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miércoles, 13 de marzo de 2019

El placer de las pequeñas cosas

He escrito en diversas ocasiones, y quien me conoce lo sabe: me parezco mucho a mi papá: el sentido del humor, la "sensualidad" en las caderas, los mocos, las expresiones, la pasión por la lectura. Muchas de esas cosas en común son aprendidas (aprehendidas), copiadas, tal vez algunas vengan por genética, pero de todas ellas, la que más me gusta (y más agradezco que él tenga porque yo pude aprenderla) es el placer de las pequeñas cosas.

Pero, para entenderla, es necesario hacer una breve descripción de mi papá. Es químico y se ha dedicado, toda su vida, a la investigación y la docencia, desde hace treinta y tantos años trabaja en la UNAM y, como él dice, "no trabajo, hago lo que me gusta y me pagan por ello". No recuerdo ni una sola queja sobre su trabajo, ni un solo día en que no tuviera ganas de ir a trabajar. Ni siquiera los fines de semana dejaba de trabajar, ni cuando ha estado enfermo; yo lo recuerdo desde las 6 de la mañana trabajando, emocionado y apasionado por eso que estaba haciendo, curioso por aprender algo nuevo, siempre.

Además del trabajo, le gusta el cine, la música (fue violinista), los libros, los cómics. Compartimos [su] cuenta en kindle y constantemente nos recomendamos libros, leemos a la par (es decir, presionándonos el uno a la otra) el mismo libro, buscamos alguno que podría interesarle al otro. Es nuestro pequeño mundo compartido, porque nadie más de la familia lo hace con nosotros.

Ahora sí, volvamos al placer de las pequeñas cosas. Recuerdo que, cuando era niña, mi papá siempre traía una libreta en la bolsa de la camisa (la libreta de pensamientos sublimes), y cómo le emocionaba su libreta, comprarla, usarla, tenerla. Lo mismo pasaba con las plumas, los lapiceros, los marcatextos, todos ellos le producían una felicidad que llevaba siempre un bailecito de felicidad, una sonrisa, un movimiento de caderas de emoción. Encontrar un libro que pudiera ser interesante le emociona muchísimo, ver el inicio de una película y compartirlo, preparar algo vegano para comer, descubrir platillos y opciones, germinar sus semillas y luego comérselas (y compartirlas, muy importante). Le gusta inventar canciones sobre cosas cotidianas, le canta a los perros, les habla como si fueran personas (ingenieros, doctores, pacientes del psicoanalista, a quien él encarna). 

Puedo decir, con absoluta convicción, que mi papá es un hombre feliz, satisfecho con su vida; un hombre que, cuando muera, morirá bien, en paz, porque tuvo una buena vida, plena, feliz. Y no, no creo que sea feliz porque haya hecho grandes cosas, o porque sus equivocaciones fueran pequeñas (vaya que no lo son), sino por las pequeñas cosas, porque todos los días disfrutó algo, por muy pequeño que fuera; y eso hace toda la diferencia y hace que valga la pena vivir, incluso lo malo y con lo malo.

Y, de alguna extraña forma, yo aprendí eso, a ser feliz con las pequeñas cosas, a sentir placer por detallitos, a disfrutar nimiedades, a sentirme en paz, feliz, satisfecha todos los días, aunque fuera sólo un rato, a separar lo que me duele de lo que me causa placer y felicidad. Es el placer de las pequeñas cosas lo que me ha permitido seguir viviendo, disfrutar todos mis días, dormirme feliz y despertarme emocionada; anhelar el futuro y lo que pueda traer, estar en paz porque el día que sea que me muera será un buen día, sin asuntos pendientes, sin arrepentimientos. Porque, con todo y lo malo, el dolor, las faltas y los agujeros, mi vida es una buena vida, que vale la pena vivirla.

Visto así, aprendí a vivir y cómo vivir de mi papá, y eso, no es una pequeña cosa.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Mujeres leyendo a Marx

