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lunes, 24 de febrero de 2020

Hoy viene a ser la cuarta vez que espero...

No pude perderle. No se trataba de aceptar que le había perdido, no, era perderle en sí. No pude.

Aún no sé si fue porque comenzó a dolerme y "decidí" que no podía soportar ni sobrevivir ese dolor, si fue porque no entendía qué había pasado (sí, se fue, pero ¿por qué? ¿qué cambió?), o porque yo no quería que se fuera. Simplemente, quería que estuviera aquí, conmigo, que estuviéramos juntos.

Mi historia es una de despedidas, de vacíos, de agujeros dejados por quienes he amado y que ya no están. Algunos murieron (los más importantes); otros se fueron sin decir palabra, con silencio ante mi llamado posterior; otros se despidieron y marcharon para no volver, para regresar a veces, para regresar y tener que irse nuevamente; algunos más se tomaron el tiempo y la pasión de hacerme pedazos antes de irse; otros, pocos, no se fueron sino que yo les saqué. Pero, al final, mi historia es de ausencias.

¿Has pensado que es justamente porque alguien está ausente que puede regresar y estar presente? La ausencia es necesaria, para querer, extrañar, conocer, desear, volver. Las ausencias del otro nos permiten ver, sentir y pensar su lugar, acomodarle cosas, preguntarle, mover, anhelar. Si el otro no faltara, ni siquiera podríamos saber de su presencia.

 Él se fue. Primero sutilmente, sin avisar, en silencio; volvió un par de veces, cuando fue llamado a volver, cuando era obligadamente esperado, cuando él así lo decidía (¿para qué? ¿para saber que podía irse?). Volvió así una semana, ausencias y presencias. Finalmente, regresó para avisar que se iba, que estar aquí no era algo cómodo, que no podía ser. Caminó unos pasos junto a mí, hasta que fue momento de parar, me abrazó, hasta que se sintió satisfecho de presencia, y partió. El acuerdo tácito era "para siempre", aunque nada se dijo al respecto. De hecho, fue un día de pocas explicaciones, de frases confusas, de preguntas y peticiones que no se dijeron, de silencios que hablaron poco, de falta, fue tanta la falta...

Y yo, no, no pude aceptar su ausencia. No.

¿Qué se supone que hace uno cuando tú no querías que se fueran y eso ni siquiera tuvo lugar (lo que tú querías)? Hacía tantos años que no sentía esto: ausencia de quien debería estar presente. Pensé, ¿de dónde vino ese pensamiento, esa certeza?, que no viviría una ausencia así a estas alturas. Sí ausencias de quienes tienen que partir porque no funciona, porque su presencia lastima. Pero no la ausencia de alguien a quien yo quería tener aquí, presente, conmigo.

Así que tomé mis recuerdos, sus palabras, mis deseos, y los convertí en otras realidades: le pensaba, nos pensaba, fantaseaba nuestras pláticas, tiempo y momentos juntos. Dependiendo de mi estado de ánimo, el presente-fantaseado podía ser una pelea (es decir, yo exigiendo, con gritos y dolor, que me restituyera de su pérdida, que subsanara la ausencia), o podía ser un mundo en el que sus últimas palabras, la separación en sí, no tuvieron lugar. Esa era mi favorita: fantasearme con él, juntos, como si no me hubiese lastimado, como si la pregunta de quién es él y por qué hizo lo que hizo no fuesen necesarias, como si el tiempo en ausencia no hubiese pasado y sólo tuviéramos presencia.

A veces bastaba eso, sentirle conmigo, hablar. A veces hacía falta más, pero no suficiente como para demandar su presencia, para buscarle. No. Su presencia no hizo tanta falta que fuera necesario que él regresara. ¿Por qué? ¿Por qué bastaba sólo esto? ¿Fue él tan poco? ¿Lo que me hacía quererle ni siquiera venía en/con él?

Hasta que, sin esperarlo (pero sabiendo que eventualmente pasaría), me lo encontré. Con toda la ventaja de haberle visto primero, me senté a la mesa, comencé a hablar, se levantó a saludarme de beso, no entendía, yo temblaba, hablaba... confusión, "eres un pocos huevos, un cabrón"... luego, dio pie a una explicación "me dejaste tocada, lo que me hiciste fue sublime", un ofrecimiento que no sería cumplido, "¿qué puedo hacer para enmendarlo?", una mentira que callaba mi deseo (vuelve) "tu cabeza en bandeja de plata", silencio, miradas, temblores... confusión, palabras y, de repente, ¿Cómo estás, qué has hecho? platicamos con esa cercanía e intimidad que tanto me gustaba, tan natural, sin siquiera tener que buscarla (¿porque nunca se fue?), yo coqueteaba, le miraba y no dejaba de pensar que sí, que era ahí, con él, sí.

Al terminar entendí (no con la razón, sino con todo, lo sentí) por qué él, por qué no había podido dejarle ir, por qué seguía esperándole; porque él, nosotros, esa intimidad, esa cercanía, ese estar ahí toda yo, hacía sentido.

Pero, nuevamente, no vi lo que no estaba presente, no noté la ausencia de algo: que él quisiera. Y no, él no quería, ni quiso, no quiere.

Por eso, hoy viene a ser como la cuarta vez que espero, desde que sé que no vendrás más nunca...




miércoles, 17 de septiembre de 2014

Estado: perdida.

Hace unos meses tomé un seminario sobre el AMOR, desde la perspectiva psicoanalítica. La verdad, es la segunda vez que tomo este seminario y no, en realidad no se trata del amor sino de la postura de los sujetos ante la sexualidad (posición masculina o femenina, tener o ser el falo…) y de cómo esta postura define también su manera de amar. Fue un seminario intenso, leí mucho y traté de producir algo de toda esta teoría, sumada a mi experiencia (tanto sobre la teoría, como sobre el amor) y en esa producción, me di cuenta de que no sé cómo se siente ser amado.

Sí, amerita una explicación más detallada. Sé amar, eso sin duda; lo siento en mi cuerpo, en mi sonrisa, en mi pensamiento, me da una sensación de tranquilidad, paz, certeza (y no sólo amar a una pareja, sino a los amigos, familia y demás). Cuando amo, siento que quiero estar con esa persona, platicarle cosas que he hecho o me han pasado, escucharlos, construir historias y recuerdos juntos. Después de estar con ellos, me llevo una sensación de “calorsito”, siento que me voy con más de lo que tenía o sentía al llegar, que ellos y la conviviencia con ellos hizo crecer algo, además del amor que sentía ya por ellos. Esto es lo que yo entiendo de esa cita de El Principito, de que el amor es lo único que crece cuando se reparte (o algo así, no la tengo de memoria ahora). Sé a quiénes he amado y puedo decir por qué, aunque sea un poco vago, pero puedo ponerlo en palabras y sentimientos, emociones, sensaciones, sonrisas. Lo sé, con certeza absoluta, y no hay nada que me haga dudarlo (así, también, puedo distinguir entre lo que ha sido amor y lo que no. Si pienso por qué los amaba y sólo puedo contestar “no lo sé, sé que era amor pero…”, eso significa que no era amor, en el amor no hay duda). Inclusive cuando se refiere a personas que ya no están en mi vida, los recuerdo y puedo sentir vestigios de ese amor.

Desgraciadamente, hace unos meses me vi en una situación de crisis porque no había armonía entre lo que sentía y pensaba sobre el amor que él siente por mí. Sabía que me amaba, él lo decía y se escuchaba “genuino”, su mirada decía lo mismo, algunas acciones suyas lo demostraban (detalles, caricias), pero yo no lo entendía bien, y tampoco sentía ese calorsito o certeza. Y me di cuenta de que no sé cómo se siente ser amado, no cómo el otro lo demuestra y expresa, sino cómo se siente en mí, cómo YO SIENTO EN MI ESE AMOR, siento el amor que ellos producen en mí, pero ese amor que debería acompañar a esas frases de “te amo” “te quiero mucho” en mí, eso no lo siento. Ya no sé si es porque no sé hacerlo, es decir, sentirlo, identificarlo, o porque no existe, porque el amor es una ficción que uno crea a partir de lo que sientes y la armonía o sintonía que esto tiene en las acciones y palabras del otro.

