jueves, 24 de enero de 2019

Con la edad...

Hasta que cumplí 37 años (es decir, hace unos días) pensaba que, con la edad, me convertiría en "señora", en una mujer adulta, en algo que (aún) no era. Como si la edad, el tiempo y lo transcurrido en él, fueran a hacer de mi otra persona, a cambiar ciertos rasgos, conductas o gustos, como si esa que yo era/soy fuera pasajera, el "mientras" me hago adulta.

No sé bien si es una idea que saqué de mi familia, de ver a las mujeres (ya adultas) en mi familia, en cómo se comportaban a cierta edad, y que eso me hizo pensar que yo, igual que ellas, sería así a esa edad; tal vez, es una cuestión cultural o de educación, que uno deja de ser adolescente y se convierte en un adulto responsable porque así debe ser, porque es lo esperado, porque hay que madurar, por lo que sea.

No lo sé. Lo que sí sé es que, más bien, yo no me he convertido en esas mujeres, ni en esa idea que tenía de una mujer adulta, vaya, ni siquiera soy señora (y ya casi voy a cumplir cuarenta).
Tengo casi cuarenta y no me he casado, lo cual no está mal porque me gusta mucho la soledad, vivir sola, y porque sólo he conocido a un hombre con quien creí que podría vivir feliz y sin pelear (es decir, un buen candidato para casarme... salvo por el hecho de que él decidió que no quería estar conmigo porque le incomodaba nuestra intimidad y porque "no teníamos futuro"... vaya diferencias de percepción, gracias, Lacan). 

Además, nunca he querido tener hijos, ya me hicieron la salpingoclacia y, consecuentemente, no tendré una familia; lo cual, al mismo tiempo, hace que encontrar, buscar o estar con un hombre no implique prisa alguna.

Ninguna de las ideas de mujer adulta que tenía implicaba esto: estar sola. Recuerdo que mi mamá a mi edad tenía ya 10 años divorciada, pero era eso: una mujer divorciada y con dos hijos. Yo no soy ninguna de las dos.

También pensaba que, a los treinta, ya me habría quitado el arete del ombligo y los "extras" de las orejas, porque las mujeres adultas no los usan. Pero no sólo no pasó, sigo usándolos todos (no he encontrado una razón para quitármelos, así que siguen aquí, ya con 20 años en mi cuerpo) y, después de los 30, comencé a tatuarme (bueno, fueron dos sesiones para seis tatuajes y una tercera para quitar dos anteriores y poner uno nuevo). Sin duda, las mujeres adultas de mi cabeza no se tatúan a esta edad.

Sigo usando las uñas pintadas de negro, azul, morado, blusas de tirantes, escotes, blusas sin espalda, mini-mini faldas, botas, pantalones a la cadera... esas cosas que estaban de moda cuando fui adolescente. Modas que, también, pensé que de adulta dejaría de usar, que comenzaría a vestir como mujer adulta exitosa-ejecutiva- formal. Pero no pasó. Mi trabajo (clínica psicoanalítica) me permite vestir como se me da la gana, mi cuerpo (para mis estándares, no pretendo generalizar ni esperar que todas se vistan como yo o sigan mis tontos estándares) me permite ahora, más que antes, usar mini faldas, enseñar las piernas, la espalda, los brazos. No sólo no dejé de usar esa ropa, sino que ahora la uso mucho más feliz y segura que en mis veintes (que pasé, en su mayoría, con sobrepeso... a diferencia de mi adolescencia, en la que estaba súper flaca y curveada).

Tal vez, con la edad, me he vuelto un poco menos agresiva, un poco más sabia, con más ganas de perdonarme y perdonar a los demás, de entender (a ellos y a mi); pero sigo teniendo el mismo sentido del humor, sigo diciendo groserías, haciendo chistes vulgares, hablando como si no me importara quién me escucha (no me importa, nunca me ha importado), no siendo capaz de controlar el volumen de mi voz, diciendo cosas fuera de lugar.

Ahora, a la mitad de mi vida, caí en cuenta que, ser adulta tal vez no se trata de dejar de ser yo, sino lo contrario: ser más yo, ser yo sin importar el otro, sin considerar expectativas, demandas y necesidades impuestas. 
Tal vez, ser adulta es poder estar en paz con esto, y no soltarlo. No dejar las botas ni aunque "sean para chavos", no dejar de reír a carcajadas, no dejar de disfrutar el tiempo y espacio sola, no dejar de vestir como me gusta, de decir lo que quiero, de sentirme.

Tal vez, ya tiene mucho que soy una mujer adulta, que soy, Ariadna, sólo que no me había dado cuenta de que esto es lo que habrá.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Push-ups, o masculinidades enclenques

Por diversas cuestiones, hace 5 años comencé a hacer ejercicio; como nunca me gustó el esfuerzo físico, tomó algo de tiempo que encontrara qué me gustaba (o, por lo menos, no padecía demasiado) hacer. Comencé con pesas y natación, me encanta el agua, la sensación de estar dentro del agua, el olor a alberca me hace sonreír, así que fue un buen comienzo. Hasta que me metí al agua. Tenía 20 años de no hacer natación, no sólo no tenía condición física, con pulmones de fumador y dificultades para entender las indicaciones (ya había tomado clases, sabía la técnica de todos los tipos de nado, pero no fue como con la bicicleta, esto sí lo olvidas) fue toda una odisea. Pero me gustó, salía agotada y feliz, emocionada.

Poco a poco, mi cuerpo se fue convirtiendo en otro: fuerte, marcado, resistente al esfuerzo. Poco a poco, dejé de ser sólo un ratón de biblioteca chupa-libros, y me convertí en otra mujer, aunque no supiera aún en cuál o de qué tipo.

Hace cuatro años comencé con las clases de TRX, mi fascinación absoluta. Es mucho ejercicio, en todos ejercitas la espalda media (muy importante para alguien que, como yo, tiene problemas de espalda), y los resultados son bastante rápidos de percibir. Tres horas a la semana y, en unos meses, tenía los brazos y la espalda marcadas. Además, tenía más fuerza, más resistencia, comenzaba a gustarme poder hacer ejercicio y la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Un año después, decidí combinar TRX con entrenamiento funcional (el primero por las noches, el segundo por las mañanas), y me sentí aún más feliz. Podía hacer tantas cosas, cargar pesos que jamás pensé que podría. Maravilloso.

Pero, esto no se trata tanto de mi amor al ejercicio como de las masculinidades, así que retomemos el camino.

En ambos entrenamientos haces ejercicios para las piernas, para el abdomen, y para la parte superior (brazos, espalda, pecho). Como era de esperarse, los hombres hacían con mayor enjundia los ejercicios de la parte superior, eso es "lo suyo". No sé por qué o cómo (más bien, si es cierto) pero me entró en la cabeza que una forma de evitar que mis pechos lleguen al ombligo es tener fuerte el músculo que les sostiene (porque sí, los pechos son pura grasa, tejidos y glándulas, nada de músculo), además, una espalda fuerte aminora el dolor de espalda y mejora la postura. Así que ahí estaba yo, dándole duro a los ejercicios de espalda y pecho, de hombro, de brazos; con mi amigo/compañero de TRX retándonos y picándonos para hacer los ejercicios, fui metiéndole más fuerza, más intensidad (no recomiendo, nadita, escoger como compañero de ejercicio un ex-jugador de americano, le meten a lo superior con gusto y, si además les gusta el reto, es una dinámica dolorosa), haciendo los ejercicios al nivel de él, más repeticiones, más enjundia.

(Por supuesto, él tenía 20 años de delantera respecto de mi, había ejercitado esa parte de su cuerpo desde niño y, por más que yo quisiera superarle, era imposible.)

Un día, a media clase de TRX, el entrenador dijo que haríamos power-push-ups y una chica, muy asustada, gritó "esos son ejercicios para hombres". CASI ME MUERO Y ME LA LLEVO DE CORBATA. "Esos son ejercicios para hombre", ¿qué es eso? hasta donde sé, los únicos ejercicios "para hombres" son de pene, porque el resto de los ejercicios, en tanto implican músculos que TODOS tenemos, no son exclusivos de un sexo. Después de quejarme con mi amigo, caí en cuenta que esa es la creencia generalizada: las lagartijas SON para hombres, las mujeres no hacemos esos ejercicios. Habrá quien diga que es porque no tenemos fuerza para hacerlas, habrá quien diga que si haces muchas te bajan los pechos.

Después, me fijé que esto era tan cierto, que muchos hombres se juegan toda su masculinidad en unas lagartijas. Es muy divertido verles cómo se frustran y enojan cuando una mujer hace más que ellos, cuando una mujer no se cansa y ellos sí. Hacer lagartijas se convirtió en una demostración de quién es y debe ser el hombre (para ellos) y, en esa demostración se les va la vida. No quieren aflojar, no quieren parar, no quieren utilizar menos peso, quieren seguir sosteniendo esa bella masculinidad, aunque esté un poco magullada.

Pobres machitos, pobres hombres, pobres masculinidades, expulsados de su espacio (el gimnasio), sus ejercicios (las lagartijas), su lugar en el mundo. Pobres.

Tal vez, en unos años, puedan ser tan fuertes como una mujer. Ya casi.

martes, 30 de octubre de 2018

Morralla: la cosificación de la vergüenza

No sé si pasa en todas partes del mundo, pero en mi bello país (México), la morralla (es decir, las monedas, "el cambio") y los billetes de baja denominación (como el billete de $20) son motivo de vergüenza; pagar con cambio resulta, casi siempre, algo que da pena y que se hace sin que el otro se dé cuenta.

