jueves, 21 de julio de 2011

Mejor salúdame de beso


Yo no tengo, así que no puedo hablar vivencialmente de la comezón en los huevos, pero sí que puedo escribir sobre esta maravillosa práctica, desde el punto de vista del espectador (que en estos casos es mi favorito).

No sé a ciencia cierta en qué radica, lo he platicado con muchos hombres, y creo que las causas de un rascado excesivo de huevos son dos: la higiene y la educación.

La higiene porque (y aquí no sé, porque yo como mujer no tengo de esos, y mi mamá no me enseñó a mantenerlos bien limpios, ji ji ji) si no está bien limpio (es decir, libre de residuos), da comezón. Así de fácil. Obvio no es la única causa de la comezón, pero sin duda alguna es un factor que influye mucho. Cuando uno tiene el aquellín bien limpio y fresco (conozco hombres que se ponen talco u otros menjurjes para mantenerlo fresco y al tiro. Nota: no los conozco por experiencia propia, sino que soy testigo de oídos) no hay muchas razones por las que uno pueda sentir comezón y, como consecuencia, rascarse.

La educación porque los padres (o madres) deben enseñara sus hijos a no rascarse en público. Sí, es una acción inconsciente, pero gracias al padre ( o madre) jodón, podemos hacerla conciente y erradicarla de nuestras vidas. Hay muchos hombres que no se rascan en público, y no creo que sea porque no les da comezón de vez en cuando (con o sin higiene, a veces hay ataques de comezón que son inevitables, inclusive en las partes prohibidas e inalcanzables de nuestra anatomía), sino que han sido educados para contener esa acción, o buscar la forma de hacerlo discretamente, sin que el resto del mundo se dé cuenta.

Ahora bien, ya que sentamos las causas del rascado de huevos, hablemos de lo feo que es ver a un hombre rascándose en público, como si eso fuera lo más delicioso del mundo y, por tanto, impostergable. Por supuesto que hay todo tipo de rascados (o situaciones en las que se presenta), el que se rasca cuando da clases (o las recibe), cuando viene manejando, cuando está sentado en la oficina (solo o acompañado), cuando está dormido, y cuando está simplemente parado en la calle (yo quiero pensar que esperando).

Por su esto fuera poco, sigue lo peor de lo peor de lo peor: el saludo o contacto físico. Obviamente una persona que se rasca indiscriminadamente los huevos NO se lava las manos después de hacerlo, así que anda con manos huevosas todo el día (o hasta que se lava las manos, y después de vuelve a rascar, y así, en un círculo vicioso de poca higiene) y con ellas SALUDA A QUIEN SE ENCUENTRA, literal, te pone los huevos en la mano...

Ante esta situación tan asquerosa, yo veo dos opciones: si eres zurdo está bien rascarse los huevos (al final, saludas con la derecha, así que no hay problema), y si no, mejor salúdame de beso.
Los hombres que se rascan los huevos todo el tiempo.

Los judíos siguen siendo un buen partido


Inspirándome en una nota que leí hoy en el Publímetro, he decidido escribir esto, haciendo incapié en que no pretendo hacer comentarios racistas o discriminadores, sino sólo un análisis de los prejuicios sociales (o una comprobación de los mismos).
La nota afirma que los hombres no circuncidados son más propensos (76% más) a contagiarse de SIDA. Así pues, mi mamá tenía razón al decir que los judíos eran los mejores hombres para tener como maridos (curioso, pero ella no se casó nunca con uno, así que quién sabe de dónde sacaría estas ideas), pues son trabajadores, honrados, tienen mucho dinero, y además provienen de una sociedad (o cultura) solidaria. Obvio, ahora habrá que sumarle que además, por estar circuncidados, tienen 76% menos probabilidad de contraer SIDA. ¡Vamos por ellos!

P.D. Por supuesto habría que aceptar que este es sólo un razonamiento falaz, porque nos basamos en la idea (tonta o falsa) de que el sida sólo se contrae por esto, y no por la falta de educación, prevención y cuidado que debe tener toda persona sobre su vida sexual (hablemos aquí sólo del tema de los condones, lo demás no lo tocaremos). Pero bueno, si comenzáramos a hablar de salud y responsabilidad sexual, este post se convertiría en lo que no es, y lo importante es que debemos buscar un judío por mario. PUNTO.

En el coche como en el baño


Sé que no es ninguna novedad, pero desgraciadamente no escribo con la constancia con la que debería aquí, así que de repente miles de ideas se me juntan y no sé cómo comenzar o por dónde; lo más triste es cuando ese conflicto se traduce en un olvido por escribir. Espero que hoy no sea el caso, pues me siento particularmente inspirada para escribir.

Todos los días, para ir a trabajar, recorro una distancia considerable (en realidad no, son menos de 15 Km. pero el tránsito crea una ilusión de grandes distancias) y, gracis a que la calle por la que subo a Santa Fé es de doble sentido, puedo disfrutar una hora de observación hacia quien valientemente baja del cerro para ir a trabajar (o a algún otro lugar, no lo sabemos).

El automóvil es para mí una extensión de mi casa, de mi espacio; es un espacio en el que puedo ser yo, y hacer muchas cosas privadas, a veces olvidando que el hecho de que esté cerrado no significa que no se pueda percibir lo que haces dentro.

Entonces, todos sabemos que es común que las mujeres se maquillen en el coche, entre semáforos y claxonazos las ves, poniéndose la base, el rimel, las sombras, el labial, y cuanta magia traigan en sus pequeñas bolsitas de cosméticos. Esto nos parece hasta cierto punto normal, puesto que los traslados implican mucho tiempo y distancias, que pueden ser perfectamente aprovechados en convertir un rostro feo e insípido en una mujer interesante y joven (ja ja ja). Lo que NO es común, o por lo menos para mí no lo había sido, es ver mujeres DEPILÁNDOSE EL BIGOTE Y LA BARBA en el coche, a la vista de todos los demás. Sí sí sí, es mejor quitárselos en el coche que en la oficina, e inclusivo mucho más que andar todo el día con los bellos adornando el labio (o la barbilla), pero POR DIOS, ¿cómo puede ser una buena idea hacer esto?

Por supuesto que al escribirlo y pensarlo me surgen argumentos en contra y a favor, pues finalmente yo también lo he tenido que hacer (de ahí que pueda profundizar más sobre el tema y sus diferentes cuestionamientos), pero no por eso deja de ser curioso. Yo, por ejemplo, me he maquillado, depilado, comido, bebido, dormido (nunca en el volante, pero sí que lo he hecho con el coche estacionado) y, lo más divertido, cambiado de ropa en el coche. Es como si uno pudiera hacer lo que fuera porque nadie más te va a ver ¡pero ése es el error! las veces que me he cambiado la blusa, pantalones o falda en el coche, he tenido bien conciente y claro que los demás conductores y pasajeros pueden verme (e inclusive mis calzones, si no hago el cambio con agilidad y sutileza).

