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jueves, 14 de febrero de 2019

Mi familia: amor silenciado

¿Han visto que hay familias que expresan el amor que se sienten? Que, además, lo hacen de forma explícta, con palabras, con abrazos, con gestos. ¿Qué clase de gente hace eso? Me resulta demasiado extraño.
Mi familia, por tradición y aprendizaje, silencia el cariño, la admiración, el reconocimiento. Si alguien admira algo de otro miembro de la familia, de desvive en decírselo a los demás, en contarle (a extraños) lo maravilloso que es alguien, pero jamás se lo dice a esa persona.
El sábado, platicando con mi papá, él dijo que nuestra familia escondía esas cosas, que sus padres nunca le dijeron que estaban orgullosos de él, que le admiraban, nada. Tan era así, que él estaba seguro de que su hermano menor era el favorito de sus padres, pero todos sabíamos que no era así, que el favorito era mi papá. El menor, en realidad, era el pobrecito, el inútil, el que necesitaba todo el apoyo, dinero y atención porque solito no podía. Y esos, como decía una amiga, nunca son los favoritos. Pero, mi papá no lo sabía, toda su vida estuvo convencido de que él no era meritorio de reconocimiento, admiración o un cariño especial por parte de sus padres. Porque se silencia, en mi familia el amor se silencia.
Lo mismo pasaba desde mis abuelos a nosotros. Yo sabía (siempre supe y sabré) que mi abuela y yo teníamos un vínculo especial, pero no que yo fuera la favorita, o la más querida, o algo así. Cuando ella murió, varias de mis tías se acercaron a decirme que yo era lo más querido de mi abuela, que nunca fue más feliz que cuando yo nací. ¿Por qué? ¿Qué me hacía tan especial? ¿Por qué nunca me lo dijo?

¿Por qué hacen falta las palabras para sostener lo evidente? Y, aún más, ¿por qué es tan difícil decirlas?

Mi papá es un poco así. No expresa su cariño hacia nosotros... más bien, no lo expresaba. Hace un mes, más o menos, estábamos platicando por whatsapp y me mandó un "te quiero mucho". 37 años y, finalmente, lo había dicho. Nunca me había dicho que me quería, y sí, uno podría decir que es evidente, que se nota en muchos detalles; pero el punto no es ese, es que nunca lo había dicho. El año pasado hizo una fiesta por su cumpleaños, y en un discurso dijo que estaba muy orgulloso de sus cuatro hijos, que incluso, le parecíamos tan excepcionales que le gustaría que fuéramos sus amigos. Sé que suena raro, pero también bonito, porque implica reconocer quiénes somos más allá de la filiación. Claro, al mismo tiempo, implica no reconocer que somos diferentes entre los cuatro. Otra vez, silenciar lo que nos hace únicos y especiales. Sí, sí, entiendo que hubiera sido feo "diferenciar" en público, pero también, al no hacerlo, es como si nada se dijera. Porque no somos iguales, ni de personalidad, ni de actos, ni respecto de él; la relación que cada uno tiene con él es bien diferente, tenemos pasados compartidos bien diferentes, y le tratamos de formas diferentes. No, no somos iguales, y no, juntarnos a los cuatro en ese conjunto, no estuvo padre. 
Por supuesto, no tomó mucho tiempo para que uno de mis hermanos dijera "a huevo, mi papá está orgulloso de mí, voy a dejar de trabajar". (¿Alguien más nota que esa respuesta es completamente tonta y fuera de lugar, que es imposible inferir eso?)

Resulta un poco contradictorio que, por una parte, yo reconozca que es necesario apalabrar, nombrar las diferencias y, por la otra, que me incomode cuando eso pasa. Tampoco podríamos esperar que lo aceptase como si nada, después de tantos años.

Siento como si, de repente, tuviera que reacomodar los lugares y las relaciones en la familia. Como si este empezar a hablar implicara que mi lugar en la familia es diferente y, al mismo tiempo, el mismo. Ya tiene muchos años que la esposa de mi papá dice (frente a cualquiera) que a mi papá nada le hace más feliz que pasar tiempo conmigo, lo cual implica que soy especial (tal vez ¿la favorita?), pero sigue estando como "por confirmar" hasta que mi papá también lo diga. Sí, cuando lo diga, me voy a seguir incómoda, tal vez un poco culpable porque eso deja a mis hermanos ¿dónde?, aunque sepa que así es, y que es algo que se sabe.

Mi amiga decía "el que necesita nunca es el favorito", porque a ese hay que darle porque necesita, porque se sabe que no dar tiene consecuencias negativas, porque no se le puede desproteger. Pero eso también hace que el favorito, el que no necesitó, el que salió adelante solo, tenga todo el mérito por sí solo y, por lo mismo, que se lo quite a los papás. Si nunca necesitó, eso significa que los padres quedaron relegados de protagonismo, de méritos, de reconocimiento. ¿Cómo puede ser tu favorito el que menos te necesitó, el que nunca te pidió ayuda, el que no te convocó? ¿Cómo puedes querer más a quien te mantuvo a cierta distancia? ¿Cómo funciona eso?

Tal vez, la etiqueta de "favorito" implica ambas cosas, reconocer que el otro es bien chingón, y reconocer que uno se alejó de allí; que no se necesita de uno para que el otro florezca, devenga, sea, que el otro es maravilloso porque lo es, y que tal vez el único mérito que se tiene del otro lado es haberse alejado, haberle dado espacio. Y tal vez, eso haga que ser el favorito sea doblemente chingón, porque uno lo es porque lo es, y desde allí, las relaciones con los padres pueden ser otras.

jueves, 24 de enero de 2019

Con la edad...

Hasta que cumplí 37 años (es decir, hace unos días) pensaba que, con la edad, me convertiría en "señora", en una mujer adulta, en algo que (aún) no era. Como si la edad, el tiempo y lo transcurrido en él, fueran a hacer de mi otra persona, a cambiar ciertos rasgos, conductas o gustos, como si esa que yo era/soy fuera pasajera, el "mientras" me hago adulta.

No sé bien si es una idea que saqué de mi familia, de ver a las mujeres (ya adultas) en mi familia, en cómo se comportaban a cierta edad, y que eso me hizo pensar que yo, igual que ellas, sería así a esa edad; tal vez, es una cuestión cultural o de educación, que uno deja de ser adolescente y se convierte en un adulto responsable porque así debe ser, porque es lo esperado, porque hay que madurar, por lo que sea.

No lo sé. Lo que sí sé es que, más bien, yo no me he convertido en esas mujeres, ni en esa idea que tenía de una mujer adulta, vaya, ni siquiera soy señora (y ya casi voy a cumplir cuarenta).
Tengo casi cuarenta y no me he casado, lo cual no está mal porque me gusta mucho la soledad, vivir sola, y porque sólo he conocido a un hombre con quien creí que podría vivir feliz y sin pelear (es decir, un buen candidato para casarme... salvo por el hecho de que él decidió que no quería estar conmigo porque le incomodaba nuestra intimidad y porque "no teníamos futuro"... vaya diferencias de percepción, gracias, Lacan). 

Además, nunca he querido tener hijos, ya me hicieron la salpingoclacia y, consecuentemente, no tendré una familia; lo cual, al mismo tiempo, hace que encontrar, buscar o estar con un hombre no implique prisa alguna.

Ninguna de las ideas de mujer adulta que tenía implicaba esto: estar sola. Recuerdo que mi mamá a mi edad tenía ya 10 años divorciada, pero era eso: una mujer divorciada y con dos hijos. Yo no soy ninguna de las dos.

También pensaba que, a los treinta, ya me habría quitado el arete del ombligo y los "extras" de las orejas, porque las mujeres adultas no los usan. Pero no sólo no pasó, sigo usándolos todos (no he encontrado una razón para quitármelos, así que siguen aquí, ya con 20 años en mi cuerpo) y, después de los 30, comencé a tatuarme (bueno, fueron dos sesiones para seis tatuajes y una tercera para quitar dos anteriores y poner uno nuevo). Sin duda, las mujeres adultas de mi cabeza no se tatúan a esta edad.

Sigo usando las uñas pintadas de negro, azul, morado, blusas de tirantes, escotes, blusas sin espalda, mini-mini faldas, botas, pantalones a la cadera... esas cosas que estaban de moda cuando fui adolescente. Modas que, también, pensé que de adulta dejaría de usar, que comenzaría a vestir como mujer adulta exitosa-ejecutiva- formal. Pero no pasó. Mi trabajo (clínica psicoanalítica) me permite vestir como se me da la gana, mi cuerpo (para mis estándares, no pretendo generalizar ni esperar que todas se vistan como yo o sigan mis tontos estándares) me permite ahora, más que antes, usar mini faldas, enseñar las piernas, la espalda, los brazos. No sólo no dejé de usar esa ropa, sino que ahora la uso mucho más feliz y segura que en mis veintes (que pasé, en su mayoría, con sobrepeso... a diferencia de mi adolescencia, en la que estaba súper flaca y curveada).

Tal vez, con la edad, me he vuelto un poco menos agresiva, un poco más sabia, con más ganas de perdonarme y perdonar a los demás, de entender (a ellos y a mi); pero sigo teniendo el mismo sentido del humor, sigo diciendo groserías, haciendo chistes vulgares, hablando como si no me importara quién me escucha (no me importa, nunca me ha importado), no siendo capaz de controlar el volumen de mi voz, diciendo cosas fuera de lugar.

Ahora, a la mitad de mi vida, caí en cuenta que, ser adulta tal vez no se trata de dejar de ser yo, sino lo contrario: ser más yo, ser yo sin importar el otro, sin considerar expectativas, demandas y necesidades impuestas. 
Tal vez, ser adulta es poder estar en paz con esto, y no soltarlo. No dejar las botas ni aunque "sean para chavos", no dejar de reír a carcajadas, no dejar de disfrutar el tiempo y espacio sola, no dejar de vestir como me gusta, de decir lo que quiero, de sentirme.

