (con eso de que votan para añadir palabras, y la definición... me lo imagino como votaciones de las cámaras, y me parece terrible). Así que, retomamos el hilo que me pierdo.

Los ñoños son los estudiosos, aplicados, nerds, que siempre hacen lo correcto. Y yo, señores y señoras, soy una de esas y "a mucha honra". Y lo especifico porque mucha gente lo ve  a mal o como una ofensa, que les digan ñoños, pero a mí me hace muy feliz.

En cuanto a la ñoñez, evidentemente tiene muchos matices y contextos. En cuanto al estudio, soy ñoña porque:
  • Uso pluma fuente con tinta moradita;
  • Post-its de diferentes tamaños y colores, que tienen un uso determinado cada uno;
  • Banderitas chicas para marcar lo que subrayo, cada tema de un color diferente;
  • Banderitas grandes para marcar las dudas;
  • lapicero de punto medio para escribir, y de punto gordito para subrayar;
  • pluma de color rosa para ciertas cosas, o anotaciones;
  • Todo lo que subrayo en los libros lo escribo en tarjetas bibliográficas, según el tema;
Pero, sobre todo y por encima de todo (que es justo el tema de este post), planeo y organizo mis actividades. Ahora, por ejemplo, que estoy en tres seminarios (como estudiante) y doy una clase, y debo prepararme para un seminario intensivo a fines de octubre (con un tipo súper chingón que dará un seminario intensivo de tres días, muchas horas), además del consultorio y el despacho, es I N D I S P E N S A B L E que TODO esté perfectamente agendado y organizado.

Para eso, imprimí un calendario (sí sí, el iPhone y su súper calendario, ya sé, pero si no lo escribo a mano no puedo, simplemente no me organizo bien), hice una lista de lecturas y tareas y fechas de cada cosa, y designé los días en los que leería tal libro, prepararía mi clase, haría apuntes... todo lo pendiente.

Tal vez suena demasiado exagerado, que no es necesario, con hacer la lista de actividades y priorizar es suficiente, y ya uno sabrá cuánto tiene que apurarse. Pero para mí no es suficiente, necesito planear cuánto tiempo tomará cada actividad, y ceñirme a eso (puedo adelantar cosas, obvio, pero eso amerita un premio :) ), si no, me angustio y constantemente me preocupa que el tiempo no me alcance. Además, con la pura lista, uno se confía y al rato tienes la mitad de los pendientes amontonados y el tiempo a punto de terminar.

Así que hice mi lista feliz (porque las listas siempre son felices) ayer, y le di con todo. Terminé lo que debía hacer ayer, adelanté la mitad de lo que debía hacer hoy, empecé una nueva lectura. Y me siento muy emocionada y feliz. Si todo sale bien (y saldrá), habré terminado antes de tiempo y podré tomarme unos días para "descansar", es decir, leer alguna novela o ver una peli, o disfrutar el tiempo y tejer...

Porque, cuando uno hace las cosas a tiempo, le queda tiempo para todo lo demás, y disfrutarlo.


lunes, 12 de septiembre de 2011

El alcohol me cierra la boca

Sí, es cierto, hemos encontrado el remedio que todos han estado buscando, eso que podría hacer que los milagros ocurran, que la vida cambie, que todo sea diferente... ja ja ja...
Después de varias reuniones familiares y por cuestiones de salud mental (y mi nueva práctica de los límites, que no es tan nueva) he decidido no enfrascarme en las discusiones familiares que siempre llevan a malos puertos (es decir, peleas, gritos, molestias, disculpas hipócritas, aceptación obligada de disculpas hipócritas, etc.), pero esto no es tan sencillo como parece (si es que parece sencillo).

Qué podemos decir aquí que cualquiera que haya convivido conmigo más de 15 minutos no sepa: me gusta hablar, no se me escapa nada (ni las incongruencias, ni las estupideces, ni los errores en el uso del lenguaje, ni la irónía, ni el albur, ni nada de nada) y me encanta evidenciar mis cualidades con el lenguaje. Soy parlanchina de nacimiento (cuentan que antes del año yo ya hablaba sin parar) y además vanidosa, por lo que mostrar mi "atención" al parlante es muy importante. Por esto me es complicado y muy difícil cerrar la boca cuando la gente empieza a decir pendejadas, criticarse a sí misma al criticar a otro que hace lo mismo que ellos,ser incongruente, y demás. Es difícil difícil, difícil.

Después de muchos, pero muchos, años de permitir que mi boca fuera lo más rápido del oeste (incluse más veloz que mi conciencia), me di cuenta de que me metía en situaciones incómodas para mí (que si lo eran/son para los otros, me tiene sin cuidados, pero para mí es otra historia) y que no siempre era sencillo salir de ellas (porque, también, me aburre pronto el error ajeno o su estupidez/necedad). Así que, ahora que soy una mujer adulta (ja ja ja) y madura, ya no lo hago, o procuro no hacerlo.

Pero no todo es magia y voluntad, he tenido que buscar y buscar algún método, herramienta o secreto que me permita hacer esto, y ¡lo he encontrado! (no aplica para todas las situaciones, pero sí para la mayoría y las importantes): EL ALCOHOL (No demasiado, porque entonces me la paso mal) me permite escuchar una conversación o situación y desconectarmente completamente de mi necesidad de réplica, y me hace muy feliz. Sobre todo, porque al final del día puedo llegar a casa y platicar sobre lo escuchado, sin ningún riesgo.


Los milagros, inclusive cuando podrían ser dañinos, pueden ser maravillosos...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Coser, dejar de tejer un rato


(NOTA: Esta entrada fue escrita originalmente el viernes 2 de septiembre, pero hemos decidido editarla pues, como bien me dijo Ángel, debería ser más personal y honesta en mi escritura.)
Ayer fui a recoger mi máquina de coser, y la emoción que me embargaba era casi incontenible. De repente, resultó completamente tonto haber esperado tanto tiempo para comprarla (no compré una carísima ni finísima, por lo que no había excusa real para el retraso).

No entiendo por qué en ciertas ocasiones dejamos que lo que nos interesa y apasiona quede hasta el final, y pasamos la vida comprando y haciendo y pensando mil cosas que, en realidad, ni nos interesan, sirven ni apasionan. ¿Por qué será? Me da la sensación de que es una forma de protegernos, siempre es más fácil ir por el camino de la insatisfacción y frustración que por el opuesto, y no es para menos. Toparse de frente con lo que uno verdaderamente quiere (o, justo, piensa que quiere) puede resultar completamente caótico, tanto si es lo que en verdad queríamos como si no.

Aún así, yo puedo afirmar, sin caer en mi usual petulancia, que suelo saber lo que quiero (y no porque tenga esa virtud o súper poder, sino porque paso muchísimas horas de mi vida pensando y analizando lo que necesito, siento y quiero, para poder tomar una decisión informada, ji ji, sobre mis deseos) y por eso la emoción de tenerlo me causa una satisfacción maravillosa. Sobre todo, porque reconozco que eso ES, así, sin más.