Podríamos decir que, en términos de dinero, también existen jerarquías, y no sólo en el sentido de que más dinero te hace más, sino que la denominación del billete con el que pagas dice algo de ti. A veces, uno paga con un billete de $500 y, por eso mismo, el trato recibido es diferente, como si el simple hecho de tener uno de ellos significara que tienes muchos más (si no, ¿cómo es que tienes por lo menos uno? no es lógico, es obvio, ja); algunas de esas ocasiones, uno paga con un billete de $500 porque es el que te dio el cajero y, para ser honestos, es todo el dinero que tienes para la semana.

Tal vez sea cierto que la morralla se gasta más fácil, que es mucho más difícil llevar un control de cuánto se ha gastado si lo que tenemos es cambio,  porque saberlo implicaría contar monedas (varias) y más billetes (que si fuera de alta denominación) cada-vez-que-compras-algo. Mucho trabajo, mucho esfuerzo. Como consecuencia, solemos guardar los billetes (de $100 para arriba) y ser más prudentes a la hora de gastarlos, porque "romperlos" significa que gastaremos tooooodo ese dinero más rápido y sin control.

Para mi, el dinero es dinero y lo que importa no es en qué forma (moneda, billete) lo tienes, sino que lo tienes (o, como bien sabemos, que NO lo tienes), que puedes pagar algo con eso. Recuerdo que, cuando saqué mi coche (hace ya 15 años) pagué el enganche con el dinero que había ahorrado de propinas (trabajaba de mesera) y otros ingresos y ahorros; como una parte eran propinas, podrán imaginar cómo llegué a pagar $30,000 con un señor fajo de billetes bien grandote, porque eran billetes de todas las denominaciones, y la pobre cajera me miró como si estuviera loca, me lo dijo y reprochó que llegara "con tanto dinero" (no entiendo de qué otra forma pensaba que iba a pagar $30,000 ¿con billetes de 5,000 del Turista?¿con cheque de caja? tenía 21 años...).

Irónicamente, un billete de $500 es tanto una bendición como una maldición. Hay pocas situaciones más frustrantes que tener sólo un billete de $500 y necesitar pagar algo. En la tienda, no te cambian el billete, ni tampoco "tienen cambio" si quieres comprar algo de menos de $100; en el transporte, no puedes pagar con él; en la papelería; la vida de a pie y de a diario no es compatible con los billetes de altas denominaciones, porque nadie quiere/puede cambiártelos, o porque creemos que son falsos (¿por qué no harán billetes de $100, $20 y $50 falsos? sí, sí, sí, es más difícil con los "nuevos billetes", pero de todas formas me lo pregunto, porque creo que esos pasan más fácilmente de mano en mano, y pocas personas se cuestionan siquiera que puedan ser falsos, en cambio, los de $500 pasan por un examen y estudio bastante más riguroso, aunque no por ello infalible).

Tal vez, al final del día, el dinero contante y sonante tiene un lugar tan indispensable y complejo en nuestras vidas bajo el capitalismo, que no puede estar exento de prejuicios, juicios y tratos diferenciados. Porque, y eso lo sabemos todos (aunque no lo sepamos), los ricos o cargan muchos billetotes (pero muchos muchos, cual fajo de gasolinero) o sólo tarjeta, porque tienen tanto, que ni siquiera se molestan en esas nimiedades. Y nosotros, los proletarios, tenemos que hacérnoslas con los billetitos, con las monedas, con la morralla y la vergüenza que implica no ser parte de los otros.

viernes, 19 de octubre de 2018

Son machos, y son muchos

Recuerdo mucho una frase/broma de mi papá, que solía decir para referirse a un grupo de hombres (del que él, en ese momento y/o contexto formaba parte) que no cumplía con los estándares de masculinidad "no seremos machos, pero somos muchos". Me daba mucha risa, una frase que, ante la evidencia de una falta apelara a la cantidad, además, mi papá le aplicaba una inflexión que la hacía muy cotorra.
Pero dejemos atrás el machismo de mi padre, que lo tiene, un poco por quién lo educó, otro poco por su época, otro poco porque el patriarcado es un sistema, no una situación aislada y, por lo mismo, nos chinga a todos en el camino. Sólo diré que, ahora, a sus 65 años, se cuestiona mucho esas actitudes y procura cambiarlas, pararlas, relacionarse con las mujeres desde otro lugar; y eso, también tiene su mérito.

Así las cosas, volvemos a los machos. Hoy me cayó el veinte (y me cayó como cuando te pegas en el codo y el nervio y sientes que vas a morir de dolor) de que casi todos los hombres que me rodean SON MACHOS y, como es evidente, SON MUCHOS. No es que no lo supiera, no es que no lo hubiese criticado, es más bien que de alguna forma lo dejaba pasar porque "no me pegaba a mi" (porque el machismo no te pasa, te pega, son golpes sólidos y con todo, incluso los más nimios) directamente, y porque como amiga de ellos podría estar ahí dando zapes para que ellos fueran la amiga que se da cuenta. 

Pero no, no era así, el machismo de mis amigos me da de lleno y en la cara, constantemente y lo dejo pasar, principalmente, porque no sé cómo poner límites sin que impliquen emascular o castrar al otro (ya sé, si es un macho y me trata mal, no debería importarme quedar como la loca culera súper violenta, pero qué les digo, me sigue pesando terminar por ser esa mujer).

Para muestra, dos botones:
1. Tengo un amigo que un día dijo "yo, la verdad, sí agradezco que las mujeres se vayan sexys al gimnasio, porque me gusta verles mientras estoy en la caminadora". (sí, sí, sí, FOCOS ROJOS, a esos hombres se les da un madrazo y se les manda a chingar a mi madre). Obvio, en ese momento le dije que su comentario era súper macho y ofensivo, que eso está del asco y que no debía hacerlo... pero no me estaba pasando a mi... hasta que, la última vez que nos vimos para comer, me dijo "yo esperaba que vinieras en vestido, quería verte las piernas". ¿¡QUÉ PEDO!? ¿POR QUÉ CREE QUE PUEDE 1. VERME LAS PIERNAS, 2. EXPRESAR QUE ESO QUIERE? Asco, asco, asco. 
Claro, no le dije nada cercano a que se fuera a rechingar a mi madre ni le arranqué los tanates. OTRA VEZ, me quedé pasmada, no podía creer que pudiera decir esas cosas y CONSIDERAR QUE ESTABA BIEN, QUE NO ERA INVASIVO, QUE TENÍA DERECHO DE HACERLO.

2. Me escribió un amigo, hace rato, porque quería verme hoy, le dije que no podía, así, sólo "no puedo". No di explicaciones ni razones ni nada. Simplemente eso, porque ahora que tengo un grupo de amigas, las más hermosas mujeres feministas y cariñosas, he entendido que no, que buenos modales no puede ser sinónimo de permisión de violencia machista. Como era de esperarse, el caballero contestó: "¿No puedes cambiar tus planes? yo quiero verte ¿o qué, vas a ver a un galán? tú di rana y yo salto". Me tomó un par de minutos dejar que me permeara lo que estaba pasando, pero ya que lo sentí, no hubo vuelta de hoja. El pendejo fue ofensivo, pretensioso y machista. PUNTO. Ofensivo porque cree que cambiaría mis planes (sin importar cuáles sean) porque él quiere verme, porque mi respuesta "no puedo", no fue razón suficiente para entender que no iba a pasar, porque él quería verme, que es lo importante; pretensioso, porque se cree prioritario y más importante que cualquier otra cosa que tuviera que hacer, cualquier otra persona con quien yo ya hubiera hecho un plan... todo eso vale nada cuando él quiere verme y, por lo mismo, puedo cancelarles sin pedos, vamos, él quiere verme; machista, porque el único motivo que podría ser razón suficiente para no verle es OTRO HOMBRE, ¡háganme en pinche favor! sólo si hay otro hombre en el asunto está bien que no le vea, porque mis planes, mi vida, mis decisiones NO SON RAZÓN SUFICIENTE PARA NO DEJARLO TODO POR ÉL [nota al pie, es un pendejo a quien he visto sólo tres veces en seis años, quien nada sabe de mi día a día, ni de las cosas importantes, ni nada... nos conocemos desde hace veinte años, pero no hemos sido amigos en casi diez años... pero él quiere verme hoy].
Respondí, simplemente: 😂😂.
Obviamente, no entendió y preguntó por qué eso. Contesté que porque sus mensajes habían sido ofensivos, pretensiosos y machistas.
¿Y cuál fue su respuesta? "Quitando eso, el mensaje es que quiero verte". ¡Quitando eso! ¡QUITANDO ESO! OTRA VEZ, ofensivo y machista, "quitando lo que yo digo, quitando lo que yo siento, quitado lo que yo opino, lo que importa y queda es que ÉL QUIERE VERME. NO MAMAAAAAAAR, es demasiado. D E M A S I A D O. Haciendo acopio de un poco de decencia, contesté que sin importar su mensaje, lo que había pasado era un mensaje ofensivo, pretensioso y machista que tenía como resultado que su mensaje original dejara de importar, y que yo no quisiera verle más nunca.

Y así, después de esto, decidí que ni uno más, ni un comentario, ni una opinión, ni sobre mi ni sobre ninguna otra mujer, jamás. NO MÁS.


martes, 25 de septiembre de 2018

Hija de mi padre

Mi papá y yo no tuvimos una relación cercana durante 34 años (tengo 36); no teníamos una mala relación, pero tampoco una buena relación. No salíamos a comer, a tomar algo, a hacer algo, sólo nos veíamos tres o cuatro veces al año si, y sólo si, yo iba a visitarle a su casa. Durante más de 20 años, existió la prohibición (implícita, pero bien clara para todos) que mi papá no podía salir con sus hijos de la primera camada (mi hermano mayor y yo) solos, sólo podíamos ver a mi papá si iba su esposa. Por qué, no lo sé, como era implícito, nunca lo hablamos ni tratamos de corregirlo, hasta que un día (tendrá 3-4 años) mi hermano le dijo a mi papá que era el colmo que no pudiera ver a sus hijos si no era en su casa, con su esposa ahí (ahora que lo pienso, mi papá y hermano sí se veían solos, comían a veces en la universidad, y pasaban poco tiempo juntos... lo cual me hace pensar que la prohibición se refería específicamente a mi).

