Soy una mujer que disfruta los retos, soy terca y me gusta marcar metas y cumplirlas; soy ordenada, organizada y metódica; puedo proyectar escenarios en función de mis planes y considerar "el peor escenario" posible y, así, cumplir mis objetivos sin importar lo que pueda pasar. No soy un militar, porque odio seguir a alguien más ciegamente, pero fuera de ese detalle, pueden verme como uno.
Así que no me espanto, echo para atrás, o incumplo. O eso pensaba yo hasta que llegué a mi actual trabajo.
Aquí les gustan los imposibles, y no me refiero a cosas difíciles, sino IMPOSIBLES: qué velocidad de impresión tiene una impresora, ¿Cómo puedo saberlo si depende de la cantidad de imágenes (letras, números, etc.) por hoja, el tamaño de ellas y su "gordura", etc.? No hay forma alguna de saberlo o poder decirlo como una generalidad. Pero eso a los jefes les vale madres, ellos quieren saber y tú debes conseguir esa información. No hay más.
Y no es que yo no quiera, pero no puedo hacer más allá de cierto punto... Lo que no entiendo es si ellos son bien pendejos, necios, caprichosos, o de plano no saben para qué te contrataron...
No estoy segura de cómo me da tiempo de pensar tantas tonterías, pero sería una lástima que no las compartiera (o no).
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viernes, 14 de septiembre de 2012
jueves, 30 de agosto de 2012
¿Qué hiciste hoy al llegar a trabajar?
Hoy tuve que hacer algo que NUNCA en mi vida pensé que podría hacer en el trabajo, y no es que me moleste, que no va por ahí, es más bien por la ironía de la vida.
Llegué no del todo feliz a trabajar (no sé qué me hacen las mañanas que llego de muy buen humor a trabajar, como regla, que hay unos días que podría matar a cuanto ser se me cruce enfrente), por la gripa, pero de buen humor, porque todos los retrasos en casa no afectaron mi hora de llegada. Así que, medio feliz caminé desde el estacionamiento al edificio donde trabajo, muy sexy yo con mis tenis (porque bajar tres cuadras en tacones por unas banquetas mal hechas y llenas de cada de perro no es lo mío) cuando veo que justo mi jefe está estacionando su coche, "claro, la clase de cosas que me pasan a mí, que me vea el jefe en falda y tenis, bien guapa"´, pensé. Pero ni qué hacerle, saludé en el elevador, platica casual y poco prometedora (ni recuerdo de qué hablamos), abrió al puerta de las oficinas (porque yo no tengo llave y nadie con llave había llegado temprano) y me dijo que hoy llegarían otra vez los señores de la vez pasada (aquí nunca nos visita nadie, y justo esta semana hemos tenido 4 visitas), para que tuviéramos vasos y aguas y todo listo.
Claro, nadie contaba con que el buen hombre que hace la limpieza de las oficinas estuviera de vacaciones y éstas no se hubieran limpiado desde el viernes. Así pues, yo que no soy remilgosa, me dispuse a limpiar, lo básico nada más, barrer, trapear y limpiar el baño. Eso sí, nadie podría pensar que lo haría como estoy vestida (porque no traigo una muda adecuada para esos menesteres), pero sí lo hice:
Con blusa pegadita sin mangas, falda gris entallada desde la cintura hasta abajo de las rodillas, medias color piel (no mi color de piel, pero quiero pensar que el de alguien sí) y tacones rojos.
Barría, trapeaba, me agachaba y pensaba que no estaría padre que al levantarme viera a alguno de mis jefes o compañeritos de trabajo echando ojo a mi retaguardia...
Yo, que no soy imaginativa, recordé a La Niñera (el programa de televisión) y me pareció que lo más apropiado, para conseguir un buen aumento, era que mis dos jefes (o alguno de ellos, no soy tan exigente) se fijara en la entrega y compromiso que muestro hacia la empresa y mi trabajo. No cualquiera decide limpiar sólo de buena voluntad, y me parece que sólo hay un tipo de mujeres que limpian vestidas como estoy yo hoy, y ellas ganan mucho dinero.
Ahora que lo escribo, pensé si no sería también una buena estrategia en casa, arreglarme para sacudir y que llegue el novio y me vea, en tan honrada hazaña, vestida como para matar... tal vez también podría proveerme algún beneficio.
Y, ya entrados en calor, podría patentar esto como una forma de vida, capaz que gano más dinero que de asistente...
Con blusa pegadita sin mangas, falda gris entallada desde la cintura hasta abajo de las rodillas, medias color piel (no mi color de piel, pero quiero pensar que el de alguien sí) y tacones rojos.
Barría, trapeaba, me agachaba y pensaba que no estaría padre que al levantarme viera a alguno de mis jefes o compañeritos de trabajo echando ojo a mi retaguardia...
Yo, que no soy imaginativa, recordé a La Niñera (el programa de televisión) y me pareció que lo más apropiado, para conseguir un buen aumento, era que mis dos jefes (o alguno de ellos, no soy tan exigente) se fijara en la entrega y compromiso que muestro hacia la empresa y mi trabajo. No cualquiera decide limpiar sólo de buena voluntad, y me parece que sólo hay un tipo de mujeres que limpian vestidas como estoy yo hoy, y ellas ganan mucho dinero.
Ahora que lo escribo, pensé si no sería también una buena estrategia en casa, arreglarme para sacudir y que llegue el novio y me vea, en tan honrada hazaña, vestida como para matar... tal vez también podría proveerme algún beneficio.
Y, ya entrados en calor, podría patentar esto como una forma de vida, capaz que gano más dinero que de asistente...
lunes, 7 de noviembre de 2011
Cómo afecta.
No sé por qué, con una mala noticia (mi despido) que cambia, evidente e irremediablemente mi vida, mis ganas de escribir se esfuman.
