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martes, 16 de abril de 2019

Des-hacer.

No sé si es una cosa generalizada o si sólo a mí me causa asombro: hacer como que las cosas no pasaron, se dijeron, no sucedieron es IMPOSIBLE.

En cierto sentido, el pasado es inamovible; sí, se puede reescribir, re-entender, re-elaborar, quitar o poner según diferentes interpretaciones o decisiones de por qué pasaron las cosas, pero nada de eso nos permite hacer como que lo que pasó no pasó. Incluso cuando lo justificamos como un error "hice esto, pero por error, porque yo quería hacer x, mi intención no era hacer eso", justificarlo y calificarlo de error no lo borra, de hecho, le da más peso, se planta más, pues toda esa elaboración sólo es necesaria porque ESO pasó y, por haber pasado, es inamovible.

Una amiga solía decir que uno tiene que tener mucho cuidado cuando pregunta algo, porque la respuesta puede no ser lo que uno quiere (o puede) escuchar, y no hay cómo retractarse, des-escucharlo, hacer como que no pasó (no oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado). Hay que tener cuidado y estar seguros de que queremos y podemos escuchar lo que el otro va a decir, incluso cuando su respuesta es un silencio. Todo eso tiene y tendrá un lugar, y no hay forma de que deje de estar ahí.

Yo, a diferencia de mi amiga, prefiero preguntar y saber, sin importar lo doloroso e insostenible que sea ese saber, que no saber. Porque mi cabeza no encuentra descanso y no deja de darle vueltas al asunto, de considerar diferentes posibilidades, de poner deseos, necesidades, goces, fantasmas, explicaciones, justificaciones, en el otro; y ninguna basta por sí sola, es necesario que yo haga un ejercicio consciente y "decida" una opción, escoja qué fue lo que pasó (¿por qué desapareció? por esto, por estas razones) y, a partir de ahí, elabore un duelo, una historia, algo. Después, puedo tener paz, puedo vivir con esas historias, incluso cuando implican que yo decida no poner ninguna razón y dejar lo que pasó así, vacío, sin relleno, con una tautología "pasó porque pasó y eso basta".

Suena incongruente, si puedo, finalmente, decidir que lo que pasó es tautológico, no es cierto que necesito una respuesta, hacer una pregunta... pero, en realidad sí, porque van por vías diferentes. Necesito hacer la pregunta, si se puede al otro, si no se puede al aire, darle un lugar y luego esperar una respuesta, del otro, de mí, del silencio. Lo que no puedo es no llevar a cabo todo el proceso, darme por bien servida sólo con lo que pasó y no querer/necesitar saber más.

En mi necesidad de darle lugar a la pregunta, he recibido respuestas terribles, que me han hecho pedazos, que me han lastimado más que el no saberlas (pero, ¿cómo saberlo con antelación, para no preguntar?); pero, con el tiempo, me han permitido estar en paz, con el pasado, con mi historia, con los otros, conmigo.

He escuchado cosas que no debí haber escuchado jamás, pero puedo hacer algo con ellas, porque, así como es imposible des-hacerlas, es imposible no hacer algo con ellas, y el qué, depende de mí.

martes, 19 de febrero de 2019

Nunca seré señora

Hace ya unos añitos, escribí un post sobre qué te hace "señora"  y, obviamente, la conclusión a la que llegué es que yo nunca sería señora, porque no me parezco a mi mamá. Ahora, cinco años después, ya  con treinta y siete años, sigo siendo señorita, pero no sólo porque no me parezco a mi mamá.

Tengo que confesar que sí, ya tengo arrugas y, con el nuevo corte de cabello (súper cortito, como dirían las mujeres de mi edad, a la Sinead O'Connor), me veo de mi edad, o lo más cercano a ella. 