Después de que enfermó, hice un esfuerzo en irle a visitar, pasar un rato de domingo con él, platicar sobre libros, ver algunos inicios de películas (le gusta poner los inicios de las películas, para ver cómo están, no tanto ver la película completa), desayunar o comer.

De repente, comencé a escuchar de su boca, de su esposa y en la sobremesa, que yo era la consentida de mi papá, que no había nada en su vida que le hiciera más feliz que pasar tiempo conmigo. Podrán imaginar el desconcierto que sentí, porque ni pasábamos mucho tiempo juntos, ni solía invitarme a verle. 

En Semana Santa de este año, me invitó a que fuéramos a una feria del libro en la Alameda, ¡obviamente dije que sí! libros, libros, libros. Pasó por mi al trabajo, fuimos al centro, nos estacionamos a unas cuadras de donde íbamos y, como él quería comer comida china, caminamos sobre Av. Juárez hacia el zócalo. Íbamos a cruzar Eje Central (una avenida de 6 carriles) y el semáforo marcaba sólo 15 segundos más, así que apretamos el paso, cuando el semáforo iba por el 7, ambos comenzamos a gritar: 6, 5, 4, 3, 2, 1 ¡maaaaaaambo! ¡hum! y nos pusimos a bailar (aún sobre la avenida). Al llegar a la banqueta, entre risas, sólo pude decirle "ahora entiendo por qué mi hermano mayor ni quiso venir con nosotros".

Justo en ese momento me di cuenta de que esa frase de Lacan "no hay que matar al padre, sino servirse de él", tenía varios matices; yo no había matado a mi padre (simbólicamente, nadie propone el parricidio li-te-ral), ni había renegado ser su hija; de alguna forma y con el paso del tiempo, había podido disfrutar esas cosas mías que también son de él, que tiene él, comenzar a crear lazos entre nosotros, historias y recuerdos que no estuviesen atravesados por la obligación de la paternidad. 

Sólo nos tomó 36 años tener una relación, pero ha valido la pena. Ahora nos mandamos mensajes para contarnos tonterías de libros, de series, de noticias, para platicar un poco. Compartimos cuenta de kindle y leemos los mismos libros al mismo tiempo para poder platicarlos, nos vamos presionando uno a otro (ambos leemos mucho), hacemos "como que" nos contamos qué pasa, para que el otro apriete el paso y termine el libro. Salimos a desayunar, a tomar café, platicamos.

Sólo tomó 36 años, pero sucedió antes de que él muriera, tomó mucho tiempo, pero no demasiado.
Ahora, tengo una relación con mi padre que es nuestra, que hemos construido desde donde y como somos, sin expectativas, sin reclamos, sin necesidades; no es una relación ortodoxa, pero es nuestra. Al final, no sólo no hubo necesidad de matar al padre, pude servirme de él y construir con él.

lunes, 24 de septiembre de 2018

El chico con el que no sabía si estaba saliendo...

En enero conocí a un chico (vía internet) y, después de un par de días de platicar, me dijo que si íbamos a cenar; yo, que soy una mujer debidamente sabia en cuestiones de "salir", le dije que mejor fuéramos por un café (qué tal que me cae mal o me aburre a media comida, y no sucederá que yo deje de comer para irme, así que es demasiado riesgo). El chico propuso un café, la hora, y quedó sentada la cita.
En el día, hora y lugar, me encontraba yo, cuando vi a un muchacho (que era "mi cita") mirar en el celular y luego a las personas a su alrededor, supongo que tratando de encontrarme. Se acercó, nos saludamos, pedimos de tomar y comenzamos a platicar. ¡Quién iba a pensar que nos caeríamos tan bien! Hablamos de un montón de cosas, nos reímos, compartimos, súper divertido. Tres horas más tarde, nos llevaron la cuenta porque ya iban a cerrar el lugar. Como debe ser, yo saqué la cartera y como él no dijo ni hizo ademán de pagar toda la cuenta, puse lo correspondiente a mi consumo. [Primera situación extraña]
Caminamos hasta la esquina, dijo que tenía hambre y me preguntó si quería ir a cenar algo. Me cayó tan bien que dije que sí y propuse un lugar de pizzas a unas cuadras de donde estábamos. Cenamos, platicamos más, nos reímos, todo iba maravillosamente bien. Pedimos la cuenta y ambos sacamos la tarjeta, cuando llegó la mesera él dijo que la cuenta a la mitad, y cada quien pagó "lo suyo". [Repetición de la situación extraña]
Nos levantamos y, otra vez en la esquina, me preguntó cómo me iría a casa; contesté que si todavía alcanzaba, me iría en Metrobús y que si ya no había servicio, caminaría; él dijo que también tomaría el Metrobús (para el sentido opuesto), así que podíamos caminar juntos hasta allá. Al llegar, dijo que me acompañaba a que yo tomara "mi" Metrobús y, antes de despedirse, me dijo que como se preocupaba un poco, que por favor le mandara mensaje al llegar a casa; me pasó su número y nos despedimos. [Tercera situación extraña]
Llegué a casa, le mandé mensaje y respondió agradeciendo la noche tan divertida que pasó/pasamos.
Los siguientes días platicamos por whatsapp, de cosas interesantes y cotidianas, todo bien y divertido. Me dijo que iría el miércoles a ver una película (no recuerdo cuál) por mi casa, en caso de que me interesara ir; mi respuesta fue que ya era muy tarde para mi, y que los miércoles eran días muy pesados de trabajo, por lo que no podía ir. 
El sábado siguiente, me mandó un mensaje preguntando qué estaba haciendo, le dije que estaba en un seminario de psicoanálisis, y él preguntó si quería ir a cenar o a tomar un café, contesté que no tenía dinero, él dijo que lo importante no era el café sino la convivencia, pero yo seguía sin tener dinero, le ofrecí estambre (porque era algo que sí tenía), pero él dijo que no sabía hacer nada con estambre. Fue una conversación extraña, y terminó en que no nos veríamos. [Cuarta situación extraña].
Después de ese día, no volvió a invitarme a salir ni a vernos, seguimos platicando, pero más bien comenzamos a hacernos amigos, nos contamos cosas que no le cuentas a alguien con quien estás saliendo, y la relación se hizo más íntima (y, al mismo tiempo, más lejana, pues seguíamos sin vernos).

Cuando le contaba esto a mis amigas y amigos, mi conclusión era que no sabía si estaba saliendo con el muchacho, porque no había hecho ninguna de las cosas que se supone que hacen los hombres cuando están saliendo con una mujer (la afirmación anterior se basa en un amplio estudio de los tres documentales más importantes de "dating": Sintonía de amor, Hitch, No le gustas tanto): no ofreció pagar la cuenta en ninguna ocasión; aun más, cuando le dije que no tenía dinero, y él insistió que quería verme, no dijo "yo invito esta vez y tú la siguiente" (así, como para no sentar precedente y que se pudiera malinterpretar que él pagaría) ni nada parecido; el primer día, dijo que le preocupaba que yo me regresara ya tarde a casa sola, pero tampoco se ofreció a acompañarme, vaya, ni siquiera se ofreció a acompañarme a mi estación del Metrobús (esta opción es considerando que tal vez, si caminaba conmigo la cuadra y media que hay entre dicha estación y mi casa, y luego de regreso, ya no podría tomar el Metrobús, porque cerrarían antes)... N A D A. 

Esto nos lleva a una pregunta que para mi, en esta época y con mis posturas éticas, filosóficas y políticas, no puedo contestar ¿si no es con las acciones "antiguas", cómo sabe una que está saliendo con alguien, cómo saber que le gustas, o que eso fue una cita?
No tenía respuesta.

Un mes después, yo le invité a que nos acompañara al teatro (a una amiga y a mi), pero dijo que ese día tenía un compromiso en Xochimilco y que sería imposible que regresara a tiempo para ir al teatro. Pocos días después, me invitó a salir el sábado (y luego me dejó colgada porque él quería ir a caminar a Chapultepec y yo no, así que se fue solo...).

Resultó que sí le gusté, que esas sí habían sido citas, y que dejó de invitarme a salir porque en dos ocasiones consecutivas le dije que no podía. Cuando ya estábamos saliendo (fue hablado con palabras y con el cuerpo, sin dejar duda alguna) me dijo que él sintió que me resultó poco interesante y que por eso no había querido salir con él, que de hecho no entendía qué había cambiado de mi lado para que después decidiera que sí quería salir con él. Sin dar muchos detalles de qué había pasado, le dije que él no se había comportado "como debía" la primera vez que salimos ni las siguientes dos invitaciones, y que eso me había hecho pensar que él tampoco estaba interesado en salir conmigo.
Puros malentendidos.

Pasados unos meses, decidió que le incomodaba la intimidad que tenía conmigo y que prefería no tener relación alguna (salir, convivir, compartir, como quieran decirle que no sea "tener una relación que pretende ser algo más después") a tenerla, desarrollar sentimientos por mi, y luego dejar de tenerla. (Uf, imagínense nada más, qué horrible la posibilidad de que se pudiera enamorar de mi, mejor así, correr antes porque, quedarse, SEGURO era una equivocación)

Así que, salí con un chico con el que no sabía que estaba saliendo, luego supe que sí estaba saliendo con él, finalmente, dejé de salir con el mentado muchacho. Además de un corazón roto y muchas ganas de decirle cosas, me quedé, OTRA VEZ, con la duda de cómo demonios saber cuándo una cita es una cita.