En mayo, por pura casualidad, descubrí que un grupo de mujeres se reunirían para estudiar a Marx, específicamente El capital. Me emocionó muchísimo, llevaba varios años con antojo de leerlo, pero no era una lectura que quisiera hacer sola. La verdad, no me emocionaba el hecho de que era un grupo de mujeres (sólo mujeres), me parecía algo padre pero no era, ni remotamente, la razón por la cual me interesó el grupo.
Emocionada y ñoña, envié un mensaje expresando mi interés, compré el primer volumen del primer tomo del primer libro de El capital, y me dispuse a leerlo, a estudiarlo con otras y a aprender mucho.
Las primeras dos sesiones no pude acudir, pero llegué la tercera con mis lecturas al día. 
Como es común en mi, llegué antes de la hora al café donde era la reunión, pedí un café y miré de soslayo a una chica que tenía el libro sobre la mesa; me daba un poco de pena acercarme, no estaba segura de qué iba a suceder (Nota: no me da miedo hacer cosas sola, estoy bastante acostumbrada... me daba un poco de pena/incertidumbre haber llegado tarde al "conocerse", desconocer cuáles eran las costumbres ya adoptabas por el grupo) y justo llegó otra chica, se sentó en la misma mesa y comenzaron a platicar. Así que yo, agarrando todo el valor y echando fuera la pena, me acerqué a ellas y les dije que venía a leer con ellas, nos presentamos y se portaron súper lindas, algunas preguntas sobre quiénes éramos, y comenzaron a llegar las demás. En poco tiempo, la mesa estaba rodeada de mujeres y libros de Marx.
Fue un buen estudio, interesante, una gran experiencia, pero no mucho más que eso; aunque sí lo suficiente como para ya haber decidido que regresaría cada sábado.
Al despedirnos, resultó que dos de ellas irían caminando "hacia mi casa", así que me decidí a caminar con ellas. Platicamos en el camino, sobre hombres, amor, corazones rotos, decisiones y soledad. ¿Se han dado cuenta de que esos temas son reincidentes en las conversaciones? ¿Cómo, cómo no hablar de amor, de compañía, del otro? Me gustó la plática, me cayeron bien.

Semana a semana, comencé a conocerles, dejé que me conocieran, nos reímos, compartimos comida (una de ellas siempre lleva galletas o algo de comer para compartir) y tiempo. Poco a poco, lo que se empezó a compartir fue mucho más que eso: nosotras completas, amor, contención, apapachos, compañía, historias, lágrimas. De repente, me encontré en, formando parte de, un grupo de mujeres hermosas e increíbles; y no lo digo por compromiso, ni siquiera porque creo que son perfectas. 

Al contrario. 

Nuestra belleza radica en que somos imperfectas, en que nos queremos de formas imperfectas, en que no negamos los errores, las fallas, las pendejadas, y que esto nos permite no fingir, estar seguras para compartir también lo hermoso, lo acertado, lo suave, lo cómico. Somos un grupo que puede respirar, aunque sea un par de horas a la semana, porque somos comunidad, porque hemos creado un vínculo y construido lazos, porque no es necesario mentir para estar seguras, porque las otras están ahí y dan espacio para que cada una sea quien es, haga lo que hace, diga lo que diga, porque la expectativa es que cada una sea quien es o quien quiere ser o quien necesita ser, nadie más. Sin exigencias.

Al mismo tiempo, es un espacio donde ponemos límites, donde se puede decir "no quiero hablar de eso", "huevos", "cállate". No es un lugar en el que tenemos que dejarnos porque las otras nos quieren mucho. NO.

Y eso es lo mágico, lo maravilloso, lo perfecto, lo que me hace sentir bien afortunada por haberles conocido, me hace sentir querida y apapachada, contenida y acompañada, ñoña e intensa. 

Y yo pensaba que el aprendizaje sería sobre el capitalismo y Marx. Y no. Pero sí. Porque justo aquí, en este mundo capitalista, es que una comunidad como esta, resulta indispensable para vivir.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Es como andar en bici

Me encanta esa frase "es como andar en bici, una vez que aprendes, no lo olvidas", el problema es, ¡cuando no sabes andar en bici!

Que era mi caso. Bueno, para ser exactos, sí aprendí a andar en bici de niña, pero no lo disfrutaba, los nervios del principio, cuando la bici se mueve horrible y no te equilibras, saber que en un segundo puedes terminar tirada en el piso por tonta... no ayudan a disfrutarlo, así que yo dejé la bicicleta muy chica y no la volví a usar.

Mi primera bici era hermosa, no sé si fue regalo de cumpleaños, navidad o reyes, pero era una bici rosa, con canastita, rueditas, y yo me sentía la reina de las flores en ella. Iba arriba y abajo en casa de mis abuelos, le ponía cosas a la canasta, era muy feliz. Después me regalaron/compraron una bici roja, muy bonita, pero recuerdo que no la disfruté tanto. Vivíamos en una privada de edificios y había espacio para andar en ella sin peligro, pero no me gustaba, no estoy segura de por qué (o tal vez sí, pero no lo recuerdo). Por alguna extraña razón, cuando cumplí 9 pedí una bici "con velocidades", de esas que son bien chingonas y para "profesionales". Tampoco la usé mucho, de hecho ni recuerdo qué pasó con ella; sólo recuerdo que no salió buena y tuvimos que cambiarla por otra, y tal vez esto terminó con el gusto por ella.