Aún así, sigo sin sentirme señora. No tengo pareja, no tendré hijos y, en muchos sentidos, sigo comportándome como jovencita. Recuerdo que en una película de los 90's (El retrato perfecto) le dicen a Jennifer Aniston que ella, con sus veintiocho, seguía viviendo como una universitaria, que no tener deudas, familia, casa, etc., la hacía una persona "de poca confianza" porque no necesitaba el trabajo. Hace unos meses, una amiga dijo algo similar, que se considera "ser adulto" al hecho de endeudarse, porque eso hacen los adultos. Tienen las tarjetas a tope, se echan un préstamo a veinte años por una casa, o de cuatro por un automóvil, pagan las vacaciones y las cosas de la casa a plazos, en fin, que no viven con lo que ganan, sino con lo que deben. En este sentido, tampoco soy del todo adulta; salvo en dos ocasiones, no me he endeudado, no he debido nada. 

También, hace unos años, mi (ahora ex) novio me dijo que yo no me veía de mi edad porque no me vestía "como debería", que andar en jeans, falditas, botas, blusas sin mangas, me hacía ver más joven, porque las mujeres de mi edad suelen trabajar en oficinas y utilizar ropa formal, no como yo; y no sólo eso, sino que el poco maquillaje que utilizo también da esa impresión: me veo más joven.

Al cumplir 36 decidí que comenzaría a decir que tengo casi cuarenta, por varias razones:
- Me encanta el rumbo que lleva mi vida, y me emociona el futuro, no me da miedo envejecer y lo que la edad traiga consigo;
- Me evita las miradas de lástima cuando la gente me pregunta si tengo marido o hijos, porque a los 36, estás aún en el borde, al límite de las posibilidades.
En cambio, tener 40 significa estar quedada y, con eso, ya no hay más que incomodidad de la gente, porque sería de mala educación que me dijeran "uy, pues ya se te pasó el tiempo, qué lástima, pudiste haber agarrado marido" o yo que sé.

Claro, no hay que ser parciales, también lo digo porque eso suele tener como respuesta "te ves súper bien para tu edad"... aunque ese comentario siempre me haga preguntarme cómo se supone que me debería de ver, apenas es la mitad de mi vida, si ya me viera como de sesenta, sería preocupante, ¿no? Sí, sí, sé que mucha gente de mi edad tiene panza, se están quedando pelones, hay canas, arrugas, rastros de descuido y excesos, de preocupaciones, de desveladas, de poco tiempo para la salud y mucho tiempo para las obligaciones. Y no, yo no me veo así. Yo no vivo así.

No es que no me preocupe, o que no pase alguna parte relativamente importante de mis días triste, preocupada, desolada, pero eso no dirige mi vida. Duermo bien, suficiente todos los días, como bien (son un hobbit, no perdono comida saltada), hago mucho ejercicio, todos los días hago por lo menos dos cosas que me hacen muy feliz. Porque, decidí hace algunos años que como uno nunca sabe cuándo se termina la vida, no era una buena estrategia postergar la felicidad, los pequeños placeres, tiempo para mi, para lo que es importante en mi vida. Así que cada día es un buen día, porque tuvo algo que me hizo feliz, algo bonito, algo disfrutable. Incluso los días en que me siento muy mal, que lloro y lloro, que me siento sola, que estoy tan preocupada que siento que voy a enloquecer; incluso esos días hice ejercicio, tejí, tuve pacientes, leí, comí algo rico.

Uf, me perdí y mezclé dos post, pues quería escribir aparte cómo es que me hice una vida completa a cachos, por días; pero ya estamos aquí, así que retomemos y saltemos entre ambos.

Antes solía pensar que uno pasa mucho tiempo perfilándose en lo que va a ser su vida, que el "mientras" duraba muchísimo, y que no era hasta después de los cuarenta cuando uno ya comenzaba a estar donde debía. Ahora, veo mi vida y caigo en cuenta que no va a cambiar mucho, porque esto es lo que quiero y lo que construí. Y, si no cambia mucho, tampoco seré señora.

Aunque, hay que aclarar, eso no significa que no me emocione con utensilios de cocina, o que no teja, cosa, o haga guisos de abuelita. Porque, en realidad, eso lo he hecho desde hace mucho tiempo, y si antes no era suficiente para llamarme/reconocerme señora, no vale que lo haga ahora, ja.

Así que, como mis tías (que murieron pasados los 70, y vírgenes) las señoritas, viviré sin conocer eso que es ser señora, pero sin añoranza. Porque esta, mi vida, no sólo me gusta, sino que vale la pena vivirla.

