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jueves, 24 de enero de 2019

Con la edad...

Hasta que cumplí 37 años (es decir, hace unos días) pensaba que, con la edad, me convertiría en "señora", en una mujer adulta, en algo que (aún) no era. Como si la edad, el tiempo y lo transcurrido en él, fueran a hacer de mi otra persona, a cambiar ciertos rasgos, conductas o gustos, como si esa que yo era/soy fuera pasajera, el "mientras" me hago adulta.

No sé bien si es una idea que saqué de mi familia, de ver a las mujeres (ya adultas) en mi familia, en cómo se comportaban a cierta edad, y que eso me hizo pensar que yo, igual que ellas, sería así a esa edad; tal vez, es una cuestión cultural o de educación, que uno deja de ser adolescente y se convierte en un adulto responsable porque así debe ser, porque es lo esperado, porque hay que madurar, por lo que sea.

No lo sé. Lo que sí sé es que, más bien, yo no me he convertido en esas mujeres, ni en esa idea que tenía de una mujer adulta, vaya, ni siquiera soy señora (y ya casi voy a cumplir cuarenta).
Tengo casi cuarenta y no me he casado, lo cual no está mal porque me gusta mucho la soledad, vivir sola, y porque sólo he conocido a un hombre con quien creí que podría vivir feliz y sin pelear (es decir, un buen candidato para casarme... salvo por el hecho de que él decidió que no quería estar conmigo porque le incomodaba nuestra intimidad y porque "no teníamos futuro"... vaya diferencias de percepción, gracias, Lacan). 

Además, nunca he querido tener hijos, ya me hicieron la salpingoclacia y, consecuentemente, no tendré una familia; lo cual, al mismo tiempo, hace que encontrar, buscar o estar con un hombre no implique prisa alguna.

Ninguna de las ideas de mujer adulta que tenía implicaba esto: estar sola. Recuerdo que mi mamá a mi edad tenía ya 10 años divorciada, pero era eso: una mujer divorciada y con dos hijos. Yo no soy ninguna de las dos.

También pensaba que, a los treinta, ya me habría quitado el arete del ombligo y los "extras" de las orejas, porque las mujeres adultas no los usan. Pero no sólo no pasó, sigo usándolos todos (no he encontrado una razón para quitármelos, así que siguen aquí, ya con 20 años en mi cuerpo) y, después de los 30, comencé a tatuarme (bueno, fueron dos sesiones para seis tatuajes y una tercera para quitar dos anteriores y poner uno nuevo). Sin duda, las mujeres adultas de mi cabeza no se tatúan a esta edad.

Sigo usando las uñas pintadas de negro, azul, morado, blusas de tirantes, escotes, blusas sin espalda, mini-mini faldas, botas, pantalones a la cadera... esas cosas que estaban de moda cuando fui adolescente. Modas que, también, pensé que de adulta dejaría de usar, que comenzaría a vestir como mujer adulta exitosa-ejecutiva- formal. Pero no pasó. Mi trabajo (clínica psicoanalítica) me permite vestir como se me da la gana, mi cuerpo (para mis estándares, no pretendo generalizar ni esperar que todas se vistan como yo o sigan mis tontos estándares) me permite ahora, más que antes, usar mini faldas, enseñar las piernas, la espalda, los brazos. No sólo no dejé de usar esa ropa, sino que ahora la uso mucho más feliz y segura que en mis veintes (que pasé, en su mayoría, con sobrepeso... a diferencia de mi adolescencia, en la que estaba súper flaca y curveada).

Tal vez, con la edad, me he vuelto un poco menos agresiva, un poco más sabia, con más ganas de perdonarme y perdonar a los demás, de entender (a ellos y a mi); pero sigo teniendo el mismo sentido del humor, sigo diciendo groserías, haciendo chistes vulgares, hablando como si no me importara quién me escucha (no me importa, nunca me ha importado), no siendo capaz de controlar el volumen de mi voz, diciendo cosas fuera de lugar.

Ahora, a la mitad de mi vida, caí en cuenta que, ser adulta tal vez no se trata de dejar de ser yo, sino lo contrario: ser más yo, ser yo sin importar el otro, sin considerar expectativas, demandas y necesidades impuestas. 
Tal vez, ser adulta es poder estar en paz con esto, y no soltarlo. No dejar las botas ni aunque "sean para chavos", no dejar de reír a carcajadas, no dejar de disfrutar el tiempo y espacio sola, no dejar de vestir como me gusta, de decir lo que quiero, de sentirme.

Tal vez, ya tiene mucho que soy una mujer adulta, que soy, Ariadna, sólo que no me había dado cuenta de que esto es lo que habrá.

martes, 30 de octubre de 2018

Morralla: la cosificación de la vergüenza

No sé si pasa en todas partes del mundo, pero en mi bello país (México), la morralla (es decir, las monedas, "el cambio") y los billetes de baja denominación (como el billete de $20) son motivo de vergüenza; pagar con cambio resulta, casi siempre, algo que da pena y que se hace sin que el otro se dé cuenta.

Podríamos decir que, en términos de dinero, también existen jerarquías, y no sólo en el sentido de que más dinero te hace más, sino que la denominación del billete con el que pagas dice algo de ti. A veces, uno paga con un billete de $500 y, por eso mismo, el trato recibido es diferente, como si el simple hecho de tener uno de ellos significara que tienes muchos más (si no, ¿cómo es que tienes por lo menos uno? no es lógico, es obvio, ja); algunas de esas ocasiones, uno paga con un billete de $500 porque es el que te dio el cajero y, para ser honestos, es todo el dinero que tienes para la semana.

Tal vez sea cierto que la morralla se gasta más fácil, que es mucho más difícil llevar un control de cuánto se ha gastado si lo que tenemos es cambio,  porque saberlo implicaría contar monedas (varias) y más billetes (que si fuera de alta denominación) cada-vez-que-compras-algo. Mucho trabajo, mucho esfuerzo. Como consecuencia, solemos guardar los billetes (de $100 para arriba) y ser más prudentes a la hora de gastarlos, porque "romperlos" significa que gastaremos tooooodo ese dinero más rápido y sin control.

Para mi, el dinero es dinero y lo que importa no es en qué forma (moneda, billete) lo tienes, sino que lo tienes (o, como bien sabemos, que NO lo tienes), que puedes pagar algo con eso. Recuerdo que, cuando saqué mi coche (hace ya 15 años) pagué el enganche con el dinero que había ahorrado de propinas (trabajaba de mesera) y otros ingresos y ahorros; como una parte eran propinas, podrán imaginar cómo llegué a pagar $30,000 con un señor fajo de billetes bien grandote, porque eran billetes de todas las denominaciones, y la pobre cajera me miró como si estuviera loca, me lo dijo y reprochó que llegara "con tanto dinero" (no entiendo de qué otra forma pensaba que iba a pagar $30,000 ¿con billetes de 5,000 del Turista?¿con cheque de caja? tenía 21 años...).

Irónicamente, un billete de $500 es tanto una bendición como una maldición. Hay pocas situaciones más frustrantes que tener sólo un billete de $500 y necesitar pagar algo. En la tienda, no te cambian el billete, ni tampoco "tienen cambio" si quieres comprar algo de menos de $100; en el transporte, no puedes pagar con él; en la papelería; la vida de a pie y de a diario no es compatible con los billetes de altas denominaciones, porque nadie quiere/puede cambiártelos, o porque creemos que son falsos (¿por qué no harán billetes de $100, $20 y $50 falsos? sí, sí, sí, es más difícil con los "nuevos billetes", pero de todas formas me lo pregunto, porque creo que esos pasan más fácilmente de mano en mano, y pocas personas se cuestionan siquiera que puedan ser falsos, en cambio, los de $500 pasan por un examen y estudio bastante más riguroso, aunque no por ello infalible).

Tal vez, al final del día, el dinero contante y sonante tiene un lugar tan indispensable y complejo en nuestras vidas bajo el capitalismo, que no puede estar exento de prejuicios, juicios y tratos diferenciados. Porque, y eso lo sabemos todos (aunque no lo sepamos), los ricos o cargan muchos billetotes (pero muchos muchos, cual fajo de gasolinero) o sólo tarjeta, porque tienen tanto, que ni siquiera se molestan en esas nimiedades. Y nosotros, los proletarios, tenemos que hacérnoslas con los billetitos, con las monedas, con la morralla y la vergüenza que implica no ser parte de los otros.

martes, 25 de noviembre de 2014

Negociar en una relación

Honestamente, poner en una oración negociar y amor, me da un poco de malestar, ¿qué es eso de negociar en el amor? En serio, ¿qué chingados es eso? Sí hay algo de eso que entiendo, que uno debe llegar a acuerdos, ceder ciertas cosas para hacer posible la convivencia... y demás, pero de ahí a negociar, siento que hay un abismo.

Porque, como yo entiendo negociar, implica que se hará un acuerdo en el que una parte dará algo a cambio de otra cosa (ejem, sí, esto suena a ceder cosas, ups) y esto, la verdad, me parece ridículo en una relación. ¿Cómo se supone que voy a dejar algo que hago o quiero para que tú seas feliz y, a cambio, me darás otra cosa? ¿Cómo?