Tal vez, ya tiene mucho que soy una mujer adulta, que soy, Ariadna, sólo que no me había dado cuenta de que esto es lo que habrá.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Push-ups, o masculinidades enclenques

Por diversas cuestiones, hace 5 años comencé a hacer ejercicio; como nunca me gustó el esfuerzo físico, tomó algo de tiempo que encontrara qué me gustaba (o, por lo menos, no padecía demasiado) hacer. Comencé con pesas y natación, me encanta el agua, la sensación de estar dentro del agua, el olor a alberca me hace sonreír, así que fue un buen comienzo. Hasta que me metí al agua. Tenía 20 años de no hacer natación, no sólo no tenía condición física, con pulmones de fumador y dificultades para entender las indicaciones (ya había tomado clases, sabía la técnica de todos los tipos de nado, pero no fue como con la bicicleta, esto sí lo olvidas) fue toda una odisea. Pero me gustó, salía agotada y feliz, emocionada.

Poco a poco, mi cuerpo se fue convirtiendo en otro: fuerte, marcado, resistente al esfuerzo. Poco a poco, dejé de ser sólo un ratón de biblioteca chupa-libros, y me convertí en otra mujer, aunque no supiera aún en cuál o de qué tipo.

Hace cuatro años comencé con las clases de TRX, mi fascinación absoluta. Es mucho ejercicio, en todos ejercitas la espalda media (muy importante para alguien que, como yo, tiene problemas de espalda), y los resultados son bastante rápidos de percibir. Tres horas a la semana y, en unos meses, tenía los brazos y la espalda marcadas. Además, tenía más fuerza, más resistencia, comenzaba a gustarme poder hacer ejercicio y la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Un año después, decidí combinar TRX con entrenamiento funcional (el primero por las noches, el segundo por las mañanas), y me sentí aún más feliz. Podía hacer tantas cosas, cargar pesos que jamás pensé que podría. Maravilloso.

Pero, esto no se trata tanto de mi amor al ejercicio como de las masculinidades, así que retomemos el camino.

En ambos entrenamientos haces ejercicios para las piernas, para el abdomen, y para la parte superior (brazos, espalda, pecho). Como era de esperarse, los hombres hacían con mayor enjundia los ejercicios de la parte superior, eso es "lo suyo". No sé por qué o cómo (más bien, si es cierto) pero me entró en la cabeza que una forma de evitar que mis pechos lleguen al ombligo es tener fuerte el músculo que les sostiene (porque sí, los pechos son pura grasa, tejidos y glándulas, nada de músculo), además, una espalda fuerte aminora el dolor de espalda y mejora la postura. Así que ahí estaba yo, dándole duro a los ejercicios de espalda y pecho, de hombro, de brazos; con mi amigo/compañero de TRX retándonos y picándonos para hacer los ejercicios, fui metiéndole más fuerza, más intensidad (no recomiendo, nadita, escoger como compañero de ejercicio un ex-jugador de americano, le meten a lo superior con gusto y, si además les gusta el reto, es una dinámica dolorosa), haciendo los ejercicios al nivel de él, más repeticiones, más enjundia.

(Por supuesto, él tenía 20 años de delantera respecto de mi, había ejercitado esa parte de su cuerpo desde niño y, por más que yo quisiera superarle, era imposible.)

Un día, a media clase de TRX, el entrenador dijo que haríamos power-push-ups y una chica, muy asustada, gritó "esos son ejercicios para hombres". CASI ME MUERO Y ME LA LLEVO DE CORBATA. "Esos son ejercicios para hombre", ¿qué es eso? hasta donde sé, los únicos ejercicios "para hombres" son de pene, porque el resto de los ejercicios, en tanto implican músculos que TODOS tenemos, no son exclusivos de un sexo. Después de quejarme con mi amigo, caí en cuenta que esa es la creencia generalizada: las lagartijas SON para hombres, las mujeres no hacemos esos ejercicios. Habrá quien diga que es porque no tenemos fuerza para hacerlas, habrá quien diga que si haces muchas te bajan los pechos.

Después, me fijé que esto era tan cierto, que muchos hombres se juegan toda su masculinidad en unas lagartijas. Es muy divertido verles cómo se frustran y enojan cuando una mujer hace más que ellos, cuando una mujer no se cansa y ellos sí. Hacer lagartijas se convirtió en una demostración de quién es y debe ser el hombre (para ellos) y, en esa demostración se les va la vida. No quieren aflojar, no quieren parar, no quieren utilizar menos peso, quieren seguir sosteniendo esa bella masculinidad, aunque esté un poco magullada.

Pobres machitos, pobres hombres, pobres masculinidades, expulsados de su espacio (el gimnasio), sus ejercicios (las lagartijas), su lugar en el mundo. Pobres.

Tal vez, en unos años, puedan ser tan fuertes como una mujer. Ya casi.

martes, 30 de octubre de 2018

Morralla: la cosificación de la vergüenza

No sé si pasa en todas partes del mundo, pero en mi bello país (México), la morralla (es decir, las monedas, "el cambio") y los billetes de baja denominación (como el billete de $20) son motivo de vergüenza; pagar con cambio resulta, casi siempre, algo que da pena y que se hace sin que el otro se dé cuenta.

Podríamos decir que, en términos de dinero, también existen jerarquías, y no sólo en el sentido de que más dinero te hace más, sino que la denominación del billete con el que pagas dice algo de ti. A veces, uno paga con un billete de $500 y, por eso mismo, el trato recibido es diferente, como si el simple hecho de tener uno de ellos significara que tienes muchos más (si no, ¿cómo es que tienes por lo menos uno? no es lógico, es obvio, ja); algunas de esas ocasiones, uno paga con un billete de $500 porque es el que te dio el cajero y, para ser honestos, es todo el dinero que tienes para la semana.

Tal vez sea cierto que la morralla se gasta más fácil, que es mucho más difícil llevar un control de cuánto se ha gastado si lo que tenemos es cambio,  porque saberlo implicaría contar monedas (varias) y más billetes (que si fuera de alta denominación) cada-vez-que-compras-algo. Mucho trabajo, mucho esfuerzo. Como consecuencia, solemos guardar los billetes (de $100 para arriba) y ser más prudentes a la hora de gastarlos, porque "romperlos" significa que gastaremos tooooodo ese dinero más rápido y sin control.

Para mi, el dinero es dinero y lo que importa no es en qué forma (moneda, billete) lo tienes, sino que lo tienes (o, como bien sabemos, que NO lo tienes), que puedes pagar algo con eso. Recuerdo que, cuando saqué mi coche (hace ya 15 años) pagué el enganche con el dinero que había ahorrado de propinas (trabajaba de mesera) y otros ingresos y ahorros; como una parte eran propinas, podrán imaginar cómo llegué a pagar $30,000 con un señor fajo de billetes bien grandote, porque eran billetes de todas las denominaciones, y la pobre cajera me miró como si estuviera loca, me lo dijo y reprochó que llegara "con tanto dinero" (no entiendo de qué otra forma pensaba que iba a pagar $30,000 ¿con billetes de 5,000 del Turista?¿con cheque de caja? tenía 21 años...).

Irónicamente, un billete de $500 es tanto una bendición como una maldición. Hay pocas situaciones más frustrantes que tener sólo un billete de $500 y necesitar pagar algo. En la tienda, no te cambian el billete, ni tampoco "tienen cambio" si quieres comprar algo de menos de $100; en el transporte, no puedes pagar con él; en la papelería; la vida de a pie y de a diario no es compatible con los billetes de altas denominaciones, porque nadie quiere/puede cambiártelos, o porque creemos que son falsos (¿por qué no harán billetes de $100, $20 y $50 falsos? sí, sí, sí, es más difícil con los "nuevos billetes", pero de todas formas me lo pregunto, porque creo que esos pasan más fácilmente de mano en mano, y pocas personas se cuestionan siquiera que puedan ser falsos, en cambio, los de $500 pasan por un examen y estudio bastante más riguroso, aunque no por ello infalible).

Tal vez, al final del día, el dinero contante y sonante tiene un lugar tan indispensable y complejo en nuestras vidas bajo el capitalismo, que no puede estar exento de prejuicios, juicios y tratos diferenciados. Porque, y eso lo sabemos todos (aunque no lo sepamos), los ricos o cargan muchos billetotes (pero muchos muchos, cual fajo de gasolinero) o sólo tarjeta, porque tienen tanto, que ni siquiera se molestan en esas nimiedades. Y nosotros, los proletarios, tenemos que hacérnoslas con los billetitos, con las monedas, con la morralla y la vergüenza que implica no ser parte de los otros.

lunes, 24 de septiembre de 2018

El chico con el que no sabía si estaba saliendo...