P.D. Vaya, quién iba a pensar que este sería un post cierra-post-previos, aquí hay otro relacionado con lo que escribí hoy, pero que ya terminó. 

jueves, 7 de febrero de 2019

Alguien tiene que recordar nuestra historia, alguien tiene que contarla

Hace dos días recordé las historias que mi abuela solía contar sobre su papá. Eso es algo común, constante, recuerdo esas historias, su pasado, lo que me contaron, lo que viví con ellos; pero, yo no tengo a quién contárselas, nadie que escuche.

¿A quién contarle cómo mi abuelo fue "enviado" a la Revolución, pero que antes tuvo que casarse, para que alguien se quedara con sus cosas por si moría (¿qué tenía, qué era lo que había que dejarle a alguien más? no lo pregunté, nunca pregunté y, ahora, es imposible saberlo)? Mi bisabuelo, Joaquín, quien fue escolta de Madero, quien con sólo quince años aprendió a matar, a sobrevivir, a mandar a otros para que mataran, para que sobrevivieran. Ese hombre que, en dos ocasiones, estuvo a punto de ser fusilado PERO que fue salvado, en ambas ocasiones, porque el jefe de los otros (tampoco pregunté quiénes eran los otros, contra quiénes y en qué momento) afirmaba: A LOS VALIENTES NO SE LES MATA. Ése es el bisabuelo que yo tengo, un hombre valiente, con principios, un hombre cuya vida valía ser vivida.
No se trata de hablar de la Revolución, de decir qué bando, en qué momento, hizo lo correcto o no. No. Se trata del hombre que fue el padre de mi abuela, de la historia de aquél que nos enseñó que la vida, vivirla, es algo que se gana, con honor, con valentía, con respeto hacia los otros (incluso, hacia los enemigos).
Joaquín, ese hombre que siguió en el ejército tal vez (tampoco pregunté) hasta su muerte "prematura". Ese hombre que sabía vestir el uniforme, no de un ejército, sino de una patria que amaba, que le enseñó a sus hijos a amar, a servir a sus habitantes, a respetar.
Un hombre que, después de haber matado, durante años, regresó con su familia, con su esposa, sus tres hijos. Un hombre que vivió la muerte de dos de sus hijos, aún jóvenes. Ese abuelo del que, incluso a pesar de su aspereza, es relatado como cariñoso.

¿A quién contarle de mi bisabuela, que perdió a uno de sus hijos, porque el miedo de haber perdido a su marido en la Revolución (cuándo, qué pasó, por qué lo creyó muerto... no lo pregunté) hizo que dejara de dar leche, y no tuvo con qué alimentarlo? ¿Qué hijo era? ¿cómo se llamaba? Ya no hay nadie vivo que lo sepa, que lo recuerde. Ella, Sara, una mujer bien cabrona, la menor de sus hermanos, que tuvo que salir a trabajar, a los diez años, porque habían perdido a su padre (¿también a su madre?) y alguien tenía que trabajar para que comieran. Esa mujer que viajó con su nieta a Asia, que cambió de religión/iglesia cuando le dijeron que no estaba permitido el uso de joyas, que un día, a sus 82 años, se fue a acostar temprano porque se sentía cansada, y no volvió a despertar.

Ahora, sólo una persona viva recuerda a Polita, hermana de mi abuela. A la médico que, según me contó mi tía que le contaron, decidió no casarse, para ser más libre, para poder trabajar... esa mujer hermosa, cariñosa con su sobrino, que murió tan joven, de improvisto. 

¿Quién contará estas historias? Mi historia. Porque yo crecí entre ellos, y es de ahí de donde vengo. Aunque hayan pasado ochenta años entre el inicio de esa historia y yo, el tiempo no hizo diferencia, no nos separó.