Al final, a los 10 años dejé de usar bicicletas y no me interesaba subirme en ninguna. Así pasó el tiempo, y desde hace 2 años, me entraron ganas de tener una, de andar en la ciudad en bici, de poder transportarme de una forma sana y menos complicada que un auto. Vamos, tenía muchas ilusiones por tener mi bici, P E R O, no sabía andar en bici y aprender otra vez me aterraba. De hecho, me daba tanto miedo subirme a la bicicleta y comprobar que no podía, que retrasé y retrasé mi plan de comprar una. Lo peor es que, aunque quería tener una y usarla, no podía con el miedo, la inseguridad, la posibilidad de frustración e incapacidad. ¿Qué tal que yo fuera la excepción? ¿Que no pudiera andar en bici? Mil preguntas que, sin tener certeza de poder, me impedían hacerlo.

Ahora, que me he encontrado y he decidido dejar de postergar lo que quiero, me decidí a aprender. Así que, pedí asesoría teórica y el sábado, con todos los nervios del mundo, un miedo terrible y mucha emoción, tomé la bicicleta de Ángel y salí a aprender. Arriba de una banqueta (para evitar que me mataran los coches), de una esquina a otra, con calma, yo sola, sin problemas ni presiones...

¡Cuánta emoción y estrés! ¡Cuántos nervios! Y, sobre todo, cuánta felicidad por darme cuenta que sí sabía andar en bici, que era capaz de equilibrarme, de no estamparme con las paredes o árboles, que podía frenar y no terminar en el piso. Claro, la voz en mi cabeza se la pasaba gritando, en cuanto me preparaba para subir los pies a los pedales, escuchaba un grito de terror/emoción en mi cabeza, y yo contestaba "con calma, no pasa nada, sí podemos, no es tan malo" y la voz gritaba y gritaba y gritaba. Afortunadamente, mi emoción y "éxito" pudieron más que ella, y después de una hora de ir de esquina a esquina en la banqueta, me agarré los huevos, bajé la bici, y anduve cuadra y media en la calle, con coches pasando cerca de mí, hasta mi casa. ¡Como si hubiera ganado el Nóbel! La emoción, el orgullo, la felicidad, todo corría por mi cuerpo y sólo quería bailar como duendecito feliz. Así de fácil, en un rato pude tomar las riendas de mis miedos y reaprender algo y disfrutarlo.

Para que vean de qué estoy hecha, ja. El domingo salí a que me enseñaran a dar vueltas, porque ese fue el problema el sábado, no sabía dar girar y no podía dar la vuelta a la cuadra. Y aprendí. Con un poco de dificultades y miedos, pero ahí iba, vuelta cerrada, zigzag, vuelta abierta, la voz grite y grite, mucha emoción, niños a mi alrededor demostrando que ellos YA sabían andar en bici (y yo estoy muy grande para apenas aprender, eso es un hecho).

A veces no entiendo cómo puedo pasar tanto tiempo sumida en miedo y no vencerlo, domarlo y hacer lo que quiero, el placer obtenido es mucho mayor que el miedo, el problema es lo mucho que lo retraso. Eso sí, ahora que el miedo no será quien mande, seguiremos aprendiendo, capaz que en una de esas nos damos  cuenta de que somos más y podemos más de lo que siempre pensamos.

Sería una grata sorpresa.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Correr

No sé por qué razón, pero a pesar de que de niños mi hermano y yo fuimos a clases de gimnasia, tenis, karate, natación, básquet, no me hice aficionada al deporte. Sí, íbamos a clases y las disfrutaba mucho, sobre todo el tenis, en el que soy bastante buena (y ¡zurda!) y el básquet, pero en ningún momento sentí esa necesidad o pasión por el deporte, el ejercicio, el esfuerzo físico. No, nada.

Podría excusarme y decir que es culpa de mi papá, porque mi sueño de niña era el atletismo y a pesar de que me llevó a ver las pistas y demás en la UNAM, nunca me inscribió... también podría decir que fue culpa del maestro de natación que tuvimos de muy niños, que amenazaba con dejarme en lo más profundo de la alberca sin flotadores si no le decía cuantas veces él quería, mi nombre (a él o a las tontas que se le acercaban y les ofrecía que yo dijera mi nombre ¿?), de hecho lo hizo en una ocasión. Pero no creo que el punto vaya por ahí (que no es que no me guste echarle la culpa a los demás, vamos, son cuestiones diferentes en este momento), más bien va por el problema de la compañía.

Para mí (otra de mis teorías), el ejercicio es una actividad social, no tanto porque la hagas junto a otra persona, sino porque implica, en mayor o menor medida, convivir con otras personas. Si haces un deporte que implica competencia, ahí está el otro; si es un deporte que se realiza en equipo, también; si sales a correr al parque, hay otras personas ahí y de una u otra forma convives con ellos. Es una actividad personal (en cuanto a los efectos y beneficios), pero sin duda social. Y la verdad, mis amigas y familia nunca se destacaron por el gusto al ejercicio. Así que yo, tampoco; porque también es un hecho que antes hacer cosas sola no me parecía ni tan sencillo ni tan padre.