Y, es que, aunque suene ridículo, soy una mujer de costumbres, que ama el orden y la planeación (que no forzosamente la rutina), y dejar de trabajar le ha dado en la madre a las costumbres. Me enoja que en esto nunca nadie repara, que ir a trabajar es más que un trabajo o el dinero que recibimos por hacerlo, es rutina intestinal (porque eso también se ha visto afectado), es dormir bien, es tener amigos con los que platicas todos los días, tener una organización y control sobre tus alimentos (porque yo hacía de comer y comía balanceado de lunes a viernes), es estar separada de tu pareja y por lo mismo extrañarla y ansiar el momento en que llegas a casa a estar con él (o ella), es tener una razón para levantarte bien temprano todos los días y que rindan, es querer hacer más. Porque así me sucede a mí, mientras más actividades tengo, más ganas de hacer más me dan, pero mientras menos... puedo quedarme acostada en la cama días seguidos sintiendo frustración por lo que vivo.
Es terrible, porque la gente que se entera tampoco repara en ello, todo lo contrario, ven las ventajas de despertarse temprano, y sí, les parece terrible que no tengas un ingreso. Pero, ¿y lo demás?
Por eso, siento que no quiero escribir, me da tristeza checar los blogs que sigo, porque para el mundo la vida sigue y para mí, está detenida, en espera de algo... de entender, de sentir... no sé, de algo...
martes, 11 de octubre de 2011
Ni cuando eres niño se tolera
Espero que estén de acuerdo conmigo en que hay ciertas actitudes que, cuando son realizadas por un niño, la sociedad las tolera e inclusive aplaude (como un eructo, la mamá se emociona si lo hace de bebé, pero ya después no le gusta ni tantito), pero cuando las realiza un adulto son consideradas de mal gusto, delitos o razones suficientes para ser execrado de un grupo. Desgraciadamente, algunas de ellas parecen pasar desapercibidas o son toleradas por razones que no puedo entender.
Mi "favorita" (que en este caso quiere decir la que más gorda me cae) es la famosísima frase: está apartado. ¡No me chinguen, por favor! Pasa en todos lados, en el cine, en la cola del banco, en la cola del súper, o en el comedor de la empresa (que es de lo que yo hablaré). Aquí, donde trabajo, hay varios comedores (3, para ser exactos) y obviamente, muchos más trabajadores que los que podrían caber ahí, así que si uno quiere comer en ellos, debes bajar muy temprano o muy tarde. Yo, por cuestiones de lombriz, bajo temprano, casi siempre 10 minutos antes de que sea la hora de comer y "aparto" mi lugar. Calma, calma, que no voy a darme a mí con los demás. Entonces, dejo mis cosas en la mesa de la terraza y entro a calentar mi comida, regreso a la mesa con la comida caliente y la disfruto, mientras espero que lleguen mis acompañantes (ya les conté que como con los bellísimos abogados de la empresa, pero si no, aquí algunas historias I, II, III y IV). Como no es una cita ni algo formal comer en la oficina, ellos a veces llegan y a veces no, eso sí, siempre se les hace un campito (hasta ahorita me dí cuenta de lo fea que es esa expresión) si se aparecen. PERO, como no siempre llegan, es difícil preveer cuántos seremos. Y esto en principio no debería ser importante, pero lo es cuando hay tan poco espacio y tantas personas que quieren usarlo. Así las cosas, si a mí alguien me pregunta si puede sentarse conmigo en la mesa, le digo que sí, sólo que nosotras somos 2 (porque quien no falla es E*, o casi nunca) y que si cabemos todos, no hay ningún problema. Ha habido algunas ocasiones en las que yo no he podido bajar temprano a comer, por lo que he tenido de compartir la mesa con alguien más, que sí llegó temprano. Evidentemente, pregunto si puedo sentarme, pero la verdad es que la respuesta me es indiferente, porque de cualquier forma me voy a sentar, pues no es como que los lugares estén designados o paguen por ellos, ni nada así.
Entonces, el punto al que trato de llegar, pero nada más no llego, es que me choca la gente que te dice "está apartado", como si eso significara algo. Sí, estoy de acuerdo en que primero en tiempo, primero en derecho, pero esto no puede ser interpretado como primero que llega puede apartar mil lugares y los demás se chingan. Si es primero en tiempo, a huevo debes estar ahí antes que el otro, nada de pendejadas como apartar... ¿por qué será que la gente no lo entiende así? ¿que creen que pueden apartar los lugares sólo porque llegaron antes? Me choca. Y, si lo pensamos con detenimiento, es una actitud que de niño no es tolerada, todo lo contrario (el que se fue a la villa perdió su silla). ¿Por qué será que los adultos creen que pueden aplicarlo y está bien, no pasa nada? Total, si todo el mundo lo hace, ¿por qué yo no?
lunes, 10 de octubre de 2011
¡¿Pero qué pasa con los abogados?!
Lo mejor de todo es que, cuando decidí estudiar derecho, no tenía ni idea de lo que venía, porque no conocía abogados, ni nada de eso; así que entré ahí ciega e ignorante, y ahora no me queda más que avergonzarme, qué caray.
Como todos sabemos, gusto (¿será?) de comer con los abogados de la empresa (¿alguien sabe por qué todos los abogados aquí son tan jóvenes?) y deleitarme de sus muchos prejuicios y estupidez invaluable (porque de verdad, nunca nadie la ha valuado). Una de las últimas (porque la última es demasiado escabrosa para que ocupe un post completo*) fue la teoría de D* de que hay más homosexuales ahora (incitado por el comentario de E* de que cada vez hay más homosexuales, en contravención de lo que P* y yo opinamos: no es que haya más, es sólo que ahora no ven la necesidad de esconder sus preferencias) porque hay más gente, y que esto lo sustenta en lo que descubrieron los científicos (¿no aman que la gente apele a la ciencia para hacer que sus enunciados pendejos tengan un poco de valor?) sobre las moscas de la fruta: cuando son muchas, tienen relaciones sexuales entre ellas como control de natalidad. Y que esto es justo lo que pasa con los humanos, que somos tantos que la humanidad o la naturaleza tuvieron que crear más homosexuales para controlar la reproducción.
