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miércoles, 13 de marzo de 2019

El placer de las pequeñas cosas

He escrito en diversas ocasiones, y quien me conoce lo sabe: me parezco mucho a mi papá: el sentido del humor, la "sensualidad" en las caderas, los mocos, las expresiones, la pasión por la lectura. Muchas de esas cosas en común son aprendidas (aprehendidas), copiadas, tal vez algunas vengan por genética, pero de todas ellas, la que más me gusta (y más agradezco que él tenga porque yo pude aprenderla) es el placer de las pequeñas cosas.

Pero, para entenderla, es necesario hacer una breve descripción de mi papá. Es químico y se ha dedicado, toda su vida, a la investigación y la docencia, desde hace treinta y tantos años trabaja en la UNAM y, como él dice, "no trabajo, hago lo que me gusta y me pagan por ello". No recuerdo ni una sola queja sobre su trabajo, ni un solo día en que no tuviera ganas de ir a trabajar. Ni siquiera los fines de semana dejaba de trabajar, ni cuando ha estado enfermo; yo lo recuerdo desde las 6 de la mañana trabajando, emocionado y apasionado por eso que estaba haciendo, curioso por aprender algo nuevo, siempre.

Además del trabajo, le gusta el cine, la música (fue violinista), los libros, los cómics. Compartimos [su] cuenta en kindle y constantemente nos recomendamos libros, leemos a la par (es decir, presionándonos el uno a la otra) el mismo libro, buscamos alguno que podría interesarle al otro. Es nuestro pequeño mundo compartido, porque nadie más de la familia lo hace con nosotros.

Ahora sí, volvamos al placer de las pequeñas cosas. Recuerdo que, cuando era niña, mi papá siempre traía una libreta en la bolsa de la camisa (la libreta de pensamientos sublimes), y cómo le emocionaba su libreta, comprarla, usarla, tenerla. Lo mismo pasaba con las plumas, los lapiceros, los marcatextos, todos ellos le producían una felicidad que llevaba siempre un bailecito de felicidad, una sonrisa, un movimiento de caderas de emoción. Encontrar un libro que pudiera ser interesante le emociona muchísimo, ver el inicio de una película y compartirlo, preparar algo vegano para comer, descubrir platillos y opciones, germinar sus semillas y luego comérselas (y compartirlas, muy importante). Le gusta inventar canciones sobre cosas cotidianas, le canta a los perros, les habla como si fueran personas (ingenieros, doctores, pacientes del psicoanalista, a quien él encarna). 

Puedo decir, con absoluta convicción, que mi papá es un hombre feliz, satisfecho con su vida; un hombre que, cuando muera, morirá bien, en paz, porque tuvo una buena vida, plena, feliz. Y no, no creo que sea feliz porque haya hecho grandes cosas, o porque sus equivocaciones fueran pequeñas (vaya que no lo son), sino por las pequeñas cosas, porque todos los días disfrutó algo, por muy pequeño que fuera; y eso hace toda la diferencia y hace que valga la pena vivir, incluso lo malo y con lo malo.

Y, de alguna extraña forma, yo aprendí eso, a ser feliz con las pequeñas cosas, a sentir placer por detallitos, a disfrutar nimiedades, a sentirme en paz, feliz, satisfecha todos los días, aunque fuera sólo un rato, a separar lo que me duele de lo que me causa placer y felicidad. Es el placer de las pequeñas cosas lo que me ha permitido seguir viviendo, disfrutar todos mis días, dormirme feliz y despertarme emocionada; anhelar el futuro y lo que pueda traer, estar en paz porque el día que sea que me muera será un buen día, sin asuntos pendientes, sin arrepentimientos. Porque, con todo y lo malo, el dolor, las faltas y los agujeros, mi vida es una buena vida, que vale la pena vivirla.

Visto así, aprendí a vivir y cómo vivir de mi papá, y eso, no es una pequeña cosa.

jueves, 14 de febrero de 2019

Mi familia: amor silenciado

¿Han visto que hay familias que expresan el amor que se sienten? Que, además, lo hacen de forma explícta, con palabras, con abrazos, con gestos. ¿Qué clase de gente hace eso? Me resulta demasiado extraño.
Mi familia, por tradición y aprendizaje, silencia el cariño, la admiración, el reconocimiento. Si alguien admira algo de otro miembro de la familia, de desvive en decírselo a los demás, en contarle (a extraños) lo maravilloso que es alguien, pero jamás se lo dice a esa persona.
El sábado, platicando con mi papá, él dijo que nuestra familia escondía esas cosas, que sus padres nunca le dijeron que estaban orgullosos de él, que le admiraban, nada. Tan era así, que él estaba seguro de que su hermano menor era el favorito de sus padres, pero todos sabíamos que no era así, que el favorito era mi papá. El menor, en realidad, era el pobrecito, el inútil, el que necesitaba todo el apoyo, dinero y atención porque solito no podía. Y esos, como decía una amiga, nunca son los favoritos. Pero, mi papá no lo sabía, toda su vida estuvo convencido de que él no era meritorio de reconocimiento, admiración o un cariño especial por parte de sus padres. Porque se silencia, en mi familia el amor se silencia.
Lo mismo pasaba desde mis abuelos a nosotros. Yo sabía (siempre supe y sabré) que mi abuela y yo teníamos un vínculo especial, pero no que yo fuera la favorita, o la más querida, o algo así. Cuando ella murió, varias de mis tías se acercaron a decirme que yo era lo más querido de mi abuela, que nunca fue más feliz que cuando yo nací. ¿Por qué? ¿Qué me hacía tan especial? ¿Por qué nunca me lo dijo?

¿Por qué hacen falta las palabras para sostener lo evidente? Y, aún más, ¿por qué es tan difícil decirlas?

Mi papá es un poco así. No expresa su cariño hacia nosotros... más bien, no lo expresaba. Hace un mes, más o menos, estábamos platicando por whatsapp y me mandó un "te quiero mucho". 37 años y, finalmente, lo había dicho. Nunca me había dicho que me quería, y sí, uno podría decir que es evidente, que se nota en muchos detalles; pero el punto no es ese, es que nunca lo había dicho. El año pasado hizo una fiesta por su cumpleaños, y en un discurso dijo que estaba muy orgulloso de sus cuatro hijos, que incluso, le parecíamos tan excepcionales que le gustaría que fuéramos sus amigos. Sé que suena raro, pero también bonito, porque implica reconocer quiénes somos más allá de la filiación. Claro, al mismo tiempo, implica no reconocer que somos diferentes entre los cuatro. Otra vez, silenciar lo que nos hace únicos y especiales. Sí, sí, entiendo que hubiera sido feo "diferenciar" en público, pero también, al no hacerlo, es como si nada se dijera. Porque no somos iguales, ni de personalidad, ni de actos, ni respecto de él; la relación que cada uno tiene con él es bien diferente, tenemos pasados compartidos bien diferentes, y le tratamos de formas diferentes. No, no somos iguales, y no, juntarnos a los cuatro en ese conjunto, no estuvo padre. 
Por supuesto, no tomó mucho tiempo para que uno de mis hermanos dijera "a huevo, mi papá está orgulloso de mí, voy a dejar de trabajar". (¿Alguien más nota que esa respuesta es completamente tonta y fuera de lugar, que es imposible inferir eso?)

Resulta un poco contradictorio que, por una parte, yo reconozca que es necesario apalabrar, nombrar las diferencias y, por la otra, que me incomode cuando eso pasa. Tampoco podríamos esperar que lo aceptase como si nada, después de tantos años.