Esta es la razón de mi asombro: la concienca. Yo soy absoluta partidaria de hacer lo que a uno le dé la gana, lo que sea, siempre y cuando no afecte a otros o, si los afecta, éstos éstén de acuerdo. Y esto va desde abrir la boca para hablar, hasta las perversiones más oscuras y perversas que podamos pensar (me encanta usar pleonasmos tontos en este tipo de argumentos, ustedes perdonen). Eso sí, no podemos olvidar la conciencia y responsabilidad que implican. Si vas por la vida picándote la nariz y sacándote los mocos, está bien, pero después no chilles porque la gente no quiere saludarte de mano, o porque te ven feo. Así es la vida. Por lo mismo, expreso la siguiente recomendación a todas las mujeres que lo hacen:

Los bellos del rostro son una maldición horrible y cruel para todas las mujeres que los padecemos, pero es casi tan horrible tener barba y bigote como observar que una mujer se quito esos bellos. No lo hagan en el coche, porque hacerlo ahí es igual de público que hacerlo en una mesa del restaurante: todo el mundo lo nota y proyectan una falta de recato y decencia que no resulta atractiva para nadie.
Lo siento, pero así es.

miércoles, 20 de julio de 2011

Amigos en el trabajo


Desde pequeña he pensado que los amigos se conocen en diferentes momentos y etapas de tu vida, pero que si se vuelven amigos es porque compartirás con ellos una parte importante de tu vida (emociones, escucha, palabras, cariño, empatía, etc.), pero nunca había hecho conciente que la mayor parte de la gente tiene amigos con los que no convive mucho, y no-amigos con los que convive muchísimo.

En el trabajo, por ejemplo, uno pasa ocho o más horas y, además, tienes que comer; así que te haces "amigo" de otras personas que también trabajan y comen aquí, y empiezas a convivir. Al principio las pláticas giran sobre temas relacionados con el trabajo, pero después, empiezas a abrirte y le permites a los demás que te conozcan (y esperas que el otro también quiera que lo conozcas) y comienzan las amistades laborales. Esto deviene en una situación absolutamente curiosa para mí, porque son tus amigos en el trabajo, pero muchas veces (yo digo que la mayor parte de ellas) no tienes nada en común con ellos, y por lo mismo tampoco los ves fuera de la oficina, al salir del trabajo dejas también la amistad y en caso de que alguno de los deje de trabajar en la misma empresa, se termina también la amistad (sin muchos aspavientos).

Es curioso porque uno puede pasar horas y horas, 5 días a la semana, con alguien que no consideras (interna y honestamente) tu amigo, o a quien sólo aprecias, más no quieres. Compartes con ellos tantas cosas, importantes y no, te ríes, te cuidan y apoyan cuando tienes algún problema, te escuchan, y viceversa todo lo anterior. Pero, saliendo de la empresa desaparecen.

Ya que lo escribo, puedo decir que también me parece triste que consideremos dispensable a alguien que todos los días nos acompaña, bajo una premisa falsa de que es sólo porque trabajas con él/ella, y no la realidad: algunos son buenas personas, y muy buenos amigos.

lunes, 6 de junio de 2011

Me lo tomo con popote


A partir de la expansión de los Oxxo´s, Starbucks´ y Seven Eleven´s, ha proliferado el consumo del café, principalmente "para llevar", accesibles, dependiendo de la tienda, para cualquier bolsillo.

Yo, que no dejo de fijarme en el comportamiento humano, he notado que la gente toma el café (o té) caliente, con el mezclador (que no popote) de bebidas calientes (para aquél que no lo conozca, es un tubo de plástico duro, delgadito y de 15 cm. aproximadamente; también los hay de madera, como pequeños abatelenguas). Debo especificar: Cuando uno compra un café, digamos en el Oxxo, junto a la cafetera hay un anaquel con azúcar, tapas, removedores, etc. La gente llega, sirve su café (o té), le pone los condimentos que considere necesarios, lo revuelve con el mezclador, deja éste en la taza, y pone la tapa. Hasta ahí, yo sólo siento duda ¿por qué lo dejan si ya mezclaron los ingredientes? ¡Claro! Sólo hay que esperar un poco más para observar que las personas utilizan el mezclador como Popote , así es, como un aditamento diseñado para sorber los líquidos. Y así andan, tomándose la bebida caliente de esta forma... ¡qué puedo decir! El anonadamiento me deja alalia, por más que intento expresarme lo único que quiere salir de mi boca es: ¿pero qué están bien tontos? ¿No saben diferenciar un mezclador de un popote? ¿Su mamá no les enseñó a tomar bebidas calientes?

Respira, respira, respira

Aunque no sea sencillo, lo hago, respiro y consigo no decirle a ninguna persona que lo que hace está, de menos, fatal. Pero, independientemente de mis logros sociales, me parece indispensable escribir un poco más sobre las Buenas costumbres aplicables a las bebidas calientes (Nota: desgraciadamente mi Manual de Carreño está en casa, así que debí utilizar uno electrónico):

1. El café y el té se sirven calientes, en tal caso, para enfriarlo, no soples ni lo vacíes en el platillo. El abuso de estas bebidas perjudica el sistema nervioso; úsalo solo como estimulante.

2. Cuando toma un chocolate, un café, un té o cualquier otro tipo de infusión o bebida caliente, debe tomar la taza por su asa (sin levantar el dedo meñique, por favor), y beber a pequeños tragos, pero sin sorber ni hace ruido. Incluso puede dar un sorbo grande, si tiene necesidad, pero nunca haciendo ruido al sorber.

3. Si le echa azúcar, un edulcorante, o cualquier otra especia, revuelva con la cucharilla varias veces (sin ser demasiado insistente), y sáquela de la taza. No se deja la cucharilla en la taza, ni para reposar y mucho menos para beber. No se lleva la taza a la boca con la cucharilla dentro. La cucharilla se deja en el platito que acompaña a la taza, pero nunca se deja sobre la mesa. Al revolver, tampoco se hace ruido con la cucharilla (o se hace el menor ruido posible). Nada de insistentes tintineos de la cucharilla contra la taza.

4. La cucharilla de su taza solo debe utilizarla para revolver su contenido, pero nunca se debe utilizar para servirse azúcar o cualquier otra especia o alimento.