Pero me parto de la risa, ¿no sería más fácil, si ése fuera el caso, dejar de tener relaciones sexuales (en las moscas, obvio)? No veo el puente entre uno y otro enunciado: habemos muchos, ergo, voy a cogerme a puras personas de mi sexo, para que seamos menos.
Y luego se atreven a preguntarse por qué la sociedad los odia, desprecia y hace tantos (y tan buenos) chistes sobre ellos. Es el colmo que los seres encargados de velar y luchar por nuestros intereses sean tan discriminadores, cerrados, incapaces de dialogar (y por ende de escuchar) y prejuiciosos. Es una lástima. Sobre todo, cuando a mí pueden considerarme parte del clan.
Por si alguien tiene curiosidad, encontré estas páginas en internet donde hablan de la homosexualidad en las moscas (por aquello de que no queremos quedarnos con la duda y ser bien ignorantes):
[Por favor, distingan aquellos textos científicos de los pseudocientíficos]
* A E*** los negros no le gustan porque le parece que son "malos y violentos, que le dan miedo", pero no, no es que los discrimine, es que piensa que son malos (es decir, que no sólo es una racista sino que además es bien pendeja porque no reconoce que eso que siente es racismo). No puedo expresar con palabras lo mucho que me escandaliza e incomoda la discriminación, sobre todo cuando no se es consciente de ella.
lunes, 3 de octubre de 2011
Múltiples ¿personalidades?
A veces siento que tengo varias personalidades, no porque esté loca (que cuando siento que lo estoy, no es porque crea que tengo varias personalidades, no no, que en esas ocasiones sólo tengo una y ése es el problema... ji ji ji), sino porque siento que las diferentes facetas que presento en los diferentes ámbitos de mi vida, a veces ni se parecen. Y tampoco es porque me guste hacerle creer a la gente que soy otra cosa.
No, el problema es, por ejemplo, en el trabajo, que uno tiene que comportarse ahí como se "espera" que te comportes, no como realmente eres. Sobre todo en un trabajo como el mío (asistente). Y a mí, esto, muchas veces me fastidia, porque me hace sentir alienada de todos los que me rodean. La parte más extraña es que mientras más me meto en este personaje, más me gusta quién soy. Sí, claro, ser quien soy también me ha alienado de los demás, pero la gran ventaja de esta personalidad (la real, o auténtica) es que estar conmigo me gusta y mucho, así que tampoco la paso mal en mi soledad.
El punto del asunto aquí es que vamos por la vida presentado diferentes facetas, dependiendo de la persona o situación con/en la que nos econtremos, y a veces se nos olvida quiénes somos (que es, finalmente, que somos todos esos), o quiénes queremos ser. Tuve una amiga, muy muy querida, con la que yo era una persona diferente, más bien, extrapolada de quien soy, era muy agresiva, más escandalosa, cabrona, juiciosa, agria; y, cuando llegaba a mi casa, me sentía incómoda por muchas cosas que había hecho. Algo así como cuando te levantas súper crudo y te avergüenzas de lo que hiciste el día anterior en la borrachera (yo soy de la idea de que uno dice siempre lo que piensa, consciente o no, y que por eso tampoco puedo decir cosas que no sentía o pensaba, el problema es el momento o discurso que escoges para hacerlo, en este caso, la borrachera). O, podría decir también, como si saliera la peor versión de mí misma. Eso no me gustaba, por mucho que esta amiga fuera súper linda conmigo y demás, la persona que yo era cuando estábamos juntas, no me gustaba.
Ahora, en el trabajo, me pasa más o menos lo mismo. Resulta que no pude decir (porque así funciona el mundo empresarial) la verdad de lo que quiero en la vida, o de quién soy, y esto es algo que uno debe seguir, no puedes de repente echarte para atrás y decirle al jefe o a tus compañeros que lo que les has dicho este medio año es una mentira, y que tú en realidad eres OTRA. No, así no funciona, cuando uno se pone un personaje, debe llevarlo hasta el final, con todo y sus consecuencias. Y sí, así es mucho mejor, por lo menos todavía tengo trabajo. Lo que no tengo, es un vínculo con nadie, un vínculo real; sí platico del día a día, pero también he aprendido a quitar de las conversaciones todas las acotaciones o afirmaciones que podrían resultar comprometedoras o incongruentes con la versión oficial, así que medio cuento, medio me comparto, y callo mucho.
Eso, el problema es que callo mucho, y que esto que vivo resulta incompatible con quien soy. Y no es tanto el personaje con el jefe, que ese no me queda de otra, porque él es el jefe y yo debo, en cierta medida, ser quien él espera que sea (por lo menos si quiero seguir trabajando), el problema es con los demás, con los compañeros. Con todos ellos debo callar mi molestia e incomodidad ante su ignorancia, racismo y discrimianción latente, sus modales (por si tienen dudas), también callo mis gustos, mi cosmogonía, mis decisiones de erradicar el consumismo... quién soy yo y qué quiero de la vida, quién es mi novio... todo, callo lo importante.
Ajajá, ahora que lo estoy escribiendo suena a que me contradigo, porque sé que debo ser y escojo ser de esta manera, pero al mismo tiempo me molesta serlo... contradicciones sin duda. Y, pensándolo, me parce que en realidad lo que me molesta es que esta personalidad me hace "compatible" con ciertas personas que violentan, con su pensar y decir, lo más esencial de mi ser. Me siento como alguien que debe negar su religión para poder tener un trabajo, o sus costumbres, o principios... perdida, y sin saber qué hacer, porque tampoco puede uno pintar rayas con gente del trabajo, es un riesgo muy grande.