Por ejemplo: 
X: No me gusta que fumes en la cama, ¿por qué no lo negociamos?
Y: Bueno, ¿qué ofreces a cambio de que no fume en la cama? Y que sea algo chido, porque sabes que disfruto mucho fumar en la cama antes de dormir.
X: Te ofrezco lavar los platos los fines de semana. Sé que hacer eso te cansa.

¿Neto? ¿De verdad? ¿Soy yo o es COMPLETAMENTE ridículo? Vamos, al principio suena a una excelente idea de negocios, pides y ofreces algo para que te den lo que pides, y siempre tienes algo que intercambiar, porque sabes que a la otra persona le molestan ciertas actitudes tuyas, o situaciones. Hay mucho de dónde sacar y podría ser una mina de oro para obtener TODO lo que siempre deseaste en una relación... hasta que te das cuenta de que algo no marcha del todo bien, porque una relación implica tolerancia y respeto, aceptar al otro como es y con TODAS sus mañas y cosas raras. Una relación de pareja, que implica amor, no es un intercambio comercial, en donde le pides al otro que deje de dar o de hacer o de ser. NO. Es un espacio donde deberías sentirte seguro, aceptado, bien recibido, porque ése eres tú, porque éso es lo que hace de una casa un hogar.

De verdad que no me cuadra, no me cuadra, me hace sentir que más bien te vas desdibujando, poco a poco, acuerdo tras acuerdo, y que terminarás por ser sólo el bote de complacencias fallidas (porque, obvio, esas complacencias son siempre fallidas) del otro. Y, ¿qué chiste tiene entonces construir una vida con alguien, si implica que tú salgas de ella?


martes, 21 de octubre de 2014

Cuando George Clooney se casó

¿Recuerdan que George Clooney era el famoso que había escapado del matrimonio con estilo y dignidad? Que pasaban los años y él simplemente no se comprometía o casaba... que fungía como un faro de esperanza, un estandarte para todos los que no queremos casarnos y creemos que no cae antes un hablador que un cojo  y que mientras él estuviera soltero, los demás podríamos soportarlo. Porque, seamos honestos, si un hombre como él (es decir, como él que es la carcasa de todas las fantasías que yo deposito ahí, porque no tengo idea de cómo es él) no necesita una mujer, yo tampoco (la lógica es que yo soy igual que él, una gran mujer, el partido que todo hombre quiere... esas cosas) necesito un hombre que sea mi marido.

Ahora, que él se ha casado, en mi cabeza parece que quitaron el letrero de: no necesitamos casarnos, lo aventaron al barranco y alguien dijo: a la chingada, si él se casó, no vale la pena seguir con la mascarada, aceptémoslo ¡queremos un anillo de compromiso! [Demonios, ¿alguien más notó que no quiero casarme, sino el anillo, que alguien me diga que quiere estar conmigo toda su vida, y que lo diga con un diamante?] 

Ja, me siento como en las batallas antiguas, una vez que han matado al rey o al general, ya no vale la pena seguir peleando, la batalla se ha perdido. Y los guerreros o soldados que aún siguen vivos, puedes dar la vuelta y dejar de pelear.

O, tal vez, lo único que hace falta es encontrar algún otro estandarte que quiera sostener estos argumentos flácidos de que el matrimonio no es indispensable...

P.D. Genuinamente, no me interesa casarme, la fiesta, el reconocimiento social, decir que "él es mi marido", eso no me interesa. Lo que quiero, es alguien con quien hacer una vida, convivir, crecer, compartir... tal vez hasta vivir juntos. Pero, todos sabemos (¿?) es diferente una cosa que otra.

lunes, 20 de octubre de 2014

Es esto, porque me funciona.

Tengo un amigo "nuevo", es decir, recientemente entablamos amistad. Es el hermano de mi amiga más cercana y, por lo mismo, he pasado tiempo con él. En ese tiempo, he descubierto que es un gran hombre, lo cual me lleva (¿a todos?) a crear una lista de cosas o situaciones que "un hombre como él debería tener". En el caso a platicar hoy, es su noviazgo.

El chico (28 años), lleva 3 años de novio con una chica (27) y, para ser absolutamente honesta, si se vieran menos enamorados, podría jurar que llevan varios años de casados con muchos hijos (esa relación ya de hastío y cansancio, donde la otra persona se convierte en el recordatorio de todo lo que no hiciste o pudiste lograr, sacrificaste, perdiste, etc.). La chica terminó la licenciatura y lleva tres años haciendo la tesis (no quiero ni pensar de qué tamaño será la tesis, si le toma tres años de tiempo completo), no trabaja ni parece tener grandes planes a futuro. El muchacho, terminó la carrera en tiempo y forma, tiene un buen trabajo y está desarrollando un proyecto muy interesante y grande, que van (ya explicaré el plural) a hacer en la península de Yucatán, y para el cual se muda en enero.

El plural, van, quiere decir que él, la novia y la familia de la novia (ja, suena a película gringa).

Demonios, creo que ya perdí el hilo de mi escritura. El asunto era, sí, que él lleva tres años con una chica con la que tiene un plan de trabajo a largo plazo, y que no se ve ni remotamente enamorado de ella (lo peor, ella de él tampoco). La familia de él, y la amiga de la hermana (yo) estamos un poco preocupados por esta situación (preocupados aquí significa: somos unos metiches que creemos que hay espacio para nuestra opinión, en una relación que no es nuestra), porque creemos que él debería estar con una mujer que lo hiciera (se hicieran) absolutamente felices, que se vieran enamorados, estuvieran enculados, no pudieran dejar de coger y se sonrieran el uno al otro cuando se mirasen. Porque hay cosas que se sienten y parece que "están mal", que él prefiera acariciar o apapachar a una mujer que no es la suya, con la suya al lado, que pase los fines de semana con otras personas, que tenga sus "amantes" (algo así, aunque no nos conste que sea con esas palabras, pero vamos, esto se ve a leguas), no suena a una relación feliz. Y uno, que es metiche, muere porque él se dé cuenta de esto y la deje para ir en busca de quien sí llene todas nuestras (las de los metiches) expectativas.

El sábado, en un arranque de imprudencia de mi parte, se lo dije, que debería estar con una chica que lo tuviera enamorado, enculado, que lo hiciera sonreír de formas pendejas y absurdas... y él contestó que estaba en esa relación porque le funcionaba, su relación pasada terminó en tragedia y él estaba más que enamorado y comprometido, y por eso había decidido buscar una relación que no lo hiciera perder la cabeza y que resultara sencilla. La relación que tenía actualmente era así, funcional. Un rato después me preguntó si yo tenía una relación sana y feliz, y entonces sí me dejó pensando, porque en realidad yo tampoco la tengo (no bajo los cánones de "sano siempre y feliz siempre"), mi relación a veces parece montaña rusa. PERO, estoy en ella porque me funciona, porque obtengo algo de ella. Igual que él.

Oh, la ironía. Ahí estaba yo juzgando a alguien porque creo que merece una súper mujer, y dejé de lado que esta es la súper mujer porque le da lo que él necesita/quiere/busca/desea en este momento; que no es víctima de la situación y que nada de lo que sucede lo somete más de lo que él lo permite. Sí, sí, estoy de acuerdo, cuando uno "sabe" que existe el inconsciente, la pulsión de muerte y el goce, no puedes pasar por alto que tal vez lo que él obtiene no sea lo que desea, sino una forma de gozar (léase sufrir, masoquismo). De todas formas, y es justo a donde quiero llegar con esto, me parece admirable que tenga los huevos y el temple de afirmar que está ahí porque lo decidió y que sea capaz de sostenerse en ese lugar, con todo y las consecuencias que esta decisión traiga consigo.

Así que yo, con mi pedantería de metiche-amiga, me he quedado sin palabras. Tal vez, quepa una disculpa por haber opinado y juzgado donde no me corresponde... Pero es que es tan difícil separar lo que deseas para quien quieres, de lo que ellos escogen para sí.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La edad y las señoras

Este fin de semana pude, finalmente, llegar a una conclusión sobre qué te hace señora. He aquí mi descubrimiento:

Debemos empezar por decir que tengo 32 años, y no estoy casada.

Ahora, para el DRAE, una señora es:
4. m. y f. Persona respetable que ya no es joven.
5. m. y f. Título que se antepone al apellido de un varón o de una mujer casada o viuda. 

En cambio, una señorita, es:
4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera.

Así pues, podemos tener bien claro que la diferencia entre una y otra es estar o no casadas. Mi papá, que es un gran filósofo y teórico (¿?), un día dijo que una señorita era aquella mujer que no hiciera evidente que le daban (el término dar aquí, se refiere a darle, eso, sí, eso), es decir, sería señorita si no estaba casada o tenía un hijo [no sé por otros lados, pero aquí en México es MUY común que sean madres "solteras"]. 

Podrá ser una definición más decente que la otra, más poética que la otra, pero al final se refieren a lo mismo. Una es señora si está casada o tiene hijos.