En enero conocí a un chico (vía internet) y, después de un par de días de platicar, me dijo que si íbamos a cenar; yo, que soy una mujer debidamente sabia en cuestiones de "salir", le dije que mejor fuéramos por un café (qué tal que me cae mal o me aburre a media comida, y no sucederá que yo deje de comer para irme, así que es demasiado riesgo). El chico propuso un café, la hora, y quedó sentada la cita.
En el día, hora y lugar, me encontraba yo, cuando vi a un muchacho (que era "mi cita") mirar en el celular y luego a las personas a su alrededor, supongo que tratando de encontrarme. Se acercó, nos saludamos, pedimos de tomar y comenzamos a platicar. ¡Quién iba a pensar que nos caeríamos tan bien! Hablamos de un montón de cosas, nos reímos, compartimos, súper divertido. Tres horas más tarde, nos llevaron la cuenta porque ya iban a cerrar el lugar. Como debe ser, yo saqué la cartera y como él no dijo ni hizo ademán de pagar toda la cuenta, puse lo correspondiente a mi consumo. [Primera situación extraña]
Caminamos hasta la esquina, dijo que tenía hambre y me preguntó si quería ir a cenar algo. Me cayó tan bien que dije que sí y propuse un lugar de pizzas a unas cuadras de donde estábamos. Cenamos, platicamos más, nos reímos, todo iba maravillosamente bien. Pedimos la cuenta y ambos sacamos la tarjeta, cuando llegó la mesera él dijo que la cuenta a la mitad, y cada quien pagó "lo suyo". [Repetición de la situación extraña]
Nos levantamos y, otra vez en la esquina, me preguntó cómo me iría a casa; contesté que si todavía alcanzaba, me iría en Metrobús y que si ya no había servicio, caminaría; él dijo que también tomaría el Metrobús (para el sentido opuesto), así que podíamos caminar juntos hasta allá. Al llegar, dijo que me acompañaba a que yo tomara "mi" Metrobús y, antes de despedirse, me dijo que como se preocupaba un poco, que por favor le mandara mensaje al llegar a casa; me pasó su número y nos despedimos. [Tercera situación extraña]
Llegué a casa, le mandé mensaje y respondió agradeciendo la noche tan divertida que pasó/pasamos.
Los siguientes días platicamos por whatsapp, de cosas interesantes y cotidianas, todo bien y divertido. Me dijo que iría el miércoles a ver una película (no recuerdo cuál) por mi casa, en caso de que me interesara ir; mi respuesta fue que ya era muy tarde para mi, y que los miércoles eran días muy pesados de trabajo, por lo que no podía ir. 
El sábado siguiente, me mandó un mensaje preguntando qué estaba haciendo, le dije que estaba en un seminario de psicoanálisis, y él preguntó si quería ir a cenar o a tomar un café, contesté que no tenía dinero, él dijo que lo importante no era el café sino la convivencia, pero yo seguía sin tener dinero, le ofrecí estambre (porque era algo que sí tenía), pero él dijo que no sabía hacer nada con estambre. Fue una conversación extraña, y terminó en que no nos veríamos. [Cuarta situación extraña].
Después de ese día, no volvió a invitarme a salir ni a vernos, seguimos platicando, pero más bien comenzamos a hacernos amigos, nos contamos cosas que no le cuentas a alguien con quien estás saliendo, y la relación se hizo más íntima (y, al mismo tiempo, más lejana, pues seguíamos sin vernos).

Cuando le contaba esto a mis amigas y amigos, mi conclusión era que no sabía si estaba saliendo con el muchacho, porque no había hecho ninguna de las cosas que se supone que hacen los hombres cuando están saliendo con una mujer (la afirmación anterior se basa en un amplio estudio de los tres documentales más importantes de "dating": Sintonía de amor, Hitch, No le gustas tanto): no ofreció pagar la cuenta en ninguna ocasión; aun más, cuando le dije que no tenía dinero, y él insistió que quería verme, no dijo "yo invito esta vez y tú la siguiente" (así, como para no sentar precedente y que se pudiera malinterpretar que él pagaría) ni nada parecido; el primer día, dijo que le preocupaba que yo me regresara ya tarde a casa sola, pero tampoco se ofreció a acompañarme, vaya, ni siquiera se ofreció a acompañarme a mi estación del Metrobús (esta opción es considerando que tal vez, si caminaba conmigo la cuadra y media que hay entre dicha estación y mi casa, y luego de regreso, ya no podría tomar el Metrobús, porque cerrarían antes)... N A D A. 

Esto nos lleva a una pregunta que para mi, en esta época y con mis posturas éticas, filosóficas y políticas, no puedo contestar ¿si no es con las acciones "antiguas", cómo sabe una que está saliendo con alguien, cómo saber que le gustas, o que eso fue una cita?
No tenía respuesta.

Un mes después, yo le invité a que nos acompañara al teatro (a una amiga y a mi), pero dijo que ese día tenía un compromiso en Xochimilco y que sería imposible que regresara a tiempo para ir al teatro. Pocos días después, me invitó a salir el sábado (y luego me dejó colgada porque él quería ir a caminar a Chapultepec y yo no, así que se fue solo...).

Resultó que sí le gusté, que esas sí habían sido citas, y que dejó de invitarme a salir porque en dos ocasiones consecutivas le dije que no podía. Cuando ya estábamos saliendo (fue hablado con palabras y con el cuerpo, sin dejar duda alguna) me dijo que él sintió que me resultó poco interesante y que por eso no había querido salir con él, que de hecho no entendía qué había cambiado de mi lado para que después decidiera que sí quería salir con él. Sin dar muchos detalles de qué había pasado, le dije que él no se había comportado "como debía" la primera vez que salimos ni las siguientes dos invitaciones, y que eso me había hecho pensar que él tampoco estaba interesado en salir conmigo.
Puros malentendidos.

Pasados unos meses, decidió que le incomodaba la intimidad que tenía conmigo y que prefería no tener relación alguna (salir, convivir, compartir, como quieran decirle que no sea "tener una relación que pretende ser algo más después") a tenerla, desarrollar sentimientos por mi, y luego dejar de tenerla. (Uf, imagínense nada más, qué horrible la posibilidad de que se pudiera enamorar de mi, mejor así, correr antes porque, quedarse, SEGURO era una equivocación)

Así que, salí con un chico con el que no sabía que estaba saliendo, luego supe que sí estaba saliendo con él, finalmente, dejé de salir con el mentado muchacho. Además de un corazón roto y muchas ganas de decirle cosas, me quedé, OTRA VEZ, con la duda de cómo demonios saber cuándo una cita es una cita.

[Mi cuñada la "pero ni de cerca feminista" dijo que el problema era el feminismo, porque antes los hombres simplemente pagaban, iban por ti, te regresaban a tu casa, y que ahora ya no se podía saber qué esperar. Yo, la verdad, prefiero esta vida con feminismo en la que yo pago mis cosas, voy y vengo sola (sin miedo y sin problema alguno), a una vida en la que él paga pero, al mismo tiempo, tiene derecho de cobrarse, de abusar, de someterme. Habrá que ver si mi cuñada no es medio tonta...]

martes, 25 de noviembre de 2014

Negociar en una relación

Honestamente, poner en una oración negociar y amor, me da un poco de malestar, ¿qué es eso de negociar en el amor? En serio, ¿qué chingados es eso? Sí hay algo de eso que entiendo, que uno debe llegar a acuerdos, ceder ciertas cosas para hacer posible la convivencia... y demás, pero de ahí a negociar, siento que hay un abismo.

Porque, como yo entiendo negociar, implica que se hará un acuerdo en el que una parte dará algo a cambio de otra cosa (ejem, sí, esto suena a ceder cosas, ups) y esto, la verdad, me parece ridículo en una relación. ¿Cómo se supone que voy a dejar algo que hago o quiero para que tú seas feliz y, a cambio, me darás otra cosa? ¿Cómo?

Por ejemplo: 
X: No me gusta que fumes en la cama, ¿por qué no lo negociamos?
Y: Bueno, ¿qué ofreces a cambio de que no fume en la cama? Y que sea algo chido, porque sabes que disfruto mucho fumar en la cama antes de dormir.
X: Te ofrezco lavar los platos los fines de semana. Sé que hacer eso te cansa.

¿Neto? ¿De verdad? ¿Soy yo o es COMPLETAMENTE ridículo? Vamos, al principio suena a una excelente idea de negocios, pides y ofreces algo para que te den lo que pides, y siempre tienes algo que intercambiar, porque sabes que a la otra persona le molestan ciertas actitudes tuyas, o situaciones. Hay mucho de dónde sacar y podría ser una mina de oro para obtener TODO lo que siempre deseaste en una relación... hasta que te das cuenta de que algo no marcha del todo bien, porque una relación implica tolerancia y respeto, aceptar al otro como es y con TODAS sus mañas y cosas raras. Una relación de pareja, que implica amor, no es un intercambio comercial, en donde le pides al otro que deje de dar o de hacer o de ser. NO. Es un espacio donde deberías sentirte seguro, aceptado, bien recibido, porque ése eres tú, porque éso es lo que hace de una casa un hogar.

De verdad que no me cuadra, no me cuadra, me hace sentir que más bien te vas desdibujando, poco a poco, acuerdo tras acuerdo, y que terminarás por ser sólo el bote de complacencias fallidas (porque, obvio, esas complacencias son siempre fallidas) del otro. Y, ¿qué chiste tiene entonces construir una vida con alguien, si implica que tú salgas de ella?


viernes, 14 de noviembre de 2014

Pick-up lines

Hay gente que utiliza esas pick-up lines, esas frases o expresiones ensayadas o heredadas que "garantizan" que la chica (o chico) a quien las dirigen, tengan éxito y ella (él) caiga rendida(o) como cucaracha con insecticida.

Yo no las he utilizado, desgraciadamente mi boca siempre escupe frases filosas, irónicas, sarcásticas, y poco aceptadas por la sociedad en dichas ocasiones (o en casi cualquiera, lo sé), y no estoy segura de que alguien las haya utilizado en mí alguna vez. Afortunadamente, ayer viví algo maravilloso que dio pie a pensar en el nuevo universo de las pick-up lines.