[Mi cuñada la "pero ni de cerca feminista" dijo que el problema era el feminismo, porque antes los hombres simplemente pagaban, iban por ti, te regresaban a tu casa, y que ahora ya no se podía saber qué esperar. Yo, la verdad, prefiero esta vida con feminismo en la que yo pago mis cosas, voy y vengo sola (sin miedo y sin problema alguno), a una vida en la que él paga pero, al mismo tiempo, tiene derecho de cobrarse, de abusar, de someterme. Habrá que ver si mi cuñada no es medio tonta...]

jueves, 20 de septiembre de 2018

Mujeres leyendo a Marx

En mayo, por pura casualidad, descubrí que un grupo de mujeres se reunirían para estudiar a Marx, específicamente El capital. Me emocionó muchísimo, llevaba varios años con antojo de leerlo, pero no era una lectura que quisiera hacer sola. La verdad, no me emocionaba el hecho de que era un grupo de mujeres (sólo mujeres), me parecía algo padre pero no era, ni remotamente, la razón por la cual me interesó el grupo.
Emocionada y ñoña, envié un mensaje expresando mi interés, compré el primer volumen del primer tomo del primer libro de El capital, y me dispuse a leerlo, a estudiarlo con otras y a aprender mucho.
Las primeras dos sesiones no pude acudir, pero llegué la tercera con mis lecturas al día. 
Como es común en mi, llegué antes de la hora al café donde era la reunión, pedí un café y miré de soslayo a una chica que tenía el libro sobre la mesa; me daba un poco de pena acercarme, no estaba segura de qué iba a suceder (Nota: no me da miedo hacer cosas sola, estoy bastante acostumbrada... me daba un poco de pena/incertidumbre haber llegado tarde al "conocerse", desconocer cuáles eran las costumbres ya adoptabas por el grupo) y justo llegó otra chica, se sentó en la misma mesa y comenzaron a platicar. Así que yo, agarrando todo el valor y echando fuera la pena, me acerqué a ellas y les dije que venía a leer con ellas, nos presentamos y se portaron súper lindas, algunas preguntas sobre quiénes éramos, y comenzaron a llegar las demás. En poco tiempo, la mesa estaba rodeada de mujeres y libros de Marx.
Fue un buen estudio, interesante, una gran experiencia, pero no mucho más que eso; aunque sí lo suficiente como para ya haber decidido que regresaría cada sábado.
Al despedirnos, resultó que dos de ellas irían caminando "hacia mi casa", así que me decidí a caminar con ellas. Platicamos en el camino, sobre hombres, amor, corazones rotos, decisiones y soledad. ¿Se han dado cuenta de que esos temas son reincidentes en las conversaciones? ¿Cómo, cómo no hablar de amor, de compañía, del otro? Me gustó la plática, me cayeron bien.

Semana a semana, comencé a conocerles, dejé que me conocieran, nos reímos, compartimos comida (una de ellas siempre lleva galletas o algo de comer para compartir) y tiempo. Poco a poco, lo que se empezó a compartir fue mucho más que eso: nosotras completas, amor, contención, apapachos, compañía, historias, lágrimas. De repente, me encontré en, formando parte de, un grupo de mujeres hermosas e increíbles; y no lo digo por compromiso, ni siquiera porque creo que son perfectas. 

Al contrario. 

Nuestra belleza radica en que somos imperfectas, en que nos queremos de formas imperfectas, en que no negamos los errores, las fallas, las pendejadas, y que esto nos permite no fingir, estar seguras para compartir también lo hermoso, lo acertado, lo suave, lo cómico. Somos un grupo que puede respirar, aunque sea un par de horas a la semana, porque somos comunidad, porque hemos creado un vínculo y construido lazos, porque no es necesario mentir para estar seguras, porque las otras están ahí y dan espacio para que cada una sea quien es, haga lo que hace, diga lo que diga, porque la expectativa es que cada una sea quien es o quien quiere ser o quien necesita ser, nadie más. Sin exigencias.

Al mismo tiempo, es un espacio donde ponemos límites, donde se puede decir "no quiero hablar de eso", "huevos", "cállate". No es un lugar en el que tenemos que dejarnos porque las otras nos quieren mucho. NO.

Y eso es lo mágico, lo maravilloso, lo perfecto, lo que me hace sentir bien afortunada por haberles conocido, me hace sentir querida y apapachada, contenida y acompañada, ñoña e intensa. 

Y yo pensaba que el aprendizaje sería sobre el capitalismo y Marx. Y no. Pero sí. Porque justo aquí, en este mundo capitalista, es que una comunidad como esta, resulta indispensable para vivir.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Relaciones mezcladas

Seguramente he escrito al respecto pero, si no, comencemos por el principio: fui criada, cuidada y querida por mi abuela paterna. No es que mi madre no estuviera presente (vaya si lo estaba, y no en el buen sentido), es simplemente que desde pequeña fue mi abuela quien se encargó de la parte de cuidados y de amor en lo que a mi respecta (sí, es curioso que no sucediera así con mi hermano, que sólo es 13 meses mayor que yo).


Así las cosas, mi madre es/fue mi abuela; a quien escucho en mi cabeza cuando hago travesuras o muladas, quien se ríe conmigo de mis chistes, a quien le cuento lo que pasa, quien es mi referencia en cuestiones de cuidados y de amor. [Tal vez habría que decir que ella murió hace 9 años (como ya conté por acá en ese entonces) y que sí, tal vez estoy medio loca por hablar con mis muertos, pero son míos y yo hago con ellos lo que se me dé la gana.]



En los últimos tiempos, he caído en cuenta de que no soy yo la única que considera que mi madre fue mi abuela:
- Mi abuelo, me decía "háblale a tu madre";
- Mi papá, a veces habla de nuestra mamá;

- Un tío, hace poco, relataba una historia de cuando él y mi papá eran niños "y tu mamá se enojaba un montón porque ensuciábamos la ropa". Y no, no se refería a la mujer que me parió.

Pareciera que ambas categorías mías se confunden y se mezclan: soy la hija, soy la nieta, soy las dos. En las historias familiares, ella siempre es mi madre, se refieren a ella así pero, al mismo tiempo, su marido (mi abuelo) no deja nunca de ser mi abuelo, ni mis tíos mis tíos, ni mis padres mis padres. Simplemente, en lo que respecta a mi abuela (o, tal vez, debería decir a "nuestra relación") la relación es doble, confundida y mezclada.

Yo decidí, hace muchos años, que ella era mi madre, que en esto que es mi historia y mi vida, yo podía elegir qué lugar le correspondía a cada quien y que ella sería, había sido y será mi madre (lo cual, curiosamente, no cancela que mi madre también es otra, y que no dejo de reconocerlo así). Esta decisión me dio paz, me permitió sanar y re-contar mi historia, dejar de sentirme sólo vacío e incomodidad, sentir amor, calientito y sonrisas. Sé que esto es mi decisión y es respecto de mi historia, nada más...

Y, aún así, escucho a la familia contar historias de mi madre, como si eso que yo re-conté es en realidad lo que pasó, como si algo de eso sí hubiese sucedido, como si esta historia, la mía, también fue la de ella y, en tanto suya, también decidió ser mi madre.

Así, tengo historias con mi madre, con mi abuela, con mi abuela y mi abuelo, con mi madre y mi abuelo, con mi madre y mi hermano (su nieto), tantas variedades que, aunque podrían, no se confunden ni se cancelan. ¿Quién dijo que uno sólo puede ser una sola persona para alguien más?

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ventanas o puertas abiertas

No sé si sea generalizado, pero a mí me gusta mirar a través del resquicio de una ventana o puerta abierta, no es por metiche, es una curiosidad extraña, siento que mirar así te permite conocer algo que de otra forma no conocerías, porque no es una invitación a entrar, es una abertura que permite ver. Algo así como vislumbrar la belleza de una persona, justo cuando no sabe que es mirada (porque todos cambiamos cuando sabemos que alguien nos mira, o podría mirarnos). 

Me gusta asomarme y percibir lo que hay, sobre todo lo que está desordenado, lo que falta, lo que no debería estar ahí; eso dice mucho más de esa casa/lugar, que lo que sí tiene. A veces, inclusive hay gente ahí, ocupada, ignorando que su puerta o ventana están abiertas, que alguien puede mirarlos. Como si todo lo de adentro estuviese absorto en ser y no hubiese nadie más.

Algunos días a la semana voy a una colonia llamada San Pedro de los Pinos, me bajo en la estación del metro con ese nombre y camino un par de cuadras para ir a supervisión o tomar seminarios. Como es lógico, en esas calles hay muchas casas con ventanas que dan a calle, y muchas de ellas tienen las cortinas corridas o están abiertas; pero de todas esas, yo estoy enamorada de una sola. Está en la segunda cuadra, del lado derecho de la calle (en el sentido en que la camino), no suele estar abierta, pero no cierran las cortinas, así que, si la luz está prendida, puedo ver lo que hay adentro:

Es un estudio no muy grande, con una mesa de madera y dos libreros que ocupan completamente dos de las paredes del cuarto, están llenos de libros y revistas, todos perfectamente acomodados. Algunos se ven viejos, otros no tanto y pocos más bien nuevos. No alcanzo a distinguir de qué tratan, si son teóricos o pura literatura, pero me gusta verlos. Cuando camino frente a esa ventana, me detengo sólo unos segundos, trato de absorber todo lo que veo en un parpadeo y sonrío, me emociona ver ese cuarto, curiosamente, no puedo hacer una historia sobre él, no me atrevo a darle un borde o consistencia. Me emociona que sea sólo lo que es, sin interpretación alguna... en ocasiones, espero que algo suceda, que el estudio "haga algo" que la muestre, su esencia, como si estuviera vivo. Al mismo tiempo, deseo que no suceda aún, que me permita disfrutarlo así, como está, con esos vacíos y sin respuestas. Que me permita pensar que ahí dentro se esconde no sólo algo maravillo e interesante, sino algo que también podría pertenecerme.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Volver, con la frente marchita

Me encanta esa canción, Volver, es triste y melancólica, pero me gusta. Me gustaba mucho porque la asociaba a él, porque pensaba que algún día habría que volver... no sé a dónde, ni siquiera sé quién, pero sabía que eso volvería.