Siento como si, de repente, tuviera que reacomodar los lugares y las relaciones en la familia. Como si este empezar a hablar implicara que mi lugar en la familia es diferente y, al mismo tiempo, el mismo. Ya tiene muchos años que la esposa de mi papá dice (frente a cualquiera) que a mi papá nada le hace más feliz que pasar tiempo conmigo, lo cual implica que soy especial (tal vez ¿la favorita?), pero sigue estando como "por confirmar" hasta que mi papá también lo diga. Sí, cuando lo diga, me voy a seguir incómoda, tal vez un poco culpable porque eso deja a mis hermanos ¿dónde?, aunque sepa que así es, y que es algo que se sabe.

Mi amiga decía "el que necesita nunca es el favorito", porque a ese hay que darle porque necesita, porque se sabe que no dar tiene consecuencias negativas, porque no se le puede desproteger. Pero eso también hace que el favorito, el que no necesitó, el que salió adelante solo, tenga todo el mérito por sí solo y, por lo mismo, que se lo quite a los papás. Si nunca necesitó, eso significa que los padres quedaron relegados de protagonismo, de méritos, de reconocimiento. ¿Cómo puede ser tu favorito el que menos te necesitó, el que nunca te pidió ayuda, el que no te convocó? ¿Cómo puedes querer más a quien te mantuvo a cierta distancia? ¿Cómo funciona eso?

Tal vez, la etiqueta de "favorito" implica ambas cosas, reconocer que el otro es bien chingón, y reconocer que uno se alejó de allí; que no se necesita de uno para que el otro florezca, devenga, sea, que el otro es maravilloso porque lo es, y que tal vez el único mérito que se tiene del otro lado es haberse alejado, haberle dado espacio. Y tal vez, eso haga que ser el favorito sea doblemente chingón, porque uno lo es porque lo es, y desde allí, las relaciones con los padres pueden ser otras.

jueves, 7 de febrero de 2019

Alguien tiene que recordar nuestra historia, alguien tiene que contarla

Hace dos días recordé las historias que mi abuela solía contar sobre su papá. Eso es algo común, constante, recuerdo esas historias, su pasado, lo que me contaron, lo que viví con ellos; pero, yo no tengo a quién contárselas, nadie que escuche.

¿A quién contarle cómo mi abuelo fue "enviado" a la Revolución, pero que antes tuvo que casarse, para que alguien se quedara con sus cosas por si moría (¿qué tenía, qué era lo que había que dejarle a alguien más? no lo pregunté, nunca pregunté y, ahora, es imposible saberlo)? Mi bisabuelo, Joaquín, quien fue escolta de Madero, quien con sólo quince años aprendió a matar, a sobrevivir, a mandar a otros para que mataran, para que sobrevivieran. Ese hombre que, en dos ocasiones, estuvo a punto de ser fusilado PERO que fue salvado, en ambas ocasiones, porque el jefe de los otros (tampoco pregunté quiénes eran los otros, contra quiénes y en qué momento) afirmaba: A LOS VALIENTES NO SE LES MATA. Ése es el bisabuelo que yo tengo, un hombre valiente, con principios, un hombre cuya vida valía ser vivida.
No se trata de hablar de la Revolución, de decir qué bando, en qué momento, hizo lo correcto o no. No. Se trata del hombre que fue el padre de mi abuela, de la historia de aquél que nos enseñó que la vida, vivirla, es algo que se gana, con honor, con valentía, con respeto hacia los otros (incluso, hacia los enemigos).
Joaquín, ese hombre que siguió en el ejército tal vez (tampoco pregunté) hasta su muerte "prematura". Ese hombre que sabía vestir el uniforme, no de un ejército, sino de una patria que amaba, que le enseñó a sus hijos a amar, a servir a sus habitantes, a respetar.
Un hombre que, después de haber matado, durante años, regresó con su familia, con su esposa, sus tres hijos. Un hombre que vivió la muerte de dos de sus hijos, aún jóvenes. Ese abuelo del que, incluso a pesar de su aspereza, es relatado como cariñoso.

¿A quién contarle de mi bisabuela, que perdió a uno de sus hijos, porque el miedo de haber perdido a su marido en la Revolución (cuándo, qué pasó, por qué lo creyó muerto... no lo pregunté) hizo que dejara de dar leche, y no tuvo con qué alimentarlo? ¿Qué hijo era? ¿cómo se llamaba? Ya no hay nadie vivo que lo sepa, que lo recuerde. Ella, Sara, una mujer bien cabrona, la menor de sus hermanos, que tuvo que salir a trabajar, a los diez años, porque habían perdido a su padre (¿también a su madre?) y alguien tenía que trabajar para que comieran. Esa mujer que viajó con su nieta a Asia, que cambió de religión/iglesia cuando le dijeron que no estaba permitido el uso de joyas, que un día, a sus 82 años, se fue a acostar temprano porque se sentía cansada, y no volvió a despertar.

Ahora, sólo una persona viva recuerda a Polita, hermana de mi abuela. A la médico que, según me contó mi tía que le contaron, decidió no casarse, para ser más libre, para poder trabajar... esa mujer hermosa, cariñosa con su sobrino, que murió tan joven, de improvisto. 

¿Quién contará estas historias? Mi historia. Porque yo crecí entre ellos, y es de ahí de donde vengo. Aunque hayan pasado ochenta años entre el inicio de esa historia y yo, el tiempo no hizo diferencia, no nos separó.

¿Pasará lo mismo con las historias de mis abuelos? ¿Le contará mi hermano a su hijo sobre el abuelo, sobre cómo sabía sacar una tuna y comérsela sin quitarla del nopal? ¿cómo hubo épocas en que sólo comían plátano porque no podían comer más? ¿cómo estudió en San Ildefonso? ¿Seré yo quien le cuente a él, a mi sobrino, sobre mis abuelos, sobre mi padre, sobre la casa en la que todos crecimos? ¿Le contaré lo que hacían sólo conmigo, o para mí, o las cosas generales? ¿cómo mi abuela, todos los días, leía la Biblia por la mañana, a medio día Sherlock Holmes, y por la noche veía películas de acción? Cómo, cuando éramos niños, corría con nosotros, me mandaba a la calzada por hierbas de olor para guisar, que disfrutaba los zapotes que daba el árbol, o cómo siempre había espacio en sus brazos para un cariño, espacio en su sillón para sentarse con ella, tiempo para enseñarnos algo, piojito e historias para antes de dormir. 
Hace un par de días, la mamá de mi hermano me contó que él no entendía de dónde le venía el gusto por que le hicieran piojito, y ella contestó que eso era cosa mía, que yo le hacía piojito cuando era chiquito, para que durmiera. ¿Sabrá mi hermano que ese piojito "nuestro" es también el mío con mi abuela? ¿Sabrá él que así yo aprendí que sentía el amor, porque ella me enseñó? ¿y ella? ¿dónde aprendió, alguien le hizo piojito cuando era niña, o lo descubrió cuando tuvo a sus hijos? 
Ahí estamos, tres generaciones, tal vez cuatro, en un solo gesto de amor. ¿Le hará él piojito a sus hijos, si los tiene? ¿Pasaremos todos nosotros por ahí, en algo tan pequeño y, al mismo tiempo, tan enorme y con tantas historias juntas?

Por eso, alguien tiene que contar nuestra historia, alguien tiene que escucharla. Sin importar cuántos años han pasado desde que murieron siguen aquí, todos los días y, por eso, alguien tiene que contar la historia, recordarlos, reconocerlos allí, donde siguen vivos, donde aún hablan.






martes, 25 de septiembre de 2018

Hija de mi padre

Mi papá y yo no tuvimos una relación cercana durante 34 años (tengo 36); no teníamos una mala relación, pero tampoco una buena relación. No salíamos a comer, a tomar algo, a hacer algo, sólo nos veíamos tres o cuatro veces al año si, y sólo si, yo iba a visitarle a su casa. Durante más de 20 años, existió la prohibición (implícita, pero bien clara para todos) que mi papá no podía salir con sus hijos de la primera camada (mi hermano mayor y yo) solos, sólo podíamos ver a mi papá si iba su esposa. Por qué, no lo sé, como era implícito, nunca lo hablamos ni tratamos de corregirlo, hasta que un día (tendrá 3-4 años) mi hermano le dijo a mi papá que era el colmo que no pudiera ver a sus hijos si no era en su casa, con su esposa ahí (ahora que lo pienso, mi papá y hermano sí se veían solos, comían a veces en la universidad, y pasaban poco tiempo juntos... lo cual me hace pensar que la prohibición se refería específicamente a mi).