¿Pasará lo mismo con las historias de mis abuelos? ¿Le contará mi hermano a su hijo sobre el abuelo, sobre cómo sabía sacar una tuna y comérsela sin quitarla del nopal? ¿cómo hubo épocas en que sólo comían plátano porque no podían comer más? ¿cómo estudió en San Ildefonso? ¿Seré yo quien le cuente a él, a mi sobrino, sobre mis abuelos, sobre mi padre, sobre la casa en la que todos crecimos? ¿Le contaré lo que hacían sólo conmigo, o para mí, o las cosas generales? ¿cómo mi abuela, todos los días, leía la Biblia por la mañana, a medio día Sherlock Holmes, y por la noche veía películas de acción? Cómo, cuando éramos niños, corría con nosotros, me mandaba a la calzada por hierbas de olor para guisar, que disfrutaba los zapotes que daba el árbol, o cómo siempre había espacio en sus brazos para un cariño, espacio en su sillón para sentarse con ella, tiempo para enseñarnos algo, piojito e historias para antes de dormir. 
Hace un par de días, la mamá de mi hermano me contó que él no entendía de dónde le venía el gusto por que le hicieran piojito, y ella contestó que eso era cosa mía, que yo le hacía piojito cuando era chiquito, para que durmiera. ¿Sabrá mi hermano que ese piojito "nuestro" es también el mío con mi abuela? ¿Sabrá él que así yo aprendí que sentía el amor, porque ella me enseñó? ¿y ella? ¿dónde aprendió, alguien le hizo piojito cuando era niña, o lo descubrió cuando tuvo a sus hijos? 
Ahí estamos, tres generaciones, tal vez cuatro, en un solo gesto de amor. ¿Le hará él piojito a sus hijos, si los tiene? ¿Pasaremos todos nosotros por ahí, en algo tan pequeño y, al mismo tiempo, tan enorme y con tantas historias juntas?

Por eso, alguien tiene que contar nuestra historia, alguien tiene que escucharla. Sin importar cuántos años han pasado desde que murieron siguen aquí, todos los días y, por eso, alguien tiene que contar la historia, recordarlos, reconocerlos allí, donde siguen vivos, donde aún hablan.






miércoles, 19 de septiembre de 2018

Relaciones mezcladas

Seguramente he escrito al respecto pero, si no, comencemos por el principio: fui criada, cuidada y querida por mi abuela paterna. No es que mi madre no estuviera presente (vaya si lo estaba, y no en el buen sentido), es simplemente que desde pequeña fue mi abuela quien se encargó de la parte de cuidados y de amor en lo que a mi respecta (sí, es curioso que no sucediera así con mi hermano, que sólo es 13 meses mayor que yo).


Así las cosas, mi madre es/fue mi abuela; a quien escucho en mi cabeza cuando hago travesuras o muladas, quien se ríe conmigo de mis chistes, a quien le cuento lo que pasa, quien es mi referencia en cuestiones de cuidados y de amor. [Tal vez habría que decir que ella murió hace 9 años (como ya conté por acá en ese entonces) y que sí, tal vez estoy medio loca por hablar con mis muertos, pero son míos y yo hago con ellos lo que se me dé la gana.]



En los últimos tiempos, he caído en cuenta de que no soy yo la única que considera que mi madre fue mi abuela:
- Mi abuelo, me decía "háblale a tu madre";
- Mi papá, a veces habla de nuestra mamá;

- Un tío, hace poco, relataba una historia de cuando él y mi papá eran niños "y tu mamá se enojaba un montón porque ensuciábamos la ropa". Y no, no se refería a la mujer que me parió.

Pareciera que ambas categorías mías se confunden y se mezclan: soy la hija, soy la nieta, soy las dos. En las historias familiares, ella siempre es mi madre, se refieren a ella así pero, al mismo tiempo, su marido (mi abuelo) no deja nunca de ser mi abuelo, ni mis tíos mis tíos, ni mis padres mis padres. Simplemente, en lo que respecta a mi abuela (o, tal vez, debería decir a "nuestra relación") la relación es doble, confundida y mezclada.

Yo decidí, hace muchos años, que ella era mi madre, que en esto que es mi historia y mi vida, yo podía elegir qué lugar le correspondía a cada quien y que ella sería, había sido y será mi madre (lo cual, curiosamente, no cancela que mi madre también es otra, y que no dejo de reconocerlo así). Esta decisión me dio paz, me permitió sanar y re-contar mi historia, dejar de sentirme sólo vacío e incomodidad, sentir amor, calientito y sonrisas. Sé que esto es mi decisión y es respecto de mi historia, nada más...