No sé por qué, pero tengo varias conocidas casadas, sin hijos, que se molestan cuando les dicen señoras, como si fuera una ofensa, o significara que ya están o se ven viejas... Parece que el concepto ya no significa lo mismo que antes, y no sé qué pasó. También, he visto a muchas mujeres de mi edad que les dicen señoras  y no lo son, o (como es mi caso) que nos dicen señoritas y sólo excepcionalmente, señoras.

Entonces, surgió en mi cabeza la pregunta de ¿qué es ser una señora? [Ja, me sentí como Freud al preguntarse ¿qué es lo que quiere una mujer? ja ja ja. Ya parece, yo y Freud, similares, qué pretenciosa la muchacha] y obtuve una respuesta satisfactoria.

Las señoras no son las que están casadas o las que tienen en hijos, serás señora en el momento en que se parezcan a lo que cada quien (es decir, yo, en este caso) asocia al concepto de mamá. Porque hay que ser honestos, para todos, sin importar el momento o la edad, vemos a nuestras madres como señoras, no puede ser de otra forma. Así, yo no soy una señora porque no me veo como se veía mi mamá a mi edad, porque ella a mi edad tenía dos hijos de 10 años, vestía traje sastre, tenía arrugas en la cara (pocas, pero algunas), estaba divorciada... Y se veía como un adulto. No sé de qué otra forma explicarlo, pero es así de fácil.

Y esto es algo que lo aplico a cualquiera, tengo amigas o conocidas que han sido señoras desde los 20 o antes, porque se visten como una, se comportan como ellas, usan joyas de oro con piedritas, como las señoras de antes, se tiñen el cabello para esconder las canas, no usan tenis ni se ven cómodas en jeans y playera...

¿Qué opinan ustedes?

P.D. A este paso y con estos criterios, yo  JAMÁS seré una señora. :)


jueves, 28 de agosto de 2014

10 cosas que odio de mi, Parte II

Continuamos con la lista :

5. Soy grosera cuando hablo por teléfono. Por más que lo intento, siempre hablo feo, grosero o golpeado al teléfono. Odio hablar por teléfono. No, más bien, odio cómo se escucha mi voz al teléfono y, por eso, me molesta hablar. Además, en el móvil siempre hay eco y termino escuchando mi voz (¡horrible!). Así que, soy grosera y cortante, aunque no sea mi intención o procure NO hacerlo.

6. No sé parar las peleas. Hay quien dice que soy adicta al pleito, otros que me engancho y no sé soltar, otro que soy  bien dramática, cruel y agresiva. Sea lo que quieran que sea, es un hecho que una vez que empecé a pelear, no puedo parar. Sigo y sigo y sigo, y escalo, más y más agresivo y violento y, por más que en mi cabeza alguien me diga que pare, no puedo, no sé cómo. Me parece ridículo decir a media pelea: bueno, ya, mejor aquí dejamos estas mamadas y tú me das un besote apasionado. No puedo. De hecho, para mí, las peleas terminan cuando uno desaparece (que casi nunca soy yo), o cuando el otro grita, pues en ese caso me pongo a llorar y se terminó todo el pleito.

De cualquier forma, me gustaría que fuera diferente. Poder pelear poquito y ya.

7. Me gusta puntuar la pendejez ajena. Yo digo que esto es súper perverso (en términos lacanianos), estar constantemente puntuándole al otro sus errores, evidenciando que están en falta y que yo, de alguna forma, estoy por encima de ellos o de la situación. Es algo bien molesto, inclusive para mí, muchas veces me gustaría simplemente cerrar la boca y sonreír, pero ¡no! la abro y corrijo a esa persona.
En este asunto, me gustaría decir algo a mi favor: sí, es castroso que haga esto, pero no entiendo por qué es mi culpa la ignorancia o mediocridad ajena, por qué debemos pasar de largo ante esto sólo para no caerles mal. 
Además, no es mi culpa que yo sí ponga atención a las cosas y ellos no, y que tenga buena memoria. Como si yo tuviera que hacerme responsable de los otros.
Sí, sí, de cualquier forma, lo que yo hago es molesto y me gustaría, de vez en cuando, no hacerlo.


Seguiré pensando el resto :)

martes, 12 de agosto de 2014

10 cosas que odio de mí. Parte I

Hoy en la mañana, por alguna razón que casual y convenientemente olvidé, pensé que hay ciertas conductas mías que odio. Esas cosas que uno hace y sabe que no debería hacerlas, que está mal, o que molestan, incluso a uno mismo. Así pues, decidí escribir 10 cosas que odio de mí, (porque cosas que odien los demás de mí, o que yo odio de los demás, tomaría el blog completo, ja ja).
  1. 1.       Kleenex en todos lados. Desde pequeña, y como toda mi familia, soy muy mocosa. No sólo cuando tengo gripa, sino en general, moqueo. Si hace frío, calor, como ciertas cosas, o pica demasiado, o me voy a acostar… lo que sea, siempre motiva que el moco salga a saludar. Por eso, uso muchos kleenex y tengo la pésima y horrible costumbre de dejarlos en todos lados, T O D O S lados: en las bolsas de los pantalones, sacos, gabardinas, abrigos, sudaderas, en cada uno de los compartimentos de mis bolsas, en el coche, el sillón, la cama, el buró, la mesa. Por más que procuro tirarlos a la basura, o por lo menos no dejarlo cual Hansel y Gretel, no puedo. Me acuesto y en el buró hay siempre uno o dos kleenex usados o a medio usar (y tengo un bote de basura ahí mismo, justo para eso), los tiro al bote y al día siguiente es lo mismo. Y pasa eso en el sillón también, que cada que me siento uso un kleenex, y según yo al levantarme los tiro en el cesto, pero cuando vuelvo a sentarme encuentro más.
    2.       Cuando me enojo o emociono, no controlo el volumen de mi voz. Este es otro de esos misterios de mí ser: el volumen de mi voz. Siempre he tenido una voz particular (por no decir medio fea), me cuesta mucho trabajo hablar en un tono que sea un tono (suelo hablar hasta desentonada) y mucho más controlar el volumen. No me doy cuenta y comienzo a hablar más y más alto, hasta que me vibran los oídos o noto que la gente me mira “raro”. Ahora puedo controlarlo un poquito más, tengo consciente que con ciertas emociones en automático subo el volumen, así que puedo preverlo un po-qui-to (que tampoco me sale bien en todas las ocasiones, o con todo el éxito que esperábamos).
    3.       Ya lo sé. ¿no les turbo molestan esas personas que todo lo saben, todo lo han hecho, todo lo han leído, todo todo todo? Sí, con cagantes, a todos nos caen gordas. Y sí, también es cierto, que yo soy de esas personas L. Quiero decir que tengo una semi-justificación al respecto: tengo muy buena memoria y pongo atención a lo que me dicen o leo/veo/aprendo. Por eso, sé muchos datos pendejos o curiosos que escapan mis áreas de estudio; recuerdo cómo llegar a muchos lados, y sé quién hizo qué, dónde y cuándo. Sí, es una semi-justificación, porque también podría simplemente cerrar la bocota y escuchar lo que los demás tienen que decir. ¡Pero no! Tengo que salir a relucir, abrir la boca y decir “uy, yo lo sé, ya lo sé, claro porque…” Para darme unas cachetadas, de verdad.
    4.       Reloj suizo en mano inglesa. Soy re puntal y me siento orgullosa de serlo. Tanto para llegar como para esperar, siempre puntual. Mis conocidos saben lo mucho que me molesta la impuntualidad en cualquier situación (una amiga súper impuntual me preguntó un día qué va a pasar si mis analizantes llegaran tarde. Obvio, le contesté que eso no me molestaba porque era parte de mi trabajo y, acá entre nos, porque su retraso tiene que ver con ellos y no conmigo; mi trabajo es estar ahí, será el analizante quien decida cómo o a qué hora está él/ella ahí). Con mi ex (el recientemente inscrito en esa categoría) era un problema serio. Él llegaba tarde y campante, como si la vida fuera hermosa, y yo montada en cólera porque tenía media hora esperándolo; después, se ponía súper agresivo porque yo estaba molesta y era una chingadera, nada importante ni que mereciera mi mal humor (no mamar), así que eso terminaba en que cada quien se fuera mentando madres a su casa. La verdad, es que yo nunca renunciaré a creer que yo tenía la razón. Es muy fácil: si uno dice una hora, es a esa hora, o a la hora que egoístamente y sin avisar a mí más me convenga. Además, como bien decía mi abuelo, es una cuestión de respeto y, si no respetan tu tiempo y compromiso, ¿qué te hace pensar que serán capaces de respetarte en otros aspectos?
    Tengo que irme, y ya se me acabaron las cosas que odio (ja, las olvidé), así que mañana seguiremos con esto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Seguro ahorita me estás psicoanalizando

El psicoanálisis es una de esas profesiones llenas de prejuicios, todo el mundo tiene algo que decir al respecto, y son pocos los que en realidad saben algo sobre él. Por lo mismo, es muy común que la gente diga pendejadas cuando se entera que soy psicoanalista.