Después de que enfermó, hice un esfuerzo en irle a visitar, pasar un rato de domingo con él, platicar sobre libros, ver algunos inicios de películas (le gusta poner los inicios de las películas, para ver cómo están, no tanto ver la película completa), desayunar o comer.

De repente, comencé a escuchar de su boca, de su esposa y en la sobremesa, que yo era la consentida de mi papá, que no había nada en su vida que le hiciera más feliz que pasar tiempo conmigo. Podrán imaginar el desconcierto que sentí, porque ni pasábamos mucho tiempo juntos, ni solía invitarme a verle. 

En Semana Santa de este año, me invitó a que fuéramos a una feria del libro en la Alameda, ¡obviamente dije que sí! libros, libros, libros. Pasó por mi al trabajo, fuimos al centro, nos estacionamos a unas cuadras de donde íbamos y, como él quería comer comida china, caminamos sobre Av. Juárez hacia el zócalo. Íbamos a cruzar Eje Central (una avenida de 6 carriles) y el semáforo marcaba sólo 15 segundos más, así que apretamos el paso, cuando el semáforo iba por el 7, ambos comenzamos a gritar: 6, 5, 4, 3, 2, 1 ¡maaaaaaambo! ¡hum! y nos pusimos a bailar (aún sobre la avenida). Al llegar a la banqueta, entre risas, sólo pude decirle "ahora entiendo por qué mi hermano mayor ni quiso venir con nosotros".

Justo en ese momento me di cuenta de que esa frase de Lacan "no hay que matar al padre, sino servirse de él", tenía varios matices; yo no había matado a mi padre (simbólicamente, nadie propone el parricidio li-te-ral), ni había renegado ser su hija; de alguna forma y con el paso del tiempo, había podido disfrutar esas cosas mías que también son de él, que tiene él, comenzar a crear lazos entre nosotros, historias y recuerdos que no estuviesen atravesados por la obligación de la paternidad. 

Sólo nos tomó 36 años tener una relación, pero ha valido la pena. Ahora nos mandamos mensajes para contarnos tonterías de libros, de series, de noticias, para platicar un poco. Compartimos cuenta de kindle y leemos los mismos libros al mismo tiempo para poder platicarlos, nos vamos presionando uno a otro (ambos leemos mucho), hacemos "como que" nos contamos qué pasa, para que el otro apriete el paso y termine el libro. Salimos a desayunar, a tomar café, platicamos.

Sólo tomó 36 años, pero sucedió antes de que él muriera, tomó mucho tiempo, pero no demasiado.
Ahora, tengo una relación con mi padre que es nuestra, que hemos construido desde donde y como somos, sin expectativas, sin reclamos, sin necesidades; no es una relación ortodoxa, pero es nuestra. Al final, no sólo no hubo necesidad de matar al padre, pude servirme de él y construir con él.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Relaciones mezcladas

Seguramente he escrito al respecto pero, si no, comencemos por el principio: fui criada, cuidada y querida por mi abuela paterna. No es que mi madre no estuviera presente (vaya si lo estaba, y no en el buen sentido), es simplemente que desde pequeña fue mi abuela quien se encargó de la parte de cuidados y de amor en lo que a mi respecta (sí, es curioso que no sucediera así con mi hermano, que sólo es 13 meses mayor que yo).


Así las cosas, mi madre es/fue mi abuela; a quien escucho en mi cabeza cuando hago travesuras o muladas, quien se ríe conmigo de mis chistes, a quien le cuento lo que pasa, quien es mi referencia en cuestiones de cuidados y de amor. [Tal vez habría que decir que ella murió hace 9 años (como ya conté por acá en ese entonces) y que sí, tal vez estoy medio loca por hablar con mis muertos, pero son míos y yo hago con ellos lo que se me dé la gana.]



En los últimos tiempos, he caído en cuenta de que no soy yo la única que considera que mi madre fue mi abuela:
- Mi abuelo, me decía "háblale a tu madre";
- Mi papá, a veces habla de nuestra mamá;

- Un tío, hace poco, relataba una historia de cuando él y mi papá eran niños "y tu mamá se enojaba un montón porque ensuciábamos la ropa". Y no, no se refería a la mujer que me parió.

Pareciera que ambas categorías mías se confunden y se mezclan: soy la hija, soy la nieta, soy las dos. En las historias familiares, ella siempre es mi madre, se refieren a ella así pero, al mismo tiempo, su marido (mi abuelo) no deja nunca de ser mi abuelo, ni mis tíos mis tíos, ni mis padres mis padres. Simplemente, en lo que respecta a mi abuela (o, tal vez, debería decir a "nuestra relación") la relación es doble, confundida y mezclada.

Yo decidí, hace muchos años, que ella era mi madre, que en esto que es mi historia y mi vida, yo podía elegir qué lugar le correspondía a cada quien y que ella sería, había sido y será mi madre (lo cual, curiosamente, no cancela que mi madre también es otra, y que no dejo de reconocerlo así). Esta decisión me dio paz, me permitió sanar y re-contar mi historia, dejar de sentirme sólo vacío e incomodidad, sentir amor, calientito y sonrisas. Sé que esto es mi decisión y es respecto de mi historia, nada más...

Y, aún así, escucho a la familia contar historias de mi madre, como si eso que yo re-conté es en realidad lo que pasó, como si algo de eso sí hubiese sucedido, como si esta historia, la mía, también fue la de ella y, en tanto suya, también decidió ser mi madre.

Así, tengo historias con mi madre, con mi abuela, con mi abuela y mi abuelo, con mi madre y mi abuelo, con mi madre y mi hermano (su nieto), tantas variedades que, aunque podrían, no se confunden ni se cancelan. ¿Quién dijo que uno sólo puede ser una sola persona para alguien más?

sábado, 10 de noviembre de 2012

Asuntos pendientes

Solemos ir por la vida sin considerar el futuro, no los planes o fantasías que tenemos sobre nuestro futuro, sino más bien lo que puede pasar después, dando vuelta en una esquina, los imponderables que a veces arrollan nuestro ser, lo inesperado.

La vida es un plan, una gran fantasía y sólo pensamos en eso y en naderías. Y, de repente, te golpeas contra lo Real, eso que existe y está y no has ni considerado ni imaginado ni simbolizado, lo que ni siquiera sabes cómo nombrar, expresar, sentir. De madrazo lo tienes ahí y se te mete, comienzas a sentirlo en la boca del estómago, en el corazón, en el pulso, el sudor, la piel, la espalda... todo el cuerpo se llena de realidad y pierdes control. Buscas palabras para explicarlo, entenderlo, pero no las encuentras; escuchas una voz en tu cabeza que grita y llora y berrea de dolor y angustia y no puedes callarla, no puedes pararla, ni siquiera puedes entenderla o sentir empatía. Todo tu ser ha sido invadido de eso: angustia.

A veces, cuando lo Real está aquí, cuando la angustia te respira, sientes que vas a morir de dolor, deseas morir sólo para que pare, es insoportable, y no sabes siquiera si en algún momento se irá. 