Este fin de semana, me quedó un poco más claro. Es muy difícil sentir el amor que alguien profesa por mí, cuando no lo entiendo, cuando pienso que esa persona no considera que yo “valgo la pena” (se escucha horrible, pero no sé cómo expresarlo, tal vez es más adecuado escribir que consideran que yo tengo cualidades suficientes o determinadas para ser meritoria de su amor), que me ama porque tiene miedo de buscar a alguien más para amar, o porque no hay nadie, o porque tal vez no haya nadie más, que me ama porque me gusta y eso lo hace sentir bien sobre sí mismo… pero, ¿y yo? ¿dónde quedo yo aquí? No me siento amada por quien soy, por lo que hago… carajo, ni siquiera sé dónde quedo después de esto. Me siento total y completamente perdida, siento apretado y ganas de llorar cuando lo pienso, no siento calorsito, no siento certeza, no sé ni dónde estoy ni si quiero seguir ”aquí”. Es más, ni siquiera sé si lo que siento yo es amor, por él, porque no entiendo qué pasa, porque no siento que esté bien (no en cuestión de bueno o malo como valor, sino de que se siente bien, sin explicaciones, más bien como emoción o sentimiento), porque no puedo construir a partir de la incertidumbre.

Esto suena un poco pendejo, pero para mí funciona así. No importa cuánto, en términos cronológicos, dure una relación o el amor, yo debo sentir la certeza de que es para siempre, y que justo porque no es algo pasajero, entonces vale la pena jugarse todo ahí, porque ése, ése y no otro, es el lugar en el que quiero jugarme mis canicas, todas mis canicas, todos los días. Para mí, a partir de esta certeza del siempre, es que puedo construir una relación, crear, compartir, amar. No lo puedo concebir al revés: primero construimos y luego evaluamos si esto durará o no toda la vida.
No. Para mí, se construye porque va a durar toda la vida, sin importar cuánto tiempo sea “toda la vida”. Yo ya hice esto, ya construí con alguien, hice una vida con él, y aunque esa relación terminó y, por ende, “no funcionó”,  yo la viví como completa, como algo que duró una vida: yo tuve una vida con él, hice una vida con él. Y el chiste está en “una”, no hice “mi” vida con él, no le di MI vida, hicimos una, juntos.

Hoy, ya no siento esa pertenencia, esa certeza de que es aquí. Porque aquí, no me siento amada por ser yo (con todo lo imaginario y psicoanalítico que cabe en esta ficción de que nos aman por ser nosotros y no, como sucede en realidad, por hacer semblante de ése objeto que sí puede colmar su falta), siento que él me quiere aquí porque le gusta lo que siente él sobre él. Y esto no puede dar pertenencia, una cosa es ser un objeto causa de deseo, y otra es ser un objeto funcional… no un fin, sino un medio. No algo valioso en sí, sino un instrumento.


Me siento perdida y además desahuciada, porque en unos días, con unas palabras, me quitaron el amor que yo sentía por alguien más y, además, me quitaron la certeza y pertenencia que sentía. Esa que jamás había sentido, esa que me hacía perdonar y aguantar y dar y amar. Porque hoy, sólo sé que estoy perdida y duele.

lunes, 4 de agosto de 2014

Parar el goce

El goce, en términos lacanianos, y de forma muy resumida, es ese “algo” que te lleva a la muerte, que no es posible poner en palabras, que escapa de todo intento, que sólo puede bordearse, que está ahí, y uno lo “sabe” (un saber no racional, tal vez más algo como intuición, o sexto sentido) pero nada más.

El goce es ese sufrir y disfrutar el sufrimiento, y es algo de lo que nadie escapa. Obvio, en diferentes grados, intensidades y con diferentes consecuencias. Para Lacan, lo único es verdaderamente propio, único y específico de cada sujeto, es su forma de gozar, y propone que el fin de análisis será la posibilidad de hacer signo con ese goce (signo, como eso que deja huella, que es y no necesita más explicación o significante).

Para todos los que no hemos tenido un fin de análisis (es decir, casi todos los mortales), lidiar con el goce se vuelve algo arrobador. Están los casos de los adictos, los que están en situaciones de peligro constante y no lo dejan; pero también estamos los que, dentro de una vida “normal y segura”, nos enfrentamos a él y, en ocasiones, nos vemos arrastrados por él, como un tsunami y del que es imposible escapar.

Platicaba en alguna ocasión con mis amigas, que ahora con los teléfonos inteligentes, el acoso (stalking) era algo más cómodo, cercano y fácil de hacer. No es que antes no fuéramos acosadoras/es (si es que alguna vez lo fuimos), sólo que ahora puede hacerse en la comodidad de cualquier lugar y está, literal, al alcance de la mano. Ya no hace falta pararse afuera de casa del muchacho para acosarlo, puedes hacerlo mientras tomas café con las amigas o sales con otro chico, con sólo revisar Whatsapp, Twitter, Facebook. No hace falta hacer desplantes y pasar vergüenzas en la calle, ahora puedes revisarlo y gritar desde tu cama, en pijama y con el rímel corrido, sin que alguien se entere.

El problema es que es una adicción, como no requiere un esfuerzo extra, el límite se desdibuja, y parar es aún más difícil. ¿Cómo diablos parar cuando es tan fácil? Es decirte: “sólo voy a platicar con mi amiga, de paso veré cuándo fue la última vez que se conectó, pero nada más”… Nada más… ojalá. Es una adicción que no para y aumenta. Si él escribe alguna tontería, y ves que alguien (mujer, en este caso) contesta, revisar el perfil de ella, la buscas en google, comienzas a ver si es posible que sea una de las golfas con las que te puso el cuerno (porque al terminar una relación, yo siempre pienso que me pusieron el cuerno, no importa si fue o no cierto… ahora que lo pienso, es otra forma de goce: me torturo pensando que había otra que él, en toda su soberana pendejez, pensaba que podía equipararse a mí en algún sentido) o si será la siguiente mujer  en su corazón. Y así, de una a otra mujer, aunque sepas que es la prima, o la esposa del amigo, o que le dan asco las gordas: no importa, cada mujer cerca de él (electrónicamente) es una amenaza o evidencia de tu pasada pendejez.

Y luego están los twitts… O B V I O te lees en todos, juras que cada cosa que escribe tiene que ver contigo, es un llamado a ti. Si está triste, es porque tú ya no estás; si le va mal, es porque está pagando lo que te hizo; si escribe de deportes, es porque necesita distraerse de lo mucho que le duele tu ausencia, pero al final lo que está tratando de decir es que le haces falta. Y, claro, si no escribe, es porque está llorando en su cama, hecho bolita, abrazando tu almohada, a la que le puso tu perfume para que el dolor sea aún mayor.

Vamos, podría echarme párrafos y párrafos describiendo esas actitudes gozosas y vergonzosas (¿tendrá que ver una palabra con la otra? Se ven muy parecidas…), pero ese no es del todo el punto de este post. Yo, cuando comienzo a revisar algo “de él”, me digo en voz alta o en la cabeza, que estoy mal, que tengo que parar, y no lo hago, siempre hay una excusa: es la última vez, sólo tantito, nada más porque quiero verlo sufrir, sólo la puntita. Pero la realidad es que hay algo que se disfruta en ese sufrir, que se “goza”, y lo hace casi imposible de dejar. Hasta que uno se ve contra la espada y la pared y se da cuenta de que debe tomar una decisión, no en función de él, su sufrimiento o lo que haga/no haga; sino una decisión en función de una misma, de la paz que necesitas, de la necesidad de hacer el duelo y cerrar, de dejar que el tiempo comience a correr y las heridas dejen de sangrar y puedan sanar. Hay un momento en que uno DECIDE ponerle un alto al goce. Y el chiste está justo ahí, hay que decidirlo, no sé da por sí solo, no es que uno se canse. No. Hay que agarrarse los dos huevos y más allá, respirar profundo y decir: BASTA. Aunque sea sólo esta vez, una vez, ahora, basta. No voy a revisar el whatsapp, no voy a buscarlo, no voy a llamar. Sólo en esta ocasión, porque soy yo quien pone el límite, soy yo quien decide si quiero gozar o cerrar.


Y así comienza el proceso, lo bloqueas en skype, en whatsapp, lo borras de la agenda del celular… poco a poco lo vas quitando de tu vida, vas alejando las actividades que te lastiman, permites que ciertos detalles se olviden (¿a qué olía?). Un paso a la vez, una exhalación, y dejas que cierre. Porque no, vivir atada a la necesidad de saberte indispensable en su vida, no es la forma en que quieres vivir.

jueves, 31 de julio de 2014

Más pronto cae un hablador que un cojo

Una de mis mejores amiga suele decirme ese dicho, cada vez que salgo con alguna ocurrencia como que dejaría al novio, y yo siempre quiero contestarle: ojalá me hubieran hecho coja, así sería más difícil que cayera, que con mis pendejadas. Porque en eso, hay que decirlo: me pinto sola.