Estoy resultando repetitiva o circundante, pero es que no encuentro las palabras exactas para poder decir lo que siento, mucha emoción por la máquina de coser y un poco de incertidumbre porque algo tan sencillo como comprar una máquina de coser despierta en mí un poco de angustia y frustración, porque no comprendo qué me impide a cumplir mis sueños, por qué de repente, cuando puedo tomar la decisión, y lo que quiero estará aquí, para mí, me detengo y decido tomar la decisión más racional o responsable.

Perfectamente puedo escuchar el eco de la voz de Aremy diciéndome que le resulta un poco estúpido que para mí el deber ser, lo responsable sea más importante que hacer lo que quiero y necesito. Y, confieso, me parece completamente cierto. A estas alturas de mi vida tengo un miedo espantoso a seguir por este camino, porque el tiempo pasa muy rápido, y me niego a voltear, en unos años y darme cuenta que no fui capaz o valiente como para hacer lo que quería. Pienso mucho en mis abuelos, mi abuela hizo toda su vida lo que quiso (o aprendió a querer lo que debía hacer, no sé cuál de las dos, pero creo que tampoco importa) y los últimos años de su vida (que son los que yo pude ver) se sintió feliz, murió satisfecha; por el otro lado, mi abuelo vivió toda su vida haciendo lo que debía hacer, trabajar para mantener a su familia, cumplir metas laborales, ser un hombre honesto, ahorrar... y ahora, en el final de su vida, se ve vacío, no sabe con qué actividades llenar sus días, ya viudo no le queda mucho más, y tampoco lo disfruta. Yo no quiero ser como mi abuelo, yo quiero disfrutar todos los días (está bien, con que sean muchos me doy por bien servida), hacer aquellas cosas que me causan placer y encontrar un medio para que pueda también comer de ellas (porque si no, de dónde sacamos el dinero). Odio verme como estoy, ahogada en la espera, siendo responsable y racional, esperando que el momento adecuado llegue y entonces pueda comenzar a hacer lo que deseo y quiero... Se me va a ir el tiempo y la vida, creo que si sigo así, no dejaré de esperar. Tal vez me falta valor para simplemente levantarme y decidir que no quiero seguir esperando, que hay demasiadas (sí, demasiadas) cosas que quiero hacer y que no voy a ser quien debo ser, sino quien quiero ser, quien soy. Al final, a la única persona a la que le debo explicaciones es a mí, todos los demás pueden irse en cualquier momento, nadie estará aquí siempre, pero yo... no me queda de otra...
Qué irónico, con sólo una máquina de coser, se destapan en mí muchos más deseos. En un descuido me dejaré llevar...

lunes, 18 de abril de 2011

Actividades privadas en el baño


No estoy segura de la causa, pero sí de la realidad: los baños son el lugar más intimo y privado que tenemos. Es ése el lugar que nos dedicamos para leer, estar solos, pensar, llorar, asearnos, simple y sencillamente ser nosotros sin ningún pudor. Tal vez sea por esto que las dinámicas en los baños compartidos (tanto en los restaurantes u otros lugares públicos, como en los trabajos) sean tan divertidas.

Por cuestiones de economía arquitectónica y empresarial, los baños en los edificios son compartidos para los trabajadores, pero no creamos que todos son para todos. Por supuesto que no. En el lugar que trabajo ahora, he descubierto que hay varias jerarquías “bañeras”, primero el jefe de jefes tiene baño para él solito, los directores tienen baños privados, pero deben compartirlos con otro director, y todos los demás, deben usar los baños para “todos”. Escuché a unas chicas del trabajo comentando que ha de ser bien feo tener que compartir el baño con otro de los directores, y yo no pude menos que pensar al respecto…

A mí me gusta mi baño para mí sola, es un lugar en mi casa donde tengo completa privacidad (cuando lo uso, y no es en la noche, porque a esa hora se convierte en el cuarto de mi perra, y entonces sí que no tengo privacidad), puedo hacer lo que quiera, y soy muy feliz. En cualquier otro baño soy bastante quisquillosa, pero creo que es sólo porque añoro mi privacidad. Es por esto que me resulta curioso cuando la gente comenta que odia los baños públicos (que no la falta de higiene, porque ésta no la comentan), que le da asco entrar a un baño justo cuando alguien acaba de salir, o que preferiría tener un baño privado en cada lugar que está. No es que no lo entienda, pero no creo que sea para tanto o, tal vez, yo tengo muchas capacidades de negación.

Yo, por ejemplo, no creo que haya ningún problema en esperar a que alguien salga del baño para usarlo (si necesito entrar, necesito entrar, no hay más), pero sin duda alguna procuro bloquear cualquier ruido escuchado, así como las intimidades y costumbres que a veces la gente olvida ocultar frente a otras personas.

Antes, cuando era joven (bueno, más joven, casi una niña), gustaba de ir acompañada al baño. No tanto porque me gustara estar (literalmente) con alguien más en el baño, platicando o lo que fuera, sino porque me daba miedo entrar sola y que algo me fuera a pasar. Esto debo agradecérselo a mi abuela, quien desde chiquita me enseñó que los baños eran lugares peligrosos porque te podían robar, o algún hombre podría abusar de ti. Así que, no iba al baño en lugares públicos si no era acompañada. En las desgraciadas ocasiones que debía entrar sola (como cuando voy al cine, sola), prefiero usar el baño que está pegado a la pared (así el “atacante” tiene menores posibilidades de acercarse), y realizar cualquier actividad a la brevedad posible. Ahora, todavía siento miedo al entrar a un baño grande, pero puedo lidiar con ello mucho mejor que antes, pues también debe sumársele que prefiero ir al baño sola.

Pero, regresando a las costumbres de los baños, me sigue dando mucha curiosidad la percepción de tenemos de ellos, y la forma en que vivimos todas las experiencias ahí dentro. Entiendo que es asquerosín (así, en diminutivo) entrar cuando alguien acaba de salir, pero si consideras la cantidad de otras actividades que realizamos en ellos, esa debería ser la que menos nos preocupara. Como ejemplo están la cantidad de mujeres que frente a los baños se acomodan y mueven cuanta parte del cuerpo pueden, se maquillan, depilan el bigote (eso lo agradecemos, pero deberían hacerlo en casita) o las cejas, se secan el cabello, planchan o peinan… Es aterrador. No hay nada más feo que tener que ver a una mujer que se transforma en el baño por alguien decente (ni me quiero imaginar lo que ha de pensar su marido o pareja cuando la ve de cara lavada…), que cree que puede venir a hacer en el baño de la oficina lo que por floja NO hace en su casa. Para mí es así de sencillo: si no te da tiempo para hacerlo, tal vez deberías de dejarlo por la paz, aceptar que no lo vas a hacer, y no torturarnos porque lo debemos ver.