Curiosamente, y como nota curiosa, creo que mi jefe ha sido capaz de dilusidar que esta personalidad del trabajo no es la verdadera o dominante, y le causa desconfianza porque no sabe qué hay detrás... Lo que no sabe, seguro, es que si conociera la verdadera personalidad, le daría aún más desconfianza. Tanta, que tal vez la única solución sea despedirme... qué complejo resulta trabajar.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Que no te engañen porque son licenciados
Paso tanto tiempo en la oficina que me es casi imposible no escribir sobre lo que observo ( y juzgo, silenciosamente) aquí. Por supuesto, como en cualquier empresa, hay todo tipo de gente (y cuando digo todo tipo, me refiero a inteligentes, tontos; bien pagados, mal pagados; groseros, educados; amables, hostiles; con poca educación, con mucha educación; con poco dinero, con mucho dinero, etc.) y ellos se comportan de muchas formas, según en la situación en que los veas o convivas con ellos.
Una de mis favoritas es la hora de la comida, es decir, los modales, manías, gustos y disgustos que todos mostramos al comer, actividad que por alguna extraña razón, hacemos como si estuviéramos en la intimidad. Cabe decir que cuando era chica mi mamá decía que uno debe aprender a comer bien (como Dios y el Manual de Carreño mandan, aunque ella nunca dijera Dios), y que esa era la forma de conducirnos en sociedad, pero, cuando estábamos solos o en casa, podíamos tomarnos ciertas licencias poéticas. Esto, en mi caso, implica que cuando como sola, puedo hacerlo en la cama, usar sólo el tenedor (sin el cuchillo), empujar el arroz con el dedo... cosas así, pero SIEMPRE en privado, nunca cuando sé que hay alguien más (me vea o no).
Creo que hasta aquí todos estaríamos de acuerdo, ¿no? hay cosas que hacer en público, y otras que no, en todos los ámbitos de tu vida. De ahí que sea tan curioso (que aquí quiere decir desagradable) que la gente muestre unas costumbres poco "refinadas" cuando come en la oficina. Porque, hay que mencionarlo antes de que otra cosa suceda: estás en la oficina, comes con las personas con las que trabajas, quienes se forman una imagen e idea de tí.
Así las cosas, podemos mencionar algunas de mis favoritas (que aquí quiere decir gustos morbosos):
- Comen con cuchara, alimentos que no son líquidos (porque no soy tan tonta como esperar que alguien coma la sopa con tenedor y cuchillo, la sopa agüada, por supuesto). Yo no sé qué les dijo su mamá de chiquitos, tampoco sé si no han practicado comer con tenedor, pero es mucho más fácil comerte una sopa de coditos, o la ensalada, o cualquier cosa que NO sea líquida... Los veo y muero de risa, lidiando con la comida que se desparramada en la cuchara, y ellos abre que abre la boca para que entre todo... risible completamente.
- Comen sustituyendo tenedor, cuchillo y cuchara con la tortilla. Esto sí que me cae gordo, pero tengo que explicar el proceso, porque nadie come tacos con cubiertos (tuve una amiga en la secundaria que en mi casa se comió los tacos dorados con cubiertos, porque no quería parecer mal educada), así que existen sus excepciones. Existe quien trae bisteces de comer (obvio sin cortar), así que toma con una mano un cuartito de tortilla (previamente cortado) y jala el bistec, utilizando la otra mano de contrapeso, para que éste (el bistec) eventualmente se rompa. Una vez roto, lo meten todo en el taco y lo mastican con mucha emoción y sentimiento de victoria. (Tengo que enfatizar aquí mi molestia a que hagan eso, porque la mitad de las veces terminan salpicando a quien los rodea, todo porque son lo suficientemente pendejos como para no saber qué usos tienen el tenedor y el cuchillo). Los otros son quienes cortan en trozos enormes la comida y la intentan meter en el cuartito de tortilla, medio con la mano medio con el tenedor, y después de enredarla y enredarla les queda todo de fuera y goteando (sea lo que sea, siempre gotea). A mí me gustan mucho las tortillas, simple y sencillamente las amo, disfruto los tacos, las quesadillas, los tacos, las quesadillas, hacerme tacos de empechugadas (así las bautizó Jesús, son pechugas de pollo empanizadas), de bisteces, de pollo con paprika. Sí, me gustan, pero veo la tortilla como un alimento y NO como un utensilio para comer.
- Mezclan o mueven la comida en el recipiente como si estuvieran haciendo pasteles de lodo. No sé si todos han hecho o hicieros pasteles de lodo, pero yo sí y lo disfrutaba mucho. Eso sí, hay que menearle y menearle y menearle (como si estuvieras amasando harina de maíz, ji ji ji) para que quede un pastel homogéneo y no una cosa medio seca medio acuosa, medio mojada. Lo que sí sé es que hay gente que usa el mismo método con su comida. No, yo tampoco saco un plato para comer, me da un poco de flojera (además de que el jabón para platos de la empresa me da alergia y no puedo lavarlo, y me parece un abuso que las señoras de intendencia los laven) y me pega la responsabilidad social. Además, ESTAMOS EN EL TRABAJO, lo cual ya hace que la comida en sí no sea tan emocionante como si estuviéramos en casa o algún otro lugar. Bueno, decía yo que yo tampoco uso platos, así que entiendo que haya quien tampoco quiere usarlos; lo que no entiendo es que hay personas que mueven y mueven y mueven y mueven la comida en el recipiente, haciendo ruido y ruido y ruido, no sé si esperan que por arte de magia lo que hay ahí cambie, o desaparezca, o algo pase. No sé qué esperan, no lo entiendo, y es bien molesto que estén todo el pinche tiempo mueve que mueve. ¿Qué no saben que la comida no es un juguete?