Estaba yo en la fila de Starbucks, con la mejor intención de comprar un café que me permitiese despertar y pasar la mañana sin asesinar a alguien; llegué a la caja, hice mi pedido, caminé unos pasos, regresé por un cenicero y, de pronto, lo vi: un condón tirado. Sí, así como lo leen, había un cordón tirado en el piso, junto a las cajas. No pude más que pensar las opciones por las que eso estaría ahí:
  • Un chico sacó de su cartera el dinero para pagar el café, y el condón se salió de ella;
  • Un chico traía en la bolsa del pantalón, junto a la cartera, un condón, y al sacar una, no pudo evitar que el otro también saliera;
  • Una chica sacó la cartera, y entre el mar de tonterías que traía en la bolsa, salió el condón;
  • El chico dejó caer, sigilosamente, el condón, con la esperanza de que una bella chica lo recogiera, se acercara a él, y se lo regresara.
Sí, ya sé, mi mente es una fantasía romántico-grotesca de lo peor. Pero esa última opción es la mejor de las mejores. La idea de usarlo como pick-up line me parece metachingona, más allá de lo que cualquier donjuán pudiese imaginar. Pude divisar la escena en mi cabeza:
[Un muchacho espera a que le tomen la orden en un café, llega a la caja, ordena, saca la cartera, y sigilosamente desliza un condón por su pantalón. El condón cae, en silencio, en el piso. El muchacho avanza para recoger su café. Unos segundos después, una chica joven, bella y sencilla, ve el condón, lo levanta, y se acerca al muchacho]
Ella: Hola
Él: (voltea sensualmente) Hola
Ella: Se te cayó esto (le muestra el condón, y le dirige una mirada de coquetería inocente).
Él: Gracias (sonríe y le muestra una dentadura perfecta, en una sonrisa arrobadora). No me di cuenta, qué vergüenza.
Ella: Para nada, a todos nos podría pasar... Además, habla bien de ti que te cuides y vayas preparado en cualquier circunstancia, uno nunca sabe dónde o cuándo podría necesitarse.
Él: Tienes toda la razón, no lo había pensado así (su sonrisa se convierte en el Nirvana, ella suelta un pequeño suspiro).
[Él le ofrece el brazo, ella engarza ahí el suyo, y se van juntos a usar el condón.

JA JA JA
Qué vergüenza de imaginación la mía. Más allá de lo malo que está mi diálogo, creo que la idea de usarlo para ligar es maravillosa, y más cuando se lo cuenten a los amigos:
Ella: Nos conocimos en un café, a él se le cayó un condón del bolsillo, yo lo recogí y se lo regresé...

A ver, ¿quién no quisiera contarle esa historia a los nietos?


lunes, 20 de octubre de 2014

Es esto, porque me funciona.

Tengo un amigo "nuevo", es decir, recientemente entablamos amistad. Es el hermano de mi amiga más cercana y, por lo mismo, he pasado tiempo con él. En ese tiempo, he descubierto que es un gran hombre, lo cual me lleva (¿a todos?) a crear una lista de cosas o situaciones que "un hombre como él debería tener". En el caso a platicar hoy, es su noviazgo.

El chico (28 años), lleva 3 años de novio con una chica (27) y, para ser absolutamente honesta, si se vieran menos enamorados, podría jurar que llevan varios años de casados con muchos hijos (esa relación ya de hastío y cansancio, donde la otra persona se convierte en el recordatorio de todo lo que no hiciste o pudiste lograr, sacrificaste, perdiste, etc.). La chica terminó la licenciatura y lleva tres años haciendo la tesis (no quiero ni pensar de qué tamaño será la tesis, si le toma tres años de tiempo completo), no trabaja ni parece tener grandes planes a futuro. El muchacho, terminó la carrera en tiempo y forma, tiene un buen trabajo y está desarrollando un proyecto muy interesante y grande, que van (ya explicaré el plural) a hacer en la península de Yucatán, y para el cual se muda en enero.

El plural, van, quiere decir que él, la novia y la familia de la novia (ja, suena a película gringa).

Demonios, creo que ya perdí el hilo de mi escritura. El asunto era, sí, que él lleva tres años con una chica con la que tiene un plan de trabajo a largo plazo, y que no se ve ni remotamente enamorado de ella (lo peor, ella de él tampoco). La familia de él, y la amiga de la hermana (yo) estamos un poco preocupados por esta situación (preocupados aquí significa: somos unos metiches que creemos que hay espacio para nuestra opinión, en una relación que no es nuestra), porque creemos que él debería estar con una mujer que lo hiciera (se hicieran) absolutamente felices, que se vieran enamorados, estuvieran enculados, no pudieran dejar de coger y se sonrieran el uno al otro cuando se mirasen. Porque hay cosas que se sienten y parece que "están mal", que él prefiera acariciar o apapachar a una mujer que no es la suya, con la suya al lado, que pase los fines de semana con otras personas, que tenga sus "amantes" (algo así, aunque no nos conste que sea con esas palabras, pero vamos, esto se ve a leguas), no suena a una relación feliz. Y uno, que es metiche, muere porque él se dé cuenta de esto y la deje para ir en busca de quien sí llene todas nuestras (las de los metiches) expectativas.

El sábado, en un arranque de imprudencia de mi parte, se lo dije, que debería estar con una chica que lo tuviera enamorado, enculado, que lo hiciera sonreír de formas pendejas y absurdas... y él contestó que estaba en esa relación porque le funcionaba, su relación pasada terminó en tragedia y él estaba más que enamorado y comprometido, y por eso había decidido buscar una relación que no lo hiciera perder la cabeza y que resultara sencilla. La relación que tenía actualmente era así, funcional. Un rato después me preguntó si yo tenía una relación sana y feliz, y entonces sí me dejó pensando, porque en realidad yo tampoco la tengo (no bajo los cánones de "sano siempre y feliz siempre"), mi relación a veces parece montaña rusa. PERO, estoy en ella porque me funciona, porque obtengo algo de ella. Igual que él.

Oh, la ironía. Ahí estaba yo juzgando a alguien porque creo que merece una súper mujer, y dejé de lado que esta es la súper mujer porque le da lo que él necesita/quiere/busca/desea en este momento; que no es víctima de la situación y que nada de lo que sucede lo somete más de lo que él lo permite. Sí, sí, estoy de acuerdo, cuando uno "sabe" que existe el inconsciente, la pulsión de muerte y el goce, no puedes pasar por alto que tal vez lo que él obtiene no sea lo que desea, sino una forma de gozar (léase sufrir, masoquismo). De todas formas, y es justo a donde quiero llegar con esto, me parece admirable que tenga los huevos y el temple de afirmar que está ahí porque lo decidió y que sea capaz de sostenerse en ese lugar, con todo y las consecuencias que esta decisión traiga consigo.

Así que yo, con mi pedantería de metiche-amiga, me he quedado sin palabras. Tal vez, quepa una disculpa por haber opinado y juzgado donde no me corresponde... Pero es que es tan difícil separar lo que deseas para quien quieres, de lo que ellos escogen para sí.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Uf, lo cotidiano.

No sé a ustedes, pero a mí, lo cotidiano, lo que hay que hacer día a día, a veces me resulta complejísimo y complicadísimo. No me refiero a hacer lo que uno hace diariamente, todas las cosas, sino algunas.

Por ejemplo, a mí, escoger dónde comer, los días que no como en casa, me resulta una T O R T U R A. Siempre pienso que quiero otra cosa, pero no sé cuál y debo descubrirlo, porque (lo sé), la opción que escoja no va a ser la mejor. Casi siempre me queda un dejo de nostalgia, después de comer, por esas otras opciones que tenía (¿?) y no elegí. A veces, esta situación me produce tanta frustración, la incapacidad de decidir, que puedo terminar en un mar de lágrimas o, si ya me enojé, sin comer. Y, lo peor de todo, es que una vocecita en mi cabeza, mientras sufro elegir, me grita: "¿Pero por qué tanto pinche drama? ¡Es sólo UNA comida, no es para tanto! Escoge un lugar que te guste y ya, mañana podrás ir a otro y así. No es para tanto". Obvio, para esa vocecita, no es para tanto, pero a mí, se me puede ir la vida en ello.

Escuché en una clase de psicoanálisis, que ése es el típico comportamiento del obsesivo, no tomar una decisión, no dar el paso, quedarse en el "drama", inventando vericuetos para evitar el camino recto, preferir rodear y hacerse pendejo antes de poder tomar una decisión. La maestra dijo "ustedes pongan a dos neuróticos obsesivos a escoger si van al cine o a cenar, y verán que no harán nada", y claro, toda la clase reía, mientras yo pensaba que no causaba risa, que es una situación bien frustrante y compleja. Porque no es que uno "no quiera", que no se le dé la gana, es que uno NO puede escoger, va más allá de toda voluntad. No se puede. Porque, claro, ahí se juegan más cosas que sólo una comida.

Como esto, hay mil cuestiones. Me pasó con la bicicleta, yo moría por andar en bici, ahorré y fui a comprarme una, escogí una bien bonita y de regreso a casa, en el metro, con la bici, no paraba de llorar porque me daba miedo. La amiga con la que iba me dijo que no era para tanto, que no tenía por qué usarla, que el simple hecho de haberla comprado ya era un avance enorme y debía vivirlo como una victoria, no como un nuevo reto o una traba infranqueable. Sí, yo lo entiendo, pero me sobrepasa. Otra vez, no es que yo no quiera dejar de hacer drama por algo tan ridículo como andar en bici (sí, ya dirán ustedes que de dónde la necedad de usar la bici, si me causa tantos conflictos. Más fácil usar el bus y ya), es que no puedo. 

Alguna ocasión, en análisis, me di cuenta que esa angustia que me producen esas situaciones, eran justo aquéllas en la que mi Deseo estaba en juego. Que ante el deseo lo único que yo podía hacer (yo no, mi inconsciente) era angustiarme y querer huir. Y claro, eso está bien cuando hablamos de cosas cabronas, como ser psicoanalista contra todos y todo, con trabas e imposibilidades económicas, sin apoyo... bla bla bla. Pero que el deseo se juege en usar o no la bici, comer o no algo rico... suena un poco ridículo.