Ante lo inesperado y una posible muerte, te preguntas qué has hecho, cómo pudiste pasar tanto tiempo perdido en pendejadas cuando lo importante estaba ahí, ignorado, arrumbado. Cuando tu padre está tan enfermo en el hospital y nadie sabe si vivirá o no, te preguntas si tienes asuntos pendientes, si has sabido perdonar, entender, aceptar, querer... cuando has perdido a las personas amadas y más importantes, aprendes que el tiempo no está comprado, que cualquier día vienen los muertos por alguien más; y sólo tienes una opción: no dejar asuntos pendientes, ser y sentir sólo eso, lo que eres y sientes, aceptar y escuchar a los demás, dejar las expectativas a un lado y aprender a vivir con el otro como él/ella es, sin más.

Cuando la muerte está tan cerca, la angustia te ahoga y corroe, la incertidumbre es absoluta. Agradezcco que, pase lo que pase, no tengo asuntos pendientes, que he amado, aceptado y disfrutado a mi papá como él es, sin esperar más, que he dejado las expectativas, reclamos y necesidades no cumplidas atrás. Que hoy, ya no importa lo que pasó, sino lo que vivimos en el presente, y que si no hay un futuro, tampoco habrá nada que cause culpa, palabras que no se dijeron, dolor por haber dejado pasar momentos importantes.

Si la muerte llega, sé que el tiempo que tuve fue aprovechado.

viernes, 28 de septiembre de 2012

No me da tiempo, no puedo hacer las dos cosas...

Recuerdo, hace muchos años, que mi hermano mayor decía que no podía estudiar y trabajar al mismo tiempo, que le era casi imposible y que por eso necesitaba ayuda de cuanto estuviera dispuesto a ofrecérsela. Yo, obviamente, lo consideraba una exageración, si yo había hecho mi licenciatura con uno y a veces dos trabajos y no tuve problema alguno, es más, hasta tiempo para ir al teatro y salir con los amigos tenía. No había excusas, así de fácil y sencillo.

O, eso creía yo hasta que empecé a estudiar la especialidad. Para quien no lo sepa, estoy haciendo una especialidad en psicoanálisis lacaniano (empecé en agosto y dura año y medio) y voy a clases lunes y jueves de 7:00-10:15. En principio, no suena tan terrible, ¿no? Son sólo dos días a la semana, de tres horass cada uno, ¿qué tan difícil puede ser? Claro, eso pensamos todos hasta que dimensionas:
Estoy estudiando psicoanálisis, los libros de Freud son complejos, leerlos toma tiempo, entenderlos mucho más... y, además, es psicoanálisis lacaniano, lo que implica leer a Lacan y él sí, escribe de forma casi inentendible, cada párrafo debe leerse varias veces y aún así no entiendes casi nada.

A esto le sumas que no lees sólo dos páginas para cada clase, no, lees el libro entero o el capítulo o artículo completo (y complejo), y, también están las lecturas opcionales...

Así que, si somos honestos, la cantidad de ensayos/libros/artículos y demás cosas que tengo que leer es E N O R M E, sobre todo porque no pretendo hacer una especialidad por "encimita", sino aprender todo lo posible, leer y estudiar todos los textos (por lo menos de Freud y Lacan) sobre cada tema, leer otros autores, etc. Y, me veo, en la misma disyuntiva de mi hermano (y le sumamos la incomodidad de aceptar que él tenía razón y yo no, a pesar de que lo critiqué durante AÑOS), que no puedo estudiar y trabajar al mismo tiempo, no da tiempo ni se aprovecha igual.

La última pregunta sería, si ya acepté mi derrota, ¿quién será el alma bondadosa que me apoyará?

miércoles, 18 de enero de 2012

No sólo un gran Ingeniero

Importante leer primero El GRAN Ingeniero, porque si no, se pierde la mitad de la emoción.
Así pues, había yo escrito que mi abuelo paterno era la neta del planeta (sí, era, que ya no es, a eso vamos), pero creo que nunca había dimensionado cuánto, hasta el final.

Porque así es, o dicen que así es, que uno muere como vive (Según Platón, eso decía Sócrates, que uno muere como ha vivido), y mi abuelo murió como los grandes, con toda la dignidad e integridad que es posible que un hombre, inclusive el mejor de ellos, tenga.

Sabemos que ya estaba muy enfermo, pasaba los 90 por unos meses, había enviudado dos años y 4 meses antes... vamos, que la vida se estaba terminando. Yo lo había visto todos los domingo, según la tradición, y estaba bien, salvo el domingo pasado, 8 de enero, en que sólo tenía un hilo de voz, y decía que se sentía "tololoche" (si no saben qué es eso, sólo digan la palabra y el sonido lo dice todo). El viernes 13 (nada de días de mala suerte, por favor), a las 9:30 P.M., sonó mi celular, y era mi prima, para decirme que el abuelo estaba muy mal. Así las cosas, me vestí rápidamente y con toda la tranquilidad que pude tener, manejé a casa mi abuelo. Llegué y no saludé a nadie, directo al cuarto, a la cama, a mi abuelo: ahí estaba él recostado, con toda la familia (sus tres hijos, los esposos de estos, mi prima, la enfermera y el médico). Le dijeron que yo estaba ahí, y me acerqué a saludar y darle un beso, lo acaricié, me hinqué a su lado, no lo quería dejar ni un momento.

El médico dijo que había tenido un infarto, y que ya estaba en sus últimos momentos, así que le llamé a mi hermano mayor y él también corrió a casa de los abuelos. También nos dijo el médico que debíamos entrar de uno en uno, a despedirnos, para que estuviera tranquilo.

Yo no pude despedirme como tal, sólo me salió decirle que lo quería mucho, que estaba muy guapo peinado (siempre fue un hombre impecable, pero los últimos años andaba despeinado y mi abuela solía recriminárselo) y que mi abuela estaría muy contenta de verlo así, tan peinado. Nada más, no podía decirle que gracias a él yo soy una persona íntegra, que él me enseñó a respetar, a cumplir, a ser una persona de bien dentro de la sociedad, que el deber es siempre más importante que el querer. No, no pude, sólo podía estar ahí, lo demás ya se lo había dicho, ya lo he escrito, él ya lo sabía, yo lo sabía, no podía decirlo, quería estar con él, en el presente, en ese momento, no más.

Pasó el tiempo y él no moría, todos llorábamos y pensábamos que era muy raro, pero nadie lo decía. Su pulso bajaba, dejaba de oxigenar, pero no moría. En un momento, volteó y me dijo: estoy desesperado; tiempo después: ya me quiero ir. ¿Qué podía decirle yo? Sólo lo que gritaba desde todo mi ser: ya vete, no hay más, vete. Porque así debía ser, si estaba desesperado y quería irse, no debía seguir aquí, no tenía por qué estar aquí... aunque un hombre con su integridad no podía dejar a unos hijos que no lo dejaban ir, que todavía lo necesitaban e, incluso en su lecho de muerte, se lo decían (¿quién hace eso? por favor). Afortunadamente, yo pude escucharlo, saber que lo que pedía era soledad, que lo dejáramos, dormir, descansar, estar solo, llamaba a su madre, le pedía que fuera por él, gritaba en sordina por su padre, le llamaba a su esposa... y yo sólo le tomaba la mano y le decía que ya venía, que estaban en camino y vendrían por él, que sólo necesitaba descansar, cosa de unos momentos.

Al final, los hijos comenzaron a irse, los nietos también. Pero yo me quedé ahí, a su lado, sin tocarle, escuchándolo, pero dándole el espacio que pedía. Finalmente, se tranquilizó y nos dejó (a mi pareja y a mí) acomodarlo bien en la cama, quitarle una chamarra y cobijas que sólo le estorbaban. Lo recostamos en la cama, acomodamos las almohadas, se dejó tapar, agarrar la mano, pidió por su mujer, y se quedó dormido.

Parecía que tal vez sólo estaba cansado, que mañana despertaría... yo quería quedarme, esa era mi intención, pero también me di cuenta que él pedía espacio, así que, después de un rato de verlo dormir y descansar, decidí irme.

Media hora después murió.