Hace 8 años decidí inscribirme en un taller de flamenco (ya había tomado 2 años en la preparatoria, y me fascinó), sola, solita, sin nadie más. Comencé las clases y todas las chicas (curiosamente de la misma edad que yo, o alrededor) ya eran amigas, yo era un paria ahí. Así que me concentré en el zapateado, los brazos, la postura, las canciones, el dolor en los pies, la coordinación... y antes de darme cuenta, ya formaba parte del grupo de amigas, platicábamos, convivíamos, nos reíamos. Resultó una de las mejores experiencias de mi vida, porque era algo mío mío, pero además me había dado la oportunidad de hacer amigas, convivir con otras personas. De hecho, dos de ellas fueron amigas muy cercanas mucho tiempo.

Por cuestiones de tiempo, dejé de ir al flamenco, después pasaron mil cosas (que no contaré aquí) y no he hecho ejercicio de forma regular, como hábito, a pesar de haberlo intentado en varias ocasiones. Acá entre nos, y no pueden decirle a nadie, mi sueño siempre ha sido poder correr un maratón (no correrlo tal cual, pero saber que lo puedo hacer), poner una pierna frente a la otra y llegar a algún lugar, tener condición física, subir varios pisos de escaleras y no llegar como el lobo de La Espada en la piedra...

El problema es que no es cosa sencilla, tampoco es tan fácil como ponerme tenis y salir al parque, estirar y ¡vámonos! a trotar un kilómetro, vaya, ni siquiera puedo trotar medio kilómetro. Sí, sí, dirán que es gradual, que nadie comienza y corre 10 kilómetros, que toma tiempo. Sí, lo toma, y lo importante es no rendirse, no dejar que la frustración o el cansancio me gane... la pregunta sería, ahora que comencé a correr ¿podré llegar a donde quiero?

miércoles, 22 de agosto de 2012

Hay de gente"s" a gente"s" (como dice el dicho)

Pues sí, a pesar de que la palabra gentes no es del todo adecuada (pero en breve hago el post correspondiente a la definición, que me cayó re bien), cuando uno cita un refrán o dicho, lo correcto es decirlo igual que como lo dicen.

Aclarado el punto, de manera innecesaria, quiero comentarles que estoy requete contenta, es más hasta podría decir contentísima. Por cuestiones que no puedo describir, pero cuyas consecuencias nos emocionan, les platico que ayer tuve una "plática" con el jefe, ajustes que se hacen al principio de la relación laboral, bla bla bla, y me pasó algo increíble, que nunca pensé que me pasaría:
mi jefe se puso de mi lado, todo lo que me dijo fue constructivo y apoyándome. Así, como textualmente dijo: " te lo digo porque quiero que te sientas bien y estés bien, no para que te sientas mal".

Y sí, me siento bien y agradecida, porque tener un tipazo por jefe no pasa todos los días (pregúntenmelo a mí), y mucho menos uno que es un gran tipo y sabe reconocer las virtudes de sus empleados y, a partir de ellas, mejorar las desventajas... un tipazo, nada más que decir.

(Sobre todo, con la falta que me hacía tener un jefe así...)

jueves, 16 de agosto de 2012

This is the moment!


Cuando el camino se ilumina, me siento extraña, después de tanto tiempo de esperar y vivir “para cuando…”, no estoy segura de qué hacer cuando “ya llegué” a ese punto, cuando los planes a futuro se convierten en presente y los planes dejan de ser eso y se convierten en decisiones aquí, ahora, sin más. Soy de la idea de que uno pasa gran parte de su tiempo planeando lo que “pasará” y dejas de poner atención a lo que pasa. No quiero explayarme tanto en esto, más bien lo damos por sentado: así funciono yo. Planeo y planeo y planeo y pierdo de vista lo que tengo… o, más bien, así era yo y ahora, que decidí vivir aquí y dejar de pensar en el después (porque capaz que mañana me muero y ya no hice ni disfruté nada), el problema es que uno no “planea” (ja, ja, ja) las implicaciones que estos cambios tienen.

 Para hablar del ejemplo que nos atañe el día de hoy, comienzo con recordarles que mi deseo profesional es ser psicoanalista, lo he querido desde hace 7 años y, por diversas razones, no he podido estudiarlo. Toda mi vida profesional, a partir del momento en que decidí ser psicoanalista, se ha enfocado en tener los ingresos necesarios para pagarme la escuela y el análisis. Como resulta evidente, eso no es sencillo, es muy caro formarse y, si además le sumamos mis problemas con la autoridad/malas decisiones profesionales/y otros pormenores, resulta imposible. Afortunadamente, el año pasado decidí que en 2012 comenzaría a estudiar psicoanálisis y que no podía ser de otra forma, haría lo que fuera necesario para lograrlo, desde tragar mierda en un trabajo que quede muy lejos o me traten mal o no me guste, hasta trabajar en una esquina (de intremediaria entre un hombre necesitado y sus orgasmos). LO QUE FUERA. Dicho con melodrama “se me iría la vida en ello”.