Freud y Lacan, plantearon que el tiempo de lo inconsciente, el tiempo en el que suceden las cosas en lo inconsciente, no es un tiempo cronológico, sino lógico. Es decir, que nada tiene que ver con el momento en el que, según el reloj, suceden las cosas; tiene que ver con un tiempo que se mide con otra medida, que sigue una lógica que no responde a razón alguna. Por ejemplo, cuando una mujer le dice a su pareja "tiene mucho que no me dices que me amas", y él contesta que lo hizo esa mañana, recién. Pero eso es mucho tiempo para ella, porque, lógicamente, es mucho tiempo, han sucedido cosas que hacen que lo viva como mucho tiempo. De la misma forma, hay sucesos que se viven como si fuera ayer y en realidad han pasado muchos años.

Así funciona, no es una cuestión cronológica, no responde a un orden predeterminado.

Yo lo descubrí esta semana. El tiempo funciona muy extraño. Pasé diez años extrañándolo, pensando en él, con un vacío que dolía mucho y no se iba. Finalmente, en diciembre se fue ese dolor y pude acomodarlo en su lugar, dejarlo descansar y permitir que me acompañara de una forma diferente. No es que lo olvidara, eso ni siquiera es pensable, es que se acomodó diferente. Casi un año después de inaugurar su lugar, nos volvimos a encontrar...

Le escribí un mail para preguntar si podía compartir sus tesis con mis compañeros de estudio, él contestó que sí, pasaron unos cuantos correos raros, como de reconocimiento, con cautela, desconcierto, miedo y, de repente, casi sin darme cuenta, estaba otra vez con mi amigo, escribéndome con él, compartiendo, sintiendo cariño y apapacho. Nos volvimos a encontrar no porque establecimos contacto o una relación, otra vez; no, nos exactamente así, nos pudimos re-encontrar porque ahora fue desde este otro lugar, porque estos años habíamos estado perdidos (por lo menos en mí así era), todos los intentos de acercarme habían sido fallidos porque eran mensajes erróneos, de lugares equivocados, confusos.

Han pasado diez años, no nos hemos visto (físicamente) en más de ocho años, pero eso sigue aquí, el cariño, el interés, lo bonito de la relación, ése amigo que tanto anhelé y extrañé está aquí, otra vez; y parece que el tiempo no pasó, que fueron sólo unos días de distancia... y al mismo tiempo, un universo ha pasado, porque él no es el mismo, yo tampoco... muchas cosas han cambiado, otras han desaparecido. Sé que el espacio y el tiempo que pasaron eran necesarios, lo sé porque se siente acertado, sin dudas.

Y aún con todo esto, el tiempo, el espacio, el duelo, la despedida, nos encontramos otra vez, y me hace sonreír, porque este "nuevo" lugar que tiene no sólo es el suyo, sino que además se siente bonito. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Negociar en una relación

Honestamente, poner en una oración negociar y amor, me da un poco de malestar, ¿qué es eso de negociar en el amor? En serio, ¿qué chingados es eso? Sí hay algo de eso que entiendo, que uno debe llegar a acuerdos, ceder ciertas cosas para hacer posible la convivencia... y demás, pero de ahí a negociar, siento que hay un abismo.

Porque, como yo entiendo negociar, implica que se hará un acuerdo en el que una parte dará algo a cambio de otra cosa (ejem, sí, esto suena a ceder cosas, ups) y esto, la verdad, me parece ridículo en una relación. ¿Cómo se supone que voy a dejar algo que hago o quiero para que tú seas feliz y, a cambio, me darás otra cosa? ¿Cómo?

Por ejemplo: 
X: No me gusta que fumes en la cama, ¿por qué no lo negociamos?
Y: Bueno, ¿qué ofreces a cambio de que no fume en la cama? Y que sea algo chido, porque sabes que disfruto mucho fumar en la cama antes de dormir.
X: Te ofrezco lavar los platos los fines de semana. Sé que hacer eso te cansa.

¿Neto? ¿De verdad? ¿Soy yo o es COMPLETAMENTE ridículo? Vamos, al principio suena a una excelente idea de negocios, pides y ofreces algo para que te den lo que pides, y siempre tienes algo que intercambiar, porque sabes que a la otra persona le molestan ciertas actitudes tuyas, o situaciones. Hay mucho de dónde sacar y podría ser una mina de oro para obtener TODO lo que siempre deseaste en una relación... hasta que te das cuenta de que algo no marcha del todo bien, porque una relación implica tolerancia y respeto, aceptar al otro como es y con TODAS sus mañas y cosas raras. Una relación de pareja, que implica amor, no es un intercambio comercial, en donde le pides al otro que deje de dar o de hacer o de ser. NO. Es un espacio donde deberías sentirte seguro, aceptado, bien recibido, porque ése eres tú, porque éso es lo que hace de una casa un hogar.

De verdad que no me cuadra, no me cuadra, me hace sentir que más bien te vas desdibujando, poco a poco, acuerdo tras acuerdo, y que terminarás por ser sólo el bote de complacencias fallidas (porque, obvio, esas complacencias son siempre fallidas) del otro. Y, ¿qué chiste tiene entonces construir una vida con alguien, si implica que tú salgas de ella?


viernes, 14 de noviembre de 2014

Pick-up lines

Hay gente que utiliza esas pick-up lines, esas frases o expresiones ensayadas o heredadas que "garantizan" que la chica (o chico) a quien las dirigen, tengan éxito y ella (él) caiga rendida(o) como cucaracha con insecticida.

Yo no las he utilizado, desgraciadamente mi boca siempre escupe frases filosas, irónicas, sarcásticas, y poco aceptadas por la sociedad en dichas ocasiones (o en casi cualquiera, lo sé), y no estoy segura de que alguien las haya utilizado en mí alguna vez. Afortunadamente, ayer viví algo maravilloso que dio pie a pensar en el nuevo universo de las pick-up lines.

Estaba yo en la fila de Starbucks, con la mejor intención de comprar un café que me permitiese despertar y pasar la mañana sin asesinar a alguien; llegué a la caja, hice mi pedido, caminé unos pasos, regresé por un cenicero y, de pronto, lo vi: un condón tirado. Sí, así como lo leen, había un cordón tirado en el piso, junto a las cajas. No pude más que pensar las opciones por las que eso estaría ahí:
  • Un chico sacó de su cartera el dinero para pagar el café, y el condón se salió de ella;
  • Un chico traía en la bolsa del pantalón, junto a la cartera, un condón, y al sacar una, no pudo evitar que el otro también saliera;
  • Una chica sacó la cartera, y entre el mar de tonterías que traía en la bolsa, salió el condón;
  • El chico dejó caer, sigilosamente, el condón, con la esperanza de que una bella chica lo recogiera, se acercara a él, y se lo regresara.
Sí, ya sé, mi mente es una fantasía romántico-grotesca de lo peor. Pero esa última opción es la mejor de las mejores. La idea de usarlo como pick-up line me parece metachingona, más allá de lo que cualquier donjuán pudiese imaginar. Pude divisar la escena en mi cabeza:
[Un muchacho espera a que le tomen la orden en un café, llega a la caja, ordena, saca la cartera, y sigilosamente desliza un condón por su pantalón. El condón cae, en silencio, en el piso. El muchacho avanza para recoger su café. Unos segundos después, una chica joven, bella y sencilla, ve el condón, lo levanta, y se acerca al muchacho]
Ella: Hola
Él: (voltea sensualmente) Hola
Ella: Se te cayó esto (le muestra el condón, y le dirige una mirada de coquetería inocente).
Él: Gracias (sonríe y le muestra una dentadura perfecta, en una sonrisa arrobadora). No me di cuenta, qué vergüenza.
Ella: Para nada, a todos nos podría pasar... Además, habla bien de ti que te cuides y vayas preparado en cualquier circunstancia, uno nunca sabe dónde o cuándo podría necesitarse.
Él: Tienes toda la razón, no lo había pensado así (su sonrisa se convierte en el Nirvana, ella suelta un pequeño suspiro).
[Él le ofrece el brazo, ella engarza ahí el suyo, y se van juntos a usar el condón.

JA JA JA
Qué vergüenza de imaginación la mía. Más allá de lo malo que está mi diálogo, creo que la idea de usarlo para ligar es maravillosa, y más cuando se lo cuenten a los amigos:
Ella: Nos conocimos en un café, a él se le cayó un condón del bolsillo, yo lo recogí y se lo regresé...

A ver, ¿quién no quisiera contarle esa historia a los nietos?


viernes, 7 de noviembre de 2014

No sé qué quiero "mientras"

Estoy hasta el pito de mi situación de mientras. Hasta el tope y rebasando.

No sé por qué (¿Por qué, Freud? ¡¿POR QUÉ?!) es tan difícil para mí esta situación. Sabemos que soy psicoanalista y que no existe nada en mi vida que busque o desee más que eso, vamos, que está por encima de todo lo que puede ser puesto por debajo (ja). No sólo no es negociable, sino que además estoy dispuesta a todo ( T O D O) con tal de conseguirlo... espera, ¿acabo de escribir "todo"? Conque sí, eh. Hagamos "como que" eso fue un lapsus y hablemos de eso (me encanta hablar como psicoanalista, je je, me imagino con barba, bigote, puro... sí, me veo como hombre, porque yo cuando imagino al psicoanalista perfecto, siempre veo a Freud).