La regla del baño debería ser esta: soportamos todo lo que es producto obvio y natural de los menesteres en el baño (feo o no, no nos queda de otra, según lo aprendí en El libro de las Cochinadas), pero nos negamos a verlas peinar y platicar cosas que NUNCA debería observar/escuchar ningún ser humano. Y, por favor ¡no hablen por teléfono cuando están ocupadas en el baño! Eso sí que es una falta de respeto para uno mismo, para el pobre tonto que está del otro lado del teléfono, y para todos los demás que debemos compartir baño con ustedes. Decencia, no pedimos más.

martes, 25 de agosto de 2009

¡Agua va!


Sé que es un problema nacional, y particularmente de la ciudad, pero tengo que confesar que hasta este fin de semana, no nos había tocado vivirlo en "agua" propia. El domingo y hoy por la mañana, no tuvimos agua, y es extraño, en realidad, porque aquí hay cisterna automática, así que siempre hay agua. ¡Pero no el domingo! A las 8 de la mañana, tuvimos que bañarnos a mentada de madre, y hoy casi.
El asunto es, que esta situación, no sólo la mía sino la del agua en general, me hace pensar muchas cosas. Primero, me pregunto por qué nadie hace nada para purificar el agua, y que se pueda usar (acepto que mi conocimiento científico en purificación de agua es prácticamente nulo, por eso sólo me lo pregunto, hipotéticamente); o, por qué no hay una buena orientación y educación sobre el uso del agua... algo, para que la situación cambie. Porque, no es sólo que hay poca agua, sino que el uso que hacemos de ella es poco responsable y nada sustentable. Yo, puedo regodearme en que hago un uso mesurado de ella, procuro nunca desperdiciarla, lavo los trastes con la mínima cantidad posible, y así; pero, no hago otro tipo de actividades que podrían disminuir el desperdicio, como poner botes o cubetas en la regadera para usar el agua que se tira mientras espero a que se caliente... o utilizar agua de lluvia para el escusado (la idea de usar lluvia ácida para lavar los trastes no me convence, podría usarla para lavar la ropa, pero no tengo lavadora). No sé bien por qué no lo hago, podría escusarme diciendo que porque no tengo suficientes contenedores, pero sé que eso es muy fácil de solucionar.
No sé, tal vez me gustaría vivir en una sociedad, o por lo menos comunidad, en que el desarrollo sustentable y el uso racional de los recursos fuera una práctica común y seria, me sentiría más dispuesta a hacer cambios y mejorar la situación...

miércoles, 29 de julio de 2009

Sabiduría legal


NOTA IMPORTANTE: Este escrito contiene palabras antisonantes, salidas de una boca infantil.

Hace un año, aproximadamente, platicaba con mi madrastra sobre los títulos ejecutivos (cheque, pagaré y demás), y la maravilla de que tengan aparejada ejecución. Por supuesto, expliqué extensamente que la ejecución que traen aparejada significa que si el deudor no paga, uno puede presentarse ante el juez y solicitar inmediatamente que lo embarguen para satisfacer la deuda... justo en ese momento mi hermanito Jesús comentó (con ese aire de sabio inocente que tiene): sí, te envergan. Las dos nos quedamos asombradas y calladas, no estábamos seguras de lo que había pasado. Al preguntarle nuevamente qué había dicho, Jesús contestó que cuando te embargan te envergan. Así, en dos segundos y con una sencillez digna de Sócrates, mi hermano explicó las consecuencias reales de un embargo...

miércoles, 24 de junio de 2009

Escritura responsable

La gente afirma que cuando uno tiene un blog, adquieres una obligación de escribir en él todos los días, o casi todos. El argumento que sustenta dicha obligación, no me queda del todo claro, no sé si es para no perder "seguidores-lectores", o porque uno simplemente debe hacerlo.
Yo escribo sobre temas específicos, es decir, sobre ideas o afirmaciones que escucho, leo, y otras también que pienso. Sobre libros y obras de teatro. No me gusta escribir sobre mi vida, pues me parece que eso es privado y sólo le interesa a mis amigos, y ellos no deben entererarse de lo que hago por aquí, sino directamente.
Así las cosas, a pesar de que no escribo diario, escribo algo un poco más trascendental.

viernes, 15 de mayo de 2009

¿Quién nos posee?


Ayer, mientras platicaba con Aremy salió otra vez a colación la respuesta usual que obtengo cuando externo que yo no pretendo vivir mil años, sino que quiero una vida con calidad, placer y satisfacción, y retirarme antes de que pierda calidad de vida y humana, o mi cuerpo deje de cumplir con los cánones sociales. Dicha respuesta es: uno no decide cuándo se va a morir.
Yo, por supuesto bastante más en silencio que con cuerdas vocales, respondo que esa es una de las más grandes estupideces y mentiras del mundo. Una cosa es que no sepas a ciencia cierta cómo y cuándo pasará, pero otra muy diferente es que uno no toma muchas decisiones que nos llevan hacia un tipo de muerte (salvo, por supuesto, cuando llega sin avisar, por accidente, como que se caiga el avión en el que viajábamos, y demás). Por ejemplo, si yo tuviera diabetes, tengo dos elecciones a priori antes de morirme: acepto mi enfermedad y evito las consecuencias negativas que ella acarrea, o no la acepto y voy por la vida cual temerario creyendo que seguro a MI no me afecta. Si, decidimos por la primera, lo más probable es que no me muera de diabetes (o como consecuencia de ella, no estoy segura de cómo funciona); si, decido negar la enfermedad, la probabilidad de que mi calidad de vida se vea afectada considerablemente, y pueda incluso morirme, aumenta exponencialmente. Pongamos, en mi maravilloso ejemplo, que decido hacerme el temerario, vivo la vida loca y tomo coca todos los días y demás... mi diabetes empeora, y me cortan la pierna derecha completa (derecha porque le tengo menos afecto que a la izquierda) puedo vivir cojeando por el mundo, o (¡¡¡y aquí viene la parte interesantísima!!!) puedo suicidarme, porque no tener pierna (repito, como consecuencia de mis actos, no de un accidente) afecta mi vida, su calidad, y el futuro.
¿Ven? De que puedo decidir cómo y cuándo morirme, de diferentes formas directas o indirectas, puedo. El problema es, siempre, por qué la gente en general ni siquiera lo tiene consciente (el tener la decisión sobre la vida o muerte de uno); por qué la idea de ser dueño y amo, poseedor y propietario de su vida no es posible, así de fácil, posibilidad=CERO. Qué daño les ha hecho la idea del infierno y el suicidio... de creer que alguien más posee y es dueño del alma y demás... así, terminamos todos sufriendo de forma patética nuestros últimos años de vida, y lastimando irreparablemente a quien nos rodea.
Dios bendiga el libre albedrío, sobre todo para estas decisiones.
P.D. Que haya salido a colación esto con Aremy, no quiere decir que Aremy me lo dijo, al revés, apoyamos la misma teoría.