¿Quién iba a pensar que después de una semana de escribir un post en el que describo lo mucho que me gusta el novio, cómo sé que él es el hombrecillo con el que quiero envejecer, voy y lo dejo? A ver, ¿quién chingados lo hubiera visto venir? (Además de mi amiga que dice que primero caigo yo por habladora). Sí, está bien, honestamente, todo el mundo lo veía venir (tal vez él no, tal vez sólo él no), pero de todas formas es una sorpresa mi cambio de decisión.

Y no es que haya dejado de gustarme, no es que dejé de amarlo (ojalá y sí, eso hace todo más sencillo), es sólo que me cansé de las pequeñas cosas que dolían. A veces explicarlo resulta más difícil que otra cosa, y no quisiera desviarme por ese lado. Lo que quiero escribir sobre esto es lo extraño que me resultó ser yo quien tomaba la decisión. Yo de esas a las que siempre dejan, truenan, abandonan. Yo soy la que siempre aguanta y el otro quien se da por vencido, quien falla, fracasa. 

¡Pero siempre hay una primera vez! Y esta fue la mía.

Esta es la primera vez que me sostengo en la decisión, no en la recepción, sino en la acción. Que decido agarrarme los pantalones, bragas y huevos y decir "no más, ya no quiero, YO ya no quiero esto".

Y carajo, cómo duele. Pero, también, cómo da tranquilidad. En esta ocasión, la vida no me pasó, yo hice, decidí, quise, paré, no alguien más, no la vida, no ... algo.

Aprendí, porque fue la primera vez, que estas decisiones son consecuencia de dos preguntas:

  1. ¿Con cuál de las dos opciones podrás vivir en paz? (Opción 1: seguir con el novio y sufrirlo porque duele y esperar que algún día cambie; Opción 2: dejar al novio y sufrir un rato, porque no fue lo que querías, y que el tiempo permita olvidar)
  2. Si vas a sufrir (porque yo, como buena psicoanalista sé que la vida sin goce/pulsión de muerte/displacer, es imposible), ¿prefieres sufrir por estar, por lo bueno que obtienes, por amor; o prefieres sufrir porque paraste el goce?


Porque hay que decirlo, para ambas preguntas se vale escoger justo "la otra opción". Porque a veces el amor vale jugarse todo, perderlo todo, darlo todo; pero a estas alturas, después de dos grandes catástrofes del corazón, de fantasear con un futuro que nunca llegará, ya no puedes engañarte. No puedes escoger la opción que lo incluye a él, porque conoces el final de esa historia: tú hecha pedazos, aferrada sólo a la ficción del amor que él siente por tí (porque el que tú sentías por él se ha terminado tiempo atrás), angustiada constantemente, porque sin él, sabes que serás nada.

Así que aprietas el corazón para que la hemorragia no te mate, te agarras los huevos, inhalas lentamente, cierras los ojos, lo imaginas en toda su belleza y grandeza, exhalas aún más lentamente, y comienzas el camino que te aleje de ahí.



lunes, 7 de julio de 2014

Encontré el lugar que te corresponde

En diciembre hice un viaje a Oaxaca, sola y feliz fui cuatro días. Comí delicioso, bebí mezcales, cerveza, agua, lo que se me antojó; pero, sobre todo, caminé y recordé. Caminé otra vez por esas calles que quince años antes había caminado con mis amigas, me senté en bancas y jardineras a recordar; casi podía vernos, escuchar las risas y las peleas, las decisiones tontas y divertidas, y mi mirada que se desviaba siempre, en busca de alguien más allá, que no estaba en ese grupo, pero que estaba cerca, muy cerca. Mi respiración y palpitar que cambiaban de ritmo según él estuviera lejos o cerca, mi sonrisa pendeja y enamorada que respondía si él me miraba también.

Nunca olvidaré que fue justo durante el camino de regreso a la Ciudad, que me di cuenta de que estaba enamorada de ti; no sé si fue la conversación, el tener tu cuerpo tan cerca de mí, tus sonrisas, o justo lo que estaba detrás, debajo, el subtexto que se creó entre nosotros. No sé qué fue, pero tuve certeza: estaba enamorada de ti.

Ese enamoramiento fue y vino, todos los sabemos. Pasaron diez años y yo seguía pensando en ti, te tenía presente todos los días, en mis sueños, en vigilia, aquí estabas, conmigo. Al final, me parecía más un calvario (calvario, como el nombre de la calle en la que viví cuando me enamoré de ti), algo que no podía dejar y que escapaba de toda explicación, que no era simbólico, que no podía apalabrarlo. Ahora que lo pienso, era completamente real, porque atravesaba mi cuerpo, me tenía en el goce y no podía salir de ahí, nombrarlo y, en algún momento, separarme. Amor que escapaba de la razón, de la salud mental, de mi deseo. Amor que me acercaba a la muerte, porque estaba muerto y aun así yo lo arrastraba diario, y debía reconocer que había estado vivo y que no me dejaría.

En Oaxaca, hablé contigo, mucho, a la hora de comer, mientras me sentaba a fumar. Hablaba contigo, te recordaba. Sentada afuera del Convento de Santo Domingo, podía verte como si estuvieras ahí, como si no fuese un recuerdo, sino un presente. Y, justo ahí, en ese momento, en ese lugar, decidí dejarte, te lo dije: “ya no puedo más, debes quedarte aquí, necesito dejar el amor que te tengo y lo que me ata a ti. Podemos dejarlo aquí, en Oaxaca, donde empezó, en el lugar más hermoso para mí, lo dejamos en su cajita de ‘objetos perdidos’, bien tapado, y lo enterramos bajo los cactus. Quédate aquí, ya no puedes regresar conmigo”.

Honestamente, ni siquiera me di cuenta de que se quedó ahí, de repente, un día, ya no lo traía conmigo, ya no lo sentía. Ya no escuchaba su voz en mi cabeza, ya no me cachaba teniendo conversaciones imaginarias con él. Ya no estaba. No sé si fue un acuerdo entre él y yo, no sé si simplemente fue lo que le dije, o que lo dije desde el fondo de mi corazón y convencida. No sé qué fue, pero funcionó. Lo dejé en Oaxaca y seguí caminando. Ya no volteo hacia atrás y siento nostalgia. Ahora, después de medio año de eso, ni siquiera sé qué siento, pero amor por él ya no, no lo extraño, no dejó un agujero. Cuando me esfuerzo y pienso en él, o lo recuerdo, siento que hay un vacío ahí, pero ya n
o duele. Está vacío y así se va a quedar, no volverá a tener nostalgia o sentimientos: vacío.

Es hermoso saber que mi amor por ti no era infinito, que por más que lo deshilara no se seguiría desdoblando en sí mismo. Me da tranquilidad saber que estaba delimitada, aunque fuera tan grande que no alcanzara a ver el límite.


Me resulta tan extraño todo esto. Como si después de quince años hubiera despertado, sin olvidar lo que soñé y sentí, pero lejos de eso; o tal vez no, muy cercana a eso, pero separada ya. Porque no, no quiero olvidarte nunca, quiero traerte en mí, en mis recuerdos, pero ya no en el cajón de ‘perdido para siempre’, porque ya te encontré, de hecho, siento que te acomodaste en el lugar que te correspondía desde el principio.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Perdido para siempre

No sé por qué, pero por muy bien que terminen las relaciones que tienes (no importa el tipo de relación), algo se pierde. No me refiero a algo material o emocional, sino un objeto o actividad.

Hay ciertos gustos o costumbres que tenemos y nos hacen felices, causan satisfacción y sonrisas y, como es lógico, las compartes con personas importantes. Este compartir impregna a la actividad u objeto una relación con ese otro, los asocias, vuelcas emociones y recuerdos en ella.

Por eso, después de que termina la relación, y te ves frente a ese objeto/actividad, aunque sea sólo en la mente, te das cuenta de que es imposible separarla de la persona, no podrá volver a ser sin esa carga o asociación, quedó marcada para siempre.

En algunas ocasiones podemos crear otro vínculo a partir del que había, cargarlo de nostalgia y esperanza; pero no siempre funciona, o sí, pero resulta insoportable, no hay forma de sobrellevarlo sin que implique dolor, tristeza, angustia, así que lo aceptas y lo guardas en el cajón de Perdidos para siempre. En ese cajón se queda, y puedes visitarlo, aunque no cambiará.

Es tan doloroso perder todo eso, tener un cajón lleno de objetos, actividades, frases, palabras, que ya están marcados, que no te pertenecen a ti sino a un nosotros que ya no existe; y es doloroso porque las compartiste, al principio, porque eran importantes y esa persona también.