Estoy triste, sí, pero no tanto como tranquila, en paz y sintiendo aún más admiración por él, si esto es posible. Me siento honrada de haber compartido su agonía (se escucha mal, lo sé, pero esperen), porque me permitió reafirmar el tipo de hombre que era: pasó sus últimas horas con su familia, complaciéndola, estando ahí, con ellos, escuchando, aguantando, dando lo que ellos necesitaban. Pero, también, pedía intimidad, soledad, espacio para morir, con un poco de dignidad (porque hay cosas que uno debe hacer solo), y tiempo para reencontrarse con sus muertos. 

Yo no creo en el cielo, el infierno, que exista algo más allá, algo que nos espera después de la muerte. Para mí, una vez muertos, no hay nada, el cuerpo es nada, las cenizas son eso, sólo cenizas, no la persona amada; no concibo que algo trascienda (sólo en quienes recuerdan y quieren a los muertos, pero nada más). Pero, sé que morir es un proceso, toma unos instantes (salvo que llegue de improvisto, pero aquí nos referimos a las muertes "anunciadas", las de quienes ya saben que viene), y que nadie debería hacerlo solo, que debemos de estar acompañados en esos momentos, no de los vivos, sino de los muertos. Para mí, la idea de que sean mis abuelos quienes me acompañen, me parece lo más hermoso y lo que más me gustaría, que fueran justo ellos quienes estuvieran ahí antes de que todo desaparezca. Porque a los vivos, los acabas de ver, pero a los muertos, a ellos tiene mucho que no los vemos...


viernes, 21 de octubre de 2011

El GRAN ingeniero...

Casi no hablo/escribo de mi familia aquí, o tal vez sí y no estoy del todo consciente. El caso es que nunca he hablado, explícitamente, de mi abuelo* (y no quiero hacerlo de forma póstuma, como con mi abuela) y es justo y necesario.

Para empezar puedo contarles que mi hermano mayor y yo pasamos mucho tiempo con mis abuelos, mucho, mucho, mucho. Si estábamos enfermos, mi mamá nos subía al coche en la mañana y nos iba a dejar con la abuela (su ex suegra, no su madre), quien nos cuidaba. Si salían de viaje (mamá, papá o ambos) a quedarse con los abuelos (mi mamá a veces nos llevaba con unos amigos, pero eso no era tan seguido). Jugábamos en su casa, teníamos mil cosas ahí, mi abuela nos ayudaba a hacer las conferencias (porque no nos dejaban tarea, así que ella corregía las conferencias y el diario), nos acurrucaba y contaba cuentos para dormir (les he platicado de la historia de Benito Juárez, ¿no?), nos llevaban de vacaciones, a Reino Aventura, etc. etc. etc.

Por si alguien tiene dudas, mis abuelos son lo más maravilloso del mundo, lo máximo de lo máximo, no hay palabras que lo puedan expresar completamente, así que ustedes perdonen si mis palabras se quedan cortas...

Entonces, mi abuelo, EL Ingeniero (porque es ingeniero químico y la gente siempre le ha dicho Ingeniero, nadie le dice señor), acaba de cumplir 90 años, y dos de ser viudo. Pero, cuando era más joven, y yo también, era un hombre activo. Siempre ha caminado, o por lo menos así lo recuerdo yo, como pollo espinado, lento pero con unas zancadas enooormes (es alto, mide 1.87mts.), no muy rápido... no sé, a mí me daba la sensación de ser un hombre que no tenía prisa porque sabía que llegaría a su destino. Flaco, flaco, flaco, como si fuera a romperse; aunque una época (tendría yo 10 años) estuvo un poco panzón, supongo que botanear Churrumais y cacahuates antes de cenar le hizo justicia.

Tengo maravillosos recuerdos de mi abuelo en la alberca con nosotros, enseñándonos a nadar, jugando, cuidándonos. Cuando nos llevaban a Mi Ranchito (un hotel en Villa Juárez, a donde íbamos cada septiembre, para cobrar una renta) él jugaba dominó y cartas con nosotros (ji, recuerdo el año que perdimos una pieza del dominó, no estaba muy feliz que digamos), nos enseñó a jugar Cubilette (aunque sigo sin estar segura de cómo se juega), eso sí, si jugábamos Uno era mi abuela quien jugaba con nosotros. El caso es que estaba ahí, enseñándonos, dedicándonos tiempo, amor, cuidados, nunca mesuró nada. De hecho, hace poco me dijo que nos dio todo lo que pudo darnos y que si hubiese podido, nos habría dado más (¿cómo puede pensar que había más que dar cuando nos dio todo y más de lo esperado, obligado o deseado?), así nada más, ésa calidad humana.

Cuentan sus hijos que no fue un padre muy cariñoso, sino un poco distante físicamente, pero yo no recuerdo así a mi abuelo. Sí recuerdo que no era de abrazos y cosas así, pero no era frío, por lo menos no lo es con nosotros.

No estoy diciendo que fuera un santo o perfecto, porque no creo que alguien pueda serlo, pero estoy convencida de que llega un momento en la vida que uno debe escoger qué quiere recordar de los demás, y yo de mi abuelo esto es lo que quiero recordar. Si tiene errores no me importan, no los tuvo conmigo (con excepción de la vez que me gritó porque mi papá no fue a cuidarlos y no tuvo ni la amabilidad de avisar... que no era culpa mía y a mí me tocó el grito) y no es lo que yo quiero recordar de él.

Sí, sí, sí, cuando llegué a la adolescencia, fue un poco difícil convivir con él, porque él sí sabía y yo no porque estaba muy joven. Pero, vamos, que todos los adolescentes son difíciles en esa época, así que nada nuevo.

Hace 6 años, con 84 en su haber, enfermó y terminó en el hospital (los detalles no interesan ahora), 6 semanas después regresó a casa, con 24 kilos menos, y más viejo (yo digo que fue la consecuencia de jubilarse, porque vayan ustedes a saber qué debe hacer un hombre en su casa todo el día cuando trabajó 75 años). Por cuestiones de salud, a partir de ese momento necesitó atención constante, así que los hijos (suyos) se organizaron para estar con ellos, blablabla. Esta no fue una época sencilla para mí, él era muy demandante, y no sabía cómo lidiar con eso...

Finalmente, hace dos años murió su esposa, algo terrible y tristísimo para todos. Pensamos, en ocasiones, que mi abuelo podría morir pronto, de tristeza... pero no fue así. Y, algo mágico pasó, de repente me dí cuenta de que había pasado los últimos 3 años enojada con él, y que no quería que eso continuara, uno no sabe cuándo pasan las cosas y yo quería disfrutar todos y cada uno de los días que lo viera. No sé qué pasó en él, pero también cambió conmigo, se deja abrazar, apapachar, consentir, querer, como si se hubiera caído la coraza que traía y ahora fuera sólo él quien estaba ahí.

Estos últimos dos años han sido tan maravillosos como mis recuerdos de él, he disfrutado cada minuto en su compañía, le he dado y he recibido amor, atención, tantas cosas. Tal vez ya no se meta a la alberca con nosotros, ni nos lleve a Reino Aventura ni juegue dominó, pero sigue siendo un placer estar con él, y puedo decir que me siento afortunada de que él, EL Ingeniero, sea mi abuelo.