            Algo muy muy común de escuchar es “seguro me estás psicoanalizando ahorita”. Un día, platicaba con compañeros psicoanalistas y nos reíamos de esta situación, porque quien dice eso no tiene ni idea de qué es el psicoanálisis, y porque además creen que uno va por la vida regalando su trabajo. Sí, el psicoanálisis no es sólo un trabajo, implica muchas más cosas y tiene consecuencias en la vida diaria del psicoanalista, pero de ahí a que vayamos por la vida psicoanalizando, hay un océano.

             Expliquemos: el psicoanálisis es una profesión que implica, como bien dice su nombre, un análisis. Como cualquier análisis, implica tiempo y profundidad. Así que no, no puedes psicoanalizar a nadie a partir de una conversación tonta en una fiesta. Además, el psicoanálisis, por cuestiones de ética, sólo tiene lugar en un espacio psicoanalítico, en el que hay dos sujetos: el psicoanalista y el psicoanalizante. En este espacio y situación, uno de ellos habla y asocia y habla y dice tonterías, y asocia; y el otro, escucha, puntúa, termina, a veces interpreta, escucha, escucha. ¿En algún lugar les suena a que uno de ellos se pone como “conejillo de indias” tras un cristal mientras el otro infiere de él un montón de cosas? No. Porque así no sucede.

               Tal vez esto no debe decirse, pero no es uno el que realiza el análisis, es el propio analizante quien lo hace, quien le da peso a lo que dice o es dicho en análisis, quien elabora, quien escucha, quien repite. Es él, porque, al final, sólo él podría producir un saber o una verdad de sí mismo, de su inconsciente.

               Así que, nada de que uno los psicoanaliza, o piensa que se quieren acostar con su mamá en cada acción o actividad que realicen. Los psicoanalistas, como cualquier otro profesional, es capaz de separarse de esto cuando no está trabajando. O me van a decir que los ginecólogos andan diagnosticando vaginas en cualquier lugar donde están…


miércoles, 6 de agosto de 2014

"La abogada"

Yo que pensé que había cosas que simplemente nunca jamás de los jamases haría y dónde me veo ahora: en una de esas.
Estudié derecho y terminé la carrera, con título y cédula profesional y tesis y todas esas cosas. T O D A S. Soy licenciada en derecho, a mucha vergüenza. Y no es que me dé vergüenza sólo porque es una profesión que a mí, en lo personal, no me gusta porque no es psicoanálisis, me da vergüenza porque siempre pensé que era una profesión que dejaba de lado la ética personal y profesional, y eso nunca ha ido conmigo.
                Para escribir sobre esto, me parece que habría que hacer un par de paréntesis.
1.       Para mí la ética es muy importante. No debe responder a algo externo o imposiciones, es una cuestión de posiciones ante el mundo. Uno dice: esto sí, esto no y de ahí no se mueve. Y no se mueve porque está convencido de eso, porque esas decisiones finalmente “son uno”, interpelan, involucran, atraviesan.  Para mí, es tan sencillo como preguntarse, ante determinadas o determinables situaciones: ¿podré vivir con la decisión que tomaré? Si uno puede, entonces va en el cajón de los “sí”, si no, pues en el otro y listo. Nada tiene que ver con que sea bueno o malo, sino con poder vivir con esas decisiones, con la cabeza en alto, y sosteniéndose en ese lugar. [Me parece que de este tema, debería escribir algo desde mi lugar de psicoanalista, sí, suena interesante].
2.       En el derecho, el criterio es: mi cliente siempre tiene la razón. PUNTO. Y de ahí, a venderse cual puta.
Con eso establecido como paréntesis, decidí desde la universidad, que no litigaría, que si mi camino debía andarse en el derecho, sería en otros ámbitos, desde otras perspectivas… y sí, otra vez, primero cae un hablador que un cojo. Así que ahora, con T O D I T A la vergüenza que cabe en mi cuerpecito, trabajo en un despacho de abogados.
                Todo comenzó hace casi dos años, en septiembre de 2012, cuando el pendejo que me contrató en una empresa, decidió correrme. A esta situación, le siguió una fila enorme de tragedias y crisis: me separé, mi papá enfermó y pasó mucho tiempo en el hospital… Está bien, sólo tres tragedias, pero grandes como si fueran de Sófocles. Y así estaba yo, desempleada y con una separación inminente, teniendo que solucionar el cómo mantenerme, pagar la renta, comida, escuela, etc., cuando mi amiga queridísima me ofreció trabajar con ella de maestra de inglés. Exacto, sale la pregunta ¿maestría de inglés? Y sí, domino el idioma, ella sería mi jefa, y podría tener un buen ingreso.
                Así las cosas, comencé a dar clases y me fue bien. Me hacía feliz salir y das clases en cafesitos,  casi todos los alumnos me caían increíble y mi vida comenzaba a acomodarse de formas que me tenían satisfecha y contenta. Un día de mayo, a media mañana, se me acercaron un viejito y un joven (de mi edad, vaya, un mozuelo) para preguntarme si daba clases particulares de inglés. Yo contesté que sí, agendamos las clases y así comenzó la relación inglés/abogado.
                Al principio, el viejito me pareció una persona rara, no podía estar segura de si me tiraba la onda o no, si quería algo más, o simplemente aprender inglés, [Llevamos un año de clases y el cabrón apenas y habla, entiende muy poco, y es terco como el que más] pero lo dejé pasar, porque necesitaba el dinero y me convenía en horarios. Con el tiempo, comenzamos a platicar de mí, mis problemas legales, de él, sus hijos y cuanta pendejada apareciera por ahí.
                En marzo de este año, por cuestiones netamente económicas, tuve que tomar la decisión de conseguirme otro trabajo, porque ya no me alcanzaba con las clases. Así que, aprovechando la llamada de un exjefe, acepté un trabajo de medio tiempo como office manager (el nombre más pedorro para decir asistente, que es un eufemismo de secretaria). Cuando se lo dije al viejito, casi le da el patatús, que no era posible, que él quería que yo trabajara en el despacho con sus hijos, que entonces ya no le daría clases, que el mundo se derrumbaba y era terrible. Yo, que en estas cuestiones son una cabrona, respondí que para mí era una cuestión de dinero, lo necesitaba para pagar mi renta y gastos y que no podía hacer otra cosa, porque no tenía dinero ni para el siguiente mes; que era inminente mi partida. Obvio, a la semana siguiente me presentó a los hijos y me contrataron. Con un buen horario y un sueldo suficiente para solventar los gastos mensuales (nada de ahorro, vacaciones, libros o emergencias, pero algo es algo).
                Honestamente, lo odio. No me gusta lo que hago ni la postura de los abogados, me causa conflicto, hay días que llego a casa llorando porque soy una puta y además, malpagada. Y sí, cuando me dicen los amigos que esto me permite tener el consultorio, pagar gastos y demás, les doy la razón. Pero, ¡NO ME GUSTA! Y sin importar que esto me salve de morir, no deja de parecerme algo molesto.

                Ush, ya se me fue el hilo de la escritura. Ahora me puse a pensar justo en ese asunto de lo que gusta y no gusta, y los accesorios. Creo que dejaré esto en un: LO ODIO, NO ME GUSTA y, en cuanto tenga la posibilidad, la más mínima, correré de aquí como cucaracha de la luz.

P.D. Ni siquiera quiero mencionar la diarrea que me da cuando escucho que llaman "abogada". Para darse un tiro.

viernes, 18 de julio de 2014

Sabes que es él y no otro, cuando...

No sé si les ha pasado, pero todas las mujeres (no sé si los hombres) tenemos una "lista imaginaria de requisitos que debe cumplir una pareja". A lo largo de los años, metemos y sacamos detalles, según hayamos aprendido que son tonterías, no son importantes, o lo contrario, que sí lo son. Mis amigas dicen que los años y fracasos nos hacen más exigentes e intransigentes en este sentido, pero yo no estoy del todo de acuerdo, o más bien, no sé si sea así o no.

Para mí, dicha lista tiene tres secciones: A HUEVO (sine qua non) / NEGOCIABLE / SERÍA UN PLUS.

En la primera están, por decir algunas:
  • Que lea más de un libro al mes;
  • Que no le moleste que yo fume;
  • Que sepa qué chingados es el psicoanálisis (y no acepto cosas como que Freud se quería acostar con su mamá y hay libros que te dicen qué significan tus sueños);
  • Que escriba SIN errores ortográficos;
  • Que sea más alto que yo;
  • Que tenga por lo menos el mismo nivel de estudios que yo;
  • Que no se drogue;
  • Que no sea alcohólico;
  • Que no le guste la violencia física (léase, que no me pegue);
  • Que sea independiente económicamente y viva solo;
  • Que domine por lo menos un idioma más;
  • Que esté delgado (no como Ryan Gosling, pero sí que no tenga panza chelera o chichis);
  • Que no sea un materialista/capitalista obsesionado con gadgets, coches, marcas, poses...

En la segunda:
  • Que haga ejercicio;
  • Que viva relativamente cerca de mi casa;
  • Que le guste andar en bici;
  • Que no hable inglés (pero alguna otra lengua sí);
  • Que no le guste viajar;
  • Que no fume;
  • Que le moleste que yo cante (lo hago horrible);
  • Que no le guste bailar;
  • Que no le guste la trova;
  • Que quiera mudarse de país.