Y, aún así, escucho a la familia contar historias de mi madre, como si eso que yo re-conté es en realidad lo que pasó, como si algo de eso sí hubiese sucedido, como si esta historia, la mía, también fue la de ella y, en tanto suya, también decidió ser mi madre.

Así, tengo historias con mi madre, con mi abuela, con mi abuela y mi abuelo, con mi madre y mi abuelo, con mi madre y mi hermano (su nieto), tantas variedades que, aunque podrían, no se confunden ni se cancelan. ¿Quién dijo que uno sólo puede ser una sola persona para alguien más?

viernes, 5 de diciembre de 2014

Volver, con la frente marchita

Me encanta esa canción, Volver, es triste y melancólica, pero me gusta. Me gustaba mucho porque la asociaba a él, porque pensaba que algún día habría que volver... no sé a dónde, ni siquiera sé quién, pero sabía que eso volvería.

Freud y Lacan, plantearon que el tiempo de lo inconsciente, el tiempo en el que suceden las cosas en lo inconsciente, no es un tiempo cronológico, sino lógico. Es decir, que nada tiene que ver con el momento en el que, según el reloj, suceden las cosas; tiene que ver con un tiempo que se mide con otra medida, que sigue una lógica que no responde a razón alguna. Por ejemplo, cuando una mujer le dice a su pareja "tiene mucho que no me dices que me amas", y él contesta que lo hizo esa mañana, recién. Pero eso es mucho tiempo para ella, porque, lógicamente, es mucho tiempo, han sucedido cosas que hacen que lo viva como mucho tiempo. De la misma forma, hay sucesos que se viven como si fuera ayer y en realidad han pasado muchos años.

Así funciona, no es una cuestión cronológica, no responde a un orden predeterminado.

Yo lo descubrí esta semana. El tiempo funciona muy extraño. Pasé diez años extrañándolo, pensando en él, con un vacío que dolía mucho y no se iba. Finalmente, en diciembre se fue ese dolor y pude acomodarlo en su lugar, dejarlo descansar y permitir que me acompañara de una forma diferente. No es que lo olvidara, eso ni siquiera es pensable, es que se acomodó diferente. Casi un año después de inaugurar su lugar, nos volvimos a encontrar...

Le escribí un mail para preguntar si podía compartir sus tesis con mis compañeros de estudio, él contestó que sí, pasaron unos cuantos correos raros, como de reconocimiento, con cautela, desconcierto, miedo y, de repente, casi sin darme cuenta, estaba otra vez con mi amigo, escribéndome con él, compartiendo, sintiendo cariño y apapacho. Nos volvimos a encontrar no porque establecimos contacto o una relación, otra vez; no, nos exactamente así, nos pudimos re-encontrar porque ahora fue desde este otro lugar, porque estos años habíamos estado perdidos (por lo menos en mí así era), todos los intentos de acercarme habían sido fallidos porque eran mensajes erróneos, de lugares equivocados, confusos.

Han pasado diez años, no nos hemos visto (físicamente) en más de ocho años, pero eso sigue aquí, el cariño, el interés, lo bonito de la relación, ése amigo que tanto anhelé y extrañé está aquí, otra vez; y parece que el tiempo no pasó, que fueron sólo unos días de distancia... y al mismo tiempo, un universo ha pasado, porque él no es el mismo, yo tampoco... muchas cosas han cambiado, otras han desaparecido. Sé que el espacio y el tiempo que pasaron eran necesarios, lo sé porque se siente acertado, sin dudas.

Y aún con todo esto, el tiempo, el espacio, el duelo, la despedida, nos encontramos otra vez, y me hace sonreír, porque este "nuevo" lugar que tiene no sólo es el suyo, sino que además se siente bonito. 

lunes, 6 de octubre de 2014

Parejas infelices

Ayer caí en cuenta de que tener una relación de pareja satisfactoria es, en realidad, un caso excepcional y no, ni remotamente, una regla.