*No sé si a alguien le interese, pero mis abuelos, de los que siempre hablo, son los paternos.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Navidad


Sonaré absolutamente amarguete, y en realidad sé que lo soy, pero creo que con respecto al tema de Navidad, soy bastante objetiva: LA ODIO.
Razones, hay varias, mi infancia no hizo que fueran muy amenas, pero sobre todo, porque me parece una burla. Se supone que es una época para estar con la familia, convivir, disfrutar una buena cena, y por supuesto, utilizar los regalos como una forma de expresar amor. No sé si esto sea universal, o sólo pasa en mi familia, pero la verdad es que esto no sucede. La comida en sí, me choca, no me gusta el pavo (a menos que lo haga la mamá de Aremy), me choca la simple idea de los romeritos, por no mencionar el horrible olor de los camarones secos que alguien cree que es buena idea meter en algo tan especial y exquisito como el mole, y después, el bacalao (por supuesto, el de la mamá de Aremy no se incluye, pues es sin duda alguna el mejor que alguna vez he tenido suerte de probar), que siempre está salado, no tiene gran sabor, y las aceitunas y piñones no son suficientes. Cuando pregunté por qué no mejor comíamos algo que a todos o la mayoría nos gustara, me contestaron que eso se comía en navidad, y que como sólo era una noche, pues que me chingara (con la diplomacia que caracteriza a las familias, es decir, sin groserías, pero con sarcasmo, autoritarismo y desprecio). Así, en cuestiones alimenticias, no me queda más que llenarme de botana.
Después, en la cuestión de la convivencia en familia, qué decir! (ironía, por supuesto), la mitad de la familia "tiene" otras actividades familiares que satisfacer, por lo que convivir se vuelve más en un arreglo o contrato, inamovible, y que siempre puede traer aparejado embargo (recordemos a Jesús Andrés) en caso de incumplimiento. No sé por qué, pero en mi familia no se platica de uno, no se convive tal cual, siempre son temas generales que no nos afectan, o, en su defecto, afectan a quienes sí son importantes (ya saben, cuestiones de jerarquía). Pero no hay tiempo para hablar de cómo estamos, qué hemos hecho, qué pensamos, qué queremos de la vida. Ningún detalle (como chica escolta, cero particulares, puro "trabajo" ja ja ja) personal que pueda comprometer el interés en otra persona.
Finalmente, los regalos. Me encantan los regalos, pero siempre tienen un problemita, atinarle a lo que de verdad me gusta o quiero, es difícil (tampoco imposible, y sería facilísimo si la gente preguntara o pidiera una lista, o algo así). Además, comienzan las comparaciones, ¿El regalo más grande será para la persona que más se quiere? ¿O el más caro? Inminentes son las comparaciones. Mi abuelo, durante muchos años dio el mejor regalo: dinero. Antes nos compraban cosas, casi siempre padrísimas, hay que aceptarlo. Si alguien te regala dinero, te hace feliz!!! Así puedes ir a comprar lo que TÚ quieres, mo lo que alguien más cree que podría gustarte, porque a ellos les parece que "eso" es lo que te gusta o gustaría. Demasiada proyección y adivinación. Me gustan también los regalos de Ángel, porque siempre me pregunta qué quiero, y me lo compra. Sin duda alguna, SIEMPRE LE ATINA. Creo que más que la emoción de la sorpresa, debería ser importante la emoción de la acertividad.
Así, todo parece indicar que no me gusta, ni me gustará algún día navidad. Bueno, tal vez podría gustarme si dejáramos las pretensiones y pautas quesque navideñas, y concentrarnos realmente en el otro, en los demás, en la convivencia, y que lo importante es la oportunidad de estar juntos. El año pasado le comenté a mi prima que debíamos aprovechar esa navidad, pues sería la última con la abuela, y así fue. Murió en septiembre, y esta navidad y las siguientes ya no estará. Pero, a pesar de esto, no aprendimos (el plural es para ser menos agresiva, porque yo no soy así), este año no aprovechamos la oportunidad de estar juntos, de convivir realmente con los demás.
Así las cosas, y ante la realidad de que no cambiarán las cosas, afirmo nuevamente: ODIO NAVIDAD.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Réquiem


Quien me conoce, sabe que no creo en lo sobrenatural, en Dios, o en cualquier ente que implique actos de creencia y no de raciocinio. A pesar de esto, también conocen mi capacidad extrasensorial de "adivinar" el futuro. Soy conocida en el bajo y pequeño mundo como Guru-Ari, y puedo preveer muchas situaciones, que terminan haciéndose realidad. No sé si es porque tengo la capacidad de leer en las personas su "inconsciente" (necesitamos nombres y términos científicos, por supuesto) y poder así inducir lo que harán después; o, si es que soy tan poderosa que no es el futuro lo que veo, sino que al nombrarlo, mis afirmaciones se convierten en realidad. Esta última opción es más interesante, porque implica un genio de los deseos o algo así, lo que nombro, se hace realidad. Por supuesto, como el Rey Midas, tiene su lado bueno y otro malo.
He podido preveer lo que le pasa a los demás, y a veces lo que me va a pasar a mí, siento con horas de antelación que voy a encontrarme con alguien, y así sucede. Pero, también siento las tragedias antes de que acontezcan. Esto me pasó el domingo... mi abuela llevaba dos semanas muy mal, un poco por la edad (91), otro por las consecuencias de ser fumadora pasiva, y otro más por razones que yo no alcanzo a comprender (mi conocimiento médico es en realidad bastante reducido). Yo sabía desde octubre que estuvo internada en el hospital, que le quedaba relativamente poco tiempo, pero no podía saber cuánto. En navidad, le comenté a mi prima que debíamos aprovechar esa navidad porque sería la última de mi abuela. Así, el jueves pasado fui a verla; ya estaba muy mal, no caminaba nada, estaba conectada al tanque de oxígeno (que amorosamente compartía con su marido), y no se le entendía lo que decía. Estuve un rato ahí, con ella, la tomé de la mano y le sonreí... lloré un poco porque era ya inminente el futuro... platiqué con mi abuelo lo maravillosos que han sido siempre conmigo, cómo nos consintieron, quisieron, educaron, y dieron mucho más de lo que pueda yo decir. Me sentí triste pero contenta. Sin asuntos pendientes. Tal vez, sólo decirle a mi abuela lo mucho que la quiero y adoro, lo importante que ha sido para mí, y lo feliz y dichosa que me siento de haberla tenido por abuela y casi-madre.
Finalmente, el domingo, leyendo y pasando el tiempo en Tlalpan, me puse triste, tenía una necesidad incontenible de llorar, platiqué con Ángel mucho sobre la eventual muerte de mi abuelita, de cómo me sentía al respecto, de todo... Estaba muy triste, más de lo que podía entender...
Ese día, por la tarde, falleció. Me llamó mi prima a las 7, y lo supe en cuanto sonó el teléfono... ella lloraba tanto que no podía hablar, así que me lo dijo su novio: tu abuelita acaba de fallecer... así de rápido, el mundo se me vino abajo, comencé a llorar y me apretó algo dentro, aún no sé qué, pero me aprieta y apenas me deja respirar. Yo lo supe todo el día, lo sentí todo el día... debí correr a verla, despedirme de ella (otra vez, pues lo hacía cada vez que la veía), decirle en voz alta que la quería... tomar su mano mientras moría, no sé... algo. Hacer algo para prolongar la realidad inevitable.
La muerte es un absoluto, creo que el único que existe. Nunca más volveré a verla, no la escucharé más, ni podré reirme con ella como lo hacíamos antes... su casa está llena de recuerdos y familiares muertos que nos acompañan. Ella ya está, como lo pedía, con sus hermanos y padres. Está muerta y con esto tranquila, sin sufrimiento ni dolor. Yo no creo en el cielo ni que haya algo más después de la muerte, por lo menos no para su cuerpo o alma. Dejó en cada uno de nosotros, y de forma diferente, algo. A mí me dejó llena de buenos y hermosos recuerdos, de amor y cariño, de palabras y leyendas. De todos los buenos actos, sentimientos y palabras que alguien pueda dar a otra persona. Me dejó llena de ella, aquí la tengo, conmigo, todos los días estará conmigo.
Me gustaría que alguien me dijera lo que yo significaba para ella, que no sea sólo yo quien interprete esto como un amor absoluto, porque lo sé, me amaba y estaba feliz y orgullosa de mi. Una de mis tías me lo dijo: eras todo para ella, te adoraba y fue la más feliz cuando naciste. Espero que así hayan sido todos los días, que yo haya sido capaz de ser todo lo que ella esperaba. Porque así, sólo ella me importa en esto, sólo esperaba SU aprobación y satisfacer sus expectativas. Por qué, no sé, pero así es. Para mí no hay ni habrá nadie más importante y trascendente, y espero que ella, antes de morir, lo supiera. Porque no era cualquier persona, era la mejor y más importante.
Su papá murió el mismo día hace 42 años... y ella que sí creía en esto, debió de sentirse acompañada porque su papá vino por ella, para llevársela... con ellos...
Nosotros, aquí, nos quedaremos con todo lo demás, dentro de mí, en todo lo que soy y hago.