En la tercera:
  • Que sea psicoanalista;
  • Que haya hecho un análisis;
  • Que cuando seamos viejos quiera vivir en una casa en un pueblo, con un jardín grande y cosechar lo que comemos;
  • Que sea ecoamigable;
  • Que le guste Sherlock Holmes (yo soy muy muy fan);
  • Que sepa cantar;
  • Que sea bailar;
  • Que le guste la trova.

Evidentemente, este post tiene algo que va más allá de esto, si no sería de hueva... Así que, como bien lo dice el título, uno sabe que es él y no otro, cuando te das cuenta de que NO cumple con ciertos requisitos que a ti te parecían indispensables, que tal vez hasta entraban en la sección A HUEVO. Y no sólo eso, sino que te fascina que no sea así.

Ejemplo, que le gusten las botas vaqueras y las use. ¡Botas vaqueras! ¿Hay algo más por decir? Me parecen horribles, incómodas, feas, horribles, espantosas... Simplemente no me gustan, no no no no no. Y, aún así, cuando mi novio se pone las suyas (vergüenza) y lo miro de soslayo, no puedo evitar pensar "pues sí le van, se ve bien guapo" (¡¿Qué chingados pasa por mi cabeza?!).

Yo siempre dije (y lo sostengo) que no hay nada más desagradable (obvio lo hay, me gusta tirarme al drama) que un hombre con la camisa abierta, enseñando pelo en pecho, con cadenita (cual película mexicana, ya saben cómo, lo sé) mucho más cuando trae un dije de la virgen o algo así. Es HORRIBLE, hasta imaginarlo me da "cosita". Y claro, ahora, cuando él sale tan guapo con sus camisas (porque siempre anda de camisa) y se deja los primeros dos botones abiertos, y se le ve el pecho el pecho, yo, LITERAL, me emociono y sonrío y UF, que me vuelve loca loca. Me parece que le da personalidad, que lo hace ver bien guapo, y muero de ganas por tocarle el pecho... (sí, exacto, ¿qué pasa?).

El esposo de una amiga de mi papá, solía decirle a ella "princesa": princesa, ¿qué te traigo?, princesa, ¿qué quieres? Y yo, moría de diarrea por esas cursilerías. P R I N C E S A, ni que fuéramos niñas que todavía creen que las películas de Disney se hacen realidad. Y ahora, cuando escucho que me dice "princesa", siento mariposas en el estómago, sonrío, me emociono, me parece lo más hermoso del mundo. SOY UNA NIÑA TONTA QUE SUEÑA CON SER SU PRINCESA, ¿qué pedo?

Sé que son tonterías, que es divertido que pase, pero yo no lo veo como cualquier cosa, todo lo contrario. Me parece que está bien cabrón que tenga un vínculo tan fuerte con un hombre que tiene esas cualidades que antes me parecían espantosas, que me emocionen cosas que siempre me parecieron ridículas y patéticas. Es como si el amor pusiera todas nuestras convicciones y decisiones en una cuerda floja, y cualquier de ella pudiera caerse. Sí, lo sé, no es el amor, es el inconsciente, porque no hay nada que nos guste ahora, que en realidad no nos haya gustado siempre (pura negación y represión). Y si es así, sólo me queda por decir una cosa:
CHALE, ESTOY BIEN ENAMORADA

jueves, 17 de enero de 2013

Escaleras electrícas

Ahora que casi no uso el auto, me transporto en metro. Me gusta, puedo leer, no me molesta ni el tránsito ni los conductores suicidas y asesinos que todos los días salen a las calles. Sí, a veces está muy lleno y te toca una que otra mano aventurera, pero tampoco es terrible, así que lo disfruto bastante.
Hay una línea del metro muy profunda ( como 10 pisos) que tomo con regularidad. Es tan profunda que mi papá algún día dijo que si caía una bomba atómica en la ciudad y yo estaba en ese metro, no me pasaría nada (así que, el día que haya peligro de bomba, me mudaré a ese metro, ja). Afortunadamente, para gente como yo, la existencia de escaleras eléctricas, hace que llegar a la superficie no implique un infarto al corazón (las escaleras son mi némesis, mi peor enemigo, pero mi meta este año es poder subir varios pisos sin comenzar a jadear); y es mucha gente quien las usa, aunque siempre hay algún aventurero que sube con agilidad y destreza.

Lo curioso, y que relataré ahora, es que hay MUCHA gente que utiliza las escaleras eléctricas y ¡las sube por sí mismo! No sé cómo expresar esto, decir que las suben a pie y no dejan que lo eléctrico haga su trabajo... el caso es que se suben a las escaleras eléctricas y empiezan a empujar gente, pedir permiso para pasar y suben casi corriendo. ¿Por qué hacen eso? ¿Qué no es obvio que si hay escaleras "normales" y eléctricas, y quieres subir de forma ortodoxa, deberían usar las otras escaleras? ¿No todo el chiste de una escalera eléctrica es que tú no tienes que hacer el esfuerzo de subir?

No lo entiendo, verdaderamente no lo entiendo y, para ser honesta, me molesta mucho, porque esperan que uno se comporte de forma igualmente estúpida, y eso sí que no. Yo soy tolerante y dejo que cada quien haga su santa voluntad, pero esas cosas no están bien. No, no, no.

P.D. Ya un día platicaré lo que sentí el día que estaban descompuestas las escaleras eléctricas y me aventé los 135 escalones a pulmón...

martes, 15 de enero de 2013

Lo conocí en... internet

Conocer un candidato para pareja, a estas alturas de la vida (en los treintas) no resulta tan sencillo como parece. Todos dicen que es fácil, que es cuestión de estar abierto a conocer gente y no parecer desesperado, pero no es así de sencillo.

¿Dónde conoces a alguien? ¿En el trabajo? ¿Amigo de un amigo/a? ¿En un bar?

Con la edad y la rutina, dejamos de conocer tanta gente como antes, si no tienes actividades extralaborales, o muuuchos amigos, llega un momento en que ya no hay opciones, o son muy remotas. Y, entonces, hay que preguntarse ¿quiero, verdaderamente, conocer a alguien? y responder honestamente.

Si la respuesta es afirmativa, comienzan los problemas; ¿dónde? ¿cómo? ¿han cambiado las cosas?

La cantidad de preguntas y complicaciones ante las que te ves, es enorme y no siempre claro qué hacer. Por eso, uno piensa "bueno, tal vez conocer a alguien por internet no sea tan mala idea...". Obvio, si eres como yo, en ese momento todas las probabilidades y opciones brincan en la cabeza, el superyó martilla el pensamiento y comienzas a sentir pánico... tantas personas en internet, tan sencillo que es mentir ahí, tanto riesgo, etc. 

Supongamos que te animas, te inscribes en una página, subes un perfil interesante y tomas una actitud más abierta (o tolerante). Evidentemente, tienes un montón de requisitos, porque hay que ser honestos, si vas a buscar a alguien para un fin tan claro, entonces hay que poner límites o estándares: alto, guapo, inteligente, trabajador, que viva solo, independiente, que no le gusten las drogas, que no sea el típico trabajador de empresa cuadrado y de traje, que le guste la cultura, que lea, que quiera algo más en su vida que sólo dinero.

Ya para ese momento, has descalificado al 99% de los candidatos. Es que es más demandante, cuando uno conoce a alguien en una fiesta o reunión, puedes ser más abierta, más tolerante y no considerar la apariencia como algo importantísimo; vamos, que te abres y platicas, aunque sea por educación. Pero en internet... es otra cosa, no hay por qué ser tolerante a eso, ni siquiera educada, si no te parece guapo, a la chingada y ¡listo! Y claro, el prejuicio terrible, o miedo, que tienes sobre el tipo de personas que están en esas páginas; no creo que exista alguien que no piense que si buscas pareja así es porque eres incapaz de conocer personas en formas convencionales, que seguro tienes algo terrible, eres un violador o un inadaptado.

¿Se imagina la probabilidad de conocer a alguien que cumpla todos los requisitos, en internet? No es cualquier cosa. Ni siquiera puedo imaginar cómo ocurre eso o si sea posible. Pero, si ocurre, digamos que platicas con la persona, te parece interesante, lo buscas en Facebook, ves cómo se expresa y relaciona con los demás, te animas y sales con él... OH PROBLEMA. Los amigos te recomiendan que tengas cuidado, que lo conozcas en un lugar público, que alguien esté cerca para salvarte si es necesario, que no des información de más, mil cosas porque "uno nunca sabe" (como si supieras al conocer a alguien en una fiesta, como si la gente no fuera lo que es, simplemente porque sí, y no porque utiliza la internet como medio de "ligue").

Si te atreves a conocerlo, le dices a todo el mundo a dónde vas, cómo y todos los detalles necesarios para que se sientan tranquilos, y ¡a la aventura! Y el miedo, ni qué decir del miedo... no sé si sea miedo a que no funcione, a que sea un asco y no tengas el valor de salir corriendo, o justo lo contrario, que el chico resulte interesante, atractivo, un partidazo y quieras salir con él otra vez. Porque esa parte es difícil, ¿qué le vas a decir a la gente cuando pregunten cómo se conocieron? ¿la verdad? ¿y dónde quedan los prejuicios? ¿mientes? ¿te inventas una historia para que nadie sepa la verdad y no juzguen?