martes, 5 de mayo de 2009

Telenovelas


En estos días de encierro y paranoia (yo sólo he tenido lo primero) he pensado mucho en todos mis deseos oscuros y prohibidos, en todas esas cosas o situaciones que nos gustan mucho, pero nos avergüenza no sólo hacerlo en público, sino siquiera aceptarlo. Yo tengo varios, pero creo que con el tiempo algunos han dejado de estar escondidos, no sé por qué, tengo una necesidad perversa de contarle a mis amigos las cosas vergonzosas que me gusta hacer.
Por ejemplo, amo las telenovelas, la posibilidad de ver historias completamente ficticias y fuera de realidad, sobre personas que sufren de manera estúpida durante meses, sólo para terminar los protagonistas felices para siempre, y los malos en las peores circunstancias (cuando son arriesgados los escritores y directores, pueden hasta matarlos terriblemente, o morir en accidentes tontos). Me encanta que actúen tan mal, sobre todo porque sé que algunos de esos actores son excelentes (cuando uno los ve en teatro representando perfectamente un buen personaje, te das cuenta que lo otro también es actuación, no falta de capacidad o calidad), la idea de ir a trabajar y hacer tu trabajo de la peor manera, me parece fascinante. Por supuesto, es triste que sólo ahí se pueda, pues no me imagino a un médico llegando al hospital y decidiendo que ese día diagnosticará mal a todos sus pacientes y les recetará medicinas que los maten, sólo porque así gana más dinero (como pasa en las telenovelas). No pasa, triste, pero así es. Supongo que son las ventajas de que el trabajo actoral siempre implique ficción y temporalidad (sólo un personaje en un momento y lugar delimitado), porque los demás, que trabajamos fuera de ficción debemos siempre dar lo mejor de nosotros y hacer las cosas bien, pues de otra manera hay consecuencias perjudiciales para uno, o para los demás. Por supuesto, y he ahí el éxito de las telenovelas, hay mucha gente que cree que lo que sucede en ellas es real, o puede convertirse en realidad. Muchas personas, sobre todo mujeres (pues son quienes más ven telenovelas) saben que lo que sucede en la tele puede pasarles a ellas, que sólo se necesita mucha paciencia y desearlo de verdad. Maravilloso sería si así fuera el mundo, pero si este fuera el caso, seguro que nadie querría ver telenovelas, pues serían sólo documentales o parte de las noticias, y esto le quitaría el encanto.
Es como las películas de Disney, pasamos toda la infancia viendo princesas que se enamoran de príncipes que corresponden a su amor, pasan momentos de tristeza y dolor, pero todo es soportable porque después, cuando se casan, son felices para siempre. Es como pagar con un poco de dolor la felicidad que nos espera. Por supuesto, los golpes de la vida y el dolor que se vive realmente, no es tan hermoso como en la ficción, podemos pasar años, o toda nuestra vida sufriendo, esperando siempre el momento en que mágicamente nuestra situación va a cambiar, ¡como si eso fuera posible!
Tal vez, la razón por la que uno ve las telenovelas y las películas de Disney es más sencilla y no implica emitir un juicio tan terrible sobre el espectador; podría ser que uno las disfruta porque es la única manera en que podemos vivir historias con finales felices, pues sabemos que en realidad, estamos destinados al sufrimiento eterno, y sólo un poquito de felicidad...

lunes, 27 de abril de 2009

Leido y escribeido

Ambos padres míos leen ávidamente y buena literatura, y esto ha influido mucho en mi vida, pues yo leo mucho y me parece algo absolutamente necesario para vivir. Podría decir, que la mayor parte de la gente con la que me relaciono lee, mis amigas leen, Ángel lee mucho (no tanto como yo, jijiji), y esto es importante. Podría parecer algo insignificante cuando se trata de amistades, pero para mí es mucho más que eso, pues leer en general, y en particular lo que se lee, influye en la vida de quien lo hace, define su manera de hablar y en parte, de ver el mundo; por esto, creo que los lectores pueden dividirse en dos conjuntos diferentes, que tienen a su vez, dos subconjuntos, que pueden conjugarse con los otros conjuntos o subconjuntos.
Existen, primero, los que tienen un hábito de lectura, que siempre están leyendo un libro, y los que sólo leen de vez en cuando, o por moda. En el segundo conjunto, están los que leen literatura comercial, y los que leen "buena literatura".
Ahora, sobre el primer conjunto, evidentemente, consideramos reprobables a aquellos que sólo leen de vez en cuando. Del segundo conjunto, a los que leen literatura comercial. Lo siento, pero leer sólo Harry Potter, Crepúsculo, Paulo Cohelo, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Caldo de pollo para el alma, y cosas así, es vergonzoso, no todos ellos están bien escritos y son famosos no porque sean buenos, sino porque su publicidad es buena.
Reconozco que mis prejuicios literarios son grandes, me gusta leer premios Nobel, clásicos de la literatura, y también algunos muy reconocidos (con premios y reconocimientos internacionales), y otros que no son ni tan famosos ni tan reconocidos, pero cuyo estilo y temas me apasionan. Pero, no creo que mis prejuicios sean malos, es decir, tenemos una vida limitada, con tiempo para leer aún más limitado, y hay muchísimos libros que DEBO leer antes de morir (que, como esto es incierto, uno tiene que apurarse a hacerlo), y no es opción desperdiciar tan poco y preciado tiempo, en malos libros, o en pésimos autores.
Retomando la afirmación de que leer te brinda un nivel cultural y de lenguaje, tengo que escribir que esto está relacionado con la calidad del libro, la manera en que se lee, así como del tema (Me encanta leer las obras de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, pero sé que esto no me brinda un mejor vocabulario, en términos culturales). En la escuela siempre nos dijeron que leer mejoraba la ortografía, pero son pocas las personas que conozco que leen y tienen una muy buena ortografía o redacción, y mi explicación es que su manera de leer no es a conciencia.
Me parece indecente no reconocer, de entre mis conocidos, a una persona que lee excelentes libros, para ella leer es una necesidad existencial sin la que estaría incompleta, le dedica tiempo, dinero y todo su ser a los libros, y me hace sentir que no soy la única persona que se siente así cuando lee. Siempre recuerdo a quien ya no está, que también era así, pero ahora, sólo quedamos dos.
Propongo que todos nosotros dediquemos por lo menos dos horas a la semana a la lectura, a los buenos libros, y a sentir lo que otros escriben, esto engrandece el espíritu (¿?) y brinda muchas ideas, palabras y pensamientos que son imposibles conseguir de otra manera. Leo, luego escribo.

jueves, 23 de abril de 2009

No somos pobres, somos nacos


En palabras de mi padre, la naquez es un valor universal, así como la libertad y la vida, puesto que no respeta raza, religión, estado civil, condición social o económica, nadie está exento a ella y puede presentarse en cualquier situación. Así las cosas, deberíamos respetar y demandar el respeto a nuestra naquez en cada momento de nuestras vidas. Pero, antes, tal vez, deberíamos estar seguro de que entendemos el concepto, puesto que, para mí, es bastante ambiguo. La Real Academia de la Lengua Española define la palabra "naco(ca)" como indio, para los fines de nuestro país (divertido que en Uruguay signifique excremento sólido, especialmente el humano). En todoarquitectura.com tienen un diccionario de modismos que lo define como ignorante, pobre, mal educado. Finalmente, en el portaldemexico.com, lo definen como palabra despectiva, para denostar a quien se considera ordinario o de poca cultura. (y ponen, una maravillosa cita: pareces tambora de pueblo, hasta los nacos te tocan).