Con mi poca experiencia, me atrevo a decir que uno valora una relación de forma diferente, según la edad. En la juventud, lo más importante es el sexo y la atracción física; después, la capacidad económica, reproductiva y presumible (es decir, que puedas presumir a tu pareja); a los cuarentas o cincuentas, entre el miedo a estar solo y la fantasía de encontrar algo mejor (aunque no tengas idea de qué podría ser mejor, o mejor “en qué”), a veces te separas, otras te resignas, pero siempre con duda y un dejo de angustia; finalmente, pasados los sesenta, las parejas tienden a dejar fluir la mierda y lo bueno, porque no vale la pena pelear por cambios que no han sucedido ni sucederán, y el miedo a una vejez en soledad es más grande que cualquier infelicidad.

No sé por qué, exactamente, pero cuando veo parejas que llevan más de 10 años juntos, siempre percibo que hay más contención que amor y felicidad, que parece una carrera de resistencia y no un equipo que crece y comparte. Las quejas no se hacen esperar, comentarios que muestran poco respeto o admiración hacia la pareja salen de formas discretas o descaradas, en los peores casos, les resulta imposible no expresar el odio y la incompatibilidad que hay entre ellos, y las consecuencias de infelicidad, amargura y poco placer.

Yo no he estado más de 10 años con alguien, ni siquiera con mis amigos he mantenido una relación más longeva, pero no dejo  de fantasear con que podré hacer una vida con mi pareja, y encontrar la manera de ser feliz y mantener siempre (tal vez no todo el día, pero sí todos los días) el respeto, las risas, el placer y el apoyo.

Desconozco cuáles son los factores que influyen y hacen que la relación termine en fracaso, ¿será la edad en que uno se enamora? ¿la falta de conocimiento y aceptación de uno mismo? ¿una ignorancia sobre lo que se quiere a futuro? ¿cambios de planes que resultan incompatibles a los anteriores y, por ende, con la pareja actual?

No lo sé, verdaderamente no lo sé, y no deja de darme un poco de miedo. Pero, de todas formas, me parece más triste ver y escuchar que alguien está en una relación en la que no quiere estar, con alguien a quien ya no ama, que no se siente satisfecho o ilusionado por lo que queda por construir y vivir. Peor aún, me resulta la gente que decide quedarse con esa persona “para siempre”, sólo porque no quiere morir solo, envejecer y degradarse sin que algún pobre tonto se trague toda esa mierda y aguante sólo porque están casados. Porque, vamos, seamos honestos, quedarte con alguien a quien no amas o respetas, sólo para que te limpien la cola cuando estés viejo, es una chingadera, sin importar cuánto dinero puedas aportar para “ganártelo”.


Mmm, creo que me estoy desviando del tema, o es más complejo de lo que pensé. Es triste ver que muchas relaciones y parejas, después de veinte años de estar juntos, aceptan que no son felices y no hay más por hacer para que eso cambie, que sólo queda separarse. Ni los hijos ni los planes ni la casa ni nada pudo paliar esa diferencia, aminorarla… tal vez se escondió o negó un tiempo, pero no más. Y, lo curioso, es que no es lo mismo “comenzar” otra vez a los 20 o 30, que a los 50…

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Uf, lo cotidiano.

No sé a ustedes, pero a mí, lo cotidiano, lo que hay que hacer día a día, a veces me resulta complejísimo y complicadísimo. No me refiero a hacer lo que uno hace diariamente, todas las cosas, sino algunas.

Por ejemplo, a mí, escoger dónde comer, los días que no como en casa, me resulta una T O R T U R A. Siempre pienso que quiero otra cosa, pero no sé cuál y debo descubrirlo, porque (lo sé), la opción que escoja no va a ser la mejor. Casi siempre me queda un dejo de nostalgia, después de comer, por esas otras opciones que tenía (¿?) y no elegí. A veces, esta situación me produce tanta frustración, la incapacidad de decidir, que puedo terminar en un mar de lágrimas o, si ya me enojé, sin comer. Y, lo peor de todo, es que una vocecita en mi cabeza, mientras sufro elegir, me grita: "¿Pero por qué tanto pinche drama? ¡Es sólo UNA comida, no es para tanto! Escoge un lugar que te guste y ya, mañana podrás ir a otro y así. No es para tanto". Obvio, para esa vocecita, no es para tanto, pero a mí, se me puede ir la vida en ello.