5. Si la bebida es caliente, debe dejar que se enfríe de forma natural (esperando un tiempo prudencial) pero no debe soplar sobre la taza o hacer cualquier otro tipo de gesto o aspaviento (como abanicar sobre la taza, por ejemplo).

6. Si está en una mesa baja de salón, o en otro lugar donde al beber no tiene la taza a su lado (como en una mesa de comedor), debe desplazar la misma junto al plato para evitar que gotee fuera de la mesa (sobre una alfombra o el suelo, por ejemplo) e incluso para que no le gotee sobre sus piernas, zapatos, etc. Si en este trayecto se cae un poco del contenido de la taza en el platito, déjelo ahí. Ni se le ocurra echarlo en el cenicero, o devolverlo a la taza. Si ve que le ha caído mucho líquido lo mejor es cambiar de platillo.

7. Si le ponen con su café, té, etc. unas pastas, sandwichs o cualquier otra cosa para comer son para acompañar, pero no para "mojar" en la bebida.

8. No debe hablar o gesticular con la taza en la mano. Al igual que los cubiertos, la taza la debe tener en la mano solo para beber y luego dejarla de nuevo sobre el platillo en la mesa.

Así, si en el número 3 especifican que la cuchara (en caso de desechables, podemos incluir aquí al mezclador) no debe usarse más que para mezclar, no debe dejarse dentro de la taza NI MUCHO MENOS tomar cuando ésta está ahí. Entonces, ¿por qué la gente usa el mezclador? ¿Por qué no toman desde la abertura que tienen las tapas específicamente diseñado para eso?

De verdad, no lo entiendo. Es más, independientemente de las buenas costumbres, me pregunto cómo la gente toma con popote una bebida caliente, cuando existen muchas más probabilidades de quemarse la boca?

Por no mencionar que estéticamente, se ven bien pero bien mal haciéndolo. Aceptémoslo, tomarse así el café es igual de ... que tomar cerveza con popote.

lunes, 18 de abril de 2011

Actividades privadas en el baño


No estoy segura de la causa, pero sí de la realidad: los baños son el lugar más intimo y privado que tenemos. Es ése el lugar que nos dedicamos para leer, estar solos, pensar, llorar, asearnos, simple y sencillamente ser nosotros sin ningún pudor. Tal vez sea por esto que las dinámicas en los baños compartidos (tanto en los restaurantes u otros lugares públicos, como en los trabajos) sean tan divertidas.

Por cuestiones de economía arquitectónica y empresarial, los baños en los edificios son compartidos para los trabajadores, pero no creamos que todos son para todos. Por supuesto que no. En el lugar que trabajo ahora, he descubierto que hay varias jerarquías “bañeras”, primero el jefe de jefes tiene baño para él solito, los directores tienen baños privados, pero deben compartirlos con otro director, y todos los demás, deben usar los baños para “todos”. Escuché a unas chicas del trabajo comentando que ha de ser bien feo tener que compartir el baño con otro de los directores, y yo no pude menos que pensar al respecto…

A mí me gusta mi baño para mí sola, es un lugar en mi casa donde tengo completa privacidad (cuando lo uso, y no es en la noche, porque a esa hora se convierte en el cuarto de mi perra, y entonces sí que no tengo privacidad), puedo hacer lo que quiera, y soy muy feliz. En cualquier otro baño soy bastante quisquillosa, pero creo que es sólo porque añoro mi privacidad. Es por esto que me resulta curioso cuando la gente comenta que odia los baños públicos (que no la falta de higiene, porque ésta no la comentan), que le da asco entrar a un baño justo cuando alguien acaba de salir, o que preferiría tener un baño privado en cada lugar que está. No es que no lo entienda, pero no creo que sea para tanto o, tal vez, yo tengo muchas capacidades de negación.

Yo, por ejemplo, no creo que haya ningún problema en esperar a que alguien salga del baño para usarlo (si necesito entrar, necesito entrar, no hay más), pero sin duda alguna procuro bloquear cualquier ruido escuchado, así como las intimidades y costumbres que a veces la gente olvida ocultar frente a otras personas.

Antes, cuando era joven (bueno, más joven, casi una niña), gustaba de ir acompañada al baño. No tanto porque me gustara estar (literalmente) con alguien más en el baño, platicando o lo que fuera, sino porque me daba miedo entrar sola y que algo me fuera a pasar. Esto debo agradecérselo a mi abuela, quien desde chiquita me enseñó que los baños eran lugares peligrosos porque te podían robar, o algún hombre podría abusar de ti. Así que, no iba al baño en lugares públicos si no era acompañada. En las desgraciadas ocasiones que debía entrar sola (como cuando voy al cine, sola), prefiero usar el baño que está pegado a la pared (así el “atacante” tiene menores posibilidades de acercarse), y realizar cualquier actividad a la brevedad posible. Ahora, todavía siento miedo al entrar a un baño grande, pero puedo lidiar con ello mucho mejor que antes, pues también debe sumársele que prefiero ir al baño sola.

Pero, regresando a las costumbres de los baños, me sigue dando mucha curiosidad la percepción de tenemos de ellos, y la forma en que vivimos todas las experiencias ahí dentro. Entiendo que es asquerosín (así, en diminutivo) entrar cuando alguien acaba de salir, pero si consideras la cantidad de otras actividades que realizamos en ellos, esa debería ser la que menos nos preocupara. Como ejemplo están la cantidad de mujeres que frente a los baños se acomodan y mueven cuanta parte del cuerpo pueden, se maquillan, depilan el bigote (eso lo agradecemos, pero deberían hacerlo en casita) o las cejas, se secan el cabello, planchan o peinan… Es aterrador. No hay nada más feo que tener que ver a una mujer que se transforma en el baño por alguien decente (ni me quiero imaginar lo que ha de pensar su marido o pareja cuando la ve de cara lavada…), que cree que puede venir a hacer en el baño de la oficina lo que por floja NO hace en su casa. Para mí es así de sencillo: si no te da tiempo para hacerlo, tal vez deberías de dejarlo por la paz, aceptar que no lo vas a hacer, y no torturarnos porque lo debemos ver.