Con estas tres definiciones, podríamos generalizar que un naco en nuestro país es aquella persona pobre, de mal gusto, ordinario y con poca cultura. Yo, me atrevería a definir naco, en la actualidad, como aquella persona que no cumple los estándares sociales en determinadas situaciones, como son la vestimenta, la manera de expresarse y finalmente, de comportarse ante los demás. En dicho caso, me pregunto, quién define los estándares sociales (mi cabeza, en este momento, contesta: ¡el Manual de Carreño! dah...). Creo que esta pregunta no tiene una respuesta (sólo una, pues), por lo que daremos por sentado que los estándares sociales se basan en el Manual de Carreño y otros de buenas costumbres.

Antes, cuando mi abuelita era joven (y otras mujeres mucho más jóvenes que ellas), andar por la vida con minifaldas que exponen el código postal y la honra de toda una familia, estaba mal visto, pues sólo las señoritas de la vida alegre se vestían así (podemos catalogarlas como personas pobres, con poca cultura y demás, sin ánimo de ofender, por supuesto); pero ahora las mujeres, inclusive de buena familia, se visten así, porque está de moda. ¿Cómo poder llamarle a eso? ¿Son nacas? ¿O los estándares sociales han cambiado? Así sucede con muchas situaciones, ahora se utilizan palabras que antes sólo usaban los nacos; leer "literatura" (porque yo no creo que lo sea) sin calidad, y que no brinda una mayor cultura, es de nacos. Todo parece indicar que ser naco es el estándar social. ¿Esto quiere decir que los que respetamos los antiguos estándares somos los nacos?

Una amiga el otro día me comentó que sus primos decían sobre ellos mismos, que no es que fueran pobres, que eran nacos. Así de simple: ser naco es una forma de ser que, como valor universal, debemos respetar...

Y, ¿entonces qué seré yo?

martes, 31 de marzo de 2009

Preguntas concretas, respuestas concretas


Ayer que escribía y reflexionaba sobre las respuestas y preguntas realizadas a los chicos de atención a clientes, recordé que es un tema complejo, he notado que en nuestro país, no hay respuestas acertardas a las preguntas (pecaré por generalizar, lo sé). Podemos comenzar con las preguntas no del todo retóricas, aunque alguien podría argumentar que sólo son eso, que hace la gente cuando te cortas el cabello, acabas de llegar y lo preguntan, y demás situaciones tontas que podrían sólo ser preguntas obvias. Después, y las que más me molestan, son aquellas preguntas concretas y sencillas que no obtienen una respuesta igual (concreta y sencilla), que me suceden siempre que hay lista de espera, o uno está esperando, y pregunto cuánto tiempo falta y obtengo como respuesta: faltan dos personas más, o hay más pedidos, etc. Hasta donde mi educación, conocimiento y sabiduría alcanzan, una pregunta de cantidad de tiempo, debe ser contestada de esa manera, en términos temporales; si preguntas cuánto tiempo falta, deben contestar: 30 minutos, 2 horas, etc., no otra cosa. ¿Por qué lo hacen?

Me pasa también con mi tía, usualmente no contesta lo que le preguntas, un día le pregunté (estaba en la etapa de comprobar mi hipótesis) cuántos días a la semana se bañaba, y contestó que siempre; también ha contestado a preguntas sencillas, tales como ¿cómo estás? con un: desayuné quesadillas, no había nada más en el refrigerador...¿? ¿Qué clase de respuesta es esa? ¿Cómo funciona su asociación de ideas para responder eso? Podría ser un misterio, sería más interesante, pero creo que es mucho más sencillo: no escuchamos. Así de simple, no estamos acostumbrados a escuchar lo que se nos pregunta, y por eso contestamos respuestas incongruentes; mi naturaleza dramática afirmaría que más bien es porque no nos interesa lo que los demás dicen (o preguntan) y por eso no somos capaces de responder acertadamente, pero de cualquier manera terminamos en incongruencia.

Sigue siendo un problema de comunicación, escribimos palabras inentendibles, contestamos incongruentemente a preguntas sencillas, hacemos preguntas retóricas, ninguna pauta para entender al otro; aún más, ninguna posibilidad de entendernos a nosotros mismos, pues nada me hace creer que alguien que no sabe escuchar sea capaz de escucharse a sí mismo, y por eso vamos por la vida sufriendo y sintiéndonos solos e inentendidos, ¿quién, en su sano juicio, sería capaz de entender?

lunes, 23 de marzo de 2009

Pasando los pilastros

Hay personas en el mundo con una buena ubicación, es decir, podemos llegar a diferentes lugares sin perdernos o nortearnos; hay otro conjunto de personas (en las que orgullosamente me ubico) que tienen complejo de taxistas, es decir, son capaces de llegar a cualquier lugar, por las mejores rutas, inclusive sin conocer bien el destino. Además de tener dicha cualidad, siempre cargo la Guía Roji en el coche (sé que la mía no está actualizada, pero sirve y eso es lo importante) y cuando me dirijo a un destino desconocido, checo también por internet la mejor ruta. Odio perderme, siento que cuando me pasa, todos los que me rodean se dan cuenta y seré prontamente asaltada (tengo un pensamiento mágico-trágico constante), así que lo evito a toda costa.

Desgraciadamente, no estoy exenta de perdiciones. Una de ellas, que nos tomó casi dos horas, fuimos a casa de una amiga que vive en Tecamachalco, el croquis que nos envió era muy claro: tomas Palmas desde Periférico, te sigues derecho y en la primera (primera porque era la única calle en el croquis) das vuelta a la izquierda, y luego, en la siguiente (que también era la única) a la derecha, y ¡listo! Por supuesto, no fue así de fácil, ni siquiera fue fácil, terminamos casi en Toluca (esas frases exageradas que utiliza uno para martirizarse), y luego volvimos a bajar. Cada vez que pedimos indicaciones de cómo llegar, la gente nos decía que o no conocían la calle, o no tenían idea, pero que seguro el taquero sí; oh aventura encontrar al mugroso taquero de Tecamachalco, quien, además, ¡tampoco sabía! No estoy segura de cómo llegamos a su casa, pero cuando finalmente lo hicimos, me hizo sentir mejor saber que no era la única que se había perdido, de hecho, era quien menos tiempo había estado perdida.