Afortunadamente, no se me ha ido (la vida) y puedo decir, con toda la emoción, orgullo y ojo Remi del mundo que hoy COMIENZO MI FORMACIÓN EN PSICOANÁLISIS. Si soy honesta, en ocasiones pensé que no llegaría que seguro mi inconsciente me jugaría chueco (o derecho, y yo soy la que va por el camino chueco) y no podría estudiar… aún así, aquí estamos.

Lo curioso, es que no estoy tan emocionada, no siento mariposas en el estómago, no me costó trabajo dormir (como me pasa cuando salgo de vacaciones o algo emocionante va a pasar, me da lombriz nocturna y duermo muy poco), de hecho me siento un poco desganada… ¡ES EL COLMO! ¿No? Tanto tiempo chingando con que quiero algo y ahora nada de nada, ni emoción ni nada… quiero pensar que es el miedo de aceptarlo, que tal vez, si dimensionara que comenzaré a estudiar lo que desde hace 7 años quiero, me moriría de nervios y emoción y gritaría como loca y bailaría como duendecito feliz. Tal vez, si estuviera dimensionado, y espesara lo que debo expresar, debería dar explicaciones en el trabajo (sobre mi comportamiento), sería oficial y entonces los demás también opinarían y juzgarían y dirían, y tal vez no quiero eso, tal vez es tan importante para mí que prefiero no sentirlo ni compartirlo, dejarlo dentro de mí, abrazarlo como un cachorrito hermoso recién nacido que aún no abre los ojos pero mueve la nariz y hace ruiditos…

Sí, ya que lo escribo me parece que esa es la razón, lo quiero sólo para mí, y aún así, no puedo dejar de publicarlo, de contarlo, de sacarlo, de nombrarlo para que sea real…

Y sólo porque soy bien cursi, les dejo una canción que tiene que ver con esto... (ja)

martes, 10 de abril de 2012

Hasta que te lo termines

Como buena mujer aprehensiva que soy, me gusta tener mis cosas bien organizadas, limpias, con un orden maravilloso, cuidadas, etc. Me gusta lo que poseo, no lo puedo negar, me emociona comprar nuevas cosas, vamos, que es lo mío.
Antes, era mucho más compradora, ahora procuro comprar sólo lo que me va a ser útil, es socialmente responsable tener, el precio y el valor son congruentes, y me quede o sirva para un propósito definido. Ya no más compras a lo pendejo, nada de tener mil pares de zapatos que amo pero que no puedo usar, no me quedan, me lastiman, no más. Así soy con todo ahora, responsable.

Y sí, uno podría pensar que mi casa es la típica casa de un acumulador, llena de cosas y cosas y cosas, casi como un museo de mal gusto... pero no es así (afortunadamente)... tengo muchos libros, pero de todo lo demás, cada vez menos, y hacia allá vamos con este post. Me encanta tener cosas, me fascina que tengo 5 tipos diferentes de Post-it´s (porque hay diferentes necesidades, no todas pueden ser satisfechas con la misma), plumas de diferentes colores, folder de diferentes tamaños, una foliadora, sobres, blablabla... Sí, me gusta, pero lo que más me gusta es terminarme lo que compro.

El verdadero placer lo encuentro en poder terminarme lo que compro, sin importar cuánto me guste. Es más, si me gusta mucho, la emoción es aún mayor: terminarse un delineador, unas sombras, el perfume, la cremita especial para las manos, la pasta de dientes, las Post-it´s, los cartuchos de las plumas... siento que sólo existen para que uno pueda terminárselos, y que eso es justo lo que debemos hacer: usarlo y usarlo hasta acabarlo.

Sé que soy una especie extraña de comprador o poseedor, porque a la gente, usualmente, lo que le gusta es tener y tener y no usar para que no se termine, pero yo no puedo, me gusta poder terminarme todo lo que compro, porque así, ¡puedo volver a comprar algo! Es más, hasta puedo comprar el mismo producto pero de otra marca, otro tipo, experimentar algo nuevo... un mundo de posibilidades que no podríamos experimentar si no terminásemos con lo comprado...

viernes, 21 de octubre de 2011

El GRAN ingeniero...

Casi no hablo/escribo de mi familia aquí, o tal vez sí y no estoy del todo consciente. El caso es que nunca he hablado, explícitamente, de mi abuelo* (y no quiero hacerlo de forma póstuma, como con mi abuela) y es justo y necesario.

Para empezar puedo contarles que mi hermano mayor y yo pasamos mucho tiempo con mis abuelos, mucho, mucho, mucho. Si estábamos enfermos, mi mamá nos subía al coche en la mañana y nos iba a dejar con la abuela (su ex suegra, no su madre), quien nos cuidaba. Si salían de viaje (mamá, papá o ambos) a quedarse con los abuelos (mi mamá a veces nos llevaba con unos amigos, pero eso no era tan seguido). Jugábamos en su casa, teníamos mil cosas ahí, mi abuela nos ayudaba a hacer las conferencias (porque no nos dejaban tarea, así que ella corregía las conferencias y el diario), nos acurrucaba y contaba cuentos para dormir (les he platicado de la historia de Benito Juárez, ¿no?), nos llevaban de vacaciones, a Reino Aventura, etc. etc. etc.