Que si uno lo piensa todo, ni ganas dan de intentarlo; tantas variables y riesgos, por un chico con el que quién sabe qué pase (aunque uno nunca sepa qué sucederá en las relaciones, pues hasta las más "evidentes y estables" pueden terminar cualquier día), no vale la pena.

Aunque, si tienes suerte, conoces a un güey interesante, apasionado, que le gusta leer, el deporte, el arte, que quiere muchas cosas en la vida, que espera tener más que sólo un trabajo de 10 horas, que no quiere hijos, ni esposa, ni convenciones, que es auténtico... y, además, que le interesas, le gustas, quiere estar contigo, conocerte...

Por supuesto, el único problema ahora es saber qué decir cuando la gente te pregunte dónde lo conocí.

martes, 20 de noviembre de 2012

Cuídate

Sí, soy bien cuadrada, me gusta que el mundo, principalmente el mío, funcione como YO considero que es la mejor opción. PERO, también soy una persona tolerante, mucho más de lo que puedan creer los que me conocen (aunque, si me conocieran, lo sabrían), y entiendo que cada quien tiene inconsciente, deseos, necesidades y demás. El problema empieza cuando queremos que los demas hagan lo que uno quiere, o cuando emitimos juicios sobre su actuar en función de nuestras necesidades.

Claro, aquí viene el ejemplo.

Por varias situaciones (algunas ya escritas aquí), he pasado unas semanas de muchísimo estrés, angustia y pánico. No han sido días normales, aunque yo he sido más yo que en los últimos años (cosa extraña, lo sé). El único gran síntoma que he presentado es la falta de hambre. El último mes prácticamente no he tenido hambre (y yo no perdonaba una comida, así como los hobbits) y he comido muy poco. Como buena estudiante de psicoanálisis, lo veo como un síntoma y decido dejarlo hablar, no callarlo ni negarlo; si está aquí y se presenta es porque mi inconsciente habla y mi única respuesta debe ser escucharlo, no hay ciencia oculta. Por supuesto, una cosa es que escuche el síntoma y otra que sea bien pendeja, y no.

Esa es la razón por la que decidí comprar suplementos alimenticios y desayunar uno, así por lo menos sé que una gran cantidad de nutrientes y vitaminas entran en mi cuerpo, y no me desnutro. Además, todos los días procuro comer un poco de carne, pollo, algo con proteínas. 

Lo que me enoja es que cuando he comentado mi falta de hambre, quien escucha suele contestarme con un diarréico: cuídate, por favor, no te descuides, no te puedes enfermar ni tener anemia ni nada parecido. ¿Pero qué no ven la diferencia? ¿No es claro que si estoy tomando suplementos alimenticios y comiendo cárnicos, me estoy cuidando? ¿En qué mundo sería mejor que comiera como cerdo? O, peor aún ¿que negara que algo me está pasando y que afecta, que no logro verbalizar del todo, que escapa de mi conciencia?

Y, al final, mi pregunta es ¿no es mi vida? ¿no he mostrado que puedo hacerme responsable de ella y de mis decisiones? ¿dónde queda la confianza? (aunque esas sean tres preguntas, no una).

viernes, 17 de agosto de 2012

Con tu larga cabellera...

Este post está inspirado en mi terrible decisión de traer el cabello suelto el día de hoy.


Siempre me había gustado mi cabello, chino como caireles, con forma, sano, de un castaño oscuro (que yo digo casi negro y hay quienes dicen casi güero) decente, que sentaba bien con mi cara y mi personalidad. Además, es fácil de peinar, se atiene a mis designios y puede quedarse en su sitio con muy poca infraestructura (hasta con un clip puedo hacerme un chongo y se queda quieto y bonito).

Eso sí, desenredarlo, o mantenerlo sin nudos no ha sido tarea fácil, cuando era niña sufría muchísimo por eso, pues mi mamá no me dejaba usar acondicionador y a mí me gustaba andar de cabello suelto, así que podrán imaginarse la de nudos que se me hacían. Afortunadamente en la adolescencia descubrí que si me desenredaba el cabello en la regadera era mucho más fácil, y después conocí el producto más maravilloso del mundo: el mouse de Herbal Essences, que no permite que mi cabello se enrede, lo deja fácil de peinar a cualquier hora del día, en cualquier circunstancia.

Como me creí eso de que si tienes facciones finas puedes traer cualquier largo de cabello y estilo, me lo he cortado MUY chiquito (no más de dos centímetros de largo) y lo he traído hasta la cintura; con todas las combinaciones en medio. Para ser honesta, odio traer el cabello suelto, los chinos no son fáciles de acomodar tras la oreja si te estorba en la cara, así que ando como viejo pastor inglés (el perro con el cabello sobre los ojos) y sufre que sufre, así que si me “suelto” el cabello, me hago una media cola, o sostengo los cabellos que caerían en la cara con una pinza o algo. Pero lo mío lo mío, es el chongo, me gusta el cabello amarrado para que no me distraiga ni implique dedicarle tiempo a lo largo del día.

He utilizado también mi cabello como una forma simbólica de vivir o aceptar el cambio, cuando han pasado cosas fuertes o drásticas en mi vida, me he cortado el cabello. Y corto también lo disfruto, no en cualquier longitud, pero sobre todo muy muy cortito o un poquito más largo, de tal forma que igual me lo pueda hacer en chongos o cosas raras.

En los últimos años, sin entender razón, me incomoda traer el cabello suelto, porque la humedad hace que todo el día sienta la espalda mojada (aunque no la tenga mojada, es más, aunque tampoco tenga el cabello mojado) y por eso no me lo he soltado desde hace año y medio (bueno, lo he intentado un par de veces, pero termino con el cabello amarrado y la espalda tensa y “mojada”).  Por esta razón, he pensado seriamente cortarme el cabello muy corto y andar así por la vida, pues tampoco me parece ideal o lógico tener el cabello súper largo si no me lo suelto (implica tiempo de peinado, desenredado, mousse, y demás. Toda una inversión).

P E R O

Ahí surge el conflicto existencial, que ahora se ha convertido en un absurdo existencial. Cuando pienso “hoy sí me lo corto, es lo más práctico y sano y lógico” mi cabeza responde “pero las mujeres atractivas deben traer el cabello largo” ¡¡Qué demonios es eso!! ¿De dónde sale? Porque yo no lo pienso, tan no lo pienso que me he sentido la flor más bella del ejido de cabello corto, así que no entiendo por qué demonios pienso eso. No pienso que tal vez me arrepienta, que esperar a que crezca toma por lo menos dos años, que se me vería la cara más gorda o se acentuaría mi sobre peso… ¡No! Lo que pienso es esa pendejada de que las mujeres deben andar de cabello largo, porque eso es más femenino.

Y uno podría pensar que no es cierto, que son puras tonterías, que nadie opina así, que cada quien puede hacer con su cabello lo que le dé la gana… pero la realidad es que a los hombres les gustan las mujeres de cabello largo y suelto (no entiendo por qué), les llaman más la atención, no sé qué cosas, pero es así. Con sus debidas excepciones, las mujeres bellas y atractivas (las famosas, vaya) andan de cabellera larga y suelta, sensual, y las que se cortan el cabello son bastante criticadas (aunque se vean más hermosas así, o sea su pinche cabello, o lo que quieras y mandes).

Esto, lo diré, está de la chingada; que los juicios sociales sean tan poderosos que se cuelan hasta lo más profundo de nuestro ser, que nos limitan y delimitan constantemente y que no nos permiten sentir que hacemos lo que deseamos o queremos o escogemos libremente (porque inclusive cuando decidimos seguir los prejuicios o juicios, lo hacemos porque queremos, somos libres al hacerlo, y escogemos ese camino: el de la aceptación social; así que nada de que somos víctimas de ellos, que tampoco va por ahí). Yo siempre he hecho lo que he querido, y casi siempre he querido lo que es “correcto”, lo que se acerca más al “deber ser” (aunque podamos cuestionar la legitimidad y procedencia del deber, eso no es tan importante); pero creo que hay límites y que mi cabello debería ser uno. Ya es suficiente con no poder vestirme cómodamente para ir a trabajar, ni poder traer el cabello rosa porque se me da la gana, es suficiente con seguir las normas que nos imponen los jefes y trabajos, pero además permitir que el prejuicio determine el largo de mi cabello ¡ES DEMASIADO!

Tampoco digo que un día de estos me corto el cabello y al diablo. No, pero quiero tomar la decisión (cualquiera que sea) en función de lo mejor para mí, lo que más ganas tengo de hacer, lo más práctico, no lo que alguien más dice que es bello.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Not tested on animals


Creo que mi espíritu anticosumo y la nueva filosofía de vida me llevan a pensar, cada vez más, en temas que no deberían ser escritos en mi blog, pues son, tal vez, bastante más complejos de lo que yo abordo aquí, y me parece irresponsable escribirlo a medias.