¿Por qué? me pregunto yo, ¿por qué la gente da mal las indicaciones? ¿Se acabaron también las personas que cuando envían un croquis, envían en realidad la página de la Guía Roji escaneada? Es como en los pueblos, cuando preguntas cómo llegar a una casa, y te dicen que ahí en casa de Chonita das vuelta, te sigues y luego vuelves a dar vuelta para allá (ahí mueven su mano felizmente hacia la izquierda o derecha, según sea el caso), pasas la casa de Juanita, y donde está el perro dormido, ahí es. Nadie nunca ha llegado a su destino con esas indicaciones, sobre todo cuando no tienes idea de quiénes son Chonita y Juanita, y cuáles son sus casas.

Esta reflexión rupestre me recordó aquella aventura michoacana que Ángel y yo vivimos hace 5 años. Mi familia putativa (es decir, la familia de mi madre putativa) tiene una casa en Tiríndaro, bellísimo pueblo en Michoacán, en el Municipio de Zacapu (es decir, rodeando, en algún lugar, el Lago de Pátzcuaro), a la que llevé en una ocasión a Ángel. Por supuesto, conocer Tiríndaro no implicaba aventura alguna, así que decidimos ir a Quiroga (por carnitas) y a Pátzcuaro (por helado de pasta), pero, de regreso, algo pasó, tal vez el enamoramiento, el fondo musical o los astros, y nos perdimos. Completamente perdidos en la noche, en una carretera en zig-zag, que no parecía llevar a ningún lugar. Al llegar a un bello pueblo decidimos pedir indicaciones, las cuales una bella señora dos dio: se siguen derecho por esta, y cuando lleguen a los pilasttros los cruzan, y ya están otra vez en la carretera, y ahí a la derecha llegan a Zacapu. Yo, amablemente agradecí las indicaciones, y al subir la ventanilla del coche, Ángel me preguntó qué eran los pilastros, yo, traté de ocultarlo, pero no pude más que reír y confesar ¡Que no tenía idea de qué era un pilastro! Esto, por supuesto, trajo una pregunta suya: entonces, ¿por qué no le preguntaste? La respuesta sigue siendo vergonzosa, me dio pena. Lo confieso: Soy Ariadna, soy intelectualoide, y no pude confesar ante una extraña mi ignorancia. Reímos mucho de vergüenza los dos, y sobre todo de ignorancia, cuando, de repente, así como si el cielo se hubiera abierto para iluminar nuestro camino (cual Mar Rojo ante Moisés) los divisamos: dos pilastros. No era nada extravagante, ni siquiera bonito, eran, en realidad, dos macetotas, ¡los pilastros eran dos macetotas feas en las orillas de la calle! Reímos mucho más, nuestra ignorancia había sido sobrepasada por la capacidad poética de la buena señora y, a partir de entonces, cuando alguien nos pide indicaciones de cómo llegar a algún lugar, yo pienso: pasando los pilastros a la derecha.

Ay amor, ya no me quieras tanto...


El cine de oro mexicano era para mí, hasta hace un año, un misterio, no había visto ninguna película de Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, o Mauricio Garcés. Sabía de su existencia, e inclusive los títulos de algunas películas, pero mi educación no me permitía verlas (mi papá todavía se estremece cuando piensa en que podría ver alguna); sin embargo, muchas de ellas influyeron en mi vida de manera indirecta.

Crecí en un ambiente bolerezco, mi abuelo siempre ha escuchado el Fonógrafo y cantado (con la entonación que nos caracteriza) todas las canciones. Creo que sólo dos veces en mi vida he escuchado una versión grabada de Amorcito Corazón, y por supuesto, no tenía idea de su procedencia. El año pasado, tuve el valor de ver Nosotros los pobres y, tengo que confesarlo, me fascinó, un melodrama maravilloso, lleno de trágicas historias, con actuaciones cuasi-fársicas (porque no creo que nadie haya hablado así alguna vez ni que esa sea una actuación realista) que cautivaron cada segundo mi corazón necesitado de tragedia. Poco tiempo después, vi Pepe el Toro (sé que debí ver antes Ustedes los ricos y Los ricos también lloran, pero esas no las tenemos) y sentí lo mismo, un amor edípico hacia Pepe el Toro cantando el Oso Carpintero y mucho dolor en cada escena trágica.

Ahora, con conocimiento de causa, puedo decir que son películas maravillosas (repito, en su matiz cuasi-fársicas melodramáticas), y esto me ha llevado a ver otras más, como Dos tipos de cuidado, película que me hace desear que dos hombres peleen por mí cantándose (sobre todo en esta época de pistolas y ningún respeto a las reglas de duelo).

Curioso es que muchos boleros hayan sido cantados en estas películas, y que sea así como la gente las recuerda y ubica, porque yo no, para mí son las canciones que mi abuelo desentonaba todas las tardes y fines de semana. Esta fue la causa de que, un día, mi realidad fuese golpeada con ignoranci: cantaba yo "ay amor, ya no me quieras tanto" (es todo lo que me sé) y Ángel comentó que ese también era un bolero de las películas del cine de oro, ¡no lo podía creer! veintitantos años de ingenuidad me golpearon, siempre pensé que eso era una composición más de mi abuelo (compone todo el tiempo, por supuesto, no de manera profesional o siquiera decente), no un bolerito que alguien más había compuesto y otro buen hombre hecho famoso. Era una afrenta a mi bagaje familiar, a los pilares que tanto se defienden en mi familia.

Todavía siento un relámpago de vergüenza cuando lo recuerdo, tantos años que fui por la vida pensando que mis cantos eran una composición más de Chucho Valdés, sin darme cuenta que mi falta de cultura cinéfila me creaban un universo de ignorancia que alguien como yo (pretenciosamente intelectual) no puede permitirse.