La regla del baño debería ser esta: soportamos todo lo que es producto obvio y natural de los menesteres en el baño (feo o no, no nos queda de otra, según lo aprendí en El libro de las Cochinadas), pero nos negamos a verlas peinar y platicar cosas que NUNCA debería observar/escuchar ningún ser humano. Y, por favor ¡no hablen por teléfono cuando están ocupadas en el baño! Eso sí que es una falta de respeto para uno mismo, para el pobre tonto que está del otro lado del teléfono, y para todos los demás que debemos compartir baño con ustedes. Decencia, no pedimos más.

martes, 9 de noviembre de 2010

Los Tlalpenses

Antes que otra cosa, haré la aclaración debida: este "ensayo" (o bálsamo, para quienes saben a qué me refiero) no pretende generalizar, sino simplemente identificar un grupo social "determinable" que asiste a un lugar en particular de el Centro de Tlalpan. Si ustedes no son parte de esas personas, sólo disfruten y no se sientan juzgados.

Ahora sí, comencemos.

Todas las mañanas de los sábados, así como mañanas y tardes de los domingos, leo en el centro de Tlalpan, para ser exactos, en las mesas ubicadas en los arcos, del restaurante La Sazón. Ahí paso horas y horas deleitando mi alma, mente y cuerpo con excelentes libros que me hacen muy feliz y preparan para la siguiente olimpiada de lectores ávidos y veloces (no sé cuándo sea la siguiente olimpiada, pues aún estoy organizando la idea, ya no digamos conseguirla... ja ja ja). Como son comidas tipo buffet, debo pararme cada vez que quiero más café, o cuando el café ha terminado su trayecto en mi cuerpo, y pasa lo más curioso del mundo: tomo mi bolsa y libro (habría que ser pero bien pendejo para dejar en una mesa en la calle los efectos personales de alguien, sobre todo algo tan valioso como un libro), y, si es necesario, la taza para el café. Entro y me sirvo felizmente el café, y cuando regreso a sentarme ¡HAY ALGUIEN EN MI MESA Y SILLA! Entiendo que la gente a veces no entiende qué demonios hace uno cuando toma sus cosas y una taza y entra a un restaurante (seguro pensarán que ya me fui, o desaparecí), entonces acepto su probable razonamiento, pero cuando me acerco a la mesa, resulta que o no se quieren quitar, o se encabronan porque les pido que se quiten. ¡Pero qué demonios tienen en la cabezota!

Sé que las mesas no son de mi propiedad, y también sé que pocas personas están familiarizadas con las buenas costumbres ( o, digamos, las costumbres decentes y medias), pero todos entendemos que cuando estás en un restaurante que tiene buffet, debes pararte cada vez que quieras algo ¿o no?

Avancemos. Digamos que las personas pensaron que cambié mi mesa de afuera por una de adentro (no me pregunten por qué, pero la gente es bien pendeja y cree que las mesas que hay afuera NO son para el servicio, sino como sala de espera...), pero, si salgo y me paro frente a ellos, ¿por qué no se levantan? ¿por qué les vale que yo estuviera ahí? ¿Por qué el mundo está lleno de gente con pocos modales y educación?

Después de pensarlo mucho el domingo, llegué a la conclusión que tiene que ver con el tipo de personas que van a La Sazón, porque eso NUNCA me ha sucedido en ningún otro lugar, ni en otro de Tlalpan, ni en ninguna otra zona de la ciudad.

Así las cosas, encontré un grupo de personas con poca educación que gustan de los buffetes de mala calidad, con pésimo servicio y en un lugar que deja mucho qué desear (el lugar está súper sucio, la falta de baños e higiene en los mismos, las entradas de emergencia tapadas con un montón de basura que ahí consideran "decoración", ) que tienen las siguientes características: con poca educación, atrabancados, ignorantes y con pocos deseos de ser alguien mejor (y no lo digo en el sentido usual de querer ser alguien mejor, sino de aceptar que tenemos fallas y errores, y a partir de ahí pretender una mejoría en todos los aspectos).

Entonces, si ustedes han ido a comer o desayunar ahí, tengo sólo una recomendación ¡No reincidan! Podrían perder más que sólo $80... si se sientan en mi mesa, un día de estos podrían perder la vida...

viernes, 17 de septiembre de 2010

Sólo camina!!!


Podría asegurar que todos hemos visto los infomerciales de los tenis mágicos que "pulverizan la grasa" y te hacen bella, esbelata y ágil con "sólo caminar".

Bueno, no sé los demás, pero yo me divierto viendo cómo han sido un éxito rotundo estos tenis, y las señoras los compran y compran y compran. Afortunadamente para ellas, ya existen más marcas y modelos, puedes comprar chanclas, botas, zapatitos, y no sólo unos tenis.

SIn duda la publicidad va dirigida a las mujeres no trabajadoras (o con trabajos no ejecutivos, en oficina y con traje sastre), de clase media y media alta (nadie abajo puede o debería costear unos pinches tenis de $1,000 a $ 2,500), que son el mejor mercado que existe, pues prácticamente están ya cautivas, sólo falta dirigir sus compras.

Todos los comerciales promueven magia, los compras, los usas, y bajas de peso sin haber hecho ejercicio, y es ¡maravilloso!
Yo, después de mucho analizarlos, llegué a la conclusión de que deben ser sin duda zapatos ergonómicos que obligan al cuerpo a mejorar la postura, y utilizar mejor los músculos de las piernas. También creo que deben ser muy ligeros, pues de otra forma lo práctico y cómo se terminaría. PERO, no creo ni remotamente que unos tenis, por el simple hecho de usarlos, puedan hacer que uno queme calorías mágicamente.

Me parece que pensar que la magia no existe, debería de ser muy sencillo, pero creo que no ha sido así. Conozco gente (científicos, y personas con criterio, lógica y demás) que ha comprado estos tenis, esperando bajar de peso ¡qué les pasa! ¿Cómo es posible que alguien que sabe que no es posible quemar grasa sin esfuerzo físico gaste tanto dinero en unos tenis? Que, según me han dicho, salen súper malos y se rompen bien rápido...

No lo puedo creer, verdaderamente me asombra. Pero, lo más interesante es que quienes usan estos zapatos son justo las señoras burguesas que no trabajan ni nada... algunas más jóvenes que otras, pero seguro todas ya casadas.

Toda esta situación me lleva a pensar que las mujeres resultamos bastante pendejas cuando de belleza se trata, dejamos de lado toda razón y lógica y creemos en los comerciales que nos prometen salud, belleza y un cuerpo delgado y sin grasa. No entiendo por qué ninguna de ellas piensa que tal vez cerrar la boca, comer sano, y hacer ejercicio sea lo indispensable para el cuerpo que todas deseamos...

Ojalá y algún día exista un infomercial que quite la pendejez y fantasía...

lunes, 6 de septiembre de 2010

¿Qué pasa cuando no escribo?