- Truenan la boca. Me parece que no hay nada que decir al respecto, todos sabemos a qué me refiero y lo molesto que es (que siempre me recuerda a un amigo de mi hermano mayor, que hacía tanto ruido al comer como mi bulldog).
- Empujan la comida con los dedos, no con el cuchillo. Yo sé que es más fácil y orgánico, pero no se ve bien, ni siquiera cuando mi abuela lo hacía y se divertía haciéndolo porque le daba flojera (o le costaba trabajo coordinar con la mano y el cuchillo). Te llenas el dedo y la mano de comida, el objetivo de los cubiertos es justo evitar eso, así que no entiendo por qué lo hacen (sobre todo cuando te das cuenta de que traen la comida en tuppers y que estos tienen paredes, así que hay hacia dónde empujar la comida para subirla en el tenedor).
miércoles, 20 de julio de 2011
Amigos en el trabajo

Desde pequeña he pensado que los amigos se conocen en diferentes momentos y etapas de tu vida, pero que si se vuelven amigos es porque compartirás con ellos una parte importante de tu vida (emociones, escucha, palabras, cariño, empatía, etc.), pero nunca había hecho conciente que la mayor parte de la gente tiene amigos con los que no convive mucho, y no-amigos con los que convive muchísimo.
En el trabajo, por ejemplo, uno pasa ocho o más horas y, además, tienes que comer; así que te haces "amigo" de otras personas que también trabajan y comen aquí, y empiezas a convivir. Al principio las pláticas giran sobre temas relacionados con el trabajo, pero después, empiezas a abrirte y le permites a los demás que te conozcan (y esperas que el otro también quiera que lo conozcas) y comienzan las amistades laborales. Esto deviene en una situación absolutamente curiosa para mí, porque son tus amigos en el trabajo, pero muchas veces (yo digo que la mayor parte de ellas) no tienes nada en común con ellos, y por lo mismo tampoco los ves fuera de la oficina, al salir del trabajo dejas también la amistad y en caso de que alguno de los deje de trabajar en la misma empresa, se termina también la amistad (sin muchos aspavientos).
Es curioso porque uno puede pasar horas y horas, 5 días a la semana, con alguien que no consideras (interna y honestamente) tu amigo, o a quien sólo aprecias, más no quieres. Compartes con ellos tantas cosas, importantes y no, te ríes, te cuidan y apoyan cuando tienes algún problema, te escuchan, y viceversa todo lo anterior. Pero, saliendo de la empresa desaparecen.
Ya que lo escribo, puedo decir que también me parece triste que consideremos dispensable a alguien que todos los días nos acompaña, bajo una premisa falsa de que es sólo porque trabajas con él/ella, y no la realidad: algunos son buenas personas, y muy buenos amigos.
miércoles, 29 de julio de 2009
La "otra" clase social
No vengo de una familia adinerada, ni mucho menos con pedigree, mis abuelos tuvieron buenos ingresos (ahora sólo viven de mantenidos por el gobierno, según palabras de mi abuelo, porque está pensionado) y estos les permitieron darle a sus hijos muchas comodidades y una buena vida. Así, crecimos en una familia de clase media, estudiamos en escuelas privadas, viajamos (aunque nunca a Europa o lugares así), tuvimos algunos lujos, pero sobre todo y gracias a mi madre, buenos modales. Ella siempre decía que los modales eran indispensables, pues nos permitirían mejorar nuestra condición (es decir, subir de clase social, convivir con los ricos, y no desentonar).
Mi papá, por el otro lado, siempre estuvo preocupado por que tuviéramos una excelente educación, pues esto era lo que en verdad nos permitiría tener el mundo. Tengo que aceptar que la tuvimos (una excelente educación). Los amigos y compañeros que tuve a lo largo de mi educación básica fueron educados más o menos igual, los papás estaban muy preocupados por la calidad de la educación y la posibilidad de que tuviéramos un futuro profesional satisfactorio.
Me parece curioso, porque todo esto se mueve como si fuéramos otra clase social, no forzosamente relacionada con la economía, sino con la cultura y el conocimiento. Como patadas de ahogado: como no les pudimos dar vida de ricos, les damos educación, para que se puedan realizar. Así, en esta clase social, esta maravillosa burguesía, tiene mejor nivel aquél que haya realizado estudios de posgrado, y por supuesto quien tenga doctorado en una de las 10 mejores universidades del mundo, será el rey.
Esta mentalidad, por supuesto, la tengo muy arraigada. Me gusta estudiar, mucho, pero sobre todo, la posibilidad de algo mejor y diferente. No forzosamente económico, sino de satisfacción personal, de poder llegar por las noches a mi casa y sentirme exitosa, pensante, grande. Desgraciadamente, me he dado cuenta de que no es tan sencillo, tener estudios de posgrado, trabajar y ser independiente es muy difícil, a mi papá se le olvidó mencionar que este plan necesitaba, prima facie (ja ja), a alguien que me mantenga (y no sólo con lo básico, sino también con los estudios).
Quien me conoce, sabe que no es mi caso. No he encontrado a alguien que quiera pagarme mi formación psicoanalítica (sobre todo las 3 sesiones semanales de análisis), y así, estoy atorada en un limbo en el que cuento con una licenciatura, pero que no es suficiente, ni para mi ni para mi mundo. Cualquiera tiene una licenciatura. Muchos de mis conocidos tienen estudios de posgrado (por lo menos una con doctorado y estudios en Harvard). Yo quedé, tristemente, relegada en un mundo en el que no soy todavía lo que quiero ni todo lo que puedo ser, por un pequeño detallito: el sustento económico...