Aún no he podido comentarle a mi abuelo que conozco la verdad, temo que esto pueda afectar la visión que tengo de él (es decir, que él lo sepa, porque mi visión ya ha cambiado), y no creo tener el valor de hacerle eso, de vivir el resto de sus días sabiendo que yo sé que él no es el gran compositor musical que yo siempre he creido que es (repito, que él cree que yo creo que es); así pues, sigo cantando "Ay amor, ya no me quieras tanto" pero ahora con una representación más melodramática, no sé si por que conozco la verdad, o porque estoy preparando mi audición para la siguiente película de Pedro Infante...

miércoles, 18 de marzo de 2009

Los poderes mágicos del claxon

Yo, como cualquier persona que viva en esta ciudad, sabe del caos víal y las terribles consecuencias que éste tiene en nuestras vidas. Debemos dedicar mucho tiempo en trasladarnos de un lugar a otro, y siempre tenemos que estar preparados para cualquier imprevisto. Un factor común en un embotellamiento, es la presencia del claxon, ese sonido espantoso que todo coche tiene, para avisar a los demás conductores su presencia. Es maravilloso su poder, o por lo menos la confianza que la gente le tiene, tocan el claxon cuando está completamente atascado un cruce (digamos, el que me tocó ayer, División del Norte y Xicoténcatl) esperando que por el simple sonido, el resto de los automóviles desaparezcan (cual el hada madrina de Cenicienta,, bidibi babidi buuu!!!). Esto no sucede, tengo que decirlo: el claxon sólo sirve para molestar al resto de los conductores que ya de por sí sufren en el embotellamiento.

A mí no me gusta mucho usar el claxon, otra hada madrina me confesó que no sirve para desaparecer coches, así que sólo lo uso de manera terapéutica en el embotellamiento; no puedo mover a los tontitos que estorban, pero sin duda me libera del estrés ocasionado por la pendejez social, y resulta mucho más seguro que bajar la ventanilla y gritarles, o inclusive que salir del coche y golpearlos. Mi hada madrina no me ha concedido poderes super poderosos aún, así que me conformo con los poderes terapéuticos que provee.

jueves, 12 de marzo de 2009

Puntualidad


De conformidad con mi línea educativa, la puntualidad es un pilar de la buena educación. Cuando uno acuerda verse con otra persona a una hora determinada, lo correcto es asistir a esa hora, puntualmente; sin embargo, parece que la puntualidad es parte de los conceptos incomprensibles para el mexicano.

Los argumentos que me han dado sobre por qué la gente llega tarde, son tan variados como los minutos de retraso con los que asisten: había mucho tránsito, no calculé bien el tiempo, hago mi mejor esfuerzo pero me cuesta mucho trabajo llegar a tiempo, o simplemente lo siento (por no mencionar a aquellos que ni siquiera tienen consciencia de que llegaron tarde). Todos estos argumentos para mí resultan increíbles por ser completamente ilógicos, por supuesto que hay mucho tránsito, en esta ciudad TODOS los días hay tránsito y manifestaciones, y las rutas suelen incluir calles o avenidas cuyo tránsito es siempre aterrador. Esto se aplica también al mal cálculo, cualquier persona que calcule sus tiempos como si fueran las 3 de la mañana en lunes carece de raciocinio; a ningún lugar puede llegar uno en menos de media hora (salvo que las distancias verdaderamente sean cortas, cosa que tampoco pasa comunmente). El argumento del esfuerzo, utilizado siempre por una conocida, me parece maravilloso, si uno hace el esfuerzo, ¿cómo es posible que no logre nada? Cada vez que me esfuerzo y no logro mi propósito me siento frustrada y la siguiente ocasión hago hasta lo imposible por conseguir mi meta, sobre todo cuando es algo tan sencillo como llegar puntual.

Siempre me he preguntado por qué resulta un reto a la calidad humana de las personas llegar a tiempo, parece como si los dioses confabularan para que esto resulte tan complejo como el regreso de Odiseo a Ítaca. No lo entiendo, para mí es sencillo hacer cálculos y llegar a tiempo; considero la hora, el lugar y la distancia que hay entre ese lugar y donde yo me encuentro, analizado la ruta que tomaré, y en función de eso realizo el cálculo de tiempo que me tomará llegar puntualmente. Son pocas las ocasiones en que llego tarde, y muchas de ellas por situaciones que me fue imposible preveer (un choque que ocupa varios carriles de Calzada de Tlalpan, por ejemplo), pero siempre me molesta ser impuntual, y por ello procuro avisar a quien me espera que llegaré un poco tarde.

Mi abuelo siempre ha dicho que ser puntual es importantísimo, llegar tarde es una falta de respeto a la otra persona, pues creemos que podemos utilizar su tiempo a nuestro gusto, y esto no está bien. Yo estoy de acuerdo, dejar a alguien esperando es una manera de decir que no nos importa su tiempo ni respetamos su persona, pero esto nos lleva a pensar el por qué. Si en verdad esa persona no nos respeta, ¿por qué lo seguimos viendo? ¿por qué lo esperamos? Me parece que también es una manera de no respetar nuestro tiempo y a nosotros, y eso nunca sienta bien.

A Jesús Andrés (mi hermano menor) le fascina la frase que utiliza Ángel para tomar un descanso: regreso en 5 minutos mexicanos. La primera vez que Jesús escuchó esa frase tenía 7 años y no comprendía a qué podía referirse con eso de que el tiempo puede ser mexicano o extranjero, cuando le expliqué quedó fascinado, al grado de realizar un cálculo sobre la equivalencia: 5 minutos mexicanos equivalen a 15 minutos ingleses, 15 mexicanos a 45 ingleses, y así sucesivamente. Como buen pequeño científico, decidió hacer conversiones de tiempo sobre todas las actividades que realiza la familia, y calculó que Adriano se tardaba en estar listo 30 minutos mexicanos, su mamá sólo 15 minutos ingleses, yo 10 minutos mexicanos, Hugo toda una eternidad, igual que mi papá.

Adriano, por su parte, tiene un concepto muy extraño de la puntualidad, si hay una comida a las 3, él está listo desde las 10 de la mañana, sólo que mientras espera, realiza otras actividades. Cuando llega la hora de salir, él grita: sólo me meto a bañar y nos vamos. ¡No lo entiendo! Si ya estaba listo desde antes, ¿cómo es posible que necesite meterse a bañar? ¿qué no conoce el concepto "estar listo"?

Obviamente, yo llego puntual a mis compromisos, pero esperar a la otra persona siempre me resulta estresante y molesto. Más de 10 minutos ya crea en mi un enojo hulkesco, lo cual tampoco me parece educado, pues si estoy esperando, es porque acepto que el otro puede llegar tarde y esto cancela mi derecho de molestarme. Para evitar ataques de ira en público, decidí llevar siempre un libro conmigo, así puedo leer mientras hago tiempo, y éste no pasa ni tan lento ni de manera molesta. He notado que varias de mis amigas tienen la misma costumbre, llegar con un libro por si hay que esperar (irónico que lo hagan conmigo, cuando mi puntualidad es tan famosa). ¿Será porque todos conocemos la inminencia de la impuntualidad y hemos decidido aceptarla? O, simplemente, uno cede un poquito con la ilusión de que el otro, un día, pronto, será capaz de no hacernos esperar.