He dejado de escribir, con todo y que llevo a todos lados mi libreta, dejé de escribir y aún no sé por qué. Sé que siempre argumento que no escribo cuando vivo, cuando hay un mundo de actividades y felicidad, pero no es cierto; dejo de escribir cuando no quiero volver realidad lo que sucede.
Suena muy estúpido, pero así pasa, cuando uno verbaliza o escribe, lo que sucede se vuelve real, no hay manera alguna de negarlo o hacer como que no es cierto. Está ahí y es inminente... y bueno, yo que soy bien mala para hacerme pendeja, resulta terrible...
Afortunadamente, mi necesidad de no olvidar nos obliga a crear realidades y a tenerlas aquí.
Disfrutemos

sábado, 6 de marzo de 2010

Agujeros


A veces me gustaría no ser yo, sobre todo cuando tiene que ver con la memoria. Sí, tengo una memoria aterradoramente buena, y esto es bueno una gran parte del tiempo; la otra, es puro sufrimiento y tristeza.
No sé cómo debería funcionar la vida, sé que yo paso mucho tiempo recordando, y que esto me causa mucha tristeza cuando recuerdo a personas que ya no están en mi vida. Desde amigos hasta familia, mi vida parece llena de despedidas, como si todos aparecieran sólo para despedirse... no importa si es en poco o mucho tiempo, que quien quiero se vaya es siempre triste. Creo, con el tiempo y mucho raciocinio, que estoy mucho mejor sin varios de ellos, pero eso no quita el dolor. También creo que algunos no deberían haberse ido, o mejor aún, llegado alguna vez si iban a tener que irse. Alejandra me dijo un día que "él" le había dicho que había tres tipos de personas: las llegan para quedarse contigo, las que sólo pasan por tu vida rápido, y aquellas que llegan para cambiar(te) radicalmente, y después se deben ir. Esto es, sin duda, triste, por qué hay gente que sólo llega para dejar una huella imborrable, y después se van.
A veces me siento como ese juguete que es como una esfera, que tiene diferentes agujeros, cada uno con una forma geométrica diferente (círculo, triángulo, cuadrado, etc) y tienes que meter a través de cada agujero la pieza que corresponde según la forma... por supuesto, no puedes meter un cuadrado en el círculo, ni un triángulo en la estrella, y si pierdes alguna de las piezas, ese agujero nunca volverá a taparse o usarse, quedará así: un agujero, para siempre. Así me siento. Llena de agujeros cuyas piezas se han perdido, y que no hay solución alguna.
Por esto, me gustaría a veces no recordar, ya no digamos a la pieza, sino recordar que tengo un agujero, que soy sólo agujeros, al rededor del borde de un círculo, que por dentro está vacío...

martes, 2 de febrero de 2010

Reforma a las costumbres de lectura


Tengo que confesarlo: la avaricia (dicen que el pobre quiere lo que no tiene, el rico quiere más de lo que tiene, y el avaro quiere TODO) me ha consumido, y ante esto, no me ha quedado otra opción más que tomar medidas drásticas. He aquí el problema: todo comenzó en mis mozos años en la preparatoria (5 de prepa para ser exactos... coría el año 98), cuando encontré un par de libros que me gustaron mucho, y después, una persona que disfrutaba leer y tenía buen gusto en la lectura, que me fomentó a leer. Después de este segundo en que me di cuenta de haber cruzado la línea entre quien no lee, y quien vivirá una vida leyendo, todo ha ido maravillosamente. Tengo excelentes hábitos de lectura, siempre (y no es exageración) tengo un libro en lectura, y me es indispensable tenerlo. Sí, a veces tardo más en leerlos, y otras veces no duran ni una tarde de lectura, pero siempre existe algo que estoy leyendo.
Por supuesto, pasé una etapa de extrema lectura (2 o 3 libros por semana) y una de poca lectura (un libro cada dos meses, cada mez). Pero, mi etapa actual es preocupante: leo un libro CADA DOMINGO. Esto tal vez, necesite una explicación, pues presumir leer sólo el domingo es un poco tonto. Entre semana leo poco, unas cuantas hojas por día, no más, pero el domingo lo destino a leer, me siento a las 10 de la mañana y leo hasta la 1, y después de las 2:30 a las 6... salvo imprevisto (como una visita). Esto, me ha llevado a leer un libro por domingo, o en ocasiones dos... Sí, suena maravilloso, pero tiene un gran inconveniente: he leído prácticamente todos los libros que tengo (algunos muy valiosos no pueden salir de casa, así que no los puedo leer el domingo), no me gusta pedir libros prestados, y aunque suelo robar (es decir, pedir prestados y nunca regresar) libros de mi abuela, no me doy abasto. Así, compro libros ¡He ahí el problema! Si por mes leo de 4 a 6 libros, eso significa que tengo que comprar esa cantidad de libros por mes... haciendo cuentas, es una cantidad significativa de dinero, casi imposible de pagar en este momento por mi economía. Por eso, pasó lo terrible (que es el tema principal de esto), decidí dejar mis editoriales favoritas, así como atutores favoritos, recomendados o recomendables, y comencé a buscar en otros lugares de las librerías. Encontré una editorial fabulosa, los libros cuestan $29, pasta dura, hojas color revolución (no blancas, pues), buenas ediciones; de esta primero compré un libro de Lessing, y después fui comprando según el título pareciera interesante. Maravilloso descubrimiento. He leído 5 libros de dicha editorial, y TODOS me han gustado. Algunos son de autores muy famosos, otro no tanto para mí, pero sin duda alguna interesantes. Así, también me he aventurado a comprar libros en las secciones de "oportunidades" en la Gandhi, o de descuento, y también he encontrado libros increíbles. Uno de ellos es Un arma en casa, de Nadie Gordimer.
Esta nueva costumbre de comprar libros diferentes, influenciada por el bajo costo, me ha permitido conocer muchísimos autores que tal vez nunca hubiese leído, conocer diferentes editoriales, y vivir muchas horas de felicidad y lectura. Claro que algunos de los libros no tienen las bellezas estéticas de Alfaguara o alguna otra editorial hermosa (porque hay que admitirlo, lo más cómodo para leer son los libros de Alfaguara), pero al final, lo que importa es el contenido, y éste ha sido siempre agradable y lleno de nuevas oportunidades.
Habrá que ver si todas mis compras resultan tan buenas como hasta ahora...