Mi papá, por el otro lado, siempre estuvo preocupado por que tuviéramos una excelente educación, pues esto era lo que en verdad nos permitiría tener el mundo. Tengo que aceptar que la tuvimos (una excelente educación). Los amigos y compañeros que tuve a lo largo de mi educación básica fueron educados más o menos igual, los papás estaban muy preocupados por la calidad de la educación y la posibilidad de que tuviéramos un futuro profesional satisfactorio.
Me parece curioso, porque todo esto se mueve como si fuéramos otra clase social, no forzosamente relacionada con la economía, sino con la cultura y el conocimiento. Como patadas de ahogado: como no les pudimos dar vida de ricos, les damos educación, para que se puedan realizar. Así, en esta clase social, esta maravillosa burguesía, tiene mejor nivel aquél que haya realizado estudios de posgrado, y por supuesto quien tenga doctorado en una de las 10 mejores universidades del mundo, será el rey.
Esta mentalidad, por supuesto, la tengo muy arraigada. Me gusta estudiar, mucho, pero sobre todo, la posibilidad de algo mejor y diferente. No forzosamente económico, sino de satisfacción personal, de poder llegar por las noches a mi casa y sentirme exitosa, pensante, grande. Desgraciadamente, me he dado cuenta de que no es tan sencillo, tener estudios de posgrado, trabajar y ser independiente es muy difícil, a mi papá se le olvidó mencionar que este plan necesitaba, prima facie (ja ja), a alguien que me mantenga (y no sólo con lo básico, sino también con los estudios).
Quien me conoce, sabe que no es mi caso. No he encontrado a alguien que quiera pagarme mi formación psicoanalítica (sobre todo las 3 sesiones semanales de análisis), y así, estoy atorada en un limbo en el que cuento con una licenciatura, pero que no es suficiente, ni para mi ni para mi mundo. Cualquiera tiene una licenciatura. Muchos de mis conocidos tienen estudios de posgrado (por lo menos una con doctorado y estudios en Harvard). Yo quedé, tristemente, relegada en un mundo en el que no soy todavía lo que quiero ni todo lo que puedo ser, por un pequeño detallito: el sustento económico...
martes, 19 de mayo de 2009
Horario de oficina

Nuevamente, me he visto en la necesidad de recurrir a la manera ortodoxa de recibir dinero: mediante un trabajo de oficina. No es, en realidad, algo que me guste mucho, pero la necesidad y las pocas opciones que ofrece el mundo profesional bien pagado, no dejan más.
Esta situación me provoca varias emociones encontradas, por un lado la satisfacción de un ingreso estable, la comodidad de trabajar sentada y en un espacio "decente" (no los hay así tal cual, pero uno lo va arreglando para que sea agradable), y creo que ya; pero, por el otro, tiene varias negativas, la obligación de cumplir con una vestimenta (no entiendo por qué uno tiene que vestirse formal, para trabajar todo el día frente a una computadora. No propongo trabajar en bata y pantuflas, pero la comodidad debería ser importante.), y sobre todo, y la más conflictiva y molesta para mí, cumplir con un horario establecido, independientemente del cumplimiento de tareas y labores.
Sé que no todo el mundo es eficiente y productivo, pero yo lo soy, puedo realizar mis actividades en mucho menos tiempo del requerido para ello; y esto me deja con muchas horas diarias sin algo qué hacer. Por supuesto, un jefe diría que siempre hay algo que hacer, pendientes o nuevas cosas por realizar, y que todo el tiempo debe ser bien aprovechado. Pero seamos honestos, llega un momento en que no hay nada más por hacer, pues si hay algunos pendientes y los hacemos ese día, ¿qué haremos el resto de la semana? Por no mencionar que no se nos contrata para inventarnos actividades, sino para realizar unas preestablecidas, o congruentes con el puesto y demás. A mí, en todos los trabajos con horario de oficina que he tenido, me sobre mucho tiempo, y me molesta no poder usarlo de manera útil o práctica, o tener que esconder lo que estoy haciendo porque no está bien visto que uno "pierda el tiempo" en la oficina.
Comprendo que hay ciertos trabajos que no permiten un horario abierto o enfocado sólo a resultados, pues es parte del puesto estar disponible por si algo más se ofrece. Éste es mi caso, y es triste. Si yo pudiera, en estas horas que no hay nada qué hacer, sacar mi libro y leer, escribir, trabajar en algo más, o simplemente chatear y navegar sin destino por internet, sería feliz; pero no es así, seguramente si mi jefe me viera haciendo algo así, se molestaría, porque "no te pagan para hacer tus cosas, sino para hacer lo que se requiere en la oficina, y para eso estás, para trabajar". Mala idea. Tener trabajadores perdiendo el tiempo entorpece su desesmpeño, pues desanima a querer si quiera venir a trabajar.
Después, existe otro terrible problema: el tiempo empleado en trabajar. Yo, entre mis 8 horas de trabajo, la hora de comida, y la hora y media de transporte (podría ser más, lo sé), estoy diez horas y media ligada a mi trabajo; cuando finalmente llego a mi casa, estoy cansada y no tengo ganas de hacer mucho, pero en casa también tengo cosas que hacer, limpiar, arreglar. Tengo pareja y perros con los que quiero pasar tiempo, y necesito energía para hacerlo (sobre todo si deseo sacar a pasear a los perros, o salir con el novio). Pero también, tengo el deseo de hacer más de mi vida, ver a mis amigos, tejer, estudiar idiomas, psicoanálisis, y hacer ejercicio. ¿En qué momento podré hacerlo? ¿Nadie se ha dado cuenta que trabajar implica un sacrificio terrible hacia la superación y satisfacción personal? ¿No sería mejor fomentar la productividad y reducir las horas de trabajo? Sé que yo sería muy feliz así, trabajaría mejor y siempre con disposición, y tendría mucho tiempo para hacer cosas que me causan satisfacción y felicidad.