Ahora, después de mucho análisis y huevos (porque vaya que hacen falta huevos para no salir corriendo ante la angustia), he aprendido a delimitar la angustia, a darle un rodeo cuando no puedo atravesarla, pero no a quedarme atrás. También, he podido distinguir esas batallas que no valen la pena ser peleadas (si de plano no puedo escoger qué comer, lo más barato y a la chingada, total, ni me va a hacer feliz, así que mejor gastar poco... o simplemente no comer y ya, que no me voy a morir por eso). Hay ocasiones en que sí he podido atravesar la angustia, una de ellas fue la bicicleta, de tanto intentarlo y llorar (qué ridícula debía de verme en la calle, con la bicicleta al lado, a moco tendido porque no puedo subirme en ella y rodar), un día lo disfruté... y no hubo forma de bajarme. Ahora la utilizo para desplazarme a casi cualquier destino y me encanta. Porque, ahí está el secreto: lo que hay del otro lado de la angustia es justamente el deseo. Y, si uno es capaz de franquearla, lo que sigue se disfruta (nótese que la parte compleja es "ser capaz").

Tal vez rodearla no sea exactamente una victoria, pues la angustia sigue, de alguna forma, acechándome, pero tengo la tranquilidad de saber que, mientras esté detrás y no delante, puedo lidiar con eso. Además, he aprendido a disfrutar esas actividades que me permiten rodearla. Soy muy organizada (sí sí, al borde de lo patológico, pero me funciona) y eso me gusta. Disfruto planear mis actividades, listas de pendientes, organizar documentos por orden e importancia, alfabetizar y catalogar mis libros... Todas esas actividades que parecen alejarme del objetivo son, en realidad, los pequeños pasos que me acercan, poco a poco, a mi destino.

Porque, en esto sí es cierto que el jardín es más verde del otro lado de la barda.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Ñoña, yo? ¿Me están llamando ñoña, A MÍ?

No sé si sea una palabra de uso universal en el habla española, pero en México, particularmente en la ciudad, le decimos ñoño al nerd, al que estudia mucho y hace las cosas "como se debe", no sólo en la escuela, sino en general. Digamos que es una cuestión de ética de vida.

Acabo de buscar en el diccionario la definición de ñoño, y no sé por qué no aparece la nuestra... Esto es lo que afirman ellos:

ñoño, ña.
(Del lat. nonnus 'anciano', 'preceptor, ayo').
1. adj. Dicho de una cosa: Sosa, de poca sustancia.
2. adj. coloq. Dicho de una persona: Sumamente apocada y de corto ingenio.
3. adj. ant. Caduco, chocho.

Obviamente, no es que uno vaya a decir que la RAE está equivocada, sólo que su proceso de actualización es un poquitín lento (con eso de que votan para añadir palabras, y la definición... me lo imagino como votaciones de las cámaras, y me parece terrible). Así que, retomamos el hilo que me pierdo.

Los ñoños son los estudiosos, aplicados, nerds, que siempre hacen lo correcto. Y yo, señores y señoras, soy una de esas y "a mucha honra". Y lo especifico porque mucha gente lo ve  a mal o como una ofensa, que les digan ñoños, pero a mí me hace muy feliz.

En cuanto a la ñoñez, evidentemente tiene muchos matices y contextos. En cuanto al estudio, soy ñoña porque:
  • Uso pluma fuente con tinta moradita;
  • Post-its de diferentes tamaños y colores, que tienen un uso determinado cada uno;
  • Banderitas chicas para marcar lo que subrayo, cada tema de un color diferente;
  • Banderitas grandes para marcar las dudas;
  • lapicero de punto medio para escribir, y de punto gordito para subrayar;
  • pluma de color rosa para ciertas cosas, o anotaciones;
  • Todo lo que subrayo en los libros lo escribo en tarjetas bibliográficas, según el tema;
Pero, sobre todo y por encima de todo (que es justo el tema de este post), planeo y organizo mis actividades. Ahora, por ejemplo, que estoy en tres seminarios (como estudiante) y doy una clase, y debo prepararme para un seminario intensivo a fines de octubre (con un tipo súper chingón que dará un seminario intensivo de tres días, muchas horas), además del consultorio y el despacho, es I N D I S P E N S A B L E que TODO esté perfectamente agendado y organizado.

Para eso, imprimí un calendario (sí sí, el iPhone y su súper calendario, ya sé, pero si no lo escribo a mano no puedo, simplemente no me organizo bien), hice una lista de lecturas y tareas y fechas de cada cosa, y designé los días en los que leería tal libro, prepararía mi clase, haría apuntes... todo lo pendiente.

Tal vez suena demasiado exagerado, que no es necesario, con hacer la lista de actividades y priorizar es suficiente, y ya uno sabrá cuánto tiene que apurarse. Pero para mí no es suficiente, necesito planear cuánto tiempo tomará cada actividad, y ceñirme a eso (puedo adelantar cosas, obvio, pero eso amerita un premio :) ), si no, me angustio y constantemente me preocupa que el tiempo no me alcance. Además, con la pura lista, uno se confía y al rato tienes la mitad de los pendientes amontonados y el tiempo a punto de terminar.

Así que hice mi lista feliz (porque las listas siempre son felices) ayer, y le di con todo. Terminé lo que debía hacer ayer, adelanté la mitad de lo que debía hacer hoy, empecé una nueva lectura. Y me siento muy emocionada y feliz. Si todo sale bien (y saldrá), habré terminado antes de tiempo y podré tomarme unos días para "descansar", es decir, leer alguna novela o ver una peli, o disfrutar el tiempo y tejer...

Porque, cuando uno hace las cosas a tiempo, le queda tiempo para todo lo demás, y disfrutarlo.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

La edad y las señoras

Este fin de semana pude, finalmente, llegar a una conclusión sobre qué te hace señora. He aquí mi descubrimiento:

Debemos empezar por decir que tengo 32 años, y no estoy casada.

Ahora, para el DRAE, una señora es:
4. m. y f. Persona respetable que ya no es joven.
5. m. y f. Título que se antepone al apellido de un varón o de una mujer casada o viuda. 

En cambio, una señorita, es:
4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera.

Así pues, podemos tener bien claro que la diferencia entre una y otra es estar o no casadas. Mi papá, que es un gran filósofo y teórico (¿?), un día dijo que una señorita era aquella mujer que no hiciera evidente que le daban (el término dar aquí, se refiere a darle, eso, sí, eso), es decir, sería señorita si no estaba casada o tenía un hijo [no sé por otros lados, pero aquí en México es MUY común que sean madres "solteras"]. 

Podrá ser una definición más decente que la otra, más poética que la otra, pero al final se refieren a lo mismo. Una es señora si está casada o tiene hijos.

No sé por qué, pero tengo varias conocidas casadas, sin hijos, que se molestan cuando les dicen señoras, como si fuera una ofensa, o significara que ya están o se ven viejas... Parece que el concepto ya no significa lo mismo que antes, y no sé qué pasó. También, he visto a muchas mujeres de mi edad que les dicen señoras  y no lo son, o (como es mi caso) que nos dicen señoritas y sólo excepcionalmente, señoras.

Entonces, surgió en mi cabeza la pregunta de ¿qué es ser una señora? [Ja, me sentí como Freud al preguntarse ¿qué es lo que quiere una mujer? ja ja ja. Ya parece, yo y Freud, similares, qué pretenciosa la muchacha] y obtuve una respuesta satisfactoria.

Las señoras no son las que están casadas o las que tienen en hijos, serás señora en el momento en que se parezcan a lo que cada quien (es decir, yo, en este caso) asocia al concepto de mamá. Porque hay que ser honestos, para todos, sin importar el momento o la edad, vemos a nuestras madres como señoras, no puede ser de otra forma. Así, yo no soy una señora porque no me veo como se veía mi mamá a mi edad, porque ella a mi edad tenía dos hijos de 10 años, vestía traje sastre, tenía arrugas en la cara (pocas, pero algunas), estaba divorciada... Y se veía como un adulto. No sé de qué otra forma explicarlo, pero es así de fácil.

Y esto es algo que lo aplico a cualquiera, tengo amigas o conocidas que han sido señoras desde los 20 o antes, porque se visten como una, se comportan como ellas, usan joyas de oro con piedritas, como las señoras de antes, se tiñen el cabello para esconder las canas, no usan tenis ni se ven cómodas en jeans y playera...

¿Qué opinan ustedes?

P.D. A este paso y con estos criterios, yo  JAMÁS seré una señora. :)


lunes, 12 de noviembre de 2012

Arriba del refrigerador

Con los cambios caseros que vivo, hoy surgió una pregunta ridícula en mi cabeza, completamente sin importancia, pero que me ha dado vueltas la última hora, así que he decidido escribirlo.

¿Para qué sirve la parte de arriba del refrigerador? ¿Alguien lo ha pensado?

Y no, no tiene una respuesta tan sencilla, aunque parezca. Tal vez, es algo que nadie nunca ha pensado con detenimiento, pero ahora que está aquí, no nos queda de otra. Arriba del refrigerador... si el refrigerador está empotrado en un lugar especial para él en la cocina, no hay nada más, simplemente pared o anaquel o lo que sea, pero, si el refrigerador simplemente ocupa un espacio en la cocina, la parte superior está al descubierto y libre... ¿para qué? En mi caso, encima de él está el microondas y un montón de cajas y cosas que no solemos utilizar nunca, y las herramientas. Pero, me sigo preguntando, ¿qué haces con ese espacio? Si el techo de la cocina es alto, tienes mucho mucho espacio hacia arriba y, no usarlo, sería un desperdicio. Así que, te planteas la pregunta ¿qué pongo ahí encima? ¿Cosas que no uso? ¿Otros accesorios y menesteres para cocinar? ¿Qué?

Es muy misterioso, MUY misterioso, y lleva a un montón de decisiones que eventualmente tendrás que tomar. Sobre todo si eres como yo y cada cosa tiene un lugar determinado, así como que todos los espacios que existen deben ser ocupados para algo (así sea para ser vacíos, es una decisión que debe tomarse y mantenerse).