Entonces, decía yo que estoy dispuesta a todo, con tal de poder ser y vivir de ser psicoanalista (vivir, económicamente, vaya). Si lo tomamos como una afirmación absoluta, eso implica que "mientras", tendré que trabajar en algo más, hacer otra cosa, que me dé un ingreso suficiente que me permita  pagar mis gastos. Evidentemente, sabemos que esa es la situación, yo trabajo medio tiempo en un despacho de abogados, y con ese dinero que gano ahí (que gano con sudor, lágrimas, sufrimiento y mares de tolerancia que parecen infinitos) pago mis necesidades básicas. 

Pero, seamos honestos, parece que decir todo implica otras cosas más allá de sólo tener ese trabajo, que todos sabemos, es horrible, Pienso yo, en este "hablemos de eso", que decir todo implica aguantar lo que sea que pase aquí, sin salir corriendo, porque es un medio para un fin, y el fin es bien importante. Mi gran gran problema aquí es saber si ese aguantar quiere decir: hacerlo con una sonrisa en la boca y sin darle el peso que tiene realmente, es decir, que son abusos, chingaderas, y que no me gusta. O, por el contrario, si es darle el peso que tiene, y aún así quedarme aquí, a sabiendas de lo que pasa y de por qué lo soporto. 

Ahora, si este aguantar lo que sea, no es sinónimo de masoquismo a lo pendejo, también implicaría que entre todas esas opciones feas que tengo, puedo escoger. Primero determino cuánto dinero necesito (listo) y después busco opciones que puedan proveerme ese dinero (listo... a medias). 

La tristeza que me embarga, es que en realidad ninguna de las opciones me gusta, ninguna suena interesante o satisfactoria, todas implican sacrificio y molestias y, por encima de todo todo todo, NO ES PSICOANÁLISIS.

La verdad, si quiero dejar de darle vueltas, es que no es que no sepa qué quiero mientras, es que quiero NADA, quiero sólo psicoanálisis, y cualquier otra cosa que no sea eso, no lo quiero. Y, si me veo en la terrible necesidad de hacerlo, lo veo como un sacrificio, padecer y generador de quejas e insatisfacciones infinitas. Porque no lo quier hacer, porque me niego a vivir diario algo que no quiero y verlo como bonito sólo porque eso se espera de mí.

martes, 21 de octubre de 2014

Cuando George Clooney se casó

¿Recuerdan que George Clooney era el famoso que había escapado del matrimonio con estilo y dignidad? Que pasaban los años y él simplemente no se comprometía o casaba... que fungía como un faro de esperanza, un estandarte para todos los que no queremos casarnos y creemos que no cae antes un hablador que un cojo  y que mientras él estuviera soltero, los demás podríamos soportarlo. Porque, seamos honestos, si un hombre como él (es decir, como él que es la carcasa de todas las fantasías que yo deposito ahí, porque no tengo idea de cómo es él) no necesita una mujer, yo tampoco (la lógica es que yo soy igual que él, una gran mujer, el partido que todo hombre quiere... esas cosas) necesito un hombre que sea mi marido.

Ahora, que él se ha casado, en mi cabeza parece que quitaron el letrero de: no necesitamos casarnos, lo aventaron al barranco y alguien dijo: a la chingada, si él se casó, no vale la pena seguir con la mascarada, aceptémoslo ¡queremos un anillo de compromiso! [Demonios, ¿alguien más notó que no quiero casarme, sino el anillo, que alguien me diga que quiere estar conmigo toda su vida, y que lo diga con un diamante?] 

Ja, me siento como en las batallas antiguas, una vez que han matado al rey o al general, ya no vale la pena seguir peleando, la batalla se ha perdido. Y los guerreros o soldados que aún siguen vivos, puedes dar la vuelta y dejar de pelear.

O, tal vez, lo único que hace falta es encontrar algún otro estandarte que quiera sostener estos argumentos flácidos de que el matrimonio no es indispensable...

P.D. Genuinamente, no me interesa casarme, la fiesta, el reconocimiento social, decir que "él es mi marido", eso no me interesa. Lo que quiero, es alguien con quien hacer una vida, convivir, crecer, compartir... tal vez hasta vivir juntos. Pero, todos sabemos (¿?) es diferente una cosa que otra.

lunes, 20 de octubre de 2014

Es esto, porque me funciona.

Tengo un amigo "nuevo", es decir, recientemente entablamos amistad. Es el hermano de mi amiga más cercana y, por lo mismo, he pasado tiempo con él. En ese tiempo, he descubierto que es un gran hombre, lo cual me lleva (¿a todos?) a crear una lista de cosas o situaciones que "un hombre como él debería tener". En el caso a platicar hoy, es su noviazgo.

El chico (28 años), lleva 3 años de novio con una chica (27) y, para ser absolutamente honesta, si se vieran menos enamorados, podría jurar que llevan varios años de casados con muchos hijos (esa relación ya de hastío y cansancio, donde la otra persona se convierte en el recordatorio de todo lo que no hiciste o pudiste lograr, sacrificaste, perdiste, etc.). La chica terminó la licenciatura y lleva tres años haciendo la tesis (no quiero ni pensar de qué tamaño será la tesis, si le toma tres años de tiempo completo), no trabaja ni parece tener grandes planes a futuro. El muchacho, terminó la carrera en tiempo y forma, tiene un buen trabajo y está desarrollando un proyecto muy interesante y grande, que van (ya explicaré el plural) a hacer en la península de Yucatán, y para el cual se muda en enero.

El plural, van, quiere decir que él, la novia y la familia de la novia (ja, suena a película gringa).

Demonios, creo que ya perdí el hilo de mi escritura. El asunto era, sí, que él lleva tres años con una chica con la que tiene un plan de trabajo a largo plazo, y que no se ve ni remotamente enamorado de ella (lo peor, ella de él tampoco). La familia de él, y la amiga de la hermana (yo) estamos un poco preocupados por esta situación (preocupados aquí significa: somos unos metiches que creemos que hay espacio para nuestra opinión, en una relación que no es nuestra), porque creemos que él debería estar con una mujer que lo hiciera (se hicieran) absolutamente felices, que se vieran enamorados, estuvieran enculados, no pudieran dejar de coger y se sonrieran el uno al otro cuando se mirasen. Porque hay cosas que se sienten y parece que "están mal", que él prefiera acariciar o apapachar a una mujer que no es la suya, con la suya al lado, que pase los fines de semana con otras personas, que tenga sus "amantes" (algo así, aunque no nos conste que sea con esas palabras, pero vamos, esto se ve a leguas), no suena a una relación feliz. Y uno, que es metiche, muere porque él se dé cuenta de esto y la deje para ir en busca de quien sí llene todas nuestras (las de los metiches) expectativas.

El sábado, en un arranque de imprudencia de mi parte, se lo dije, que debería estar con una chica que lo tuviera enamorado, enculado, que lo hiciera sonreír de formas pendejas y absurdas... y él contestó que estaba en esa relación porque le funcionaba, su relación pasada terminó en tragedia y él estaba más que enamorado y comprometido, y por eso había decidido buscar una relación que no lo hiciera perder la cabeza y que resultara sencilla. La relación que tenía actualmente era así, funcional. Un rato después me preguntó si yo tenía una relación sana y feliz, y entonces sí me dejó pensando, porque en realidad yo tampoco la tengo (no bajo los cánones de "sano siempre y feliz siempre"), mi relación a veces parece montaña rusa. PERO, estoy en ella porque me funciona, porque obtengo algo de ella. Igual que él.

Oh, la ironía. Ahí estaba yo juzgando a alguien porque creo que merece una súper mujer, y dejé de lado que esta es la súper mujer porque le da lo que él necesita/quiere/busca/desea en este momento; que no es víctima de la situación y que nada de lo que sucede lo somete más de lo que él lo permite. Sí, sí, estoy de acuerdo, cuando uno "sabe" que existe el inconsciente, la pulsión de muerte y el goce, no puedes pasar por alto que tal vez lo que él obtiene no sea lo que desea, sino una forma de gozar (léase sufrir, masoquismo). De todas formas, y es justo a donde quiero llegar con esto, me parece admirable que tenga los huevos y el temple de afirmar que está ahí porque lo decidió y que sea capaz de sostenerse en ese lugar, con todo y las consecuencias que esta decisión traiga consigo.

Así que yo, con mi pedantería de metiche-amiga, me he quedado sin palabras. Tal vez, quepa una disculpa por haber opinado y juzgado donde no me corresponde... Pero es que es tan difícil separar lo que deseas para quien quieres, de lo que ellos escogen para sí.

lunes, 6 de octubre de 2014

Parejas infelices

Ayer caí en cuenta de que tener una relación de pareja satisfactoria es, en realidad, un caso excepcional y no, ni remotamente, una regla.

Con mi poca experiencia, me atrevo a decir que uno valora una relación de forma diferente, según la edad. En la juventud, lo más importante es el sexo y la atracción física; después, la capacidad económica, reproductiva y presumible (es decir, que puedas presumir a tu pareja); a los cuarentas o cincuentas, entre el miedo a estar solo y la fantasía de encontrar algo mejor (aunque no tengas idea de qué podría ser mejor, o mejor “en qué”), a veces te separas, otras te resignas, pero siempre con duda y un dejo de angustia; finalmente, pasados los sesenta, las parejas tienden a dejar fluir la mierda y lo bueno, porque no vale la pena pelear por cambios que no han sucedido ni sucederán, y el miedo a una vejez en soledad es más grande que cualquier infelicidad.

No sé por qué, exactamente, pero cuando veo parejas que llevan más de 10 años juntos, siempre percibo que hay más contención que amor y felicidad, que parece una carrera de resistencia y no un equipo que crece y comparte. Las quejas no se hacen esperar, comentarios que muestran poco respeto o admiración hacia la pareja salen de formas discretas o descaradas, en los peores casos, les resulta imposible no expresar el odio y la incompatibilidad que hay entre ellos, y las consecuencias de infelicidad, amargura y poco placer.