Se supone que uno debe compartir lo importante con quien es especial e importante... Y, después, te quedad vacía de presente, y llena de objetos perdidos para siempre.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Con el tiempo, dale tiempo.

Cuando terminas con alguien y mueres de dolor, la gente te dice que con el tiempo lo olvidarás, que dejará de doler: todo pasa, se termina, será un recuerdo nada más. Y uno, en esa situación, lo cree a pies juntillas, no hay otra opción, un futuro con duelo eterno, una vida de sentir amor y dolor por alguien que ya no está, es impensable.

Así que confías en quien lo dice, escuchas atentamente a los amigos y lo repites en la soledad, en voz alta, dentro de la cabeza, cuando sientes que estás por morir de dolor, o desfalleces de extrañamiento. Lo repites: con el tiempo se termina; dale tiempo; pronto será sólo un recuerdo.

Y el tiempo pasa, lo das, no porque te pregunten sino porque te toma sin preguntar. Comienzas a armar tu vida, cambias costumbres, lloras, tratas de salir adelante, buscas actividades que te distraigan, parejas que te hagan sentir hermosa. Con suerte puedes enamorarte cuando menos te lo esperas, un día que estás triste y una amiga decide invitarte a salir, escuchar a uno de sus amigos cantar y luego ir a bailar salsa. Si esto pasa, cualquier cosa puede suceder, una relación maravillosa, años de felicidad, vivir con él... quién sabe, no hay forma de saberlo.

La vida sigue, tú sigues, nada ha pasado como tú temías aquella vez, puedes respirar, sonreír y amar sin ningún problema...

Salvo que el tiempo no ha sido suficiente y aún lo traes contigo. Ya son diez años, ningún duelo o separación dura tanto y no es melancolía; pero tú lo extrañas, todo el tiempo, todos los días. Lo extrañas en los momentos más inesperados, al cruzar una calle, cuando ves un libro, un olor que te lo recuerda, una canción, o de la nada: de repente, piensas en él y lo extrañas, no sabes cómo o por qué, pero ahí está ese sentimiento otra vez.

Los primeros años es más fácil entenderlo, es obvio que ha sido difícil, era tu mejor amigo y el noviazgo terminó muy pronto. Pero, ¿después de diez años? ¿Qué excusa puedes inventar? Y lo peor no es extrañarlo, ni que el motivo no sea porque fue tu novio, no. Lo peor es extrañarlo porque fue tu mejor amigo, porque es una persona maravillosa (o así fue, no sabes cómo es ahora), porque te hacía reír, porque sabes que tu vida con él en ella sería mejor.

Si hubiera sabido en qué iba a terminar, me habría quedado con las ganas de amarte; si hubiera previsto que una década después te extrañaría, no te habría dejado besarme; si ya no aparecieras en mis sueños, tal vez ya te habría olvidado.

Pero sigues aquí, conmigo, tan lejos de mí y tan adentro; y yo, sólo espero  con el tiempo, olvidarte, darle tiempo al tiempo y un día, sin haberlo previsto, olvidar lo mucho que te quise y extraño; guardarte en mi cajón recuerdos que no provoca anhelos. 

Y si no puedo, regresa, extraño a mi amigo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Asuntos pendientes

Solemos ir por la vida sin considerar el futuro, no los planes o fantasías que tenemos sobre nuestro futuro, sino más bien lo que puede pasar después, dando vuelta en una esquina, los imponderables que a veces arrollan nuestro ser, lo inesperado.

La vida es un plan, una gran fantasía y sólo pensamos en eso y en naderías. Y, de repente, te golpeas contra lo Real, eso que existe y está y no has ni considerado ni imaginado ni simbolizado, lo que ni siquiera sabes cómo nombrar, expresar, sentir. De madrazo lo tienes ahí y se te mete, comienzas a sentirlo en la boca del estómago, en el corazón, en el pulso, el sudor, la piel, la espalda... todo el cuerpo se llena de realidad y pierdes control. Buscas palabras para explicarlo, entenderlo, pero no las encuentras; escuchas una voz en tu cabeza que grita y llora y berrea de dolor y angustia y no puedes callarla, no puedes pararla, ni siquiera puedes entenderla o sentir empatía. Todo tu ser ha sido invadido de eso: angustia.

A veces, cuando lo Real está aquí, cuando la angustia te respira, sientes que vas a morir de dolor, deseas morir sólo para que pare, es insoportable, y no sabes siquiera si en algún momento se irá. 

Ante lo inesperado y una posible muerte, te preguntas qué has hecho, cómo pudiste pasar tanto tiempo perdido en pendejadas cuando lo importante estaba ahí, ignorado, arrumbado. Cuando tu padre está tan enfermo en el hospital y nadie sabe si vivirá o no, te preguntas si tienes asuntos pendientes, si has sabido perdonar, entender, aceptar, querer... cuando has perdido a las personas amadas y más importantes, aprendes que el tiempo no está comprado, que cualquier día vienen los muertos por alguien más; y sólo tienes una opción: no dejar asuntos pendientes, ser y sentir sólo eso, lo que eres y sientes, aceptar y escuchar a los demás, dejar las expectativas a un lado y aprender a vivir con el otro como él/ella es, sin más.

Cuando la muerte está tan cerca, la angustia te ahoga y corroe, la incertidumbre es absoluta. Agradezcco que, pase lo que pase, no tengo asuntos pendientes, que he amado, aceptado y disfrutado a mi papá como él es, sin esperar más, que he dejado las expectativas, reclamos y necesidades no cumplidas atrás. Que hoy, ya no importa lo que pasó, sino lo que vivimos en el presente, y que si no hay un futuro, tampoco habrá nada que cause culpa, palabras que no se dijeron, dolor por haber dejado pasar momentos importantes.

Si la muerte llega, sé que el tiempo que tuve fue aprovechado.

martes, 11 de septiembre de 2012

Pero qué rápido pasa el tiempo

A veces estamos muy metidos en lo que hacemos diariamente, en las tonterías que llevan nuestra vida (aunque creamos ser amos y señores de ella) y no nos damos cuenta de que el tiempo pasa y rápido, que en un respiro han pasado 3 años desde que murió mi abuela (se cumplen el jueves) y que muchísmas cosas importantes han acontecido, y no sólo eso, sino algo bien importante: yo he cambiado.

No lo digo como cliché o pose de que uno cambia porque así es la vida, bla bla bla. No, lo digo en serio. Me parece que hay ciertos sucesos en la vida de toda persona que "mueven" todo su ser: pensamientos, emociones, metas, vivencias, objetivos, valores, principios, prioridades, relaciones, todo; y esto nos reacomoda de alguna forma (sí, a quien no tiene ningún cambio, la vida "pasa" y ellos siguen como si nada, cual roca ante el viento) y nos obliga a mirar adentro tal vez más de lo que solemos.

Eso me pasó a mí (creo que ya lo dije), a partir de la muerte de mi abuela que fue, prácticamente mi madre y  quien más que querido en mi vida, cambié. Me di cuenta de que muchas emociones, actitudes y pensamientos "buenos" que yo tenía no eran de ella (como había pensado antes), sino míos, de que alguna forma yo los había interiorizado y hecho míos para después regresarlos, de alguna forma. Así, me convertí en una persona mejor (y no es que antes lo no lo fuera, pero lo importante es que uno lo sepa, lo viva, lo sienta, si no, es como si no existiera) y pude vivirme de otra forma. A partir de ese momento, el cambio parecía inminente (escuché en una película, La confesión,  que lo difícil no es saber qué es lo correcto, sino no hacerlo cuando ya sabes qué es), resignificar lo que hacía y quería; y no pude evitarlo, aunque sea un proceso que me ha tomado 3 años (y los que me faltan), me parece que ha funcionado, y no porque sea una mejor persona sino porque soy "más yo".

Sé que eso suena mal, raro, incómodo y pose, pero no. Soy de la idea de que uno pasa casi toda la vida siendo lo que alguien más quiere o creemos que desea, y no lo que nosotros deseamos, queremos o necesitamos; y, en ese "satisfacer expectativas ajenas" nos borramos o desaparecemos un poco (aunque podría decirse que eso también podría ser justo lo que somos... pero no quiero entrar ahorita en esos detalles). Eso era lo que me había pasado, me había desdibujado y, cuando murió mi abuela, tuve que reacomodar y me llevó, inevitablemente, a decidir si quería ser eso que era, o ser más yo.

Evidentemente, opté por ser más yo, por quitarme poco a poco todas esas actividades y objetos que me esclacizaban en vez de hacerme sentir mejor; dejar de esperar que el momento adecuado llegue y comenzar a hacer lo que quiero y deseo.