Mientras esto sucede, seguiré cargando mi libro...

jueves, 5 de marzo de 2009

Sarcasmo

¡Qué bonito es el sarcasmo! Eso pienso yo, que no hay como contestar a una pregunta ofensiva o tonta con una respuesta sarcástica, que te coloca en una situación ventajosa. Desgraciadamente el interlocutor debe tener un mínimo de coeficiente intelectual para poder comprenderlo, y esto no sucede con la regularidad que un alma sarcástica necesita. Básicamente, cualquier persona que no entiende el sarcasmo, te agrede diciendo que eres tonto por contestar algo así, que cualquier persona pensante sabría que la respuesta que das es idiota... irónico ¿no? ¡Así, consigues sarcasmo e ironía en una sola conversación!

Recuerdo una ocasión en que Ángel le dio un "besito" al coche que estaba frente al nuestro. Los dos muchachos se bajaron a ver qué había pasado y cuando vieron que era un rayón, le dijeron a Ángel que tenía que pagarles. Las agresiones fueron interesantes, la chica (que no venía manejando) le preguntó varias veces que si era pendejo, y él, hombre flemático, evadió la respuesta. Me bajé del coche para ver qué pasaba y me dijo la inteligente, que teníamos que pagarles.

La discusión sobre el pago y mi propuesta de llamarle al seguro se alargó un poco, ellos querían efectivo, y yo quería utilizar mi seguro (para eso lo pago). Cuando, desesperada, le contesté que estaba bien, que le pagábamos, pero que no teníamos efectivo, contestó que podíamos ir al banco, pero ¡no! ellos argumentaban que no podían perder su tiempo (ni el nuestro ¿?), así que yo le pregunté si traía una terminal electrónica para hacerle el pago con tarjeta. La respuesta fue maravillosa, contestó que no traían, me preguntó si era yo medio pendeja, porque nadie trae una terminal electrónica en su coche... Oh maravilla, pensé yo, esta chica no ha notado que es sarcasmo, que evidentemente no les íbamos a pagar (porque además, ni en la tarjeta teníamos dinero); y no sólo no había notado que era sarcasmo, sino que había pensado que yo era la tonta por proponer cosas imposibles.

Siempre sucede, cuando alguien te ve con un nuevo corte de cabello y te pregunta si te lo cortaste, la única respuesta posible es sarcástica. Por alguna razón, que no alcanzo aún a comprender, las personas tienden a hacer preguntas sobre situaciones obvias, en vez de afirmar que lo han notado, o emitir una opinión al respecto. Está bien, no siempre sucede, existen raros casos de personas que sí pueden hacer una anotación correcta, como: me gusta tu nuevo corte de cabello; pero estos son los menos.

Me encantaría vivir en un mundo donde las personas no necesiten hacer preguntas tontas, para que así el sarcasmo fuera utilizado sólo en situaciones especiales hacia personas particulares. Pero, confieso que esto tiene una desventaja, si la gente no se expresara incorrectamente (o tal vez correctamente, porque su capacidad no da para más), no podríamos reirnos tanto de la estupidez social y eso sin duda sería triste.

viernes, 27 de febrero de 2009

Visceras

Vengo de una familia de clase media, tal vez media-alta, nunca hemos tenido grandes lujos, pero como buena familia burguesa, tenemos necesidades básicas que podrían ser consideradas como lujos. Tanto mi familia paterna como materna, consideran que una sana y buena alimentación nunca es un lujo, sino una necesidad que debe ser satisfecha todos los días, con productos de buena calidad. Así, comemos embutidos caros, pero no porque sean caros, sino porque son buenos (estos mantienen una proporción directa entre calidad y precio). Esa regla, sea o no verídica, la aplican a casi todos los alimentos: los lácteos, los vegetales, y por supuesto la carne. En cuestiones de cárnicos, las reglas siempre han sido sencillas, se come carne (pollo, res, cerdo, pescado) todos los días, pues son los alimentos que aportan la cantidad necesaria de proteínas.

De la mano con esa regla, nunca nunca nunca comemos vísceras. En palabras de mi abuela, las vísceras son para los perritos. Mi mamá nos educó igual, nunca comimos vísceras, y ella podría morir antes de hacerlo.

Platicaba un día con el novio, cuando descubrí que no sólo en su casa comían vísceras, sino que además le gustan. Su mamá cocinaba mucho hígado empanizado, corazón de pollo en el caldo, corazón de res asado, y otras delicias culinarias, a gusto de su familia.

Cada vez que me lo platica, procuro esconder el asco; los valores familiares no me permiten ver bien que alguien coma eso y lo disfrute, y menos cuando es la persona con la que vivo y a la que yo le cocino todos los días. La frustración que siento cada vez que le preparo un corte de carne es inimaginable.

Un día reuní valor para preguntarle sobre estas costumbres, y lo que me contestó me divirtió muchísimo. Me dijo que en su casa comían vísceras porque eran más sanas, no es la grasa o el músculo (en estos argumentos el corazón no es un músculo, sino un órgano) lo que puede aportarnos nutrientes, sino los órganos vitales que, por serlo, contenían todo lo que un humano necesita para crecer sano y fuerte. Sorpresa la nuestra cuando le comenté que ese era también el argumento en mi familia, obvio al revés, que la carne de las costillas, las piernas y el abdomen, es decir, los músculos, eran la parte más nutritiva de los animales, y que por eso los comemos.

¿Cómo puede aplicarse el mismo argumento en situaciones opuestas? ¿Quién podía tener razón, mi familia utilizando su pensamiento científico, o la suya utilizando su experiencia? Ninguno de los dos estudiamos alguna ciencia o medicina que pudiera ayudarnos a saber quién tenía la razón, así que acudimos a mi tía, química en alimentos, para darnos una respuesta. Ella nos explicó que los análisis que han realizado afirman que las vísceras contienen proteínas y nutrientes, pero no en la misma cantidad que los músculos, y que ella nunca recomendaría comer vísceras, puesto que el hígado y los riñones, al ser órganos que limpian el organismo, contienen todas las toxinas que no han permitido circular y, por ello, comerlos resulta perjudicial, e inclusive podría devenir en cáncer de hígado.

Ahora tenemos respuestas a nuestras preguntas. En cada grupo social, se crean argumentos para sostener las decisiones que toman, independientemente de que estos sean o no ciertos, sino que atienden a justificar las limitaciones económicas. Si un padre le dijera a su hijo que comen hígado porque no pueden comprar bisteces, a pesar de ser malo para la salud, todos los hijos se revelarían y el peso de la condición social devendría en una terrible tragedia.

Saber que mi prejuicio en este caso no es un prejuicio, sino una verdad, me enorgullece, ahora podré ir por la vida haciendo gestos cuando alguien come vísceras, o cuando me las ofrecen sin sentir culpa, porque sé que tengo una razón "científica" para despreciarlas, y además, puedo catalogar a la persona en el conjunto de los que comen vísceras (que ahora contiene una nota al pie: aquellos cuyo conocimiento sobre una sana alimentación es prejuiciosa).