lunes, 24 de agosto de 2009

Boris


Hace tres años mi papá adoptó un bulldog, curiosamente los dueños ya no lo soportaban, y mi papá, que siempre quiso uno paraa usar de taburete, decidió adoptarlo. Digo curiosamente porque son perros muy caros y difíciles de conseguir, por lo que, cuando uno los compra, se sabe que son enfermizos, babosos, toscos, hacen mucho ruido (mucho), y otros pormenores.
Feliz era mi papá con Boris, su bulldog que hablaba (es decir, respondía con gruñidos cuando se le hablaba), se sentaba en una silla a la mesa para jugar rummy, y era feliz. Desgraciadamente, su salud no era muy buena, se enfermó varias veces, tuvo una gingivitis complicada que se le pasó al cráneo o al cerebro, perdió varios dientes, muchos kilos, pero seguía vivo, dando lata y haciendo ruido.
El sábado, se murió. Yo me enteré hace rato, y me quedé pensando mucho en esto, en lo triste que es cuando una mascota se muere. Sé que no es igual que la muerte de una persona, más cuando es alguien querido, pero como nadie que yo quiero se ha muerto, no sé cómo se siente. Sin embargo, he perdido varias mascotas queridas. Es muy triste y difícil, sobre todo cuando creamos lazos "humanos" con el animal, cuando lo concebimos no sólo como un animalito o una cosa (legalmente, son cosas), sino como un ser vivo, que siente, piensa, quiere, necesita y da. Sobre todo la última parte, le dan a su dueño muchas cosas alegrías, compañía incondicional, una sensación de maternidad (en mi caso).
Todos estos lazos hacen que la pérdida sea muy difícil, sin duda. Yo todavía recuerdo con nostalgia a varias mascotas que quise mucho, y murieron. Sin embargo, algo curioso me pasa: me duele, pero lo supero relativamente pronto. No sé si porque bloqueo la realidad, pero en cuanto muere una mascota, comienzo a pensar en cuál será la siguiente que la sustituirá, qué perro, raza, sexo, y cómo va a ser. Qué le voy a enseñar, y cómo nos vamos a acompañar. Tal vez, esta sea la gran ventaja de las mascotas, que pueden ser reemplazables sin gran dificultad, a diferencia de las personas, que una vez perdidas, dejan un agujero en nosotros que nada, nadie ni el tiempo podrán tapar.

miércoles, 29 de julio de 2009

Sabiduría legal


NOTA IMPORTANTE: Este escrito contiene palabras antisonantes, salidas de una boca infantil.

Hace un año, aproximadamente, platicaba con mi madrastra sobre los títulos ejecutivos (cheque, pagaré y demás), y la maravilla de que tengan aparejada ejecución. Por supuesto, expliqué extensamente que la ejecución que traen aparejada significa que si el deudor no paga, uno puede presentarse ante el juez y solicitar inmediatamente que lo embarguen para satisfacer la deuda... justo en ese momento mi hermanito Jesús comentó (con ese aire de sabio inocente que tiene): sí, te envergan. Las dos nos quedamos asombradas y calladas, no estábamos seguras de lo que había pasado. Al preguntarle nuevamente qué había dicho, Jesús contestó que cuando te embargan te envergan. Así, en dos segundos y con una sencillez digna de Sócrates, mi hermano explicó las consecuencias reales de un embargo...

La "otra" clase social

No vengo de una familia adinerada, ni mucho menos con pedigree, mis abuelos tuvieron buenos ingresos (ahora sólo viven de mantenidos por el gobierno, según palabras de mi abuelo, porque está pensionado) y estos les permitieron darle a sus hijos muchas comodidades y una buena vida. Así, crecimos en una familia de clase media, estudiamos en escuelas privadas, viajamos (aunque nunca a Europa o lugares así), tuvimos algunos lujos, pero sobre todo y gracias a mi madre, buenos modales. Ella siempre decía que los modales eran indispensables, pues nos permitirían mejorar nuestra condición (es decir, subir de clase social, convivir con los ricos, y no desentonar).
Mi papá, por el otro lado, siempre estuvo preocupado por que tuviéramos una excelente educación, pues esto era lo que en verdad nos permitiría tener el mundo. Tengo que aceptar que la tuvimos (una excelente educación). Los amigos y compañeros que tuve a lo largo de mi educación básica fueron educados más o menos igual, los papás estaban muy preocupados por la calidad de la educación y la posibilidad de que tuviéramos un futuro profesional satisfactorio.
Me parece curioso, porque todo esto se mueve como si fuéramos otra clase social, no forzosamente relacionada con la economía, sino con la cultura y el conocimiento. Como patadas de ahogado: como no les pudimos dar vida de ricos, les damos educación, para que se puedan realizar. Así, en esta clase social, esta maravillosa burguesía, tiene mejor nivel aquél que haya realizado estudios de posgrado, y por supuesto quien tenga doctorado en una de las 10 mejores universidades del mundo, será el rey.
Esta mentalidad, por supuesto, la tengo muy arraigada. Me gusta estudiar, mucho, pero sobre todo, la posibilidad de algo mejor y diferente. No forzosamente económico, sino de satisfacción personal, de poder llegar por las noches a mi casa y sentirme exitosa, pensante, grande. Desgraciadamente, me he dado cuenta de que no es tan sencillo, tener estudios de posgrado, trabajar y ser independiente es muy difícil, a mi papá se le olvidó mencionar que este plan necesitaba, prima facie (ja ja), a alguien que me mantenga (y no sólo con lo básico, sino también con los estudios).
Quien me conoce, sabe que no es mi caso. No he encontrado a alguien que quiera pagarme mi formación psicoanalítica (sobre todo las 3 sesiones semanales de análisis), y así, estoy atorada en un limbo en el que cuento con una licenciatura, pero que no es suficiente, ni para mi ni para mi mundo. Cualquiera tiene una licenciatura. Muchos de mis conocidos tienen estudios de posgrado (por lo menos una con doctorado y estudios en Harvard). Yo quedé, tristemente, relegada en un mundo en el que no soy todavía lo que quiero ni todo lo que puedo ser, por un pequeño detallito: el sustento económico...

lunes, 20 de abril de 2009

El Mundo de Toti

Jesús Andrés, mi hermano menor (de 12 años), es el mejor hermano que uno pueda desear, es cariñoso, divertido, inteligente, platicador, apapachador, sarcástico, un tipazo, pues. Sin duda, tiene muchas virtudes, pero la mejor de ellas es su capacidad de inventar cosas maravillosas, algunas de las cuales, han trascendido su existencia. Una de ellas, es el Mundo de Toti, el mejor y más maravilloso lugar del mundo.