A pesar de lo que acabo de escribir, confieso que hoy desperté con este tema en la cabeza y que, dado que mi mente sólo puede rumiar con obsesión un par de temas a la vez, este se ve en la necesidad imperiosa de salir de mí y quedarse aquí.

Así pues, mientras me maquillaba hoy, comencé a pensar en todos los cosméticos y productos de belleza, en cómo algunos están probados en animales y otros no, en cómo hay minerales (es decir, veganos, súper naturales y socialmente responsable) y otros que hasta miedo da ponérselos en la cara… pensaba yo entre capa y capa de sombras, cuando brincó en mi mente la ironía de la guerra contra la prueba de estos productos en animales.

Estoy de acuerdo en que NO es bueno usar a los animales para nuestro beneficio, que es cruel ponerles maquillaje y probar qué efecto tienen (sobre todo porque considero que después de tantos años de investigaciones y experimentos, ya deberían saber qué productos dañan el cuerpo y cuáles no, sin necesidad de probarlo en un conejito de hermosa cola esponjosa), y todas esas cosas. También estoy en contra de ponerte cosas de dudosa procedencia en la cara (no sé por qué, me da pánico la idea de lo que realmente nos ponemos como maquillaje o cremas… a veces creo que es pura basura, algo así como ponerse aceite de cocina mezclado con anticongelante) y que es mejor lo proveniente de la naturaleza (en cuanto a mi cara y cuerpo se refiere).

Hasta aquí, supongo que no hay nadie que se manifieste en contra, todos estamos de acuerdo, todos queremos un mundo feliz y nos tomamos de la mano mientras fumamos la pipa de la paz (ustedes perdonen si yo no le doy el toque, pero es que nunca me he drogado, y quiero seguir así). El problema surge cuando el uso de animales en pruebas no se limita a cuestiones de belleza, sino de salud. No creo conocer a alguien que le parezca “mal” que las pruebas de las nuevas medicinas (o de las que ya fueron aprobadas) se realicen en animales, es más, que se hayan utilizado animales para mejorar la calidad de vida de los humanos (en diversos aspectos, desde comérselos hasta usar válvulas de cerdo en el corazón). Hasta donde sé, nadie (sí, papá, los veganos y otros como ellos sí, pero yo no los conozco o sé a ciencia cierta) ha decidido no tomar una medicina porque fue “probada en animales”; de hecho, creo que a la gente le causaría más miedo pensar que ése medicamento, que debe salvarles la vida, no ha sido probado en “algo/alguien”.

¿Por qué se hace la diferencia? ¿Se vale cuando es una cuestión de vida y no cuando es vanidad?

Si lo llevamos aún más lejos, podemos también reflexionar sobre TODOS los medicamentos que han sido probados en humanos (desde tiempos inmemorables, pasando por los nazis, hasta los medicamentos no aprobados en etapa de pruebas en humanos). Eso lo vemos “normal”, bien, nos da tranquilidad saber que alguien ya ha prestado su salud y su cuerpo para garantizar que la medicina funciona y sus efectos secundarios no resultarán peor que la enfermedad erradicable.
¿Por qué está mal probar en animales y no en humanos? ¿La vida de los humanos debe sacrificarse en aras de la ciencia? Y, entonces ¿la de los animales, vale más?

¡He ahí mi dilema pensante hoy por la mañana!

Es complejo, creo yo, no es simplemente cuestión de marcar una línea y decir: esto sí, esto ya no.

Yo, si tengo que escoger, estoy a favor de los productos de belleza que NO han sido probados en animales, que son minerales y que NO dañan el ambiente. Pero, en cuanto a los medicamentos, estoy a favor de su prueba en animales y humanos, siempre y cuando le termine con la vida del animal (en el momento científico conveniente) sin sufrimiento, y en humanos cuando éstos no sean coaccionados para someterse a las pruebas, ni maltratos.

Aún así, me parece que la gente debería estar consciente del origen de los productos que usamos diariamente y tomar, así, una decisión informada de lo que hacemos y las consecuencias que tienen en los demás (animales y humanos), porque si no, pasamos la vida metidos en incongruencias.


jueves, 26 de julio de 2012

Es que los reggaetoneros...


Inspirada en un diálogo/debate/algo que tuve hace rato con un amigo (y sus amigos) en el Facebook, decidí escribir este post, que había pensado antes pero, para ser honesta, no quería entrar en detalles de derecho y política aquí, porque eso siempre se presta a problemas. Ni modo, ante lo inevitable: nada.

Durante el tiempo que estudié derecho y trabajé en la investigación de su teoría y filosofía, tuve la oportunidad ociosa de pensar mucho sobre discriminación. Después, entre el psicoanálisis y mi personalidad, me di cuenta de lo importante que es el respeto ante todo. Pero, en cuanto a la discriminación, no puedo sino confesar que me parece un poco pendejo crear generalizaciones y tratar mal o despreciar (o cualquier actividad considerada como discriminatoria) a la gente porque está en el “grupo” que no nos gusta. Lo siento, pero me resulta una pendejada. Puedo entender que uno diga “odio a los violadores”, porque ése grupo en particular ha realizado una acción que afecta, en términos reales, legales y objetivos a una persona/s o grupo o lo que sea. Y lo entiendo, pero la verdad es que no lo comparto; puedes odiarlos, pero en realidad lo que tratas de verbalizar y “odiar” es el miedo que tienes a que sus actividades (de violadores) recaigan sobre ti, no es abstracto sino todo lo contrario.

Entonces, si me parece una tontería discriminar, es evidente que no lo hago… en principio… (y he aquí el tema del post), puedo decir que no discrimino porque de manera consciente no emito expresiones discriminatorias, ni le brindo un trato diferente a alguien sólo porque forma parte de un grupo social que a mí no me gusta. P E R O, a veces, sin siquiera darnos cuenta, decimos frases que son completa, total y absolutamente discriminatorias:
No seas indiorante
Ahora sí andas como pata rajada
Me hacen trabajar como negro
Pinche indio
Es que las nacas…
Vestida así parece puta de esquina.

No se me ocurren más por el momento, pero creo que todos entendemos el punto. Esas frases forman parte de nuestro vocabulario, de la forma en que nuestra sociedad se expresa y las usamos sin siquiera darnos cuenta de que son discriminadoras.

Dejemos de lado esta parte cultural-discriminatoria, y regresemos a mi afirmación de que no discrimino, que soy una persona que tolera al otro, sin importar cuán diferente a mí sea, y que considera que todas las personas merecen respeto. Esto quiere decir que trato y espero que los demás traten con respeto al peor de los violadores, al más sangriento y despiadado asesino, a quien viola niños, a los neo nazis, a los gringos que odian a los mexicanos y los cazan en la frontera… todos ellos merecen respeto, porque son, antes que otra cosa, humanos. No quiere decir que por eso no se les aplique todo el peso de la ley a quienes la violan, o no me aleje de personas que tienden a discriminar (tanto los grupos a los que pertenezco, como a los que no), pero son cuestiones diferentes: respeto: sí, libertad: quién sabe.

Expuesta ya mi filosofía sobre la discriminación, leí hoy en el Facebook un comentario de un amigo que afirmaba que ciertos grupos sociales (principalmente de clase baja, clase media-baja) que integran tribus urbanas (emos, reggaetoneros) tienen pésima ortografía, simple y sencillamente por el tipo de música que escuchan. Es decir, generalizó a quienes tienen pésima ortografía en el mismo grupo de quienes escuchan reggaetón, sólo porque gustan de escuchar esta música.

Eso, señores y señoras, es discriminatorio y no debería suceder (ja, podría caer en discriminar al discriminador, pero ¡no pasará!), sobre todo porque las generalizaciones tienden a ser falsas o falacias y, ante eso, uno sólo queda como un tontín.

martes, 24 de julio de 2012

Es que me dio diarrea


Este es un tema que va más allá de lo evidente, podrían pensar que es sólo un post tonto y escatológico y, aunque sí lo es, tiene un objetivo invaluable.

A todos nos ha pasado, a veces necesitas una excusa, porque no quieres ir a la fiesta/compromiso/reunión (presente y pasado), o no tienes ánimos para ir a trabajar, o lo que sea; y, en esas ocasiones, es difícil echar mano de una excusa que no resulte, al final, más compleja y molesta que haber dicho la verdad (o haber cumplido con lo que se esperaba de uno). Así pues, yo he descubierto que la mejor excusa del mundo es decir:
Es que me dio diarrea.

Así, fácil, sencilla y concisa y, sobre todo, es algo que da por terminada cualquier conversación. No sé por qué será, pero es un hecho que, en cuanto mencionas la diarrea, a la gente se le quitan las ganas de hablar o de meterse en tu vida. Pareciera que es la actividad que más incomoda.