¿Existen más lugares misteriosos en la casa? ¿Otros espacios que permanecen como misterio porque cada persona les da un uso diferente?

jueves, 1 de noviembre de 2012

Interpretaciones, pero a la letra

Todos hemos escuchado algo sobre psicoanálisis y sobre Freud, sabemos que plantea que cada individuo tiene una parte consciente y otra inconsciente, y que esta parte inconsciente se manifiesta, de vez en cuando (o siempre) en lo que hacemos, decimos o callamos. También hemos escuchado que existe el complejo de Edipo y que todos fantaseamos con tener relaciones sexuales con nuestra madre (si se es hombre, o con el padre, si se es mujer). Es más, habrá quienes saben que el psicoanálisis es un tipo de "terapia" que se realiza en un diván.

Ese inconsciente que tenemos se interpreta, porque no "habla" él solo, sino que se cuela en el discurso. Seguro les ha sucedido que de repente dicen algo que no querían decir, se equivocan en un nombre, olvidan un compromiso, etc. Hasta hace poco, me di cuenta (en una clase) que el inconsciente sí se interpreta, pero no como yo lo había entendido, o como creo que todos lo entendemos: se le da otro sentido diferente a lo dicho, se le busca algo escondido y tratamos de encontrar una razón, desconocida, por la que se manifestó.

La interpretación que se hace del inconsciente es, en términos Lacanianos, a la letra, es decir, que el inconsciente habla de forma literal, se manifiesta así, ahí, y no hay que buscarle ningún sentido oculto o sexual. Es más, en caso de que el discurso del inconsciente no sea claro, sólo quien lo dijo (el dueño del inconsciente, vaya) podrá darle peso o sentido a sus palabras. Yo, como escucha, no puedo decidir que se equivocó porque seguro estaba pensando que su novia el otro día le dijo que Juan era un chico muy guapo y él se sintió inseguro, porque cuando era niño, la mamá lo "abandonaba" para irse a trabajar y él lloraba mucho. No, aunque suene más interesante y tipo telenovela, no funciona así. Es más, si quien habla se equivoca y no lo rectifica, o reconoce o da importancia es, simplemente, porque no la tiene.

Así que, aquí estamos nosotros, en un mundo donde no hay "intenciones escondidas", en el que lo que se dice es sólo lo que se dice, independientemente de que lo sepamos o no (es decir, sea consciente o inconsciente). Y esto, podría facilitar mucho las relaciones con los demás, porque le quitamos el melodrama y la angustia, dejamos que sea simplemente lo que es y que lo "oculto", permanezca ahí, hasta que se manifieste.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Correr

No sé por qué razón, pero a pesar de que de niños mi hermano y yo fuimos a clases de gimnasia, tenis, karate, natación, básquet, no me hice aficionada al deporte. Sí, íbamos a clases y las disfrutaba mucho, sobre todo el tenis, en el que soy bastante buena (y ¡zurda!) y el básquet, pero en ningún momento sentí esa necesidad o pasión por el deporte, el ejercicio, el esfuerzo físico. No, nada.

Podría excusarme y decir que es culpa de mi papá, porque mi sueño de niña era el atletismo y a pesar de que me llevó a ver las pistas y demás en la UNAM, nunca me inscribió... también podría decir que fue culpa del maestro de natación que tuvimos de muy niños, que amenazaba con dejarme en lo más profundo de la alberca sin flotadores si no le decía cuantas veces él quería, mi nombre (a él o a las tontas que se le acercaban y les ofrecía que yo dijera mi nombre ¿?), de hecho lo hizo en una ocasión. Pero no creo que el punto vaya por ahí (que no es que no me guste echarle la culpa a los demás, vamos, son cuestiones diferentes en este momento), más bien va por el problema de la compañía.

Para mí (otra de mis teorías), el ejercicio es una actividad social, no tanto porque la hagas junto a otra persona, sino porque implica, en mayor o menor medida, convivir con otras personas. Si haces un deporte que implica competencia, ahí está el otro; si es un deporte que se realiza en equipo, también; si sales a correr al parque, hay otras personas ahí y de una u otra forma convives con ellos. Es una actividad personal (en cuanto a los efectos y beneficios), pero sin duda social. Y la verdad, mis amigas y familia nunca se destacaron por el gusto al ejercicio. Así que yo, tampoco; porque también es un hecho que antes hacer cosas sola no me parecía ni tan sencillo ni tan padre.

Hace 8 años decidí inscribirme en un taller de flamenco (ya había tomado 2 años en la preparatoria, y me fascinó), sola, solita, sin nadie más. Comencé las clases y todas las chicas (curiosamente de la misma edad que yo, o alrededor) ya eran amigas, yo era un paria ahí. Así que me concentré en el zapateado, los brazos, la postura, las canciones, el dolor en los pies, la coordinación... y antes de darme cuenta, ya formaba parte del grupo de amigas, platicábamos, convivíamos, nos reíamos. Resultó una de las mejores experiencias de mi vida, porque era algo mío mío, pero además me había dado la oportunidad de hacer amigas, convivir con otras personas. De hecho, dos de ellas fueron amigas muy cercanas mucho tiempo.

Por cuestiones de tiempo, dejé de ir al flamenco, después pasaron mil cosas (que no contaré aquí) y no he hecho ejercicio de forma regular, como hábito, a pesar de haberlo intentado en varias ocasiones. Acá entre nos, y no pueden decirle a nadie, mi sueño siempre ha sido poder correr un maratón (no correrlo tal cual, pero saber que lo puedo hacer), poner una pierna frente a la otra y llegar a algún lugar, tener condición física, subir varios pisos de escaleras y no llegar como el lobo de La Espada en la piedra...

El problema es que no es cosa sencilla, tampoco es tan fácil como ponerme tenis y salir al parque, estirar y ¡vámonos! a trotar un kilómetro, vaya, ni siquiera puedo trotar medio kilómetro. Sí, sí, dirán que es gradual, que nadie comienza y corre 10 kilómetros, que toma tiempo. Sí, lo toma, y lo importante es no rendirse, no dejar que la frustración o el cansancio me gane... la pregunta sería, ahora que comencé a correr ¿podré llegar a donde quiero?

martes, 21 de agosto de 2012

Dilema bloguero


A veces siento que lo que escribo no dice nada de mí, o nada de mí de forma real y tangible. Escribo y escribo lo que pienso, pero no estoy completamente segura de que eso implique, en sentido estricto, hablar de mí; siento que al decir lo que pienso me distancio de mí, pues no cuento nada personal o realmente relacionado con lo que siento (y me parece que esto me hace un poco de falta). Claro, podría resolverlo fácilmente escribiendo sobre lo que hago, o sobre lo que siento, pero me entra un conflicto existencial y decido no hacerlo.

Cuando comencé a escribir mi blog quería tener muchos seguidores, escribir ensayos y ser muy feliz porque podía externar las mil posturas o ideas que tengo, pero con el tiempo pasó algo extraño: por un lado, escuché algunos comentarios de queja sobre lo que escribía, porque implicaba a gente que me leía o que podía ser perfectamente identificable por otro que me leyera y, también, que lo que escribía podía ser tomado (no dijeron específicamente que lo tomaban así, pero yo supongo que sí) como una agresión hacia ellos. Lo entiendo, cuando escribes ensayos y “juzgas” ciertas conductas (que es lo que más me gusta hacer), corres el riesgo de que alguien que lo lea realice esa actividad o se comporte de esa forma es un riesgo, y grande (sobre todo porque me inspiro en lo que veo o recuerdo); obviamente, yo espero que quien lo lea tenga en mente que no escribo agresiones generalizadas que en realidad quisiera dirigir a ellos, o que estoy juzgándolos de manera particular. No es eso, si mi intención fuera esa, lo haría de forma directa y personal, no en mi blog, públicamente, para que lo vean todos…

Aún así, he decidido no hacer del todo público el blog; es decir, no invito a la gente en Facebook o Twitter a que lo lean, y más bien dejo que alguien que sí lo lee, lo recomiende. Esto, irónicamente, me da coraje, porque si escribo en un blog, público, es porque existe la pretensión de que quiero ser leída (si no, lo dejaría todo en mi cabecita o en mis cuadernos) y lo lógico sería hacerlo público y que a quien le moleste o no le guste, se vaya a saludar a la tía de las muchachas. Pero no puedo, no sé por qué, pero algo me frena y no consigo hacerlo. Tal vez, considero que no está bien ser leída a costa de los demás. Aunque, por el otro lado, nada me garantiza que no me lean y se enojen…

Tengo un dilema…

viernes, 17 de agosto de 2012

Con tu larga cabellera...

Este post está inspirado en mi terrible decisión de traer el cabello suelto el día de hoy.


Siempre me había gustado mi cabello, chino como caireles, con forma, sano, de un castaño oscuro (que yo digo casi negro y hay quienes dicen casi güero) decente, que sentaba bien con mi cara y mi personalidad. Además, es fácil de peinar, se atiene a mis designios y puede quedarse en su sitio con muy poca infraestructura (hasta con un clip puedo hacerme un chongo y se queda quieto y bonito).

Eso sí, desenredarlo, o mantenerlo sin nudos no ha sido tarea fácil, cuando era niña sufría muchísimo por eso, pues mi mamá no me dejaba usar acondicionador y a mí me gustaba andar de cabello suelto, así que podrán imaginarse la de nudos que se me hacían. Afortunadamente en la adolescencia descubrí que si me desenredaba el cabello en la regadera era mucho más fácil, y después conocí el producto más maravilloso del mundo: el mouse de Herbal Essences, que no permite que mi cabello se enrede, lo deja fácil de peinar a cualquier hora del día, en cualquier circunstancia.

Como me creí eso de que si tienes facciones finas puedes traer cualquier largo de cabello y estilo, me lo he cortado MUY chiquito (no más de dos centímetros de largo) y lo he traído hasta la cintura; con todas las combinaciones en medio. Para ser honesta, odio traer el cabello suelto, los chinos no son fáciles de acomodar tras la oreja si te estorba en la cara, así que ando como viejo pastor inglés (el perro con el cabello sobre los ojos) y sufre que sufre, así que si me “suelto” el cabello, me hago una media cola, o sostengo los cabellos que caerían en la cara con una pinza o algo. Pero lo mío lo mío, es el chongo, me gusta el cabello amarrado para que no me distraiga ni implique dedicarle tiempo a lo largo del día.