Todo comenzó una tarde de domingo, hace 8 o 9 años, cuando viajábamos en el automóvil a casa de los abuelos putativos (míos, de él, sólo abuelos), mi hermano venía diciendo un montó de cosas sin sentido, cuando, de repente, una luz lo iluminó, se escuchó música celestial, y él abrió la boca para decir: En el mundo de Toti, se diría Toti Twan Tetoti. Nada más, así de genial fue todo... se creó un mundo solo para poder decir Obi Wan Kenobi de otra manera... el mundo de Toti. Escucharlo fue increíble, reí y reí hasta que mi estómago dolió, y después, me dí cuenta que mi hermano era una criatura especial, y que era un honor para mí estar tan cerca de él y poder vivirlo. Constaté la creación de un mundo mágico, utópico, en el que todas las situaciones imposibles de este mundo, eran posibles y bellas. Así, no más, el mundo de Toti es el lugar creado por Jesús para todas las necesidades que podamos tener.

Con el paso de tiempo, el concepto del mundo de Toti se ha expandido. Mis amigos, y toda la familia lo conoce, y desearian poder vivir ahí, o por lo menos, eso es lo que yo deseo. Si yo pudiera vivir en el mundo de Toti, además de hacer mi voluntad y someter al mundo a ella, correría por los campos cual Heidi, cantaría con una melodiosa voz (como la de la Sirenita, o de menos la de Billy Holiday), y podría dedicarme de lleno al ocio y los placeres... si yo pudiera vivir en el Mundo de Toti, jugaría todas las tardes Rummy con Jesús, y platicaríamos sobre los deseos que nos quitan el sueño, para incluirnos en su mundo. Algo así, si existiera el mundo de Toti, probablemente, yo no sería yo, o tal vez, sería capaz de trascender mi existencia y encontrar sufrimiento en un mundo perfecto, con la mejor compañía, pues al final, ésa es mi mejor virtud (¡¡y eso que tengo varias!!). Pero, me pregunto, qué haría su gran Creador en él, sería tan sarcástico y cariñoso como hasta ahora, o lo habríamos perdido todo...

jueves, 9 de abril de 2009

Derechos sobre la propia familia

Matando un poco la espera y el insomnio (es decir, no tener sueño a media noche después de dormir casi todo el día) navegué por el Hi5 de algún conocido y, al leer lo que alguien escribió, recordé mi teoría sobre los derechos que tenemos sobre nuestra familia. Que el título de esto se llame derechos sobre la propia familia , especifica que son derechos que sólo tiene y puede ejercer un miembro de una familia, nadie más, ni siquiera la familia política.

Por supuesto, este derecho es el de pendejear o tratar mal a los miembros de nuestra familia. Eso está bien, todos los hermanos nos tratamos mal entre nosotros, nos ofendemos, si tenemos suerte los golpeamos (yo nunca la he tenido... aunque mi hermano mayor sí), y enunciamos con diligencia digna de Premio Nóbel los defectos de nuestra familia, de todos los miembros que la integran. Tengo que hacer una aclaración, no todos lo hacen, sin duda los que tienen un gran Edipo no son capaces de aceptar los defectos de su respectiva Yocasta, pero todos los demás, sí.

Eso me pasa a mí con mucha frecuencia, entre mi capacidad de análisis, mi memoria cuasi-Funesta y mi intuición, logro notar los defectos de mi familia, y desgraciadamente, a veces descarto la prudencia de no comentarlos con los demás, lo cual ocasiona graves problemas (de ahí, la necesidad de escribir esto). Yo puedo hablar tan mal como quiera de mis padres, hermanos, tíos y el resto de mi familia, pero maldito sea aquél que se atreva a decir algo así (con excepción de las ocasiones en las que necesito apoyo y empatía, y no de cualquier persona, en realidad sólo de tres). No creo que exista alguna persona que pueda permitir escuchar a alguien más pendejear a su familia, o criticarlos. Eso no se hace, y mucho menos si se ha expresado molestia ante esto. ¿Cómo puede alguien pensar que nos gusta que lo hagan, que nos parece aceptable o incluso que podemos escucharlo con gusto? No no no no no.
Existen ciertos temas y comentarios que sólo debe hacer quien tiene una relación con el agresor. Es como hablar mal del novio(a) de alguien cuando están peleados, en cosa de nada ya se reconciliaron, pero las palabras que uno expresó sobre esa persona permanecerán para siempre en la mente del amigo, a quien sólo se lo dijimos por ser empáticos. No es prudente, pero más aún, puede ser contraproducente, pues en un descuido, escucharemos a esa persona hablar mal de quienes más queremos, y nosotros tampoco podremos olvidarlo nunca.

martes, 3 de marzo de 2009

Notas al pie de las ferhormonas

Cuando le comenté a Adriano que iba a escribir su teoría de las ferhormonas, me dijo que no la recordaba, al contársela, me dijo que no era cierto, que él no podría crear una teoría de ese tipo, pero que si así había sido, cambiaba su argumento o causa.

Ahora, explica que ha dejado de usar desodorante porque éste con el tiempo, no sólo no evita la sudoración, sino que la aumenta. Hizo un recuento de todas las personas que conoce que han usado regularmente desodorante y que ahora sudan más. En su experiencia, algo similar le ocurrió con la magnesia. Antes de comenzar a escalar, sus manos nunca sudaban, pero después, por ponerse magnesia para no resbalarse, sus manos comenzaron a sudar, y ahora sudan (en sus palabras) como cerdo.

Por esto, ha decidido no usar desodorante, para evitar una vida adulta con círculos de sudor en la playera. ¿Será cierta su nueva teoría?

jueves, 19 de febrero de 2009

Ferhormonas

Mi familia es sin duda singular. Mi hermano mayor, estudiante de física, ha desarrollado diversas teorías sobre las relaciones humanas y los cuidados personales. Su mejor teoría es sobre las ferhormonas (no fermonas).

Adriano afirma que las personas tienen ferhormonas, y estas pueden ser inhibidas por diversos factores, entre ellos el desodorante, el perfume y en general cualquier aditamento de higiene que altere el "olor" natural de la persona.

Como un buen hijo de científico, y un estudiante de ciencias, considera que toda teoría debe ser probada, por lo que el uso de desodorante y perfume en su cuerpo ha sido descartado completamente, aún a pesar de los ruegos familiares.

No estoy del todo segura de que su hipótesis tenga resultados positivos, pero sin duda no han limitado su vida amorosa. Desde la aplicación de esta medida, ha tenido dos novias estables (de los intentos fallidos no escribiremos), las cuales parecen soportar los olores particulares que un hombre despide, además de los generados por el ejercicio.

Me parece increíble pensar que alguien pueda soportar ese olor, pero sobre todo que existan emociones y sentimientos hacia mi hermano que lo superen. Por supuesto, cuando se le cuestiona al respecto, afirma que es consecuencia de las ferhormonas, pues las mujeres que se han enamorado de él lo han hecho por su olor.

Concatenado con las ferhormonas, un elemento primordial de esta teoría es el celo en las mujeres. Aunado a la corrupción de ferhormonas, el uso de perfume y desodorante en las mujeres impide saber si están en celo o no. Oh sí, en celo, una mujer presenta esta manifestación biológica. De todas las mujeres que conozco, y siendo yo una de ellas, nunca he escuchado que una mujer esté en celo. Todas pasan por la menstruación y la ovulación, y tienen reacciones sexuales en cada una de esas etapas. Podría afirmar que prácticamente todas las mujeres que conozco están más dispuestas para el acto amatorio durante la ovulación. En su confesión sobre esto, ninguna ha dicho que es porque está en celo, ni siquiera porque está en la época de su ciclo menstrual más apta para la reproducción. Todas ellas afirman que están más sensibles al entorno, y que esto las predispone.

¿Cómo puede una mujer estar en celo? Yo no soy bióloga ni médico ni nada parecido, pero creo que por cuestiones evolutivas, las mujeres no estamos nunca en celo, puesto que podemos embarazarnos cualquier día de la menstruación, y además nuestro deseo sexual está altamente influenciado por nuestra conciencia.

Todo esto, por supuesto, a mi hermano lo tiene sin cuidados, porque ÉL ha comprobado en olor propio, que su teoría es verdadera...