Yo, no nací para esto...
lunes, 27 de abril de 2009
La limpieza ya no sera problema

Hoy estoy imaginativa, no sé si es el poder que tiene en mi el casco de la motocicleta (es decir, el casco que utilizo cuando me subo a la motocicleta), o la paranoia, o qué, pero lo importante es mi capacidad sublimatoria (licencia poética). Entonces, escribía yo, que tuve una epifanía: iniciaré un negocio maravilloso. (Importante es decir lo mucho que esta idea está influenciada por el cortometraje de Pedro Almodóvar, la Concejala antropófaga). Mi negocio se llamará: La limpieza ya no será problema.
Descripción del negocio: Una compañía encargada en prestar el servicio de limpieza de casa u oficinas, en el cual, los prestadores de servicio serán muchachos guapos y bien torneados (sus madres sí tomaron ácido fólico).
Sé que para los hombres esto no tendrá ningún atratictivo, pero para toda ama de casa, o mujer independiente, será un placer inigualable tener a un chico coquetón haciendo la limpieza... qué imagen más emocionante verlo fregar los pisos a la Cenicienta. Exquisito, pienso yo. Además, podremos promocionarnos con una publicidad comparativa: trabajamos en cualquier lugar en que la Vitacilina debe estar. ¡Ah, qué buena medicina!
lunes, 20 de abril de 2009
Cuando sea grande quiero ser policia

El viernes por la tarde, disfrutaba yo de mi lectura y la vida pueblerina de Tlalpan, cuando una señorita me regaló la edición vespertina del periódico Crónica. Al principio, no le hice caso, pues estaba yo muy interesada leyendo la caza de ballenas (seguía leyendo Moby Dick), pero despues algo me distrajo en la plaza (la necesidad latente de estar enterada de los chismes) y decidí aprovechar esa distracción y hojear el periódico. Fue una excelente decisión, sin duda alguna, uno de los artículos comentaba la propuesta que existe de las compañías farmacéuticas (no estoy segura si de ellas tal cual) de regalar o "donar" liposucciones y medicamentos para los policías obesos y con sobrepeso. No pude contener las carcajadas, ni el movimiento piesero de felicidad, era simplemente ¡maravilloso! ¡Una propuesta para regalar liposucciones! Esta es la clase de cosas que me hacen amar a mi patria, estos pequeños detalles que me hacen sentir orgullosa del país en el que vivo; ahora, en plena crisis mundial, con problemas económicos en todos los niveles y posibilidades, alguien quiere regalar liposucciones.
Uno de mis tíos es cirujano plástico estético, y cada vez que lo veo cotizo alguna opción cuchillera para mejorar mi belleza, tristemente, siempre recibo por respuesta una negativa, ningún procedimiento médico para mí, no no no, que así estoy bella y no necesito nada más, que no sea exagerada, y cosas así, que por un lado me frustran, pero por el otro me levantan el ego. Ahora, con esta nueva propuesta policiaca, decidí que siempre escogí el camino incorrecto: la familia. Lo que yo deberia hacer es convertirme en policía, engordar mucho, y después esperar una liposucción gratis.
Antes de desarrollar todo el plan macabro para hacerme bella, delgada y gracil (sí, también creo que soy una señorita casadera, como las Hermanastras de Cenicienta), pensé que era el colmo de los colmos y una verdadera vergüenza esta propuesta, no por quien la propuso, sino por lo que implica. Uno no nace obeso (bueno, algunos si, pero no es de a gratis), y si los policías están obesos, es porque ellos mismos así lo han decidido, inconsciente o conscientemente, pero su decisión al fin y al cabo. Nadie puede tener una mala alimentación y una manera poco sana de vivir y pretender un cuerpo como el de Brad Pitt; si esto fuera posible, estaría yo aún mas feliz de vivir aquí, y por supuesto, cometería cuanta infracción me fuera posible para pasar por lo menos unos segundos admirando al poli-Bradpittense. Pero no, no pasa, ni en el mejor de los sueños o película de Disney, eso no pasa. Si uno vive de manera poco sana, los resultados serán iguales, poco sanos.
Por supuesto, muchas veces me pregunto cómo es posible que no exista un control sobre la salud de los policías, exámenes, horarios de ejercicio, no sé, alguna opción para que tremendos toneles no anden por la vida con nuestra seguridad en las manos. ¿No sería esto mucho más sencillo y congruente? Además, si la salud es una responsabilidad del Estado, entonces las liposucciones y los bypass gástricos deberían poderse incluir en los seguros sociales y de gastos médicos. Por que, si para un policía es indispensable esto, y solucionarlo vía liposucción es el único camino, debemos promover (supongo, que en el Mundo de Toti, seria el Partido Verde quien lo promovería) una ley que obligue al Estado a pagar a quien por salud lo necesite, un bypass o una lipo, ¡Sí que sí! Que no se diga que no somos un Estado Benefactor.
Si esta propuesta se concreta, me veré en la terrible necesidad de convertirme en policía, enlistarme para la liposucción, y después, con mi cuerpazo cual Olga Breeski en sus buenos tiempos, pararme en un semáforo de Insurgentes a organizar el tránsito, deseando escuchar los mejores piropos existentes (y por existir) y, literalmente, parar el tránsito; y cuando mi horario de trabajo terminara, subirme a mi motocicleta policial BMW. Sí, cuando sea grande, voy a ser policía...
viernes, 13 de marzo de 2009
¡Antes muerta que abogada!