Escuché en una clase de psicoanálisis, que ése es el típico comportamiento del obsesivo, no tomar una decisión, no dar el paso, quedarse en el "drama", inventando vericuetos para evitar el camino recto, preferir rodear y hacerse pendejo antes de poder tomar una decisión. La maestra dijo "ustedes pongan a dos neuróticos obsesivos a escoger si van al cine o a cenar, y verán que no harán nada", y claro, toda la clase reía, mientras yo pensaba que no causaba risa, que es una situación bien frustrante y compleja. Porque no es que uno "no quiera", que no se le dé la gana, es que uno NO puede escoger, va más allá de toda voluntad. No se puede. Porque, claro, ahí se juegan más cosas que sólo una comida.

Como esto, hay mil cuestiones. Me pasó con la bicicleta, yo moría por andar en bici, ahorré y fui a comprarme una, escogí una bien bonita y de regreso a casa, en el metro, con la bici, no paraba de llorar porque me daba miedo. La amiga con la que iba me dijo que no era para tanto, que no tenía por qué usarla, que el simple hecho de haberla comprado ya era un avance enorme y debía vivirlo como una victoria, no como un nuevo reto o una traba infranqueable. Sí, yo lo entiendo, pero me sobrepasa. Otra vez, no es que yo no quiera dejar de hacer drama por algo tan ridículo como andar en bici (sí, ya dirán ustedes que de dónde la necedad de usar la bici, si me causa tantos conflictos. Más fácil usar el bus y ya), es que no puedo. 

Alguna ocasión, en análisis, me di cuenta que esa angustia que me producen esas situaciones, eran justo aquéllas en la que mi Deseo estaba en juego. Que ante el deseo lo único que yo podía hacer (yo no, mi inconsciente) era angustiarme y querer huir. Y claro, eso está bien cuando hablamos de cosas cabronas, como ser psicoanalista contra todos y todo, con trabas e imposibilidades económicas, sin apoyo... bla bla bla. Pero que el deseo se juege en usar o no la bici, comer o no algo rico... suena un poco ridículo.

Ahora, después de mucho análisis y huevos (porque vaya que hacen falta huevos para no salir corriendo ante la angustia), he aprendido a delimitar la angustia, a darle un rodeo cuando no puedo atravesarla, pero no a quedarme atrás. También, he podido distinguir esas batallas que no valen la pena ser peleadas (si de plano no puedo escoger qué comer, lo más barato y a la chingada, total, ni me va a hacer feliz, así que mejor gastar poco... o simplemente no comer y ya, que no me voy a morir por eso). Hay ocasiones en que sí he podido atravesar la angustia, una de ellas fue la bicicleta, de tanto intentarlo y llorar (qué ridícula debía de verme en la calle, con la bicicleta al lado, a moco tendido porque no puedo subirme en ella y rodar), un día lo disfruté... y no hubo forma de bajarme. Ahora la utilizo para desplazarme a casi cualquier destino y me encanta. Porque, ahí está el secreto: lo que hay del otro lado de la angustia es justamente el deseo. Y, si uno es capaz de franquearla, lo que sigue se disfruta (nótese que la parte compleja es "ser capaz").

Tal vez rodearla no sea exactamente una victoria, pues la angustia sigue, de alguna forma, acechándome, pero tengo la tranquilidad de saber que, mientras esté detrás y no delante, puedo lidiar con eso. Además, he aprendido a disfrutar esas actividades que me permiten rodearla. Soy muy organizada (sí sí, al borde de lo patológico, pero me funciona) y eso me gusta. Disfruto planear mis actividades, listas de pendientes, organizar documentos por orden e importancia, alfabetizar y catalogar mis libros... Todas esas actividades que parecen alejarme del objetivo son, en realidad, los pequeños pasos que me acercan, poco a poco, a mi destino.