Por si alguien tiene dudas, mis abuelos son lo más maravilloso del mundo, lo máximo de lo máximo, no hay palabras que lo puedan expresar completamente, así que ustedes perdonen si mis palabras se quedan cortas...

Entonces, mi abuelo, EL Ingeniero (porque es ingeniero químico y la gente siempre le ha dicho Ingeniero, nadie le dice señor), acaba de cumplir 90 años, y dos de ser viudo. Pero, cuando era más joven, y yo también, era un hombre activo. Siempre ha caminado, o por lo menos así lo recuerdo yo, como pollo espinado, lento pero con unas zancadas enooormes (es alto, mide 1.87mts.), no muy rápido... no sé, a mí me daba la sensación de ser un hombre que no tenía prisa porque sabía que llegaría a su destino. Flaco, flaco, flaco, como si fuera a romperse; aunque una época (tendría yo 10 años) estuvo un poco panzón, supongo que botanear Churrumais y cacahuates antes de cenar le hizo justicia.

Tengo maravillosos recuerdos de mi abuelo en la alberca con nosotros, enseñándonos a nadar, jugando, cuidándonos. Cuando nos llevaban a Mi Ranchito (un hotel en Villa Juárez, a donde íbamos cada septiembre, para cobrar una renta) él jugaba dominó y cartas con nosotros (ji, recuerdo el año que perdimos una pieza del dominó, no estaba muy feliz que digamos), nos enseñó a jugar Cubilette (aunque sigo sin estar segura de cómo se juega), eso sí, si jugábamos Uno era mi abuela quien jugaba con nosotros. El caso es que estaba ahí, enseñándonos, dedicándonos tiempo, amor, cuidados, nunca mesuró nada. De hecho, hace poco me dijo que nos dio todo lo que pudo darnos y que si hubiese podido, nos habría dado más (¿cómo puede pensar que había más que dar cuando nos dio todo y más de lo esperado, obligado o deseado?), así nada más, ésa calidad humana.

Cuentan sus hijos que no fue un padre muy cariñoso, sino un poco distante físicamente, pero yo no recuerdo así a mi abuelo. Sí recuerdo que no era de abrazos y cosas así, pero no era frío, por lo menos no lo es con nosotros.

No estoy diciendo que fuera un santo o perfecto, porque no creo que alguien pueda serlo, pero estoy convencida de que llega un momento en la vida que uno debe escoger qué quiere recordar de los demás, y yo de mi abuelo esto es lo que quiero recordar. Si tiene errores no me importan, no los tuvo conmigo (con excepción de la vez que me gritó porque mi papá no fue a cuidarlos y no tuvo ni la amabilidad de avisar... que no era culpa mía y a mí me tocó el grito) y no es lo que yo quiero recordar de él.

Sí, sí, sí, cuando llegué a la adolescencia, fue un poco difícil convivir con él, porque él sí sabía y yo no porque estaba muy joven. Pero, vamos, que todos los adolescentes son difíciles en esa época, así que nada nuevo.

Hace 6 años, con 84 en su haber, enfermó y terminó en el hospital (los detalles no interesan ahora), 6 semanas después regresó a casa, con 24 kilos menos, y más viejo (yo digo que fue la consecuencia de jubilarse, porque vayan ustedes a saber qué debe hacer un hombre en su casa todo el día cuando trabajó 75 años). Por cuestiones de salud, a partir de ese momento necesitó atención constante, así que los hijos (suyos) se organizaron para estar con ellos, blablabla. Esta no fue una época sencilla para mí, él era muy demandante, y no sabía cómo lidiar con eso...

Finalmente, hace dos años murió su esposa, algo terrible y tristísimo para todos. Pensamos, en ocasiones, que mi abuelo podría morir pronto, de tristeza... pero no fue así. Y, algo mágico pasó, de repente me dí cuenta de que había pasado los últimos 3 años enojada con él, y que no quería que eso continuara, uno no sabe cuándo pasan las cosas y yo quería disfrutar todos y cada uno de los días que lo viera. No sé qué pasó en él, pero también cambió conmigo, se deja abrazar, apapachar, consentir, querer, como si se hubiera caído la coraza que traía y ahora fuera sólo él quien estaba ahí.

Estos últimos dos años han sido tan maravillosos como mis recuerdos de él, he disfrutado cada minuto en su compañía, le he dado y he recibido amor, atención, tantas cosas. Tal vez ya no se meta a la alberca con nosotros, ni nos lleve a Reino Aventura ni juegue dominó, pero sigue siendo un placer estar con él, y puedo decir que me siento afortunada de que él, EL Ingeniero, sea mi abuelo.