lunes, 28 de diciembre de 2009

Navidad


Sonaré absolutamente amarguete, y en realidad sé que lo soy, pero creo que con respecto al tema de Navidad, soy bastante objetiva: LA ODIO.
Razones, hay varias, mi infancia no hizo que fueran muy amenas, pero sobre todo, porque me parece una burla. Se supone que es una época para estar con la familia, convivir, disfrutar una buena cena, y por supuesto, utilizar los regalos como una forma de expresar amor. No sé si esto sea universal, o sólo pasa en mi familia, pero la verdad es que esto no sucede. La comida en sí, me choca, no me gusta el pavo (a menos que lo haga la mamá de Aremy), me choca la simple idea de los romeritos, por no mencionar el horrible olor de los camarones secos que alguien cree que es buena idea meter en algo tan especial y exquisito como el mole, y después, el bacalao (por supuesto, el de la mamá de Aremy no se incluye, pues es sin duda alguna el mejor que alguna vez he tenido suerte de probar), que siempre está salado, no tiene gran sabor, y las aceitunas y piñones no son suficientes. Cuando pregunté por qué no mejor comíamos algo que a todos o la mayoría nos gustara, me contestaron que eso se comía en navidad, y que como sólo era una noche, pues que me chingara (con la diplomacia que caracteriza a las familias, es decir, sin groserías, pero con sarcasmo, autoritarismo y desprecio). Así, en cuestiones alimenticias, no me queda más que llenarme de botana.
Después, en la cuestión de la convivencia en familia, qué decir! (ironía, por supuesto), la mitad de la familia "tiene" otras actividades familiares que satisfacer, por lo que convivir se vuelve más en un arreglo o contrato, inamovible, y que siempre puede traer aparejado embargo (recordemos a Jesús Andrés) en caso de incumplimiento. No sé por qué, pero en mi familia no se platica de uno, no se convive tal cual, siempre son temas generales que no nos afectan, o, en su defecto, afectan a quienes sí son importantes (ya saben, cuestiones de jerarquía). Pero no hay tiempo para hablar de cómo estamos, qué hemos hecho, qué pensamos, qué queremos de la vida. Ningún detalle (como chica escolta, cero particulares, puro "trabajo" ja ja ja) personal que pueda comprometer el interés en otra persona.
Finalmente, los regalos. Me encantan los regalos, pero siempre tienen un problemita, atinarle a lo que de verdad me gusta o quiero, es difícil (tampoco imposible, y sería facilísimo si la gente preguntara o pidiera una lista, o algo así). Además, comienzan las comparaciones, ¿El regalo más grande será para la persona que más se quiere? ¿O el más caro? Inminentes son las comparaciones. Mi abuelo, durante muchos años dio el mejor regalo: dinero. Antes nos compraban cosas, casi siempre padrísimas, hay que aceptarlo. Si alguien te regala dinero, te hace feliz!!! Así puedes ir a comprar lo que TÚ quieres, mo lo que alguien más cree que podría gustarte, porque a ellos les parece que "eso" es lo que te gusta o gustaría. Demasiada proyección y adivinación. Me gustan también los regalos de Ángel, porque siempre me pregunta qué quiero, y me lo compra. Sin duda alguna, SIEMPRE LE ATINA. Creo que más que la emoción de la sorpresa, debería ser importante la emoción de la acertividad.
Así, todo parece indicar que no me gusta, ni me gustará algún día navidad. Bueno, tal vez podría gustarme si dejáramos las pretensiones y pautas quesque navideñas, y concentrarnos realmente en el otro, en los demás, en la convivencia, y que lo importante es la oportunidad de estar juntos. El año pasado le comenté a mi prima que debíamos aprovechar esa navidad, pues sería la última con la abuela, y así fue. Murió en septiembre, y esta navidad y las siguientes ya no estará. Pero, a pesar de esto, no aprendimos (el plural es para ser menos agresiva, porque yo no soy así), este año no aprovechamos la oportunidad de estar juntos, de convivir realmente con los demás.
Así las cosas, y ante la realidad de que no cambiarán las cosas, afirmo nuevamente: ODIO NAVIDAD.

Las aventuras de Sherlock Holmes


Así es, todas, y cuando digo todas, me refiero a ese absoluto de TODAS, las he leído. Mi papá le regaló a mi abuela todos los libros de Sherlock, y aprovechando, con cierta vergüenza, que ella ya no los va a leer, pues los tomé, y los leí todos.
Siempre me había interesado el detective deductor, pensativo y siempre certero, pero sin duda alguna, ahora que ya leí todo lo que de él se ha escrito, puedo afirmar que es absolutamente increíble y maravilloso. Me impresiona cómo Sir Arthur Conan Doyle pudo escribir tan bien cada detalle, situación, imagen. Padrísimo sin duda alguna.
Ahora, con todo el conocimiento necesario, me preparo para ver la película. Aunque, tengo un poco de miedo, pues los cortos que he visto lo representan como un hombre de acción más que un hombre de cerebro, y eso no me gusta. Pero, ay de ver...