Yo no he estado más de 10 años con alguien, ni siquiera con mis amigos he mantenido una relación más longeva, pero no dejo  de fantasear con que podré hacer una vida con mi pareja, y encontrar la manera de ser feliz y mantener siempre (tal vez no todo el día, pero sí todos los días) el respeto, las risas, el placer y el apoyo.

Desconozco cuáles son los factores que influyen y hacen que la relación termine en fracaso, ¿será la edad en que uno se enamora? ¿la falta de conocimiento y aceptación de uno mismo? ¿una ignorancia sobre lo que se quiere a futuro? ¿cambios de planes que resultan incompatibles a los anteriores y, por ende, con la pareja actual?

No lo sé, verdaderamente no lo sé, y no deja de darme un poco de miedo. Pero, de todas formas, me parece más triste ver y escuchar que alguien está en una relación en la que no quiere estar, con alguien a quien ya no ama, que no se siente satisfecho o ilusionado por lo que queda por construir y vivir. Peor aún, me resulta la gente que decide quedarse con esa persona “para siempre”, sólo porque no quiere morir solo, envejecer y degradarse sin que algún pobre tonto se trague toda esa mierda y aguante sólo porque están casados. Porque, vamos, seamos honestos, quedarte con alguien a quien no amas o respetas, sólo para que te limpien la cola cuando estés viejo, es una chingadera, sin importar cuánto dinero puedas aportar para “ganártelo”.


Mmm, creo que me estoy desviando del tema, o es más complejo de lo que pensé. Es triste ver que muchas relaciones y parejas, después de veinte años de estar juntos, aceptan que no son felices y no hay más por hacer para que eso cambie, que sólo queda separarse. Ni los hijos ni los planes ni la casa ni nada pudo paliar esa diferencia, aminorarla… tal vez se escondió o negó un tiempo, pero no más. Y, lo curioso, es que no es lo mismo “comenzar” otra vez a los 20 o 30, que a los 50…

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Uf, lo cotidiano.

No sé a ustedes, pero a mí, lo cotidiano, lo que hay que hacer día a día, a veces me resulta complejísimo y complicadísimo. No me refiero a hacer lo que uno hace diariamente, todas las cosas, sino algunas.

Por ejemplo, a mí, escoger dónde comer, los días que no como en casa, me resulta una T O R T U R A. Siempre pienso que quiero otra cosa, pero no sé cuál y debo descubrirlo, porque (lo sé), la opción que escoja no va a ser la mejor. Casi siempre me queda un dejo de nostalgia, después de comer, por esas otras opciones que tenía (¿?) y no elegí. A veces, esta situación me produce tanta frustración, la incapacidad de decidir, que puedo terminar en un mar de lágrimas o, si ya me enojé, sin comer. Y, lo peor de todo, es que una vocecita en mi cabeza, mientras sufro elegir, me grita: "¿Pero por qué tanto pinche drama? ¡Es sólo UNA comida, no es para tanto! Escoge un lugar que te guste y ya, mañana podrás ir a otro y así. No es para tanto". Obvio, para esa vocecita, no es para tanto, pero a mí, se me puede ir la vida en ello.

Escuché en una clase de psicoanálisis, que ése es el típico comportamiento del obsesivo, no tomar una decisión, no dar el paso, quedarse en el "drama", inventando vericuetos para evitar el camino recto, preferir rodear y hacerse pendejo antes de poder tomar una decisión. La maestra dijo "ustedes pongan a dos neuróticos obsesivos a escoger si van al cine o a cenar, y verán que no harán nada", y claro, toda la clase reía, mientras yo pensaba que no causaba risa, que es una situación bien frustrante y compleja. Porque no es que uno "no quiera", que no se le dé la gana, es que uno NO puede escoger, va más allá de toda voluntad. No se puede. Porque, claro, ahí se juegan más cosas que sólo una comida.

Como esto, hay mil cuestiones. Me pasó con la bicicleta, yo moría por andar en bici, ahorré y fui a comprarme una, escogí una bien bonita y de regreso a casa, en el metro, con la bici, no paraba de llorar porque me daba miedo. La amiga con la que iba me dijo que no era para tanto, que no tenía por qué usarla, que el simple hecho de haberla comprado ya era un avance enorme y debía vivirlo como una victoria, no como un nuevo reto o una traba infranqueable. Sí, yo lo entiendo, pero me sobrepasa. Otra vez, no es que yo no quiera dejar de hacer drama por algo tan ridículo como andar en bici (sí, ya dirán ustedes que de dónde la necedad de usar la bici, si me causa tantos conflictos. Más fácil usar el bus y ya), es que no puedo. 

Alguna ocasión, en análisis, me di cuenta que esa angustia que me producen esas situaciones, eran justo aquéllas en la que mi Deseo estaba en juego. Que ante el deseo lo único que yo podía hacer (yo no, mi inconsciente) era angustiarme y querer huir. Y claro, eso está bien cuando hablamos de cosas cabronas, como ser psicoanalista contra todos y todo, con trabas e imposibilidades económicas, sin apoyo... bla bla bla. Pero que el deseo se juege en usar o no la bici, comer o no algo rico... suena un poco ridículo.

Ahora, después de mucho análisis y huevos (porque vaya que hacen falta huevos para no salir corriendo ante la angustia), he aprendido a delimitar la angustia, a darle un rodeo cuando no puedo atravesarla, pero no a quedarme atrás. También, he podido distinguir esas batallas que no valen la pena ser peleadas (si de plano no puedo escoger qué comer, lo más barato y a la chingada, total, ni me va a hacer feliz, así que mejor gastar poco... o simplemente no comer y ya, que no me voy a morir por eso). Hay ocasiones en que sí he podido atravesar la angustia, una de ellas fue la bicicleta, de tanto intentarlo y llorar (qué ridícula debía de verme en la calle, con la bicicleta al lado, a moco tendido porque no puedo subirme en ella y rodar), un día lo disfruté... y no hubo forma de bajarme. Ahora la utilizo para desplazarme a casi cualquier destino y me encanta. Porque, ahí está el secreto: lo que hay del otro lado de la angustia es justamente el deseo. Y, si uno es capaz de franquearla, lo que sigue se disfruta (nótese que la parte compleja es "ser capaz").

Tal vez rodearla no sea exactamente una victoria, pues la angustia sigue, de alguna forma, acechándome, pero tengo la tranquilidad de saber que, mientras esté detrás y no delante, puedo lidiar con eso. Además, he aprendido a disfrutar esas actividades que me permiten rodearla. Soy muy organizada (sí sí, al borde de lo patológico, pero me funciona) y eso me gusta. Disfruto planear mis actividades, listas de pendientes, organizar documentos por orden e importancia, alfabetizar y catalogar mis libros... Todas esas actividades que parecen alejarme del objetivo son, en realidad, los pequeños pasos que me acercan, poco a poco, a mi destino.

Porque, en esto sí es cierto que el jardín es más verde del otro lado de la barda.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Estado: perdida.

Hace unos meses tomé un seminario sobre el AMOR, desde la perspectiva psicoanalítica. La verdad, es la segunda vez que tomo este seminario y no, en realidad no se trata del amor sino de la postura de los sujetos ante la sexualidad (posición masculina o femenina, tener o ser el falo…) y de cómo esta postura define también su manera de amar. Fue un seminario intenso, leí mucho y traté de producir algo de toda esta teoría, sumada a mi experiencia (tanto sobre la teoría, como sobre el amor) y en esa producción, me di cuenta de que no sé cómo se siente ser amado.

Sí, amerita una explicación más detallada. Sé amar, eso sin duda; lo siento en mi cuerpo, en mi sonrisa, en mi pensamiento, me da una sensación de tranquilidad, paz, certeza (y no sólo amar a una pareja, sino a los amigos, familia y demás). Cuando amo, siento que quiero estar con esa persona, platicarle cosas que he hecho o me han pasado, escucharlos, construir historias y recuerdos juntos. Después de estar con ellos, me llevo una sensación de “calorsito”, siento que me voy con más de lo que tenía o sentía al llegar, que ellos y la conviviencia con ellos hizo crecer algo, además del amor que sentía ya por ellos. Esto es lo que yo entiendo de esa cita de El Principito, de que el amor es lo único que crece cuando se reparte (o algo así, no la tengo de memoria ahora). Sé a quiénes he amado y puedo decir por qué, aunque sea un poco vago, pero puedo ponerlo en palabras y sentimientos, emociones, sensaciones, sonrisas. Lo sé, con certeza absoluta, y no hay nada que me haga dudarlo (así, también, puedo distinguir entre lo que ha sido amor y lo que no. Si pienso por qué los amaba y sólo puedo contestar “no lo sé, sé que era amor pero…”, eso significa que no era amor, en el amor no hay duda). Inclusive cuando se refiere a personas que ya no están en mi vida, los recuerdo y puedo sentir vestigios de ese amor.

Desgraciadamente, hace unos meses me vi en una situación de crisis porque no había armonía entre lo que sentía y pensaba sobre el amor que él siente por mí. Sabía que me amaba, él lo decía y se escuchaba “genuino”, su mirada decía lo mismo, algunas acciones suyas lo demostraban (detalles, caricias), pero yo no lo entendía bien, y tampoco sentía ese calorsito o certeza. Y me di cuenta de que no sé cómo se siente ser amado, no cómo el otro lo demuestra y expresa, sino cómo se siente en mí, cómo YO SIENTO EN MI ESE AMOR, siento el amor que ellos producen en mí, pero ese amor que debería acompañar a esas frases de “te amo” “te quiero mucho” en mí, eso no lo siento. Ya no sé si es porque no sé hacerlo, es decir, sentirlo, identificarlo, o porque no existe, porque el amor es una ficción que uno crea a partir de lo que sientes y la armonía o sintonía que esto tiene en las acciones y palabras del otro.