Por supuesto, a mí me parece súper curioso esto, porque a TODAS las personas en este mundo, en algún momento de su vida, les ha dado diarrea, es más, todos hacemos caca de manera regular y periódica (algunas personas ni periódica ni regular, pero sin duda les ocurre, es una condición sine qua non del humano); pero, por algo todo lo relacionado con esto es tabú e incómodo. Y, sobre todo, cuando se refiere a la diarrea. Uno puede decir que se siente mal de mil cosas y la gente te pregunta, pero de eso, ¡jamás! Recuerdo que mi hermanito, el primer año de hacer “del baño” en el baño, solía hacer un resumen de sus actividades, salía del baño y te decía: hice caca zafada; hice caca verde; hice caca aguada; y así sucesivamente. Tenía una capacidad descriptiva asombrosa para un niño tan pequeño (y tan bien encausada). Esta situación, que no respetaba escuchas, era incómoda para todos, pero entendíamos que el niño consideraba importante en su vida hacer dicha descripción, pues es, al final del día, un proceso biológico y natural.

Aun así, es decir, de saber que es un proceso natural y que le pasa a todos, no lo vemos de esta forma, existe un enorme tabú sobre lo que hace uno en el baño y, sobre todo, de las cacas (como si qué… no lo entiendo).

Obvio, no me voy a poner a hacer toda una descripción sobre el tabú, sus causas y consecuencias; en realidad, el propósito de mi post es hacer una recomendación, cuando quieran una excelente excusa, que no dé entrada a ninguna réplica, digan que tuvieron diarrea. Eso garantiza que nadie querrá saber ni el más mínimo detalle…

P.D. No tiene nada que ver, pero hace un rato en la oficina (bueno, en la oficina de abajo) prendieron un taladro y uno de los chicos del trabajo creyó que era el estómago de alguien… increíble…

jueves, 19 de julio de 2012

Es que estás joven, después seguro cambias de parecer


He pensado muchas veces que debería escribir este post, pero siempre pasa algo que me hace dejarlo “para después”. No sé si influye que es un tema delicado para mucha gente, o que tengo mis reservas porque podría salirme particularmente agresivo. Claro, ya sabemos que soy bastante agresiva en mi escribir, así que creo que podemos pasar esto por alto y escribirlo/leerlo con la mejor intención, a sabiendas de hablo de mí y sólo de mí, no pretendo evangelizar.

Entonces, el tema que trataré hoy es mi deseo de NO TENER HIJOS. Sí, sí, sí, uno empieza a pensar y pensar un montón de cosas que podrías afectar esta afirmación, cambiarla, o lo que sea. Así que, no quiero tener hijos y las razones son las siguientes:
  • ·         Los hijos son para siempre, no es algo que puedes querer un día y al siguiente decir que mejor ya no, que son una lata, que te arrepientes. Son para toda la vida y TE CHINGAS.
  • ·         Ser padre es una labor de tiempo completo, no de un ratito en la noche y los fines de semana, es de todos los días, debes dedicarles tiempo, estar con ellos, acompañarlos, satisfacer sus necesidades básicas (dentro de lo sano, obvio). Es estúpido decir que quieres ser padre/madre y que lo seas sólo por las noches, porque “no vas a dejar de trabajar”, y que los fines de semana estés tan cansado y hastiado de la semana, que no quieras ni levantarte temprano con los hijos, ni jugar o hacer algo con ellos. Ellos no son un trabajo que si no quieres hacer te puedas hacer pendejo.
  • ·         SI tienes un hijo, tu escala de necesidades básica cambia completamente, ya no es importante lo que tú quieres, necesitas, deseas o planeas; los primeros años del niño, lo importante será lo que él necesita, desea, quiere. Sí, también dentro de lo sano y no de o simbiótico.
  • ·         No puedes echarle en cara o reclamarle lo que has hecho por él. Eso TÚ lo decidiste, él no, y ni modo. Ser padre implica dar, y las consecuencias emocionales de decirle que es culpable o la causa o responsable de tús actos, además de ser una canallada, es traumático.
  • ·         No me gustan los niños, me desesperan la mitad del tiempo.
  • ·         Me da miedo que la genética se organice de tal forma que salga con las peores combinaciones, en cuando a salud, fisiología, desarrollo mental, emocional, carácter, y todas las demás cosas que no pueden preverse, pero que si pasan, son terribles.
  • ·         Me parece absolutamente patológica la idea de que los hijos son una forma de trascender, de dejar algo mío. Es asqueroso y narcisista, los hijos SON individuos independientes, separados de nosotros, con su propia vida y necesidades y decisiones, no son una extensión de nosotros.


Por supuesto, mucha gente me ha dicho que es cuestión de tiempo, que seguro después sí voy a querer hijos, que es sólo una etapa, bla bla bla bla bla. A todos ellos les contesto:
  • ·         No, nunca voy a cambiar de idea, no he querido tener hijos en 16 años, no creo que esa decisión cambie.
  • ·         Así como yo respeto que tengan hijos, los traumen y maleduquen, respeten la forma en que yo quiero llevar mi vida.
  • ·         Parece un impulso o idea no pensada, pero es todo lo contrario, si hay algo que yo hago es analizar hasta lo aterrador las decisiones y tomar la que, después del análisis y el balance de costo-beneficio, proyecciones a futuro y demás, sea la mejor. No quiero tener hijos porque no quiero ser madre y es una decisión, no un capricho.
  • ·         Aunque digan que luego cambiaré de parecer, ¿no les parece que es mucho más aterrador que cambie de parecer? ¿Qué tal que después lo haga otra vez y ya tenga al hijo?

En vez de juzgarme a mí por no querer hijos, deberían pensar en qué hay en ustedes que los tuvieron pero “no cuadra”…

martes, 17 de julio de 2012

Pero me hacen taaaan feliz...


Como era de esperarse, el día de ayer siguió en el mismo sentido. Afortunadamente, al final pude darle la vueltecilla y no pasármela tan del asco. Es parte inalienable mía la necesidad de quejarme y de hablar y hablar hasta entender las causas hechos y consecuencias de lo que me molesta. Por eso ayer me di cuenta de que la vida resulta en su mayoría absurda (sí, además estoy inspirada por haber leído a Freud, que les digo), de que una gran parte de lo que nos importa o delimita o dirige es pura pendejada, y no porque yo lo diga, sino porque en vez de hacernos la vida más feliz o práctica o mejor, sale al revés.

Un ejemplo de esto es el arreglo personal o, más bien, la forma en que lo vivimos: vemos o imaginamos un cierto artículo, digamos zapatos y, a partir de allí, los deseamos, hacemos planes para comprarlos (o, como mucha gente lo hace, simplemente los compras y a la chingada lo demás), destinamos un porcentaje de nuestro ingreso para esto, sacrificamos otras cosas… y, al fin, los tenemos, son nuestros y los podremos usar, si tienes suerte (que casi nunca es mi caso) te quedan bien y puedes usarlos sin problema, pero si no (que es mi caso), sufres cuando te los pones, o resulta que te quedan grandes, o te lastiman, o no son para caminar más de media cuadra por puesta… la lista de inconvenientes puede ser infinita igual que la estúpida necesidad de repetirlo todo: ver unos zapatos, desearlos, comprarlos, sufrirlos, y vuelta a empezar.

Seguro que no soy la primera persona en el mundo que lo piensa, pero como soy la única que escribe aquí, puedo darme el lujo de “descubrir el agua tibia”. Decía yo, que esto me pasa a mí, pero también sé que le pasa a otras personas, que compran objetos y éstos les cambian la vida (y no como ellos creen). Ahora, cuando tienes un gusto repetitivo (te gusta comprar bolsas o zapatos) destinas muchísimo dinero a ello, porque “te hacen tan feliz” y cualquier otra excusa pendeja que podamos decir. Lo que no nos damos cuenta es que al escoger eso, al comprar eso, dejamos de hacer y comprar otras cosas, y a veces lo que NO tendremos es mucho más importante que lo que nos gusta comprar. Si yo compro zapatos porque me hacen feliz, y cada año gasto en eso, por decir, $10,000, quiere decir que NO compré $10,000 de otras cosas; es fácil, si yo me la paso comprando cosas caras o finas o de moda porque fantaseo con que eso me va a hacer feliz, dejo atrás lo otro, y no es que esté mal que uno busque ser feliz, lo que está mal es que no somos conscientes de que no es ése objeto lo que nos hace felices, es más, ni siquiera nos satisface, pues si así fuera, al tenerlo agotaríamos las necesidades y no compraríamos más. Pero no pasa así, ¿o sí? Tal vez llenemos de expectativas al objeto y éste, como objeto, es incapaz de satisfacerlas; tal vez sólo nos gusta la sensación de comprar y poseer, pues esto nos llena; tal vez es mejor tener bonitos adornos afuera y dedicarles toda nuestra energía, porque si no, tendríamos que poner atención al interior, y eso no es ni fácil ni grato…

Tal vez, estamos tan ahogados en capitalismo y consumismo que ni siquiera nos hemos dado cuenta de que nos vaciamos cuando lo que más deseamos es sentirnos llenos.

Ja, otra vez me desvié... me parece que más bien mi intención era escribir sobre cómo sufrimos como consecuencia directa de tener el objeto. En mi caso, si no comprara esos zapatos, no me molestaría, y esto tal vez me haría mucho más feliz que comprarlos y tenerlos. Tal vez si sólo comprara lo cómodo y útil sería mucho más feliz, tendría más dinero y podría hacer con él algo útil. Porque, ¿no les encanta la gente que todo el tiempo dice que le hace falta dinero pero en realidad se lo gastan en un montón de pendejadas?