Porque, al final, no sabes cuánto te vas, pero lo cierto es que no te llevas nada, así que más vale aprovechar lo que hay ahora, mientras lo tienes y puedes.

P.D. Creo que no iba por aquí mi entrada de hoy, sino más bien hacia la tristeza, a cómo se acostumbra uno a vivir sin alguien aunque eso implique que siempre te falte, que el espacio que dejó quede vacío hasta el final. Y, el miedo de olvidar, porque si ella ya no está aquí y yo llego a olvidarla, no quedará nada (para mí) más.

miércoles, 11 de julio de 2012

Como mujerzuela barata


No soy un fulano con la lágrima fácil, como dice Sabina, aguanto vara y no suelo mostrar mis emociones en público, esa no soy yo. Tengo una tía que antes que otra cosa, ante un accidente o tragedia o lo que sea, se suelta a llorar y ya, no hay cómo hacer que reaccione, se apendeja completamente porque está llorando. Mi prima, su hija, es igual, un pinche mar de lágrimas. Una lata.

Por otro lado, mi mamá casi no llora, es macha y fuerte y no se anda con esas sensibilerías de cuento de Jane Austen (o de peli de Disney). A mi abuela materna (esa que tanto tanto quise y me cuidó y murió hace poco) sólo la vi llorar dos veces, cuando murió un sobrino que ella había cuidado como si fuera su hijo, y en otra ocasión, cuyo motivo no recuerdo, pero sí a ella llorando.

En cambio, mi papá, es un sensible. Quesque no llora y se aguanta para lo físico, pero en lo emocional, llora como Mujerzuela barata (frase que escuchó de un amigo suyo, un personajazo, de nombre Roberto Salcedo, de quien, tal vez, un día escribiremos algo); llora con las películas, con las muertes (obvio, que tampoco es un insensible sin lagrimales), con esas causas que repercuten en las emociones.

Yo, como ya dije, no soy emocional en público, odio llorar en lugares públicos, y odio hacerlo frente a mis amigos; si estoy llorando y me abrazan, inmediatamente paro de llorar, no puedo lagrimear a gusto, nada más no se me da. En cambio, y he aquí lo patético, lloro SIEMPRE con las películas sentimentales en los finales felices, cuando los amados no terminan juntos, cuando alguien muere, cuando todo es tristeza, cuando dicen cosas que me son familiares, cuando algo de mi pasado es casi igual a la película… y lo peor es que no puedo evitarlo, lo hago en el cine, en casa sola o con amigos, no hay amo ni señor que pueda ayudarme en ese asunto, simplemente me pongo a llorar y no paro. Igual me pasa en el teatro, lloro si la escena lo amerita.

Si sólo fuera una cuestión de películas, no habría tanto problema, finalmente puedo argumentar que las hacen con ese objetivo, así que yo simplemente me comporto como se espera (o como se debe, que es más mi asunto), el problema surge cuando lloro con los COMERCIALES, así es si pasan un comercial con ridiculeces, o ese del niño que mueve la boca todo el tiempo y al final se sienta con el abuelo que también lo hace… agárrense que yo ya inundé el cuarto, porque no puedo dejar de llorar.

Una de las situaciones más extrañas en las que lloro es al leer, obvio no todo el tiempo, pero sí a veces, cuando el libro es particularmente triste o cuando a mis personajes principales les ocurren tragedias: lloro. Lloré medio libro 7 de Harry Potter (aunque me pareció, todo el tiempo que lloraba, que era una estupidez hacerlo), en el Diario de una buena vecina de Doris Lessing, el Barón Rampante ni siquiera lo pude terminar de tanto que lloraba y lo mucho que el final me entristecía, o me entristecía lo que yo creía que sería el final, que no conozco, porque no lo terminé.

(Claro, así como lloro con los libros, río a carcajas o me enojo o les contesto o les grito, ahí sí no puedo contenerme)

En estos asuntos lagrimosos, a veces me gustaría ser más discreta, a veces me gustaría llorar cuando las emociones me lo piden y no cuando mi ridiculísimo ser lo decide ante algo que es ficción. Ari no llora con la vida, pero qué tal con las telenovelas o el cine o los comerciales…
Ahí sí, soy toda una mujerzuela barata.

miércoles, 4 de julio de 2012

No digas que se va a morir


-Pero no digas que se va a morir, por favor.
¿No les encanta que la gente les diga eso? Te preguntan cómo está tu perro, abuelo, o quien sea, y uno dice:
-Muy mal, tiene cáncer/vejez/parvovirus/disentería, yo creo que va a morir.
Y entonces, la respuesta con toda la indignación posible:
-Pero no digas que se va a morir/no digas eso, por favor.
Como si los seres vivos, animales y humanos, NO murieran. Tal vez no todo el mundo lo sepa, así que lo diré: TODOS SOMOS MORTALES, ergo, vamos a morir. Todos y cada uno de nosotros moriremos y no hay de otra, es así de fácil. No está cargado de malas intenciones, de nada que no sea verdad. Pero a mucha gente le molesta que digas eso, como si decir que alguien va a morir fuera desearle la muerte, o maldecirlos, o no sé qué pendejadas.
Obvio, yo no quiero que mis seres queridos tengan muertes trágicas, lentas, dolorosas y a una corta edad, pero eso no quiere decir que no van a morir, porque puedo poner mi dinero y honra a que todos y cada uno de ellos morirá.
¿Por qué la gente piensa así? ¿Por qué a nadie le gusta hablar de la muerte? ¿Es tan difícil saber que no somos eternos, que la vida del otro (y, por ende, la nuestra) es limitada?
Yo no tengo miedo de morir. Para nada. No tengo miedo de morir joven o vieja (que no quiere decir que quiera morir joven, son cosas diferentes), porque tengo consciente mi mortalidad y por lo mismo, procuro tener una vida en congruencia con mis deseos y necesidades, procuro hacer de cada día algo que valga la pena o que me encamine cada vez más a donde quiero ir. No me arrepiento de lo pasado, siento que estoy en el camino adecuado y que si me muero, no habrá asuntos pendientes, porque de mí no quedó (pero de ustedes…).
 Como consecuencia de todo este pensar, surge en mi cabeza el problema del camino a la muerte, de las enfermedades y dolor que en muchas ocasiones son preludio de la muerte. Eso sí es feo, lo he visto (obvio no vivido en carne propia) y me ha dolido ver a mis seres queridos en esas circunstancias, pero eso es justo lo que me duele: que vivan en esas circunstancias. Que la muerte no llegue (o la traiga alguien) antes, que no se termine con el dolor, sufrimiento, con la terrible agonía. Todo porque nos da culpa tomar decisiones, ser amos y dueños de nuestras vidas y decidir de qué forma debemos vivirla para, después, poder otorgarle al ser amado un poco de dignidad y amor, dando por terminado el sufrimiento.
¡Pero no! Nada más de escribirlo me doy cuenta de qué tan difícil es este tema, del tabú tan grande que implica la vida (porque no se trata de la muerte, sino de la vida, porque la muerte ya que llega, da igual lo que pase) y lo poco que queremos responsabilizarnos. Seguro nuestra educación cristiana/guadalupana/mocha/llena de dobles mensajes y criterios, es la causante de esto, “no vaya a ser que Dios nos castigue por desearle a alguien una muerte digna (o por dársela, como eutanasia)” como si hubiera un Dios o, si lo hubiera, lo que él piense sea más importante que la vida tangible en un momento determinado, de una persona que se supone que queremos.
Pura mamada. Espero que cuando yo esté bien enferma, o vieja y jodida, haya quien pueda decir con decencia y orgullo:
Uy, Ariadna está bien mal/enferma/jodida, esperemos que muera pronto.
Y yo, se los agradeceré eternamente, porque la muerte me tiene sin cuidados y las culpas, prefiero pasármelas por el arco del triunfo.

miércoles, 18 de enero de 2012

No sólo un gran Ingeniero

Importante leer primero El GRAN Ingeniero, porque si no, se pierde la mitad de la emoción.
Así pues, había yo escrito que mi abuelo paterno era la neta del planeta (sí, era, que ya no es, a eso vamos), pero creo que nunca había dimensionado cuánto, hasta el final.

Porque así es, o dicen que así es, que uno muere como vive (Según Platón, eso decía Sócrates, que uno muere como ha vivido), y mi abuelo murió como los grandes, con toda la dignidad e integridad que es posible que un hombre, inclusive el mejor de ellos, tenga.