jueves, 17 de septiembre de 2009

Réquiem


Quien me conoce, sabe que no creo en lo sobrenatural, en Dios, o en cualquier ente que implique actos de creencia y no de raciocinio. A pesar de esto, también conocen mi capacidad extrasensorial de "adivinar" el futuro. Soy conocida en el bajo y pequeño mundo como Guru-Ari, y puedo preveer muchas situaciones, que terminan haciéndose realidad. No sé si es porque tengo la capacidad de leer en las personas su "inconsciente" (necesitamos nombres y términos científicos, por supuesto) y poder así inducir lo que harán después; o, si es que soy tan poderosa que no es el futuro lo que veo, sino que al nombrarlo, mis afirmaciones se convierten en realidad. Esta última opción es más interesante, porque implica un genio de los deseos o algo así, lo que nombro, se hace realidad. Por supuesto, como el Rey Midas, tiene su lado bueno y otro malo.
He podido preveer lo que le pasa a los demás, y a veces lo que me va a pasar a mí, siento con horas de antelación que voy a encontrarme con alguien, y así sucede. Pero, también siento las tragedias antes de que acontezcan. Esto me pasó el domingo... mi abuela llevaba dos semanas muy mal, un poco por la edad (91), otro por las consecuencias de ser fumadora pasiva, y otro más por razones que yo no alcanzo a comprender (mi conocimiento médico es en realidad bastante reducido). Yo sabía desde octubre que estuvo internada en el hospital, que le quedaba relativamente poco tiempo, pero no podía saber cuánto. En navidad, le comenté a mi prima que debíamos aprovechar esa navidad porque sería la última de mi abuela. Así, el jueves pasado fui a verla; ya estaba muy mal, no caminaba nada, estaba conectada al tanque de oxígeno (que amorosamente compartía con su marido), y no se le entendía lo que decía. Estuve un rato ahí, con ella, la tomé de la mano y le sonreí... lloré un poco porque era ya inminente el futuro... platiqué con mi abuelo lo maravillosos que han sido siempre conmigo, cómo nos consintieron, quisieron, educaron, y dieron mucho más de lo que pueda yo decir. Me sentí triste pero contenta. Sin asuntos pendientes. Tal vez, sólo decirle a mi abuela lo mucho que la quiero y adoro, lo importante que ha sido para mí, y lo feliz y dichosa que me siento de haberla tenido por abuela y casi-madre.
Finalmente, el domingo, leyendo y pasando el tiempo en Tlalpan, me puse triste, tenía una necesidad incontenible de llorar, platiqué con Ángel mucho sobre la eventual muerte de mi abuelita, de cómo me sentía al respecto, de todo... Estaba muy triste, más de lo que podía entender...
Ese día, por la tarde, falleció. Me llamó mi prima a las 7, y lo supe en cuanto sonó el teléfono... ella lloraba tanto que no podía hablar, así que me lo dijo su novio: tu abuelita acaba de fallecer... así de rápido, el mundo se me vino abajo, comencé a llorar y me apretó algo dentro, aún no sé qué, pero me aprieta y apenas me deja respirar. Yo lo supe todo el día, lo sentí todo el día... debí correr a verla, despedirme de ella (otra vez, pues lo hacía cada vez que la veía), decirle en voz alta que la quería... tomar su mano mientras moría, no sé... algo. Hacer algo para prolongar la realidad inevitable.
La muerte es un absoluto, creo que el único que existe. Nunca más volveré a verla, no la escucharé más, ni podré reirme con ella como lo hacíamos antes... su casa está llena de recuerdos y familiares muertos que nos acompañan. Ella ya está, como lo pedía, con sus hermanos y padres. Está muerta y con esto tranquila, sin sufrimiento ni dolor. Yo no creo en el cielo ni que haya algo más después de la muerte, por lo menos no para su cuerpo o alma. Dejó en cada uno de nosotros, y de forma diferente, algo. A mí me dejó llena de buenos y hermosos recuerdos, de amor y cariño, de palabras y leyendas. De todos los buenos actos, sentimientos y palabras que alguien pueda dar a otra persona. Me dejó llena de ella, aquí la tengo, conmigo, todos los días estará conmigo.
Me gustaría que alguien me dijera lo que yo significaba para ella, que no sea sólo yo quien interprete esto como un amor absoluto, porque lo sé, me amaba y estaba feliz y orgullosa de mi. Una de mis tías me lo dijo: eras todo para ella, te adoraba y fue la más feliz cuando naciste. Espero que así hayan sido todos los días, que yo haya sido capaz de ser todo lo que ella esperaba. Porque así, sólo ella me importa en esto, sólo esperaba SU aprobación y satisfacer sus expectativas. Por qué, no sé, pero así es. Para mí no hay ni habrá nadie más importante y trascendente, y espero que ella, antes de morir, lo supiera. Porque no era cualquier persona, era la mejor y más importante.
Su papá murió el mismo día hace 42 años... y ella que sí creía en esto, debió de sentirse acompañada porque su papá vino por ella, para llevársela... con ellos...
Nosotros, aquí, nos quedaremos con todo lo demás, dentro de mí, en todo lo que soy y hago.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Disertaciones educadas


Ultimamente María y yo hemos platicado mucho sobre las buenas costumbres y la educación social. No es que ella esté del todo en contra del Manual de Carreño, pero sí cuestiona varias normas, sobre todo las que ya no son vigentes (como bajar del caballo y cosas así); pero, me preguntó brillantemente cuál era la causa de las buenas costumbres, y yo contesté que sirven, básicamente, para evitarle a los demás molestias, saber cómo comportarse para no incomodar al otro. Así de sencillo, es sólo para vivir en armonía.
Sin duda, se presentan conflictos de intereses, como en todos los conjuntos de normas, pero yo no creo que sea demasiado complejo resolverlas.
En cuestiones de hospitalidad, es decir, cuando invitas a alguien a tu casa, yo soy de la idea de que uno debe atenderlos (por eso los invitas), hacer de su estancia en tu casa un momento agradable. Esto implica, ofrecerles algo de tomar o comer, y estar a cargo del orden y limpieza durante la reunión. Esto implica que, si los invitas a comer, no debemos permitir que sean ellos quienes levanten sus platos o los laven. Claro, uno como invitado, debe ofrecerse a ayudar a limpiar, levantar el plato de la mesa cuando terminas de comer, llegar con algo para la reunión o los anfitriones. En realidad es sencillo lo que uno debe hacer... o por lo menos eso creía yo...
He descubierto que las buenas costumbres parecen entes extraños y desconocidos para muchas personas. Han venido a nuestra casa varias personas y demostrado, en cada una de sus visitas, una falta absoluta de educación y buenas costumbres. En una ocasión, una invitada se metió a la cocina, y sin pedirlo, se sirvió café... Por supuesto, quien me conozca podrá saber que ganas de matarla no me faltaron (para suerte suya, yo me enteré hasta después). ¿En qué mundo uno puede hacer eso? Yo, ni siquiera en casa de amigas de toda la vida, o de mi familia me atrevo a hacer algo así, NUNCA, sería motivo de traición a la patria, pena de muerte, y cualquier tortura aplicada por la Inquisición.
¿De verdad es tan complejo portarse educadamente? ¿Soy yo la que exagera? O, simplemente, las buenas costumbres dejaron de ser importantes, y ahora lo socialmente aceptado es ser groseros, violentar al otro, y vivir en un egoísmo descarado. Espero que no.

martes, 25 de agosto de 2009

¡Agua va!