Este fin de semana, me quedó un poco más claro. Es muy difícil sentir el amor que alguien profesa por mí, cuando no lo entiendo, cuando pienso que esa persona no considera que yo “valgo la pena” (se escucha horrible, pero no sé cómo expresarlo, tal vez es más adecuado escribir que consideran que yo tengo cualidades suficientes o determinadas para ser meritoria de su amor), que me ama porque tiene miedo de buscar a alguien más para amar, o porque no hay nadie, o porque tal vez no haya nadie más, que me ama porque me gusta y eso lo hace sentir bien sobre sí mismo… pero, ¿y yo? ¿dónde quedo yo aquí? No me siento amada por quien soy, por lo que hago… carajo, ni siquiera sé dónde quedo después de esto. Me siento total y completamente perdida, siento apretado y ganas de llorar cuando lo pienso, no siento calorsito, no siento certeza, no sé ni dónde estoy ni si quiero seguir ”aquí”. Es más, ni siquiera sé si lo que siento yo es amor, por él, porque no entiendo qué pasa, porque no siento que esté bien (no en cuestión de bueno o malo como valor, sino de que se siente bien, sin explicaciones, más bien como emoción o sentimiento), porque no puedo construir a partir de la incertidumbre.

Esto suena un poco pendejo, pero para mí funciona así. No importa cuánto, en términos cronológicos, dure una relación o el amor, yo debo sentir la certeza de que es para siempre, y que justo porque no es algo pasajero, entonces vale la pena jugarse todo ahí, porque ése, ése y no otro, es el lugar en el que quiero jugarme mis canicas, todas mis canicas, todos los días. Para mí, a partir de esta certeza del siempre, es que puedo construir una relación, crear, compartir, amar. No lo puedo concebir al revés: primero construimos y luego evaluamos si esto durará o no toda la vida.
No. Para mí, se construye porque va a durar toda la vida, sin importar cuánto tiempo sea “toda la vida”. Yo ya hice esto, ya construí con alguien, hice una vida con él, y aunque esa relación terminó y, por ende, “no funcionó”,  yo la viví como completa, como algo que duró una vida: yo tuve una vida con él, hice una vida con él. Y el chiste está en “una”, no hice “mi” vida con él, no le di MI vida, hicimos una, juntos.

Hoy, ya no siento esa pertenencia, esa certeza de que es aquí. Porque aquí, no me siento amada por ser yo (con todo lo imaginario y psicoanalítico que cabe en esta ficción de que nos aman por ser nosotros y no, como sucede en realidad, por hacer semblante de ése objeto que sí puede colmar su falta), siento que él me quiere aquí porque le gusta lo que siente él sobre él. Y esto no puede dar pertenencia, una cosa es ser un objeto causa de deseo, y otra es ser un objeto funcional… no un fin, sino un medio. No algo valioso en sí, sino un instrumento.


Me siento perdida y además desahuciada, porque en unos días, con unas palabras, me quitaron el amor que yo sentía por alguien más y, además, me quitaron la certeza y pertenencia que sentía. Esa que jamás había sentido, esa que me hacía perdonar y aguantar y dar y amar. Porque hoy, sólo sé que estoy perdida y duele.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Ñoña, yo? ¿Me están llamando ñoña, A MÍ?

No sé si sea una palabra de uso universal en el habla española, pero en México, particularmente en la ciudad, le decimos ñoño al nerd, al que estudia mucho y hace las cosas "como se debe", no sólo en la escuela, sino en general. Digamos que es una cuestión de ética de vida.

Acabo de buscar en el diccionario la definición de ñoño, y no sé por qué no aparece la nuestra... Esto es lo que afirman ellos:

ñoño, ña.
(Del lat. nonnus 'anciano', 'preceptor, ayo').
1. adj. Dicho de una cosa: Sosa, de poca sustancia.
2. adj. coloq. Dicho de una persona: Sumamente apocada y de corto ingenio.
3. adj. ant. Caduco, chocho.

Obviamente, no es que uno vaya a decir que la RAE está equivocada, sólo que su proceso de actualización es un poquitín lento (con eso de que votan para añadir palabras, y la definición... me lo imagino como votaciones de las cámaras, y me parece terrible). Así que, retomamos el hilo que me pierdo.

Los ñoños son los estudiosos, aplicados, nerds, que siempre hacen lo correcto. Y yo, señores y señoras, soy una de esas y "a mucha honra". Y lo especifico porque mucha gente lo ve  a mal o como una ofensa, que les digan ñoños, pero a mí me hace muy feliz.

En cuanto a la ñoñez, evidentemente tiene muchos matices y contextos. En cuanto al estudio, soy ñoña porque:
  • Uso pluma fuente con tinta moradita;
  • Post-its de diferentes tamaños y colores, que tienen un uso determinado cada uno;
  • Banderitas chicas para marcar lo que subrayo, cada tema de un color diferente;
  • Banderitas grandes para marcar las dudas;
  • lapicero de punto medio para escribir, y de punto gordito para subrayar;
  • pluma de color rosa para ciertas cosas, o anotaciones;
  • Todo lo que subrayo en los libros lo escribo en tarjetas bibliográficas, según el tema;
Pero, sobre todo y por encima de todo (que es justo el tema de este post), planeo y organizo mis actividades. Ahora, por ejemplo, que estoy en tres seminarios (como estudiante) y doy una clase, y debo prepararme para un seminario intensivo a fines de octubre (con un tipo súper chingón que dará un seminario intensivo de tres días, muchas horas), además del consultorio y el despacho, es I N D I S P E N S A B L E que TODO esté perfectamente agendado y organizado.

Para eso, imprimí un calendario (sí sí, el iPhone y su súper calendario, ya sé, pero si no lo escribo a mano no puedo, simplemente no me organizo bien), hice una lista de lecturas y tareas y fechas de cada cosa, y designé los días en los que leería tal libro, prepararía mi clase, haría apuntes... todo lo pendiente.

Tal vez suena demasiado exagerado, que no es necesario, con hacer la lista de actividades y priorizar es suficiente, y ya uno sabrá cuánto tiene que apurarse. Pero para mí no es suficiente, necesito planear cuánto tiempo tomará cada actividad, y ceñirme a eso (puedo adelantar cosas, obvio, pero eso amerita un premio :) ), si no, me angustio y constantemente me preocupa que el tiempo no me alcance. Además, con la pura lista, uno se confía y al rato tienes la mitad de los pendientes amontonados y el tiempo a punto de terminar.

Así que hice mi lista feliz (porque las listas siempre son felices) ayer, y le di con todo. Terminé lo que debía hacer ayer, adelanté la mitad de lo que debía hacer hoy, empecé una nueva lectura. Y me siento muy emocionada y feliz. Si todo sale bien (y saldrá), habré terminado antes de tiempo y podré tomarme unos días para "descansar", es decir, leer alguna novela o ver una peli, o disfrutar el tiempo y tejer...

Porque, cuando uno hace las cosas a tiempo, le queda tiempo para todo lo demás, y disfrutarlo.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

La edad y las señoras

Este fin de semana pude, finalmente, llegar a una conclusión sobre qué te hace señora. He aquí mi descubrimiento:

Debemos empezar por decir que tengo 32 años, y no estoy casada.

Ahora, para el DRAE, una señora es:
4. m. y f. Persona respetable que ya no es joven.
5. m. y f. Título que se antepone al apellido de un varón o de una mujer casada o viuda. 

En cambio, una señorita, es:
4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera.

Así pues, podemos tener bien claro que la diferencia entre una y otra es estar o no casadas. Mi papá, que es un gran filósofo y teórico (¿?), un día dijo que una señorita era aquella mujer que no hiciera evidente que le daban (el término dar aquí, se refiere a darle, eso, sí, eso), es decir, sería señorita si no estaba casada o tenía un hijo [no sé por otros lados, pero aquí en México es MUY común que sean madres "solteras"]. 

Podrá ser una definición más decente que la otra, más poética que la otra, pero al final se refieren a lo mismo. Una es señora si está casada o tiene hijos.

No sé por qué, pero tengo varias conocidas casadas, sin hijos, que se molestan cuando les dicen señoras, como si fuera una ofensa, o significara que ya están o se ven viejas... Parece que el concepto ya no significa lo mismo que antes, y no sé qué pasó. También, he visto a muchas mujeres de mi edad que les dicen señoras  y no lo son, o (como es mi caso) que nos dicen señoritas y sólo excepcionalmente, señoras.

Entonces, surgió en mi cabeza la pregunta de ¿qué es ser una señora? [Ja, me sentí como Freud al preguntarse ¿qué es lo que quiere una mujer? ja ja ja. Ya parece, yo y Freud, similares, qué pretenciosa la muchacha] y obtuve una respuesta satisfactoria.

Las señoras no son las que están casadas o las que tienen en hijos, serás señora en el momento en que se parezcan a lo que cada quien (es decir, yo, en este caso) asocia al concepto de mamá. Porque hay que ser honestos, para todos, sin importar el momento o la edad, vemos a nuestras madres como señoras, no puede ser de otra forma. Así, yo no soy una señora porque no me veo como se veía mi mamá a mi edad, porque ella a mi edad tenía dos hijos de 10 años, vestía traje sastre, tenía arrugas en la cara (pocas, pero algunas), estaba divorciada... Y se veía como un adulto. No sé de qué otra forma explicarlo, pero es así de fácil.

Y esto es algo que lo aplico a cualquiera, tengo amigas o conocidas que han sido señoras desde los 20 o antes, porque se visten como una, se comportan como ellas, usan joyas de oro con piedritas, como las señoras de antes, se tiñen el cabello para esconder las canas, no usan tenis ni se ven cómodas en jeans y playera...

¿Qué opinan ustedes?

P.D. A este paso y con estos criterios, yo  JAMÁS seré una señora. :)