Sabemos que ya estaba muy enfermo, pasaba los 90 por unos meses, había enviudado dos años y 4 meses antes... vamos, que la vida se estaba terminando. Yo lo había visto todos los domingo, según la tradición, y estaba bien, salvo el domingo pasado, 8 de enero, en que sólo tenía un hilo de voz, y decía que se sentía "tololoche" (si no saben qué es eso, sólo digan la palabra y el sonido lo dice todo). El viernes 13 (nada de días de mala suerte, por favor), a las 9:30 P.M., sonó mi celular, y era mi prima, para decirme que el abuelo estaba muy mal. Así las cosas, me vestí rápidamente y con toda la tranquilidad que pude tener, manejé a casa mi abuelo. Llegué y no saludé a nadie, directo al cuarto, a la cama, a mi abuelo: ahí estaba él recostado, con toda la familia (sus tres hijos, los esposos de estos, mi prima, la enfermera y el médico). Le dijeron que yo estaba ahí, y me acerqué a saludar y darle un beso, lo acaricié, me hinqué a su lado, no lo quería dejar ni un momento.

El médico dijo que había tenido un infarto, y que ya estaba en sus últimos momentos, así que le llamé a mi hermano mayor y él también corrió a casa de los abuelos. También nos dijo el médico que debíamos entrar de uno en uno, a despedirnos, para que estuviera tranquilo.

Yo no pude despedirme como tal, sólo me salió decirle que lo quería mucho, que estaba muy guapo peinado (siempre fue un hombre impecable, pero los últimos años andaba despeinado y mi abuela solía recriminárselo) y que mi abuela estaría muy contenta de verlo así, tan peinado. Nada más, no podía decirle que gracias a él yo soy una persona íntegra, que él me enseñó a respetar, a cumplir, a ser una persona de bien dentro de la sociedad, que el deber es siempre más importante que el querer. No, no pude, sólo podía estar ahí, lo demás ya se lo había dicho, ya lo he escrito, él ya lo sabía, yo lo sabía, no podía decirlo, quería estar con él, en el presente, en ese momento, no más.

Pasó el tiempo y él no moría, todos llorábamos y pensábamos que era muy raro, pero nadie lo decía. Su pulso bajaba, dejaba de oxigenar, pero no moría. En un momento, volteó y me dijo: estoy desesperado; tiempo después: ya me quiero ir. ¿Qué podía decirle yo? Sólo lo que gritaba desde todo mi ser: ya vete, no hay más, vete. Porque así debía ser, si estaba desesperado y quería irse, no debía seguir aquí, no tenía por qué estar aquí... aunque un hombre con su integridad no podía dejar a unos hijos que no lo dejaban ir, que todavía lo necesitaban e, incluso en su lecho de muerte, se lo decían (¿quién hace eso? por favor). Afortunadamente, yo pude escucharlo, saber que lo que pedía era soledad, que lo dejáramos, dormir, descansar, estar solo, llamaba a su madre, le pedía que fuera por él, gritaba en sordina por su padre, le llamaba a su esposa... y yo sólo le tomaba la mano y le decía que ya venía, que estaban en camino y vendrían por él, que sólo necesitaba descansar, cosa de unos momentos.

Al final, los hijos comenzaron a irse, los nietos también. Pero yo me quedé ahí, a su lado, sin tocarle, escuchándolo, pero dándole el espacio que pedía. Finalmente, se tranquilizó y nos dejó (a mi pareja y a mí) acomodarlo bien en la cama, quitarle una chamarra y cobijas que sólo le estorbaban. Lo recostamos en la cama, acomodamos las almohadas, se dejó tapar, agarrar la mano, pidió por su mujer, y se quedó dormido.

Parecía que tal vez sólo estaba cansado, que mañana despertaría... yo quería quedarme, esa era mi intención, pero también me di cuenta que él pedía espacio, así que, después de un rato de verlo dormir y descansar, decidí irme.

Media hora después murió.

Estoy triste, sí, pero no tanto como tranquila, en paz y sintiendo aún más admiración por él, si esto es posible. Me siento honrada de haber compartido su agonía (se escucha mal, lo sé, pero esperen), porque me permitió reafirmar el tipo de hombre que era: pasó sus últimas horas con su familia, complaciéndola, estando ahí, con ellos, escuchando, aguantando, dando lo que ellos necesitaban. Pero, también, pedía intimidad, soledad, espacio para morir, con un poco de dignidad (porque hay cosas que uno debe hacer solo), y tiempo para reencontrarse con sus muertos. 

Yo no creo en el cielo, el infierno, que exista algo más allá, algo que nos espera después de la muerte. Para mí, una vez muertos, no hay nada, el cuerpo es nada, las cenizas son eso, sólo cenizas, no la persona amada; no concibo que algo trascienda (sólo en quienes recuerdan y quieren a los muertos, pero nada más). Pero, sé que morir es un proceso, toma unos instantes (salvo que llegue de improvisto, pero aquí nos referimos a las muertes "anunciadas", las de quienes ya saben que viene), y que nadie debería hacerlo solo, que debemos de estar acompañados en esos momentos, no de los vivos, sino de los muertos. Para mí, la idea de que sean mis abuelos quienes me acompañen, me parece lo más hermoso y lo que más me gustaría, que fueran justo ellos quienes estuvieran ahí antes de que todo desaparezca. Porque a los vivos, los acabas de ver, pero a los muertos, a ellos tiene mucho que no los vemos...


miércoles, 23 de noviembre de 2011

El día más feliz de tu vida

¿No les encanta esta frase? Y no sólo aplicada a la boda (que es, obvio, el día que debe ser el más feliz en la vida de toda mujer), sino al día del examen profesional, al nacimiento del primer hijo... vamos, a cualquier día "importante". Y ése es justo mi punto el día de hoy: nos enseñan que hay sólo un día importante, que lo que importa no es el proceso sino un determinado momento.

¿Por qué el día más importante de tu vida debe ser la boda y no el resto de tu vida (es decir, de tu vida de casada)? Y, como consecuencia, vierten toda su energía, dinero, ilusiones, emociones, etc., en un día específico, no en una vida, no en un plan de pareja/compañeros/almas gemelas. Así, toda tu vida, todo el sentido de tí misma, de quién eres y quién serás se vuelca en tu boda... un día, además, lleno de estrés, angustia, emociones encontradas, mil cosas.

¿Y luego? ¿De dónde sale la energía, esperanza, ganas, amor y demás para continuar el resto de tus días? Si nuestra vida es un conjunto de días, ¿no debería ser éste conjunto lo más importante? 

Yo, que tengo muy buena memoria, recuerdo muchos días de mi vida, no sólo importantes sino también algunos intrascendentes (¿será?), y a pesar de que amo las listas, sigo sin poder elegir cuál ha sido el día más importante de mi vida (y no es que no haya tenido días importantísimos, tanto buenos como malos). Puedo enunciar algunos de los mejores momentos con ciertas personas, individuales, de logros profesionales o escolares, los días más tristes de mi vida, pero no me gusta pensar que mi vida es eso: el día más importante y todos los demás. No puedo.

Me gusta pensar que la vida es importante en sí, y que cada uno de los días que vivimos es importante porque los vivimos y como consecuencia, estamos aquí, hoy. Con tantos días vividos, tantas emociones sentidas, tantas situaciones compartidas, tanto amor dado y recibido, tantos recuerdos tontos, divertidos, tristes, angustiantes, ¿por qué tendría que ser importante sólo uno?

lunes, 7 de noviembre de 2011

Cómo afecta.

No sé por qué, con una mala noticia (mi despido) que cambia, evidente e irremediablemente mi vida, mis ganas de escribir se esfuman. 

Y, es que, aunque suene ridículo, soy una mujer de costumbres, que ama el orden y la planeación (que no forzosamente la rutina), y dejar de trabajar le ha dado en la madre a las costumbres. Me enoja que en esto nunca nadie repara, que ir a trabajar es más que un trabajo o el dinero que recibimos por hacerlo, es rutina intestinal (porque eso también se ha visto afectado), es dormir bien, es tener amigos con los que platicas todos los días, tener una organización y control sobre tus alimentos (porque yo hacía de comer y comía balanceado de lunes a viernes), es estar separada de tu pareja y por lo mismo extrañarla y ansiar el momento en que llegas a casa a estar con él (o ella), es tener una razón para levantarte bien temprano todos los días y que rindan, es querer hacer más. Porque así me sucede a mí, mientras más actividades tengo, más ganas de hacer más me dan, pero mientras menos... puedo quedarme acostada en la cama días seguidos sintiendo frustración por lo que vivo.