Estudié derecho, así es, DERECHO, y desde que empecé a estudiar, me he topado con una situación molesta cual mordida de pantera en lo más mío: hacerle entender a la gente que estudié derecho, no abogacía. Por alguna razón que desconozco, la sociedad cree que cuando uno estudia derecho, estudia para abogado y no es cierto, el mundo profesional del abogado es bastante variado; ya licenciado (porque antes sin duda las opciones son reducidas) se puede trabajar como juez, servidor público, investigador, profesor, legislador, asesor, etc.
Un abogado, como tal, es el que litiga (por decirlo de manera coloquial, pues tampoco litiga tal cual), quien lleva casos y demás. Todos los demás no son abogados.
También me he topado con gente que me pregunta si estudié leyes, como si las del derecho fueran las únicas que existen; deberia yo decir que sí estudié leyes, que soy físico (ja ja ja). Pero, regresando a la abogacía ¿por qué? ¿por qué la gente me dice abogada? Sé que no entienden las implicaciones que esta aseveración implica, y por lo tanto, me he visto en la terrible necesidad de explicarla: un abogado es aquella persona que estudió derecho y se dedica a los juicios (representa a una de las partes en conflicto.
En el ejercicio de la profesión, el abogado de se encuentra, en muchas ocasiones, ante un dilema de justicia (que entienden como el eterno dar a cada quien lo que es suyo); dependiendo de la persona que defiendan, su interpretación de justicia será diferente, y puede suceder también que en otro juicio representen a una persona que se encuentra en una situación igual a la contraparte de otro juicio que llevó, y apelen por lo contrario. ¿Dónde quedan los principios? ¿Cómo manejan la justicia? Fácil: como las prostitutas, en realidad no tiene que ver con el qué, sino con el ingreso, uno vende su materia de trabajo (el cuerpo en el caso de las abogadas, los principios en el caso de los abogados) al mejor postor.
Yo no podría hacer esto, nunca sería capaz de doblar mis principios y representar a alguien en un juicio que atentara contra ellos, por eso, no puedo ser abogada, no puedo venderme, ni por todo el dinero del mundo. Así que, le digo a todas las personas que me conocen: no soy abogada, nunca lo seré, y resiento a cualquiera que me llame así, cual si me dijeran que soy una prostituta ( y con la indigación de no poder llegar a trabajar, como abogada, en plataformas transparentes y minivestidos).
En la cara no, que soy actor

Las generalizaciones siempre me han parecido tontas y fuera de realidad, es prácticamente imposible generalizar el comportamiento de un grupo de personas, puesto que cada una de ellas es siempre diferente (por lo menos en algunas cosas). Aún así, he descubierto que hay conjuntos que guardan ciertos patrones de comportamiento, que podríamos hasta cierto punto ver como una generalización. Entre estos grupos están los actores de teatro (es importante decir que de teatro, no cualquier actor).
Por Ángel, he conocido muchos actores, y he convivido con ellos bastante, y casi todos ellos tienen un patrón en común (del cual se desprenden los demás): todos creen que su profesión es la única que implica pasión, amor, sentimientos y entrega. El argumento suele ser que el desempeño de su profesión lleva implícito el manejo de emociones y sentimientos y, podríamos decir, la capacidad para jugar a ser otra persona diferente, por un tiempo determinado.
Cada vez que escucho la primera explicación, me pregunto si se darán cuenta de que existen otras profesiones en el mundo, pues yo he conocido profesionistas que se entregan a su trabajo con pasión, amor y sentimiento, que ven el trabajo no sólo como eso, sino (en palabras de mi padre) como hacer lo que les gusta, y que además les paguen; también pienso en todos los profesionistas que se dedican a la psiqué, quienes verdaderamente trabajan con emociones y sentimientos reales (pues trabajan con pacientes que día a día vuelcan ahí su sentir y paceder, real, latente) y cuyo trabajo puede afectar la vida del paciente, de manera positiva o negativa.
Por el otro lado, jugar a ser una persona diferente, siempre me ha sonado a esquizofrenia, ¿quién si no alguien con personalidades múltiples puede ser otra persona? Sé que existe el importante detalle de que un esquizofrénico no decide quién ser y cuándo serlo, a diferencia del actor, que en cualquier momento puede volver a ser él (sigue sin convencerme eso, pero concedamos). Después de ver mucho teatro, he notado que no todos los actores son capaces de actuar personajes completamente diferentes, que la mayoría tienen rasgos en común o incluso parecen una versión del personaje anterior. Sé que esto tiene que ver con que finalmente son una persona representando un personaje, y que si fueran capaces de dejar de ser ellos mismos completamente, implicaría un problema de psicosis; aun así, hay actores que, sin dejar de ser ellos, pueden crear personajes que no se parecen al anterior, como si fueran una persona completamente nueva.
Eso me gusta mucho, que los personajes sean más seres independientes que creaciones de un actor. Pero, este fenómeno no me parece exclusivo de los actores, los médicos se disfrazan de bata blanca y estetoscopio para trabajar, los abogados de traje sastre, las enfermeras de uniforme blanco (incluidas medias y zapatos), los militares de uniforme militar, así como quienes piden limosna, de ropas sucias y desgastadas. Todos actuamos un personaje en nuestras profesiones, no podemos ir por la vida siendo y diciendo lo que pensamos (mucho menos cuando estamos en ámbitos profesionales) sin que tenga consecuencias, debemos ser quien la sociedad nos pide que seamos, según la profesión y el puesto que tenemos.
Después de analizar los argumentos actorales, termino siempre en la misma conclusión: su profesión no tiene nada de especial. Y entonces, ¿por qué se comportan como si fueran hijos de los dioses? No lo entiendo, pero me molesta la incongruencia de sentirse especial, pero no hacer nada por serlo. Creen que son demasiado (sí, demasiado) para los mortales, y que por ello merecen un trato especial, de ahí la famosísima frase: en la cara no, que soy actor. Y yo, que he decidido compartir mi vida con uno de ellos, no tengo más remedio que pegarle en el cuerpo...
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