Porque, en esto sí es cierto que el jardín es más verde del otro lado de la barda.

martes, 20 de noviembre de 2012

Cuídate

Sí, soy bien cuadrada, me gusta que el mundo, principalmente el mío, funcione como YO considero que es la mejor opción. PERO, también soy una persona tolerante, mucho más de lo que puedan creer los que me conocen (aunque, si me conocieran, lo sabrían), y entiendo que cada quien tiene inconsciente, deseos, necesidades y demás. El problema empieza cuando queremos que los demas hagan lo que uno quiere, o cuando emitimos juicios sobre su actuar en función de nuestras necesidades.

Claro, aquí viene el ejemplo.

Por varias situaciones (algunas ya escritas aquí), he pasado unas semanas de muchísimo estrés, angustia y pánico. No han sido días normales, aunque yo he sido más yo que en los últimos años (cosa extraña, lo sé). El único gran síntoma que he presentado es la falta de hambre. El último mes prácticamente no he tenido hambre (y yo no perdonaba una comida, así como los hobbits) y he comido muy poco. Como buena estudiante de psicoanálisis, lo veo como un síntoma y decido dejarlo hablar, no callarlo ni negarlo; si está aquí y se presenta es porque mi inconsciente habla y mi única respuesta debe ser escucharlo, no hay ciencia oculta. Por supuesto, una cosa es que escuche el síntoma y otra que sea bien pendeja, y no.

Esa es la razón por la que decidí comprar suplementos alimenticios y desayunar uno, así por lo menos sé que una gran cantidad de nutrientes y vitaminas entran en mi cuerpo, y no me desnutro. Además, todos los días procuro comer un poco de carne, pollo, algo con proteínas. 

Lo que me enoja es que cuando he comentado mi falta de hambre, quien escucha suele contestarme con un diarréico: cuídate, por favor, no te descuides, no te puedes enfermar ni tener anemia ni nada parecido. ¿Pero qué no ven la diferencia? ¿No es claro que si estoy tomando suplementos alimenticios y comiendo cárnicos, me estoy cuidando? ¿En qué mundo sería mejor que comiera como cerdo? O, peor aún ¿que negara que algo me está pasando y que afecta, que no logro verbalizar del todo, que escapa de mi conciencia?

Y, al final, mi pregunta es ¿no es mi vida? ¿no he mostrado que puedo hacerme responsable de ella y de mis decisiones? ¿dónde queda la confianza? (aunque esas sean tres preguntas, no una).

lunes, 29 de octubre de 2012

Me perdí

¿Alguna vez se han perdido? No me refiero a físicamente o en algún lugar, si no dentro de uno mismo. A mí me acaba de pasar y no me había dado cuenta de que estaba perdida, porque eso pasa, uno sólo recuerda ciertos olvidos o se encuentra en algunas pérdidas, no en todas, y a veces pasa mucho tiempo y no lo notas.
Sigues tu vida como si nada, te ves y sientes y todo está igual, no hay cambios aparentes, todo funciona y haces lo normal. No hay nada qué pensar o meditar.

Y de repente...

Algo pasa y te das cuenta de que no estás aquí adentro de tí, ni siquiera sabes qué pasa, sólo notas algo raro, comienzas a hurgar, a pensar, a buscar y ves un poquito de luz ahí, justo debajo de una caja donde nunca pensaste encontrar algo. Te asomas y ahí está un cachito de tí, ése que tanto te gustaba, que te hacía quien eres, que emanaba vida y felicidad; está escondido y parecía perdido. Lo siguiente tampoco es tan sencillo, no es como sacarlo, sacudirlo y ponerlo en su lugar. No, primero hay que organizar todo lo demás, buscarle su espacio, quitar lo que ya no te sirve, lo que no debería de estar hasta adelante. También debes adornar y arreglar, hacer que todo esté impecable y funcione, prueba y error, reacomodo, ajuste, análisis, prueba.

Lo demás, resulta sencillo, ya estás otra vez ahí, te mueves y lo sientes, te vives y te gusta, sonríes y sabes que a partir de este momento, no queda más que avanzar con felicidad, gusto, con todo.