Es terrible, porque la gente que se entera tampoco repara en ello, todo lo contrario, ven las ventajas de despertarse temprano, y sí, les parece terrible que no tengas un ingreso. Pero, ¿y lo demás?

Por eso, siento que no quiero escribir, me da tristeza checar los blogs que sigo, porque para el mundo la vida sigue y para mí, está detenida, en espera de algo... de entender, de sentir... no sé, de algo...

martes, 18 de octubre de 2011

Gracias por regresarla al destinatario

Pues sí, mi amargura/tristeza/frustración regresó, y creo que para quedarse. Y no, no tengo conflictos existenciales (que es lo más común cuando me estoy así), es más bien la frustración de que lo que hay no me gusta y que no puedo cambiarlo (o, que el precio de cambiarlo me resulta incosteable). A veces me gustaría que la vida fuera sólo el conjunto de consecuencias de nuestros actos, pero no es así (¿o sí?), más bien respondemos ante ciertas situaciones (algunas provocadas por uno mismo, otras no) y ya, no queda más que eso: sólo aguantar y fantasear con que algún día será diferente, aunque sepamos, la mayor parte del tiempo, que no será así...

martes, 4 de octubre de 2011

Lo damos por hecho

Ayer recibí un correo de F***, un amigo que conocí hace 12 años, y con quien he tenido una relación extraña (a veces muy cercana, otras lejana), pero a quien quiero y aprecio muchísimo. Decía que justo ayer me envió un correo, y me conmovió hasta la médula, me pareció uno de los correos (cartas, mensajes, palabras) más hermosas que alguien pueda escribir, y no porque fuera romántico (todo lo contrario), sino porque era honesta, porque a veces damos por hecho que el otro sabe lo mucho que lo queremos y nunca se lo decimos, como si las palabras de cariño, respeto, admiración, amor, fueran exclusivas para la pareja; así que vamos sin decirle a los amigos lo mucho que significan para nosotros, lo maravillosos que son, inclusive lo guapos y sensuales que puedan ser (sin sentir miedo de que pueda tomarlo como una propuesta). Palabras que expresan lo que esa persona y la amistad significan para nosotros, pero también lo que él (o ella) es en sí mismo, independientemente de qué recibes tú.

¿Por qué si decimos que los amigos son importantísimos y demás, nunca se los decimos? Vamos por la vida dando por hecho que la amistad durará, que ésa persona ya lo sabe y que no es necesario decirlo (o que sería cursi hacerlo) y, a veces, algo pasa y no vuelves a verlos (por decisión, muerte, lo que sea) y te quedas así, sabiendo que él/ella ya no está, y tú no le dijiste que era importante...

Pasan muchas cosas que no podemos preveer, y se nos olvida decirle a quien queremos eso: que los queremos.

Yo, tan hacendosa...

Ayer comí con A*** (en el trabajo) y, como siempre que estamos solas [es decir, ella y yo, porque E*** es más mi amiga (tendría que contarles por qué A*** no me "quiere", pero eso en otro post)], la conversación se ve ligeramente forzada. Así las cosas, ayer platicamos de mi fin de semana, y que si hice no se qué, que si cambié mi bolsita/lonchera, que si la cosí, y ahí vino el comentario: Ay, Ari, qué impresión que seas tan hacendosa, yo nada más no, ni me gusta ni se me antoja ni nada, y tú, todo el tiempo hace que hace cosas.

Y sí, puedo decir que tengo muchos hobbies y gustos, pero a mí, ESO es lo que me parece normal u orgánico. Sé que no fui educada como el resto de las mujeres u hombres de mi generación, que tal vez pasar tanto tiempo con mi abuela me predispuso más a realizar actividades propias de una mujer de su edad (la de mi abuela), que de la mía. Sí, tal vez. Pero creo que eso no es lo importante. Ayer que lo platicaba con A***, le comenté que a mí me parecía importante tener hobbies, que nos guste realizar o hacer cosas solos (o acompañados), algo que implique, en cierta forma, dedicar nuestro tiempo a nosotros mismos, disfrutar de nuestra compañía (esto no lo dije, porque podía haberlo tomado como una agresión, pero lo pensé). Y eso es justo lo que pienso, que uno pasa todo el tiempo con los demás, gastas dinero, tiempo, sales, vienes vas, y todo por estar con alguien más, pero cuando se trata de estar solos, la gente suele decir "es que yo quiero descansar, no quiero tejer o bordar", como si sólo pudiéramos hacer algo si estamos acompañados, y que el tiempo solos es exclusivamente para descansar, dormir, acicalarnos, vaya, para estar con el otro mejor.

¿Triste, no? ¿Por qué nos han educado a querer estar siempre con alguien, que la compañía es indispensable, que sin ella no existimos? Tampoco quiero decir que deberíamos ser ermitaños, porque somos y seremos siempre seres sociales, PERO, eso no significa que debemos olvidarnos, no no no. Como en una película que vi (no importa cuál), en la que la esposa se separa del marido porque éste quiere tiempo para él, y lo cacha en una mentira (le dijo que iba a trabajar, y en realidad está con los amigos jugando). ¿No es impresionante? Como quieres tiempo para tí, estás mal. Y lo peor es que esto pasa mucho en las parejas, en las familias, uno no puede simplemente decir: quiero estar solo, porque eso significa que no quieres estar con ellos, y no, lo único que significa es que quieres, en ese momento, estar contigo, darte a tí, acompañarte.

Qué cosas, y yo me vuelvo repetititva.

lunes, 3 de octubre de 2011

Múltiples ¿personalidades?

A veces siento que tengo varias personalidades, no porque esté loca (que cuando siento que lo estoy, no es porque crea que tengo varias personalidades, no no, que en esas ocasiones sólo tengo una y ése es el problema... ji ji ji), sino porque siento que las diferentes facetas que presento en los diferentes ámbitos de mi vida, a veces ni se parecen. Y tampoco es porque me guste hacerle creer a la gente que soy otra cosa.

No, el problema es, por ejemplo, en el trabajo, que uno tiene que comportarse ahí como se "espera" que te comportes, no como realmente eres. Sobre todo en un trabajo como el mío (asistente). Y a mí, esto, muchas veces me fastidia, porque me hace sentir alienada de todos los que me rodean. La parte más extraña es que mientras más me meto en este personaje, más me gusta quién soy. Sí, claro, ser quien soy también me ha alienado de los demás, pero la gran ventaja de esta personalidad (la real, o auténtica) es que estar conmigo me gusta y mucho, así que tampoco la paso mal en mi soledad.

El punto del asunto aquí es que vamos por la vida presentado diferentes facetas, dependiendo de la persona o situación con/en la que nos econtremos, y a veces se nos olvida quiénes somos (que es, finalmente, que somos todos esos), o quiénes queremos ser. Tuve una amiga, muy muy querida, con la que yo era una persona diferente, más bien, extrapolada de quien soy, era muy agresiva, más escandalosa, cabrona, juiciosa, agria; y, cuando llegaba a mi casa, me sentía incómoda por muchas cosas que había hecho. Algo así como cuando te levantas súper crudo y te avergüenzas de lo que hiciste el día anterior en la borrachera (yo soy de la idea de que uno dice siempre lo que piensa, consciente o no, y que por eso tampoco puedo decir cosas que no sentía o pensaba, el problema es el momento o discurso que escoges para hacerlo, en este caso, la borrachera). O, podría decir también, como si saliera la peor versión de mí misma. Eso no me gustaba, por mucho que esta amiga fuera súper linda conmigo y demás, la persona que yo era cuando estábamos juntas, no me gustaba.

Ahora, en el trabajo, me pasa más o menos lo mismo. Resulta que no pude decir (porque así funciona el mundo empresarial) la verdad de lo que quiero en la vida, o de quién soy, y esto es algo que uno debe seguir, no puedes de repente echarte para atrás y decirle al jefe o a tus compañeros que lo que les has dicho este medio año es una mentira, y que tú en realidad eres OTRA. No, así no funciona, cuando uno se pone un personaje, debe llevarlo hasta el final, con todo y sus consecuencias. Y sí, así es mucho mejor, por lo menos todavía tengo trabajo. Lo que no tengo, es un vínculo con nadie, un vínculo real; sí platico del día a día, pero también he aprendido a quitar de las conversaciones todas las acotaciones o afirmaciones que podrían resultar comprometedoras o incongruentes con la versión oficial, así que medio cuento, medio me comparto, y callo mucho.