Sé que es un problema nacional, y particularmente de la ciudad, pero tengo que confesar que hasta este fin de semana, no nos había tocado vivirlo en "agua" propia. El domingo y hoy por la mañana, no tuvimos agua, y es extraño, en realidad, porque aquí hay cisterna automática, así que siempre hay agua. ¡Pero no el domingo! A las 8 de la mañana, tuvimos que bañarnos a mentada de madre, y hoy casi.
El asunto es, que esta situación, no sólo la mía sino la del agua en general, me hace pensar muchas cosas. Primero, me pregunto por qué nadie hace nada para purificar el agua, y que se pueda usar (acepto que mi conocimiento científico en purificación de agua es prácticamente nulo, por eso sólo me lo pregunto, hipotéticamente); o, por qué no hay una buena orientación y educación sobre el uso del agua... algo, para que la situación cambie. Porque, no es sólo que hay poca agua, sino que el uso que hacemos de ella es poco responsable y nada sustentable. Yo, puedo regodearme en que hago un uso mesurado de ella, procuro nunca desperdiciarla, lavo los trastes con la mínima cantidad posible, y así; pero, no hago otro tipo de actividades que podrían disminuir el desperdicio, como poner botes o cubetas en la regadera para usar el agua que se tira mientras espero a que se caliente... o utilizar agua de lluvia para el escusado (la idea de usar lluvia ácida para lavar los trastes no me convence, podría usarla para lavar la ropa, pero no tengo lavadora). No sé bien por qué no lo hago, podría escusarme diciendo que porque no tengo suficientes contenedores, pero sé que eso es muy fácil de solucionar.
No sé, tal vez me gustaría vivir en una sociedad, o por lo menos comunidad, en que el desarrollo sustentable y el uso racional de los recursos fuera una práctica común y seria, me sentiría más dispuesta a hacer cambios y mejorar la situación...

lunes, 24 de agosto de 2009

Boris


Hace tres años mi papá adoptó un bulldog, curiosamente los dueños ya no lo soportaban, y mi papá, que siempre quiso uno paraa usar de taburete, decidió adoptarlo. Digo curiosamente porque son perros muy caros y difíciles de conseguir, por lo que, cuando uno los compra, se sabe que son enfermizos, babosos, toscos, hacen mucho ruido (mucho), y otros pormenores.
Feliz era mi papá con Boris, su bulldog que hablaba (es decir, respondía con gruñidos cuando se le hablaba), se sentaba en una silla a la mesa para jugar rummy, y era feliz. Desgraciadamente, su salud no era muy buena, se enfermó varias veces, tuvo una gingivitis complicada que se le pasó al cráneo o al cerebro, perdió varios dientes, muchos kilos, pero seguía vivo, dando lata y haciendo ruido.
El sábado, se murió. Yo me enteré hace rato, y me quedé pensando mucho en esto, en lo triste que es cuando una mascota se muere. Sé que no es igual que la muerte de una persona, más cuando es alguien querido, pero como nadie que yo quiero se ha muerto, no sé cómo se siente. Sin embargo, he perdido varias mascotas queridas. Es muy triste y difícil, sobre todo cuando creamos lazos "humanos" con el animal, cuando lo concebimos no sólo como un animalito o una cosa (legalmente, son cosas), sino como un ser vivo, que siente, piensa, quiere, necesita y da. Sobre todo la última parte, le dan a su dueño muchas cosas alegrías, compañía incondicional, una sensación de maternidad (en mi caso).
Todos estos lazos hacen que la pérdida sea muy difícil, sin duda. Yo todavía recuerdo con nostalgia a varias mascotas que quise mucho, y murieron. Sin embargo, algo curioso me pasa: me duele, pero lo supero relativamente pronto. No sé si porque bloqueo la realidad, pero en cuanto muere una mascota, comienzo a pensar en cuál será la siguiente que la sustituirá, qué perro, raza, sexo, y cómo va a ser. Qué le voy a enseñar, y cómo nos vamos a acompañar. Tal vez, esta sea la gran ventaja de las mascotas, que pueden ser reemplazables sin gran dificultad, a diferencia de las personas, que una vez perdidas, dejan un agujero en nosotros que nada, nadie ni el tiempo podrán tapar.

lunes, 17 de agosto de 2009

La vida nueva, Orham Pamuk


Me avergüenzo de mi: olvidé que había leído este libro antes de leer La visión del ahogado. Cuando me di cuenta, no cupe de indignación ante mi inconsciente, pues el libro me encantó. Así, ahora enmendaré mi terrible olvido.
Parte de mi formación como lectora implica leer premios Nobel, no tanto porque como los premiaron DEBEN ser buenos, si no, más bien, por curiosidad científica, conocerlos, saber lo que escriben, y después poder opinar sobre ellos. Afortunadamente, me han gustado todos los escritores ganadores del Nobel (Menos Jellinek, su escritura fue para mi un suplicio), y Pamuk no es la excepción. Esta novela cuenta cómo un libro cambia la vida de Osman completamente, y acompañado de una chica, deciden ir por todo su país buscando ángeles. La historia, descrita así, resulta ñoña y poco interesante, lo acabo de notar, pero la técnica de escritura, y el cómo son completamente increíbles.
Fue, un libro que causó sólo placer en mi... menos el final, que no era el que yo esperaba (no en calidad, sino en lo que pasó), y lo recomiendo ampliamente.

jueves, 13 de agosto de 2009

Locas de amor


Como ya había visto el capítulo que pasaron hoy de Dr. House, decidí ver la nueva serie de Televisa, Locas de amor. No, no me estoy volviendo fan de esas cosas, no no no; es sólo que me llamó mucho la atención ver el trabajo de Cecilia Suárez en esta serie (porque me fascinó su personaje y actuación en Capadocia, y en el teatro). Así las cosas, hoy vi un capítulo. No sé si el primero, o cuál (el que pasaron hoy, pues), y tengo que confesar que me gustó, y mucho. Las actuaciones están bien, la historia suena interesante (tres mujeres locas), y sobre todo, el guión me gustó. Completamente recomendable para quien todavía crea, o necesite saber, que en México se pueden hacer series y programas con excelente calidad.

La visión del ahogado


Finalmente lo conseguí, después de más de un año, lo encontré en una librería de libros viejos (terrible fue que costara más que nuevo, pero los "nuevos" están ahotados, y esa era mi única opción). Además de bailar como duendecito feliz, me emocionó mucho comprarlo y leer otro más de los libros de mi súper favorito y más maravilloso escritor de habla hispana (Juan José Millás). Desgraciadamente, no duró mucho la emoción, el domingo lo comencé desde temprano, y antes de la hora de comer lo había terminado TODO, con todo y que me puse a leer, con todo y que me distraje un rato... no duró. Por supuesto, eso significa que es maravilloso, como debe ser.
Esta es su segunda novela y libro, y tiene más o menos la misma línea: es crudo, intenso, emotivo, y no pretende trascender (esto lo escribiré otro día, una más de mis disertaciones basadas en epfanías), pero es absolutamente apasionante, atrapa desde la primera frase hasta la última.
Sólo tengo un gran reclamo, descubrí hace poco que Millás ha escrito 24 libros, y en nuestro hermoso país sólo venden (o, con mucha emoción y perseverancia) 9 de ellos... los cuales, ¡ya tengo! Necesito, todos los demás. Hay cosas indispensables, y esta es una de ellas.