He utilizado también mi cabello como una forma simbólica de vivir o aceptar el cambio, cuando han pasado cosas fuertes o drásticas en mi vida, me he cortado el cabello. Y corto también lo disfruto, no en cualquier longitud, pero sobre todo muy muy cortito o un poquito más largo, de tal forma que igual me lo pueda hacer en chongos o cosas raras.

En los últimos años, sin entender razón, me incomoda traer el cabello suelto, porque la humedad hace que todo el día sienta la espalda mojada (aunque no la tenga mojada, es más, aunque tampoco tenga el cabello mojado) y por eso no me lo he soltado desde hace año y medio (bueno, lo he intentado un par de veces, pero termino con el cabello amarrado y la espalda tensa y “mojada”).  Por esta razón, he pensado seriamente cortarme el cabello muy corto y andar así por la vida, pues tampoco me parece ideal o lógico tener el cabello súper largo si no me lo suelto (implica tiempo de peinado, desenredado, mousse, y demás. Toda una inversión).

P E R O

Ahí surge el conflicto existencial, que ahora se ha convertido en un absurdo existencial. Cuando pienso “hoy sí me lo corto, es lo más práctico y sano y lógico” mi cabeza responde “pero las mujeres atractivas deben traer el cabello largo” ¡¡Qué demonios es eso!! ¿De dónde sale? Porque yo no lo pienso, tan no lo pienso que me he sentido la flor más bella del ejido de cabello corto, así que no entiendo por qué demonios pienso eso. No pienso que tal vez me arrepienta, que esperar a que crezca toma por lo menos dos años, que se me vería la cara más gorda o se acentuaría mi sobre peso… ¡No! Lo que pienso es esa pendejada de que las mujeres deben andar de cabello largo, porque eso es más femenino.

Y uno podría pensar que no es cierto, que son puras tonterías, que nadie opina así, que cada quien puede hacer con su cabello lo que le dé la gana… pero la realidad es que a los hombres les gustan las mujeres de cabello largo y suelto (no entiendo por qué), les llaman más la atención, no sé qué cosas, pero es así. Con sus debidas excepciones, las mujeres bellas y atractivas (las famosas, vaya) andan de cabellera larga y suelta, sensual, y las que se cortan el cabello son bastante criticadas (aunque se vean más hermosas así, o sea su pinche cabello, o lo que quieras y mandes).

Esto, lo diré, está de la chingada; que los juicios sociales sean tan poderosos que se cuelan hasta lo más profundo de nuestro ser, que nos limitan y delimitan constantemente y que no nos permiten sentir que hacemos lo que deseamos o queremos o escogemos libremente (porque inclusive cuando decidimos seguir los prejuicios o juicios, lo hacemos porque queremos, somos libres al hacerlo, y escogemos ese camino: el de la aceptación social; así que nada de que somos víctimas de ellos, que tampoco va por ahí). Yo siempre he hecho lo que he querido, y casi siempre he querido lo que es “correcto”, lo que se acerca más al “deber ser” (aunque podamos cuestionar la legitimidad y procedencia del deber, eso no es tan importante); pero creo que hay límites y que mi cabello debería ser uno. Ya es suficiente con no poder vestirme cómodamente para ir a trabajar, ni poder traer el cabello rosa porque se me da la gana, es suficiente con seguir las normas que nos imponen los jefes y trabajos, pero además permitir que el prejuicio determine el largo de mi cabello ¡ES DEMASIADO!

Tampoco digo que un día de estos me corto el cabello y al diablo. No, pero quiero tomar la decisión (cualquiera que sea) en función de lo mejor para mí, lo que más ganas tengo de hacer, lo más práctico, no lo que alguien más dice que es bello.

martes, 14 de agosto de 2012

Odio lo que provocan las Olimpiadas en la gente


Entonces, decía yo odio lo que las Olimpiadas le hacen a la gente, o provocan en ellos.

Primero: un fanatismo, un nacionalismo exacerbado digno de los peores fascistas. La gente traslada la victoria de UNA PERSONA a un país, y en función de ella posiciona a su país por encima de los demás. Podrán decir y excusarse en lo que quieran, pero eso se parece mucho a la filosofía de cierto señor de bajas estaturas y bigote…

Segundo: No compiten países, sino personas. Como insinué arriba, quienes compiten son personas, de carne y hueso, como cualquier otro, con capacidades excepcionales para realizar cierta actividad (esperemos, aquella en la que compiten olímpicamente). No compiten países, son sólo UN sujeto, que compite él solito, no con todo un país, no tiene la responsabilidad de luchar por la honra de su país. No. Él representa un país, pero no ES un país. Por ende, los países no ganan.

Tercero: La mala distribución de la riqueza. Como podrán imaginarse, me indigna que se invierta TANTÍSIMO dinero para crear la infraestructura necesaria para albergar tanta gente y deportes; todo porque habrá “muchas ganancias” pero, y después ¿qué pasa con todo lo construido? ¿todo lo que se gasta y no vuelve a recuperarse? Y, lo MÁS importante: ¿a quiénes les beneficia esto, cómo se distribuye toda esta riqueza? ¿O, como siempre, no se distribuye?

Cuarto: Este es complejo, no estoy segura de cómo explicarlo en pocas palabras, así que tendré que explayarme. Sé y comparto la postura de apoyar el deporte, pero no de la mala distribución (otra vez) de ese apoyo: se invierte mucho dinero para capacitar a los deportistas olímpicos, además del dinero que se les paga (porque es un trabajo, también los deportistas trabajan, formalmente), y (esto es lo que no me gusta) se les “premia” por cada medalla. No es que esté mal que premien a quien tiene méritos (que se acostumbra en todas las áreas del conocimiento y del quehacer humano), el problema es la desproporción del premio. Sobre todo cuando consideras que el dinero del Estado es LIMITADO, no es infinito ni inacabable, y por lo mismo se destinan partidas a diferentes campos, se definen cantidades y objetivos… todo esto con la intención de que alcance, de que pueda otorgarse dinero a muchas actividades o necesidades. Entonces, cuando ves que a los premios olímpicos les destinan un montón y a otras áreas no lo suficiente, a mí me molesta. Y no son sólo los pesos y centavos, también es la influencia en el pensamiento de la gente. Escuché la semana pasada a alguien del trabajo decir que debía otorgarse más dinero para los deportistas, porque ellos sí estaban haciendo algo por el país, porque ellos eran lo mejor de lo mejor… ¿y los demás? ¿Qué México no es un TODO, integrado de MUCHA gente que es IGUAL? No, claro que no, porque el campo y los pobres y los desprotegidos y los necesitados y los que han sufrido abusos, esos no nos hacen ver bien, esos deben borrarse de la tierra y de nuestras mentes (que es lo que hace todo el mundo), ellos deben trabajar y no merecen premios, ellos no tienen nada que ver conmigo, ellos no son parte de mi país, porque yo soy un campeón y, por ende, mi país también.

Otra vez estamos frente al nacionalismo clasista, frente a la discriminación, a la cancelación y negación de cualquier objeto/sujeto que opaque mi fantasía de mí. Y esto, perdón, pero yo no puedo aceptarlo ni concederlo. Aunque las Olimpiadas no sean, en sí misma, las causantes de esto, sí son parte del problema, porque su discurso es discriminador.

(Y ni siquiera voy a escribir lo que opino sobre el trato que se le da a los deportistas en el entrenamiento, el abuso y violencia que sufren para “ganar”).

jueves, 9 de agosto de 2012

En el mar, la vida es más sabrosa


Como sigo muchos blogs españoles, he leído incansablemente sobre vacaciones, además aquí los niños también están de vacaciones y una amiga escribió en su muro de Facebook que necesitaba unas vacaciones con urgencia. Todo a mi alrededor “vacaciona” y yo, como siempre desde hace A Ñ O S, no.

Y no, aunque parezca que es una queja de mi parte, no lo es. Estoy acostumbrada a no salir de vacaciones. En los últimos 6 años no he tenido, laboralmente, vacaciones. Los periodos que he estado sin trabajo no cuentan como vacaciones, porque todos sabemos que si no tienes trabajo, tampoco tienes dinero, así que no cuenta. Así las cosas, no he tenido vacaciones desde que fui, el mismo año, a Veracruz con mi amiga Alejandra, y a Acapulco con mi hermanito, mis abuelos y mi prima. Esto pasó en el 2001, así que ustedes dirán si he tenido vacaciones…

OBVIAMENTE, me gusta salir de vacaciones, descansar en la playa, o chacotear (porque a mí me gusta el chacoteadero, que no chapoteadero, porque ahí chacoteo), leer un libro, tomar siestas a medio día porque hace mucho calor, comer y comer todo el día sin importarme y, uno de mis grandes placeres, no tener que colgar la toalla después de secarme NI tender la cama. También me gustan las vacaciones en que sales a conocer, paseas, vas a museos, compras artesanías, comes comida típica de ese lugar, y duermes como piedra porque terminas bien cansado de tanto caminar.

Me gusta, me gusta, me gusta. Tanto que tengo decidido dedicar una parte importante de mi ingreso y tiempo a vacacionar, aunque, ahora que lo pienso, lo que yo quiero es pasear, conocer, vivir, experimentar, más que tener unas vacaciones (pensadas como un tiempo de descanso). De todas formas, y a pesar de lo que se lee aquí, no vivo ese gusto o deseo como una necesidad imperiosa. Sí, la época para vacacionar es tan importante para una persona que, inclusive en el Derecho, se considera como parte de los alimentos, pero no por eso es un momento que DEBE ocurrir.