Eso, el problema es que callo mucho, y que esto que vivo resulta incompatible con quien soy. Y no es tanto el personaje con el jefe, que ese no me queda de otra, porque él es el jefe y yo debo, en cierta medida, ser quien él espera que sea (por lo menos si quiero seguir trabajando), el problema es con los demás, con los compañeros. Con todos ellos debo callar mi molestia e incomodidad ante su ignorancia, racismo y discrimianción latente, sus modales (por si tienen dudas), también callo mis gustos, mi cosmogonía, mis decisiones de erradicar el consumismo... quién soy yo y qué quiero de la vida, quién es mi novio... todo, callo lo importante.

Ajajá, ahora que lo estoy escribiendo suena a que me contradigo, porque sé que debo ser y escojo ser de esta manera, pero al mismo tiempo me molesta serlo... contradicciones sin duda. Y, pensándolo, me parce que en realidad lo que me molesta es que esta personalidad me hace "compatible" con ciertas personas que violentan, con su pensar y decir, lo más esencial de mi ser. Me siento como alguien que debe negar su religión para poder tener un trabajo, o sus costumbres, o principios... perdida, y sin saber qué hacer, porque tampoco puede uno pintar rayas con gente del trabajo, es un riesgo muy grande.

Curiosamente, y como nota curiosa, creo que mi jefe ha sido capaz de dilusidar que esta personalidad del trabajo no es la verdadera o dominante, y le causa desconfianza porque no sabe qué hay detrás... Lo que no sabe, seguro, es que si conociera la verdadera personalidad, le daría aún más desconfianza. Tanta, que tal vez la única solución sea despedirme... qué complejo resulta trabajar.

jueves, 29 de septiembre de 2011

¡Pero qué aburrida es mi vida!

Siempre he pensado que para las relaciones sociales son rarita. Sí, antes era de amigos, pero nunca de muchos, más bien de pocos, pero muy buenas amistades y siempre frecuentados y procurados. Por lo menos verlos cada quince días, una llamada a la semana, lo que uno debe hacer cuando tienes amigos.
Después, por ciertas razones que serían demasiado confusas para intentar explicarlas, fui perdiendo a mis buenos y entrañables amigos, y ahora tengo algunos (muy, pero que muy pocos) y, por razones que no entiendo, ya no procuro como antes. No sé qué cambió en mí, si la pérdida de amigos anteriores me marcó o qué, pero la verdad  es que mi vida social se ha ido al caño.

Lo más extraño de todo es que tampoco me pesa mucho. Sí, extraño salir a platicar, tomar el cafesito, una copita, cosas así, pero la verdad es que tampoco lloro porque ya no lo tengo. Eso sí, extraño a mis amigos (independientemente de que los vea o no, los extraño).






Y, bueno, una se preguntará ¿ahora qué hago con mi tiempo? Y tengo que confesar que me la paso bomba: tejo, leo, coso (bueno, todavía no coso bien, pero la práctica me hará una maestra),
veo la tele, escribo, pienso; vamos, disfruto de mi propia compañía y mis hobbies. (Sí sí, también paso mucho tiempo con el concubinario y platicamos, leemos, vemos la tele, paseamos, comemos, dormimos, todo padrísimo).


¿No les parece extrañísimo? Por todos lados: blogs, facebook, twitter, etc., me entero que la gente sale y se divierte y toma hasta acabar inconsciente, tiene one-night-stands, y todo con otras personas. Bien pero requete bien divertido... y yo... paso los viernes en la noche tejiendo, los sábados en la tarde cosiendo... qué cosa más extraña parece ser mi vida.

Por supuesto, más allá de que disfrute lo que hago y de mí misma, sí pienso por qué no salgo más o hago otras cosas, y siempre surge el pero: el dinero. Cuando calculo el dinero que necesitaría para salir dos veces a la semana a tomarme una o dos copas, o cenar, al teatro, al cine, al cafesito con los amigos, me doy cuenta de que necesitaria por lo menos $2,000 más a la semana. Y miren que mal no gano, entonces ¿qué pasa? ¡Claro! Pago renta, servicios, comida en casa, gastos, gasolina, estacionamiento en el pinche trabajo, comida y salud de mis perros, salud mía y del concubinario, seguro del coche, gastos del coche, ahorro, pago algunas deudas, libros (porque una cosa es una cosa, y otra cosa es no tener qué leer, porque hay prioridades)... y ¡tómala! que no hay dinero que me alcance (y eso que soy la reina de exprimir los billetes de $20, y contabilizar hasta el último centavo).

¿Será que o me la paso bomba, o soy una mujer responsable e independiente? ¿O algún día el dinero alcanzará?

viernes, 2 de septiembre de 2011

Coser, dejar de tejer un rato


(NOTA: Esta entrada fue escrita originalmente el viernes 2 de septiembre, pero hemos decidido editarla pues, como bien me dijo Ángel, debería ser más personal y honesta en mi escritura.)
Ayer fui a recoger mi máquina de coser, y la emoción que me embargaba era casi incontenible. De repente, resultó completamente tonto haber esperado tanto tiempo para comprarla (no compré una carísima ni finísima, por lo que no había excusa real para el retraso).

No entiendo por qué en ciertas ocasiones dejamos que lo que nos interesa y apasiona quede hasta el final, y pasamos la vida comprando y haciendo y pensando mil cosas que, en realidad, ni nos interesan, sirven ni apasionan. ¿Por qué será? Me da la sensación de que es una forma de protegernos, siempre es más fácil ir por el camino de la insatisfacción y frustración que por el opuesto, y no es para menos. Toparse de frente con lo que uno verdaderamente quiere (o, justo, piensa que quiere) puede resultar completamente caótico, tanto si es lo que en verdad queríamos como si no.

Aún así, yo puedo afirmar, sin caer en mi usual petulancia, que suelo saber lo que quiero (y no porque tenga esa virtud o súper poder, sino porque paso muchísimas horas de mi vida pensando y analizando lo que necesito, siento y quiero, para poder tomar una decisión informada, ji ji, sobre mis deseos) y por eso la emoción de tenerlo me causa una satisfacción maravillosa. Sobre todo, porque reconozco que eso ES, así, sin más.

Estoy resultando repetitiva o circundante, pero es que no encuentro las palabras exactas para poder decir lo que siento, mucha emoción por la máquina de coser y un poco de incertidumbre porque algo tan sencillo como comprar una máquina de coser despierta en mí un poco de angustia y frustración, porque no comprendo qué me impide a cumplir mis sueños, por qué de repente, cuando puedo tomar la decisión, y lo que quiero estará aquí, para mí, me detengo y decido tomar la decisión más racional o responsable.

Perfectamente puedo escuchar el eco de la voz de Aremy diciéndome que le resulta un poco estúpido que para mí el deber ser, lo responsable sea más importante que hacer lo que quiero y necesito. Y, confieso, me parece completamente cierto. A estas alturas de mi vida tengo un miedo espantoso a seguir por este camino, porque el tiempo pasa muy rápido, y me niego a voltear, en unos años y darme cuenta que no fui capaz o valiente como para hacer lo que quería. Pienso mucho en mis abuelos, mi abuela hizo toda su vida lo que quiso (o aprendió a querer lo que debía hacer, no sé cuál de las dos, pero creo que tampoco importa) y los últimos años de su vida (que son los que yo pude ver) se sintió feliz, murió satisfecha; por el otro lado, mi abuelo vivió toda su vida haciendo lo que debía hacer, trabajar para mantener a su familia, cumplir metas laborales, ser un hombre honesto, ahorrar... y ahora, en el final de su vida, se ve vacío, no sabe con qué actividades llenar sus días, ya viudo no le queda mucho más, y tampoco lo disfruta. Yo no quiero ser como mi abuelo, yo quiero disfrutar todos los días (está bien, con que sean muchos me doy por bien servida), hacer aquellas cosas que me causan placer y encontrar un medio para que pueda también comer de ellas (porque si no, de dónde sacamos el dinero). Odio verme como estoy, ahogada en la espera, siendo responsable y racional, esperando que el momento adecuado llegue y entonces pueda comenzar a hacer lo que deseo y quiero... Se me va a ir el tiempo y la vida, creo que si sigo así, no dejaré de esperar. Tal vez me falta valor para simplemente levantarme y decidir que no quiero seguir esperando, que hay demasiadas (sí, demasiadas) cosas que quiero hacer y que no voy a ser quien debo ser, sino quien quiero ser, quien soy. Al final, a la única persona a la que le debo explicaciones es a mí, todos los demás pueden irse en cualquier momento, nadie estará aquí siempre, pero yo... no me queda de otra...
Qué irónico, con sólo una máquina de coser, se destapan en mí muchos más deseos. En un descuido me dejaré llevar...