*No sé si a alguien le interese, pero mis abuelos, de los que siempre hablo, son los paternos.

martes, 4 de octubre de 2011

Lo damos por hecho

Ayer recibí un correo de F***, un amigo que conocí hace 12 años, y con quien he tenido una relación extraña (a veces muy cercana, otras lejana), pero a quien quiero y aprecio muchísimo. Decía que justo ayer me envió un correo, y me conmovió hasta la médula, me pareció uno de los correos (cartas, mensajes, palabras) más hermosas que alguien pueda escribir, y no porque fuera romántico (todo lo contrario), sino porque era honesta, porque a veces damos por hecho que el otro sabe lo mucho que lo queremos y nunca se lo decimos, como si las palabras de cariño, respeto, admiración, amor, fueran exclusivas para la pareja; así que vamos sin decirle a los amigos lo mucho que significan para nosotros, lo maravillosos que son, inclusive lo guapos y sensuales que puedan ser (sin sentir miedo de que pueda tomarlo como una propuesta). Palabras que expresan lo que esa persona y la amistad significan para nosotros, pero también lo que él (o ella) es en sí mismo, independientemente de qué recibes tú.

¿Por qué si decimos que los amigos son importantísimos y demás, nunca se los decimos? Vamos por la vida dando por hecho que la amistad durará, que ésa persona ya lo sabe y que no es necesario decirlo (o que sería cursi hacerlo) y, a veces, algo pasa y no vuelves a verlos (por decisión, muerte, lo que sea) y te quedas así, sabiendo que él/ella ya no está, y tú no le dijiste que era importante...

Pasan muchas cosas que no podemos preveer, y se nos olvida decirle a quien queremos eso: que los queremos.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Si alguien vio mi amargura, regrésela por favor

No pregunten por qué, pues no hay respuesta aún, pero hoy, a pesar de la horrible tos que me cargo (y saco bastante más seguido de lo que quisiera, a pesar de haberme metido dos Tesalón perlas en la mañana) y de las prisas, ando con un humor increíble. Y eso, parece que cada vez es más regular en mí; me estoy preocupando, porque una cosa es que se disfrute algo, pero venir todos los días cantando mientras bajo del estacionamiento a la oficina, o bailar como duendecito feliz en mi lugar mientras canturreo de emoción por empezar a "trabajar", está mal... yo soy un ser amarguete, que le gusta ver siempre el lado pesimista de la vida, súper analítica en incapaz de simplemente dejarse ir... y véanme aquí, me doy vergüenza a mí misma.

Y no, no ha pasado nada especial que me haga cambiar, tampoco hay un futuro próximo maravilloso, nada en realidad, sólo lo cotidiano. Tal vez, en un descuido, me he convertido en mi amado Akakiy Akakievich:

"Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberes... y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como
fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.
(...)
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan."



Les recomiendo, y sólo porque yo lo amo, que lean El Capote, de Nikólai Gogol, sin duda alguna, se enamorarán también.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Bolillo, recién horneado

Ayer decidimos cenar molletes, pero no teníamos bolillos, así que me aventuré y pasé, de camino a la casa, a una pequeña panadería que hay camino a la casa (el el Pueblo de Santa Fé, aunque en realidad se llama Lomas de Becerra). Y en verdad es pequeña, no tenían mucho, pero había variedad, y los precios eran bastante accesibles (me enteré hasta que pagué, pero me pareció bastante barato pagar $16 por 4 bolillos, 2 cuernitos y 2 mino donas-tontas).
Lo mejor de lo mejor es que los bolillos recién habían salido del horno, ya no estaban calientitos, pero sí crujientes, recién horneados, caray. Y punto, no hay cosa más maravillosa que un bolillito así (bueno, sí la hay, cuando todavía siguen calientes). Amo con toda mi alma los bolillos recién horneados (que no todo el pan, es una relación especial y única con los bolillos), y sí que hay una explicación (por si el Dr. Freud está leyendo esto):

Cuando éramos niños pasábamos mucho tiempo con mi abuelita y, a veces, la acompañábamos a hacer las compras a Aurrerá (pueden imaginarse a la mujer "anciana" de 70 años lidiando con dos escuincles peleoneros en el súper... qué culpa tenía ella). Todas las veces pasábamos por la panadería, y si había bolillos calientes, compraba varios y nos dejaba ir comiéndolos ADENTRO DEL SÚPER, todavía calientes...