Tal vez necesito explayarme. Para mí, el tiempo de vacacionar está sujeto a dos cosas: tener dinero y tener tiempo para poder hacerlo. Si no tienes estas dos cosas, es imposible que puedas vacacionar. Mi noviesito, por ejemplo, tiene un trabajo que NO incluye tiempo de vacaciones, ni le está permitido tomarse unos días para descansar, ni se le paga, ni obtiene una prima vacacional (esa lanita extra que te dan para que puedas gastar en tus vacaciones… dicen), ni nada de nada. Es más, si quisiera tomarse unas vacaciones, podría arriesgarse a perder su trabajo. No es cualquier cosa, cuando uno no es un empleado, sino un trabajador independiente, no hay dinero ni tiempo ni chance prevista para salir de vacaciones; así de sencilla y terrible es la vida. Si, además, no sueles vivir de prestado o con dinero que no tienes (es decir, endeudándote pendejamete con las tarjetas), tomarte esa semana para salir, resulta bien complicado, pues no sólo debes tener el dinero que vas a gastar allá, sino que, además, debes tener dinero para subsanar el vacío que implicará no trabajar una semana (es todo lo contrario que cuando eres un empleado, si te tomas la semana, no sólo no hay dinero extra, sino que implica una pérdida automática de la cuarta parte de tu ingreso mensual).

Claro, planteado así está bien cabrón tomarse unas vacaciones, aunque haya mucha gente que tiene el mismo tipo de empleo y aún así sale de vacaciones y le vale madres que pueda tener consecuencias en su vida y su estabilidad. Pero ese tipo de gente acostumbra violentar su salud mental y estabilidad por pendejadas que sólo temporalmente le quitarán la angustia del vacío.

Nosotros, que no somos así, como consecuencia, no vacacionamos. Y para serles honestos, tampoco sufrimos. Sí, fantaseamos con pasear y salir (nosotros nunca hemos salido de vacaciones juntos, nunca un fin de semana fuera de la ciudad, nada de nada), pero tampoco se nos va la vida en eso. Es por esto que me impresiona que la gente lo tome como cuestión de vida o muerte, y se tire al melodrama público (léase Facebook) porque no ha salido de vacaciones en medio año, o un año. Sé que decirles que están exagerando y que son tonterías porque yo no he salido en 10 años es una tontería, porque cada quien vive lo que le pasa de forma diferente. De todas formas, me impresiona y provoca un ligero sentido de pena por ellos. Sobre todo porque pasan la vida sufriendo por lo que no tienen, por las terribles consecuencias del camino que escogieron, porque su profesión y trabajo está de la chingada, y pretenden solucionar esto con unas vacaciones (que son, por definición, temporales), en vez de tomar decisiones que cambien su vida de manera real.

Sí, sí, al final del día, lo que me impresiona es el quejido eterno…

miércoles, 8 de agosto de 2012

Not tested on animals


Creo que mi espíritu anticosumo y la nueva filosofía de vida me llevan a pensar, cada vez más, en temas que no deberían ser escritos en mi blog, pues son, tal vez, bastante más complejos de lo que yo abordo aquí, y me parece irresponsable escribirlo a medias.

A pesar de lo que acabo de escribir, confieso que hoy desperté con este tema en la cabeza y que, dado que mi mente sólo puede rumiar con obsesión un par de temas a la vez, este se ve en la necesidad imperiosa de salir de mí y quedarse aquí.

Así pues, mientras me maquillaba hoy, comencé a pensar en todos los cosméticos y productos de belleza, en cómo algunos están probados en animales y otros no, en cómo hay minerales (es decir, veganos, súper naturales y socialmente responsable) y otros que hasta miedo da ponérselos en la cara… pensaba yo entre capa y capa de sombras, cuando brincó en mi mente la ironía de la guerra contra la prueba de estos productos en animales.

Estoy de acuerdo en que NO es bueno usar a los animales para nuestro beneficio, que es cruel ponerles maquillaje y probar qué efecto tienen (sobre todo porque considero que después de tantos años de investigaciones y experimentos, ya deberían saber qué productos dañan el cuerpo y cuáles no, sin necesidad de probarlo en un conejito de hermosa cola esponjosa), y todas esas cosas. También estoy en contra de ponerte cosas de dudosa procedencia en la cara (no sé por qué, me da pánico la idea de lo que realmente nos ponemos como maquillaje o cremas… a veces creo que es pura basura, algo así como ponerse aceite de cocina mezclado con anticongelante) y que es mejor lo proveniente de la naturaleza (en cuanto a mi cara y cuerpo se refiere).

Hasta aquí, supongo que no hay nadie que se manifieste en contra, todos estamos de acuerdo, todos queremos un mundo feliz y nos tomamos de la mano mientras fumamos la pipa de la paz (ustedes perdonen si yo no le doy el toque, pero es que nunca me he drogado, y quiero seguir así). El problema surge cuando el uso de animales en pruebas no se limita a cuestiones de belleza, sino de salud. No creo conocer a alguien que le parezca “mal” que las pruebas de las nuevas medicinas (o de las que ya fueron aprobadas) se realicen en animales, es más, que se hayan utilizado animales para mejorar la calidad de vida de los humanos (en diversos aspectos, desde comérselos hasta usar válvulas de cerdo en el corazón). Hasta donde sé, nadie (sí, papá, los veganos y otros como ellos sí, pero yo no los conozco o sé a ciencia cierta) ha decidido no tomar una medicina porque fue “probada en animales”; de hecho, creo que a la gente le causaría más miedo pensar que ése medicamento, que debe salvarles la vida, no ha sido probado en “algo/alguien”.

¿Por qué se hace la diferencia? ¿Se vale cuando es una cuestión de vida y no cuando es vanidad?

Si lo llevamos aún más lejos, podemos también reflexionar sobre TODOS los medicamentos que han sido probados en humanos (desde tiempos inmemorables, pasando por los nazis, hasta los medicamentos no aprobados en etapa de pruebas en humanos). Eso lo vemos “normal”, bien, nos da tranquilidad saber que alguien ya ha prestado su salud y su cuerpo para garantizar que la medicina funciona y sus efectos secundarios no resultarán peor que la enfermedad erradicable.
¿Por qué está mal probar en animales y no en humanos? ¿La vida de los humanos debe sacrificarse en aras de la ciencia? Y, entonces ¿la de los animales, vale más?

¡He ahí mi dilema pensante hoy por la mañana!

Es complejo, creo yo, no es simplemente cuestión de marcar una línea y decir: esto sí, esto ya no.

Yo, si tengo que escoger, estoy a favor de los productos de belleza que NO han sido probados en animales, que son minerales y que NO dañan el ambiente. Pero, en cuanto a los medicamentos, estoy a favor de su prueba en animales y humanos, siempre y cuando le termine con la vida del animal (en el momento científico conveniente) sin sufrimiento, y en humanos cuando éstos no sean coaccionados para someterse a las pruebas, ni maltratos.

Aún así, me parece que la gente debería estar consciente del origen de los productos que usamos diariamente y tomar, así, una decisión informada de lo que hacemos y las consecuencias que tienen en los demás (animales y humanos), porque si no, pasamos la vida metidos en incongruencias.


martes, 7 de agosto de 2012

Tú no sabes, mi´jita, porque estás muy joven


Espero no haber escrito sobre esto en el pasado, porque sin duda quiero escribirlo hoy. Supongo que a todos, en algún momento de nuestras vidas, nos ha pasado que otra persona decide denigrarnos o negarnos o disminuir lo que pensamos/decimos/sentimos/etc. sólo por nuestra edad. A mí, desgraciadamente, me pasa mucho más de lo que debería ser normal. Sí, estoy muy bella y conservadita y por eso la gente cree que tengo 15 años y no los 30 que me cargo, pero eso no es razón para que en todos lados decidan pendejearme (porque, seamos honestos, esa actitud lo que hace es pendejear).

EN LA SALCHICHONERÍA:
Yo: Quiero 100 grs. De jamón de pavo, bien delgado.
Despachador: (mostrando una rebanada del tamaño de un bife) ¿Así?
Yo: NO, más delgada.
Despachador: (Con otra rebanada no tan grande, pero sí bastante gorda) ¿Así?
Yo: No, más delgada, MUCHO más delgada.
Despachador: (parece que prefiere hacer disminuciones de milésima de centímetro por vez, para no equivocarse) ¿Así?
Yo: No, más delgada.
Varias más, hasta que al fin le atina
Yo: Así está bien.
Despachador: Pero así está muy delgada y se le va a romper.
Yo: Sí, no importa.
Despachador: Pero se le va a romper.
¿Y a él que chingados que a mí se me rompan las rebanadas? ¿Por qué no me deja en paz?

EN LA CAJA DEL SÚPER:
Yo: Sin bolsas, por favor (mientras les entrego mis bolsas del mandado)
Empacador: Pero, ¿le pongo bolsa a la carne, no? Para que no se moje lo demás.
Yo: No, sin bolsas, por favor.
Empacador: Bueno, pero aunque sea para las tortillas, ¿no?
Yo: No, sin bolsas, por favor.
Empacador: ¿y no quiere que le ponga una bolsa a los jabones?
¡¿Por qué la gente no entiende que SIN BOLSAS significa SIN BOLSAS?!

Así voy por la vida, soportando y escuchando a un montón de gente que me dice que mis decisiones no son las más adecuadas, que me da nuevas opciones que “son mejores” para mí. Sé que ellos no tienen la obligación de saber cuál es mi vida y qué experiencias tengo, pero nada justifique que su actitud sea siempre la de saber más que yo, de conocer mejor que yo, de decidir mejor que yo sobre lo que a mí me afecta, yo me como, yo hago…

¿Sólo porque me veo o joven? ¿O de plano irradio un aire de pendeja absoluta y por eso el mundo se desvive en enseñarme un mejor camino?