Un recuerdo más que maravilloso para mí, y una tradición, porque es algo que siempre hago cuando voy al súper (o a la panadería) y descubro que acaban de salir los bolillos del horno (como si tuvieran vida propia y ellos mismos decidieran salir, ja ja), compro dos y me los como en el súper. Sin vergüenza ni nada, porque una cosa es abrir los empaques sin haberlos pagado, y otra cosa es omitir uno de los más grandes placeres de la vida, que más que un placer, ya pensándolo, es un deber.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Pasto, recién cortado

Amo el olor del pasto recién cortado, me fascina tanto que cuando llego a olerlo muevo la nariz como cerdito (particularmente como la cerdita de Tiríndaro que era mi amiga) y sonrío cual vieja tonta. No estoy segura de por qué me hace sentir así, ni siquiera sé qué parte es la que más me gusta, pero me gusta. Tal vez tenga que ver con mi infancia, el olor a pasto recién cortado en casa de mis abuelos, o la emoción de arrastrarme en los pastotes (había una parte en casa de mis abuelos, donde ahora está la casa de mi tía, que casi nunca cuidaban, entonces ahí el pasto llegaba a casi un metro de altutra, y la llamábamos La Selva) de La Selva mientras salvábamos al mundo de algún enemigo mortal (mi hermano y yo, obviamente). Podría también ser por el paso de CU, donde pasamos cantidades casi sospechosas durante nuestra infancia (entre que mi papá trabaja ahí y nos llevaba de niños, y que fuera del horario de trabajo, ahí decidía llevarnos a jugar).
Tal vez no sea ninguna de las anteriores. Al final, ni a mí me importa mucho (ja, claro que sí me importa, probablemente pase todo el tía tratando de dilucidar el cuándo de esta situación, pero eso no debo escribirlo aquí, que no es sesión de psicoanálisis), lo que debe ser importante es disfrutar, en cada ocasión, el delicioso olor del pasto recién cortado (preferentemente con rocío, eso me gusta más), y controlar las ganas de echarme pecho-tierra para salvar al mundo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Pluma fuente


Me fascinan las plumas fuente más que cualquier otro artículo de papelería (y déjenme decirles que amo la papelería en general, en particular, y como entelequia). Recuerdo la primera que tuve, me la compró mi papá para mi cumpleaños 9, recuerdo no sólo que era un modelo muy popular (que aquí quiere decir que mi tía Coquis también tenía una), sino todo lo relacionado con ella: estábamos en la asamblea (era viernes, y en la primaria todos los viernes había asamblea) cuando volteé a una de las puertas y ahí estaba mi papá, sonriéndome mientras, lentamente, metía su mano en la bolsa de la camisa y sacaba con mucha sutileza la pluma... se me cortó la respiración, ahí estaba mi preciada y añorada Pluma Fuente... todavía lo recuerdo como si fuera ayer, todo, un momento tan importante en mi vida (aunque yo no lo supiera en ese momento, como siempre pasa). No recuerdo qué pasó entre ese momento, la presentación, y que comencé a escribir, mis siguientes recuerdos son con la pluma, usándola y disfrutándola. Tampoco recuerdo qué le pasó (yo nunca he sido de perder las cosas, así que seguro no se me perdió, o recordaría ese trauma), pero a partir de ella desarrollé un vínculo invisible con las plumas fuentes.
 
Sí, uno podría pensar que es sólo una pluma, que es una farolada y que no hay motivo alguno para su existencia, pero no es así. Para mí, que soy zurda, las plumas fuente han sido el único medio que tengo para escribir sin sufrirlo (porque, para mí, escribir en la compu no es lo mismo, no es escribir) y además uno que disfruto muchísimo (escribir, aunque termine con mi pobre callito adolorido y lleno de tinta).
 
Qué placer me causan las tintas, las plumas, y la posibilidad de utilizarlas. El trazo con una pluma fuente es mucho más bonito, es capaz de decir mucho más de tí en cada palabra, le da personalidad, y eso me parece indispensable, aunque suelas escribir sólo para tí (eso es lo que yo hago). La posibilidad de escribir, y escribir y seguir escribiendo, lo que piensas, sientes, deseas, o debes es personal, en cada letra y trazo te vuelvas, ahí estás tú, y si es con pluma fuente, es más cerca de tí misma.

Uno de mis deseos ocultos es comprarme una pluma fuente antigua, con todo y tintero, y usarla para escribir... eso sería digno de una gran historia, tal vez, hasta podría ser mi vida, siempre y cuando no se quede sólo en el tintero (que es aquél lugar en el que se quedan los asuntos pendientes).

lunes, 12 de septiembre de 2011

La insatisfacción parece eterna...


Por desgraciada no fui dotada del don de las pocas expectativas, tengo muchas expectativas y además sufro cuando no se cumplen. Así soy.

Afortunadamente, también soy capaz de ver la felicidad y satisfacción absolutas en las situaciones, objetos, palabras o cosas más nimias, y eso me parece una gran virtud. Desgraciadamente, no lo recuerdo con tanta regularidad como me gustaría.

Por eso inauguramos una nueva sección en e blog, destinada sólo a nombrar lo que me hace bailar como duendecito feliz.